Orfandad de Karina Sosa

“Me acuerdo, no me acuerdo”, dice el narrador de la popular novela de José Emilio Pacheco Las batallas en el desierto, cuando recuerda la época de su infancia, los años cuarenta. Igual que el trasunto de Pacheco, igual que Karina Sosa en Orfandad (Random House, 2024), hago un ejercicio de memoria para evocar aquellos meses de 2006 en el sur de este país.

No me acuerdo de qué hablaban los mayores. Me acuerdo que jugábamos en el patio de la escuela a ‘las traes’, un juego cuyo objetivo es perseguir al bando opuesto ad infinitum o bien, hasta que alguien se canse, hasta que se acabe el recreo, hasta que se desbandan los equipos. El nuestro dividía el patio en dos fuertes, unos perseguían, otros corrían. Jugábamos no a moros contra cristianos –como en aquella novela de Pacheco–, sino a la APPO contra la Policía Federal Preventiva. Dos actores fundamentales en el movimiento del 2006. No me acuerdo quién se lo inventó. Me acuerdo que la ciudad por un tiempo ardió en llamas. Y eso era todo lo que nos rodeaba. 

Me acuerdo, no me acuerdo: pensar en la Ciudad de Oaxaca en el año 2006 es complicado a tal grado que los expertos aún no se ponen de acuerdo sobre cómo nombrar a este periodo de la historia contemporánea del estado, el enfrentamiento de uno de los sindicatos magisteriales más grandes de Latinoamérica con el gobierno del ejecutivo local en turno, encabezado por el PRI. El conflicto escaló a un nivel tal que el primer gobierno federal de transición saliente se involucró en negociaciones para “pacificar” esta insurrección. Y me atrevo a sugerir que el evento conserva un eco del levantamiento de 1994 en la región chiapaneca. Pero, en este caso ¿se trató realmente de una guerrilla?, ¿un levantamiento?, ¿un movimiento social?, ¿una rebelión o revolución? Lo que pasó entonces escapa a una explicación única, menos aún responde a una narrativa oficialista. Aunque las hubo.

Hablar de un cisma como aquel parece que nos obliga a un homenaje igual de monumental. Sobre esta preocupación destacan diversas piezas de análisis sociológico y político publicadas con posterioridad. Sin embargo, Orfandad, la segunda novela de la escritora Karina Sosa, no hace esto.

Es fácil convencerse de que esta novela es un retrato de un periodo tan entreverado como lo fue aquel pero, ¿es simplemente una exploración de los eventos ocurridos? No. La autora hace algo más, examina los derroteros de una conexión fundamental: el vínculo entre sociedad e individuo. De forma inadvertida, su propia historia se convierte en un caso para ejemplificar dicho nexo. Y lo hace a través de la memoria.

Orfandad no es así una novela total, no analiza sociológicamente los hechos que tomaron lugar entre los meses de mayo y noviembre de aquel año. No hace nada de esto porque no sirve a su propósito. Es, en cambio, una novela de corte personalista que combina el género de diario literario, en la que la autora escribe desde su particular lugar de enunciación, el de entonces y el de ahora.

Pronto este sitio de enunciación se revela como uno privilegiado. Ella acude a su recuerdo, para asistir de nuevo a ese movimiento que miró de primera mano, al haber tenido en suerte nacer en el seno de una familia cercana a la organización comunitaria y, de manera relevante, ser la primera hija de Flavio Sosa, quien se convertiría en una de las cabezas más visibles de este conflicto, por la agrupación que fundó: la Asamblea Popular de Pueblos de Oaxaca (APPO).

Estos elementos anticipan las disrupciones que experimentará la escritora, quizá reconociéndose por fin en calidad de protagonista en una historia que parecía haber pertenecido siempre a alguien más.

La narración discurre como si se tratara a ratos de una ensoñación, una aparición espectral; Sosa escribe con el estilo que la caracteriza ya desde su primera novela: reconstruyendo un tejido hecho de la materia de los sueños, íntimo. Recrea las voces de funcionarios distantes, nebulosos; las oraciones de su guía espiritual en el camino de vuelta al pasado; su propia voz adolescente que mira y desea comprender. La voz de su padre que asevera, “Un día vamos a cambiarlo todo”, como su anverso, recuerda también la frase que Brad pronunciaba con seguridad, ese joven periodista que sería abatido durante la guerrilla, “Es mejor pensar en que esto es una pausa para que luego nuestra vida vuelva a ser la misma”.

Ella va a recordar todo esto, cómo su vida no volvió a ser la misma, o fue otra cosa: el primer germen de escritura, las charlas con sus hermanas y su abuela, la renuncia de su madre, la casa como primera morada vacía, los libros iniciáticos, Weil, Bakunin, Wilde, Calasso, las bibliotecas, las barricadas y sus graffitis, Bosé que canta “y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía” a pesar de la soledad que lo inundaba todo; las demandas enardecidas de las y los maestros, esa ciudad que bullía de vida. También, la ausencia de un padre que pertenecía mucho más a una lucha común que a cualquier otra causa.

Su historia no es un mero recuento, su escritura constituye la creación de un mundo con color propio, quizás el azul. El color de sus sueños y su voz, la voz que erige con profunda sensibilidad el dominio de una vida que no está, que aparece con intermitencia en la evocación, es la labor de “unas manos que se mueven como convocando cosas”.

Podemos preguntarnos si un fenómeno de esta magnitud, se trata de un evento personal e íntimo o es más bien colectivo, tal como la enorme sombra de un padre obra sobre la identidad de su descendencia. Orfandad nos responde desde su propia trinchera: ambos dominios no son mutuamente excluyentes; por un lado, la abnegación silenciosa del hogar y por el otro, la lucha en las calles, frontal, pública y ruidosa. Los dos ocurren simultáneamente y conforman la matriz que reconstituye a los individuos. La novela pone en entredicho la separación entre uno y otro, la narrativa del movimiento social y la de la familia, de los sujetos que participaron y fueron tocados por la vida en comunidad.

Karina Sosa supera el dilema para encontrar respuestas sobre sí misma, dentro y al margen de esa época, para reclamar la centralidad de su vida en medio de la vorágine, para reclamar independencia de la sombra del padre. Para reivindicar un punto de vista, el suyo. Para contarlo, como un secreto. Para dejar de hacerlo secreto. Para acordarse, para no acordarse.

Karina Sosa. Orfandad. México: Penguin Random House, 2024. 216 pp.

Sofía Garnica Esteva

Estudió Antropología y lingüística en la UNAM

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Publicado en: Ciudad de libros