La novelista Han Kang es la primera escritora surcoreana en ganar el Nobel de Literatura. Era cuestión de tiempo: en España y otros países hispanohablantes, la literatura asiática vive un boom editorial y comercial como consecuencia del auge de otros productos mediáticos: la película Párasitos, la serie El juego del calamar, los k-dramas, el k-pop, y la comida coreana. Con el Nobel, Corea del Sur se consagra como una fuerza cultural como ninguna otra en la última década. Sin embargo, esta decisión tuvo críticas, en particular de quienes no la conocían o esperaban que el premio celebrara la obra de autores como César Aira, Anne Carson o Mircea Cărtărescu.
Muchas revistas literarias predecían la victoria de China o Japón, con contendientes como Can Xue y Haruki Murakami, respectivamente. Sorprendió a los mismos surcoreanos enterarse de la victoria de Han. La autora terminaba de cenar con su hijo cuando recibió las noticias y mencionó que celebraría tomando té por la noche. Mientras ella continúa con una felicidad modesta al recibir el premio, la gente se cuestiona: ¿es demasiado joven? ¿Merece su obra (tan corta) este reconocimiento? ¿Es tan conocida o talentosa? En mi caso, sólo me pregunto cuál sería el mejor libro para acercarme a su obra de hacerlo por primera vez.
La obra de Han Kang es una ventana a la lucha interna entre el deseo natural de abrazar la vida y el instinto también natural de destruirla. En una entrevista, Han dice que se reconoce a su familia por su bagaje literario: su padre, Han Seung-won, un famoso novelista, se mudó con toda su familia a Seúl para buscar una carrera como escritor. Después, Han Kang seguiría su camino. Aunque admite que las dificultades económicas de su infancia fueron quizá “demasiado que absorber para una niña pequeña”, reconoce también que era reconfortante crecer rodeada de tantos libros. “Yo veía a los libros como una criatura en expansión […] quería hacerme mis propias preguntas. Resulta desolador y abrumador ver cara a cara las atrocidades que el hombre ha cometido a lo largo de la historia y a través de todo el mundo. Recuerdo, por eso, el día en que decidí convertirme en escritora. Tenía 14 y me resultaba fundamental avanzar con el lenguaje, hacerme estas preguntas. Empecé a escribir frases sueltas, un diario, a veces sólo palabras. Eran parecidas o más cercanas a un poema. No fue hasta los 19 años que comencé a escribir ficción”.

En 1995, publicó El amor de Yeosu, su primera colección de cuentos. Dos años antes publicó su primer poema, “Invierno en Seúl”, y en 1994 fue premiada por su cuento “El ancla roja”. Los premios que Han Kang ha recibido a lo largo de su carrera literaria la han consolidado como una de las autoras más importantes de su generación: en 1999 recibió el Premio de Novela Coreana por El niño buda; el premio Yi Sang en 2005 por La mancha mongólica; en 2023 el premio Médicis por No digas adiós. Sin embargo, el renombre internacional no vendría hasta que la traducción al inglés de su novela, La vegetariana, ganara el Man Booker International en 2016.
En su momento, este premio causó controversia por la calidad literaria de la obra; según un artículo publicado por Tim Parks en The New York Review of Books, La vegetariana no tenía lo necesario para ganar, no al menos como una traducción única y talentosa. Hoy en día, se cuestiona que Han Kang esté por cumplir apenas 54 años en noviembre. Es la tercera ganadora más joven del Nobel, junto con Rudyard Kipling a los 41 años y Albert Camus a los 44. Además, muy poco de su obra está traducida al español. En nuestras manos tenemos acceso inmediato a La vegetariana y La clase de griego, publicados por Random House. Otras de sus novelas están en la editorial española Rata: Actos humanos, de 2018, y Blanco, de 2020. A finales de este año se publicará, también en Random House, la novela Imposible decir adiós.
Así que, con estos recursos a la mano, ¿dónde comenzar? Si pudiera disfrutar del privilegio de leer a Han Kang desde cero, seguiría este orden: Blanco, Actos humanos, La clase de griego y La vegetariana.
En Blanco, la narradora sin nombre comienza haciendo una lista en apariencia intrascendente de objetos blancos y decreta que el blanco es el color del luto. En esta reflexión autobiográfica, la autora nos enfrenta con la fragilidad de la vida y la idea de que el color blanco guarda dentro de sí todo el dolor que vamos acumulando al perder algo, o a alguien. En este caso, la narradora se sitúa frente a la pérdida de su hermana, quien muere dos horas después de nacer. Al ser una obra fragmentaria, leer Blanco permite al lector acercarse a la parte más poética de Han sin sacrificar la potencia de sus imágenes y su habilidad para configurar historias. El pretexto sebaldiano de Blanco pone como protagonistas a la lista de objetos blancos que le recuerdan a la autora la vida y pérdida de la hermana recién nacida. El inicio de algo se vuelve también su final. Han declara: “Si el silencio pudiera condensarse en el objeto más pequeño y más sólido, así es como se sentiría”. Y la lectura del libro se siente igual: una lista fragmentaria, silenciosa; una conversación con uno mismo de lo lejos que puede llegar el cuerpo cuando pierde su inspiración.
En Actos humanos, Han toma como punto de partida la masacre de Gwangju, su ciudad natal, donde cientos, quizá miles de ciudadanos, fueron asesinados por el ejército después de manifestarse contra Chun Doo-Hwan. Los estudiantes universitarios lideraron esta marcha y en esta novela la autora pone en el centro la paradoja de que la violencia es el acto más humano del que somos capaces. El ejercicio de memoria y empatía es el eje que atraviesa la novela. Antes de comenzar a escribirla, Han Kang mencionó que tenía presente la pregunta que la persigue desde que comenzó a escribir: “¿Por qué es tan difícil para mí ser parte de este mundo?”.
La clase de griego y La vegetariana son estrellas casi intercambiables del mismo evento. En ambos libros hay dos protagonistas extrañas y separadas del mundo. En el primero, publicado en 2011, un hombre y una mujer toman turnos para narrar escenas de sus vidas y el vínculo poético que terminan creando entre sí. Como pretexto, La clase de griego comienza con una narradora recordando una edición de un libro de Borges que encuentra en una librería de viejo en Alemania. Esta traducción de la obra borgeana sirve para poner sobre la mesa la pregunta sobre el lenguaje. De ahí, Han lo lleva al extremo presentando a esta mujer que en diferentes episodios de su vida pierde la capacidad del habla. Para recuperarla, o acercarse al lenguaje que perdió como capacidad física de su cuerpo, se inscribe a clases de griego con la esperanza de que la palabra lejana y perdida de otros filósofos griegos la encuentre con su propia voz. Los dos personajes —el profesor de griego cercano a perder la vista por completo y la mujer que busca recuperar su capacidad de hablar— se unen en una narración que reflexiona sobre el poder del lenguaje para transformar sus propias vidas.
Quizá por ser el más raro de todos, La vegetariana no es una opción para entrar al mundo de Han; muchas personas podrían no querer acercarse al resto de su obra. No tiene un final satisfactorio, no de la forma a que estamos acostumbrados como lectores occidentales. No hay un desarrollo circular de la trama en tanto que es difícil trazar un principio, desarrollo y final para la historia de Yeong-hye, un ama de casa que de un día para otro decide dejar de comer carne.
La novela se divide en tres partes, y cada una la narra un familiar: primero el esposo, después su cuñado y al final su hermana. Tras una serie de sueños que involucran violencia animal, Yeong-hye decide hacerse vegetariana. Su esposo cuestiona sus responsabilidades como esposa y su personalidad entera. Después, la joven se deshumaniza al punto que decide llevar su transición al “absurdo” de convertirse en un árbol. Lo sagrado y lo místico conviven en La vegetariana: su protagonista, una heroína de nuestro siglo, ensancha el significado de lo que significa sentirse y querer estar vivo en un mundo de violencia interminable.
La escritura de Han Kang es una experiencia desafiante y conmovedora. El Nobel también alumbra a otras autoras surcoreanas que han innovado en los últimos años, como Min Jin Lee, Cho Man-Joo o Kim Hye-Jin. No me pasa desapercibido que en un año de genocidio, la Academia Sueca premie a una mujer que reflexiona sobre la violencia, las masacres y opresiones ejercidas por el hombre y por gobiernos dictatoriales. Es una escritura lúcida con la capacidad de expandir los horizontes del género, las herramientas comunes de la narrativa y la prosa, la creación de personajes familiares y solitarios. Han Kang es también una outsider de la literatura, consciente de lo que implica tener una plataforma para contar historias. Ojalá la atención que ha despertado el premio Nobel sea sólo el inicio de la exploración de su obra y de su lenguaje. Resulta imposible decirle adiós a su universo una vez que se decide abrir la puerta y cruzarla tomando su mano.
Estefanía Arista
Poeta. Residente de la Fundación Antonio Gala (2019-2020) y becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023). Hipocampo (Dharma Books, 2021) es su primer poemario.