“Para dejar de sufrir, hemos de dejar de trabajar”
–La abolición del trabajo, Bob Black
Hay quien sucumbe al godinato, esa parte del día que suele suceder dentro de los corporativos entre 9 y 6, porque necesita dinero para vivir, sin siquiera reflexionar que el trabajo sea su fuente de felicidad. Con eso en mente, me dispuse a buscar un trabajo como editora de mesa, correctora de estilo o lectora de pruebas (o los tres en uno, pues no era momento para ponerse exigentes). Temiendo lo peor, como someterme a malos tratos por un salario raquítico, encontré un trabajo como editora de una revista literaria con todo lo que alguna vez soñé de uno de esos empleos. Prestaciones (por primera vez en mi vida), buen sueldo fijo, vacaciones de casi un mes, aguinaldo, seguridad social, AFORE y esas cosas con las que cualquier adulto fantasea. Suena cursi y un tanto estúpido, pero es cierto. Era feliz. Me imaginé, por fin, haciendo carrera como editora sin sufrir las consecuencias de elegir la literatura como forma de vida.

Un lunes cualquiera, entré a la oficina de quien era mi jefa, cuaderno y pluma en mano, esperando instrucciones para las tareas del siguiente mes. Digo oficina pero aquel espacio era, más bien, un cuarto acondicionado con un sillón de tres plazas, un escritorio y un par de libreros llenos de revistas y ejemplares de Anagrama. Aquellas instalaciones fueron, alguna vez, una hermosa casa del sur de la ciudad. Nada extraño, ese cuarto era uno de los más grandes de la residencia. Tenía vista al jardín y una terraza privada con mesa para seis personas. Como casi siempre estaba desocupado, me gustaba pasar al balcón y sentir que el sol me quemaba en la cara en los pocos ratos libres que tenía, como si así pudiera constatar que seguía siendo de día. Cuando me encontré con mi jefa ahí, me dio tristeza no poder disfrutar del atardecer y limitarme a ver el cielo azul reflejarse en los vitrales de las ventanas.
Entonces, sucedió. Ella me dijo que a partir del viernes de esa misma semana ya no me presentara en las oficinas, que recogiera mis cosas. La edición anterior había sido mi primera y, previsiblemente, un desastre. “Mejor firmas tu renuncia y te vas”. Lo siguiente es borroso, pero recuerdo que le mencioné la injusticia y le dije adiós como quien le agradece al estafador que acaba de hacer su fechoría por teléfono. Las preguntas revoloteaban en mi cabeza sin que mi voz pudiera darles salida. ¿Cómo?, ¿lo merecía en verdad?, ¿por qué no me defendí?, ¿por qué no supliqué que no lo hiciera?, ¿por qué no los demandé? Pero nada era suficiente. Ya para qué. No importaba cuántas veces repitiera la escena en mi cabeza, la humillación ya había sucedido. ¿Y ahora qué voy a hacer?
Más pronto de lo que pensé, me encontré desayunando a las 10 de la mañana o tomando una siesta a mediodía. ¿Cómo voy a pagar todo? Aunque esa no era la primera vez que el desempleo se abría ante mí como un camino impetuoso; sí era la primera que aquel vacío laboral estaba acompañado de una profunda desolación. El sueño había terminado tan pronto como despegó. ¿Y ahora qué voy a hacer conmigo?
La impresión que tuve luego de encontrarme en la sala de mi casa, hundiéndome en el infinito scroll de las plataformas de streaming, fue que nadie nos enseña cómo deshacer el nudo del estómago que se forma cuando te dicen que no vayas más al sitio a donde ya te acostumbraste y hasta te aprendiste una ruta, o cuando te das cuenta que no vas a recibir más un sueldo. Lo que pasó en mi caso fue que mi mamá me decía que le deseara lo mejor a aquella jefa, mientras que mi abuela me contaba que en realidad ese trabajo no era para mí. Yo, que no cabía de la vergüenza por saberme despedida, reflexionaba que ya casi nadie recibe liquidación y –si acaso llega un finiquito–, nunca es suficiente para sobrevivir a los meses que se avecinan. En ese momento, yo pensaba en el desempleo como una condición enfermiza de la que ahora estaba contagiada.
En 2008, mis padres pasaron largas temporadas sin empleo fijo debido a la crisis económica. En aquel entonces, con 14 años encima, fui testigo de cómo de hacer el súper en Walmart pasamos a hacerlo en el (ahora extinto) SUPERISSSTE de Dr. Vértiz, muy cerca de Parque Delta. Aunque intuía que algo andaba mal, pensaba que no había nada que temer. Mis padres me protegieron a tal grado que no pude vincular aquel hecho con los cambios que nos obligaron a hacer en nuestro estilo de vida. Sólo ahora que me pasó, soy consciente de que el desempleo es una condición sin escapatoria. La renta que sigue subiendo, las tarjetas de crédito a tope y los préstamos bancarios, se vuelven una preocupación latente incluso en sueños. El bruxismo empeora cuando se piensa en las fechas límite de pago.
Como bien dicen que la miseria adora la compañía, mi desempleo no llegó solo: vino con diagnóstico y receta: ansiedad generalizada, 100 mg. de sertralina diarios por 12 meses ininterrumpidos. Trajo también a otra amiga, una deuda casi impagable (ante la vida sin sueldo, me sedujeron los préstamos bancarios que luego no pude sostener). Rodeada de tan buenos elementos, no podía dejar de pensar en lo que perdí, me daban ganas de llorar sólo de pensar que nunca volvería a trabajar en algo parecido. Mi breve paso por los cuarteles generales de una revista literaria había dado más lástima que alegría, un debut y despedida (pienso más de lo que me gustaría en el verso de Los Ángeles Negros: “soy un invitado de ocasión y no pretendo perdurar en tu programa”).
Como suele suceder con las etapas del duelo, aprendí a abrazar el desempleo, me mimeticé con él —yéndome a la playa de martes a jueves, o visitando la cantina reservada a los fines de semana en lunes— y me di cuenta de que hay algo peor que “caer” en el desempleo: buscar trabajo otra vez, volver a caer en el círculo del que acabamos de salir derrotados. Y es que huimos de las oficinas por varias razones. La que más me llama la atención, como menciona Anuar Jacobo Jalife en un ensayo, es el lugar de trabajo al que nos sometemos sólo porque es la vía para obtener un salario. Odiamos la infraestructura. Ahí, bajo luces blancas de morgue y aire acondicionado que no refresca sino que enfría, pocas metas personales florecen. No sólo se deteriora el cuerpo bajo la sentencia de pasar, a diario, 13 horas sentados frente a la computadora, el alma de adolescente (altiva, rebelde, creativa) se apaga sin más. Dice Jalife que “quien se interna en una oficina debe hacerlo a sabiendas de que ahí dentro no se realizará ninguno de sus deseos”. Tiene razón. Trabajar significa renunciar a hacer cualquier otra cosa.
Una de las ediciones de la revista en que solía estar empleada se la dedicaron —¡qué ironía!— al trabajo. Entre sus ensayos, poemas, reportajes, entrevistas e ilustraciones, resalta un manifiesto escrito por Bob Black titulado La abolición del trabajo. En él, grosso modo, el autor habla sobre cómo todos nuestros problemas como sociedad derivan de colocar al trabajo en el centro del mundo. Esa es otra de las razones por las que salimos despavoridos de todo lo que implique llegar a casa exhausto: hemos perdido nuestro derecho al ocio y a la pereza, como dice Black. Quizá no seamos conscientes de ello, pero odiamos la rutina de la corporación. Detestamos que, para vivir, tengamos que renunciar a todo lo que nos produce placer. Y yo creo fielmente que el cuerpo se deteriora de una forma más rápida simplemente porque no fue hecho para el trabajo de oficina.
Ahora bien, pienso en los deseos que dejé ir cuando el desempleo tocó a mi puerta: primero, la esperanza de que ese fuera un trabajo que durara años y años, y no sólo un mes. Segundo, que fuera eso lo que me diera cierta validez frente a mis compañeros de generación. Y tercero, que el trabajo se convirtiera en más que eso, algo parecido a mi vida entera. Sin embargo, enfrentarse con el desempleo (luego de enojarse, llorarle al escritorio y hacer las paces con las horas vacías de pendientes) a menudo significa toparse de frente con la ya no tan dura realidad: el trabajo es un trabajo, y ya. Si queremos llevarlo más lejos, podemos decir que el trabajo, cualquiera que sea, es “la instancia que ha permitido históricamente que la esclavitud perdude adquiriendo formas convenientes”, como mencionó alguna vez Vivian Abenshushan. La idea última que debe traer el desempleo debería ser ya nunca más volver a trabajar.
Como varias personas de mi generación, he “preferido” el trabajo freelance con la promesa de ser la única “dueña” de mi tiempo. Según el INEGI en su Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, para el segundo trimestre de 2024, al menos 230,538 personas de entre 20 y 29 años (la edad que yo tenía cuando entré y salí de aquella revista) dentro del sector del arte, son profesionistas independientes. En el mismo periodo pero de 2023, la cifra de aquellas personas en las mismas condiciones estaba en 222,415. Esto implica que de un año a la fecha, los freelancers, –aunque no de forma considerable– sólo hemos aumentado. Pero con la misma cantidad de pendientes laborales, yo no soy dueña de una póliza del seguro médico, ni de una caja de ahorro para la jubilación, ni de vacaciones pagadas o de un porcentaje de aguinaldo. No tengo absolutamente nada a mi nombre. Lo único que he conseguido es maniobrar tres y hasta cuatro trabajos para sortear mi ahora inherente adeudo.
Finalmente acepté que el desempleo es una cosa inevitable y que de una u otra forma lo iba a transitar. Ahora, a menudo me imagino lo que le diría, de encontrármela caminando por la calle, a la persona que me despidió en aquella oficina del sur de la ciudad. El escenario no avanza mucho, para ser honesta. La única estampa que mi imaginación construye es una en la que no me duele nada ni me dan ganas de llorar, en la que sonrío de hecho, sin cinismo de por medio; estamos de frente, mi garganta se aclara y de mi boca florecen seis palabras: “al fin que ni quería chambear”.
Mariana Ortiz
Editora y ensayista. Fue becaria del Sistema de Apoyos a la Creación (antes FONCA) en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en Gatopardo, Revista de la Universidad de México y Este País.
Trabajar no es malo, lo malo es cuando el trabajo daña la salud física y mental y/o es insuficiente para mantener un nivel de vida digno.
Te falta experimentar el buró de crédito, es prácticamente lo mismo que el sistema de crédito social chino.
Alguien debió advertirte que tuvieras cuidado con los prestamos bancarios con intereses impagables (el regreso de las tiendas de raya). Por algo México es la joya de la corona de los bancos internacionales.
Supongo no tuviste que enfrentarte a tener decenas de entrevistas y dejar cientos de currículums para que nuca llamen. Tampoco les advierten a los jóvenes que los empleadores quieren que trabajen gratis por meses o un años para «agarrar experiencia» pero nunca te lo dicen, tienes que adivinarlo.
El trabajo de oficina es dañino para la salud porque es sedentario y genera obesidad, diabetes, hipertensión, etc. Pero aún así es mucho más descansado de ser mensajero o empleado de limpia, u obrero. Paradójicamente el vendedor de paletas que recorre 30 km diarios en su bicicleta pudiera tener mejor salud, además de ser todo un freelancer y emprendedor; pero si se enferma o envejece pues…
El psicoanálisis te recomienda que, para sanar, cambies tu realidad. La neurociencia sólo te da un medicamento para controlar tus síntomas y te resignes a tu realidad.
El desempleo no debiera ser inevitable. Nuestros abuelos podían aspirar a entrar a una empresa y trabajar ahí por décadas.