Señorita, envidio su trabajo. La Biblioteca del FCE

Todo empezó con la mudanza. Era 1992 y el Fondo de Cultura Económica (FCE) dejaba sus legendarias oficinas en Avenida Universidad #975 para instalarse en su nueva sede: una fortaleza imperial en la Carretera Picacho Ajusco. Un bastión que, para muchos, terminó por olvidar el espíritu discreto de su oficio. El cambio de sede trajo “desertores y depresión”, me cuenta Rosario Martínez Dalmau, Directora de la Biblioteca Gonzalo Robles del FCE (BGR), quien me recibió en su oficina para contarme la historia de ese recinto. Nadie quería mudarse tan lejos de todo: de la Imprenta Madero donde se producía La Gaceta; del Sanborns de Universidad, el despacho alterno de relaciones públicas de la editorial; y lejos del Veracruz, oficina y sala de juntas de editores y traductores. Ante el inevitable cambio, Alí Chumacero, entonces Gerente de Producción del Fondo, gritaba: “¡Pero qué vamos a hacer, ahí no hay Sanborns!”, me relata María Antonieta Hernández, Directora del Archivo Histórico del FCE (AHFCE), mi otra guía en esa visita.

Y es que durante sus primeros años, la sede de Universidad reunía todo bajo el mismo techo: almacén, librería, los cubículos de editores, contadores, lectores y atendedores, e incluso la casa de uno de sus antiguos directores, Arnaldo Orfila. Así que nadie quería dejar la casa para entrar al nuevo castillo del expresidente, esa construcción de ocho pisos y varios bloques, diseñada por Teodoro González de León como parte del proyecto del nuevo director del Fondo: Miguel de la Madrid. “En ese entonces aquí no había nada, pero nada de nada. Nos daba de comer El Colegio de México –que era lo único que había– y sólo después de la tres de la tarde”, continúa Rosario, quien llegó al Fondo por un proyecto de talacha bibliográfica que de origen duraría sólo tres meses, pero que se convirtió en una misión que se ha alargado por más de tres décadas: construir la biblioteca del Fondo de Cultura Económica.

Algo parecido pasó en 1954, cuando el Fondo dejó sus insuficientes oficinas en Pánuco 63; aquellas en las que los expedientes de derechos de autor se resguardaban en una tina, y donde Alfonso Reyes trabajaba coordinando La Casa de España en México en una mesa atiborrada de papeles, a sólo unos centímetros del no menos fatigado escritorio de Daniel Cosío Villegas. En ese momento también se mudaban a un nuevo terreno lejos del centro de la ciudad: la esquina de avenida Universidad y Parroquia, que entonces no era más que milpas y tierra de pastoreo. Cerca de ese llano pasaba apenas un tranvía, desde cuyas ventanas podían verse algunas vacas y los cimientos del multifamiliar Miguel Alemán. De ahí que Rafael Vargas, antiguo redactor de La Gaceta, dijera que “hasta las vacas salían a cultivarse al Fondo”.

Quien ha mudado una biblioteca sabe que es cuando menos conveniente meterla en cajas según su acomodo en los libreros. Lo peculiar de aquella del Fondo es que la biblioteca no existía antes de las cajas que la resguardaron. Así que más que desembalar una biblioteca se trató de embalarla para comenzar a hacerla real.

Julia de la Fuente, que ordenó la enorme biblioteca de Miguel de La Madrid, comenzó a trabajar en el Fondo cuando el expresidente fue nombrado director y las oficinas aún se encontraban en la ahora Colonia del Valle. “En ese edificio encontré bodegas llenas de libros almacenados. Los subía yo a los libreros de la oficina gigantesca de Adolfo Castañón para llenar sus libreros vacíos. Trabajé sin parar durante todo 1991. Entonces se me ocurrió hacer la biblioteca del Fondo, y se lo propuse a De la Madrid y me apoyó”, explica De la Fuente en una entrevista. Ya en los 70, bajo la dirección de José Luis Martínez, se había conformado una biblioteca con el catálogo editado por la Casa, que conservaba un ejemplar de cada título publicado, desde su fundación y hasta aquellas fechas. Pero este acervo fue donado años más tarde a la Sep para nutrir la biblioteca Francisco Zarco; así que había que rehacerla casi de cero. Para ello, Julia invitó a Rosario, su antigua compañera de la Unam. “La conocí porque ella estaba haciendo la maestría en bibliotecología; estaba cumpliendo prerrequisitos [para homologar materias entre la Unam y la Ibero] así que entraba, salía, entraba y salía de la universidad. Éramos un grupo de compañeras y cuando nos dejaban una lectura, le sacábamos las fotocopias a Julia para ayudarla. De ahí nació la amistad”, me cuenta Rosario.

Julia, con apoyo de Rosario y Ramiro Gómez, entonces un estudiante de bibliotecología al que le pidieron ayuda, se dedicó a idear cómo desarrollar esa biblioteca. Se enfrentaban por primera vez con la necesidad de recopilar y ordenar libros sin parámetros conocidos. No se trataba de una biblioteca especializada ni personal, sino de una que asistiría a un sello editorial con un catálogo amplio y muy diverso. El equipo se entrevistó con miembros de distintas áreas de la institución para imaginar un acomodo que los apoyara en sus labores. Entendieron así que esta biblioteca no sólo debía resguardar los títulos del sello, sino las ediciones originales que se usaron para su traducción, obras editadas por las filiales del Fondo, mecanoscritos, archivos fotográficos, publicaciones periódicas y obras canceladas, entre muchísimas otras cosas. Sólo así esa biblioteca imaginaria no sería un mero museo de cera, sino un acervo vivo, parte del trabajo diario de una de las editoriales más importantes de Hispanoamérica.

Durante 1991 y 1992 el archivo se fue recopilando de bodegas, oficinas, despachos y casas de autores y amigos de la editorial. En esos años el catálogo reunía unos 5000 títulos, menos de la mitad de los que lo conforman hoy (11,842), pero durante el rescate surgieron muchos otros materiales que nutrieron este proyecto: catálogos, correspondencia, contratos, grabaciones, viñetas y folletos promocionales y conmemorativos, entre varias cosas. Después de meses embalando cajas en los almacenes de avenida Universidad, varios camiones de mudanza atravesaron la capital mexicana para, al fin, pararse frente al nuevo castillo y descargar lo que sería la Biblioteca Gonzalo Robles (BGR) y el Archivo Histórico del Fondo de Cultura Económica (AHFCE). Sus creadores decidieron ordenar la biblioteca según la propia historia de la Casa: de acuerdo al orden de aparición de cada una de las colecciones y series. La correspondencia, contratos, mecanoscritos y otros documentos editoriales, legales y de producción se reasignaron para conformar el Archivo.

Antonieta me extiende unos guantes de látex y unas cartas de Rosario Castellanos, Camila Henríquez Ureña, Karl Manheim y J.M. Keynes, postales de Bataillon y Corina Sombart, telegramas de Cosío Villegas, la primera edición de Ser y tiempo traducida por Gaos, y algunas notas de Marianne Weber, que sufría el hambre de la posguerra:

Heidelberg,
8.3.47

Muy estimado señor Profesor:

Por el Dr. Boris Goldenberger me permito comunicarles que desde luego poseo los derechos de traducción de las obras de mi esposo y que estoy de acuerdo con la traducción de sus obras.

Como pago me agradaría mucho que me enviaran víveres, pero les ruego que no sean Care-Packete.

Con mi agradecimiento
Sra. Dr. Marianne Weber
Vda del profesor Max Weber

 

Cartas entre Marianne Weber y Joaquín Díez-Canedo. 1947

Como el proyecto de González de León no tomó del todo en cuenta las necesidades de la Biblioteca, 13 años después de que se instaló el primer estante, fue necesario mudarla a otro espacio dentro de la sede. Por su peso, era imposible cambiarla de piso, debía mantenerse a nivel de la calle, como base de todo el castillo, así que se trasladó a un recinto en medio de los magueyes y nopales del jardín: “En la administración de Consuelo [Sáizar] nos mudamos. El edificio que es hoy la Biblioteca Gonzalo Robles era un gimnasio y una cancha de basquetball, porque el Fondo tenía su equipo de básquet que se llamaba Los Books. Donde ahora está colgado un cuadro de Sor Juana, estaba la canasta”, explica Rosario. Hoy son casi 40,000 volúmenes los que resguarda ese lugar, un ejemplar de todas las ediciones de cada título del Fondo con la última reimpresión; un volumen de cada revista publicada; un ejemplar de cada edición original de la que se ha hecho una traducción; un acervo gráfico de 1588 dibujos y viñetas; y un acervo fotográfico de 750 expedientes. El Archivo, situado en una oficina cercana a la Biblioteca, también oculto entre la piedra volcánica del jardín, hoy protege 5855 expedientes de correspondencia, algo así como 40 metros de cartas entre autores, traductores, agencias literarias, clientes, y personal de las subsidiarias y filiales. También contiene las actas de la Junta directiva de 1937 hasta 2021; y 4928 mecanoscritos de obra publicada, originales mecanografiados por el autor o traductor, con correcciones de estilo y marcas tipográficas de su puño y letra.

Telegrama de Paul Westheim. 4 de septiembre de 1954

“Así como hay tormentas perfectas, también hay amaneceres perfectos”, dice Rosario. Es una fortuna que tanto Julia como ella no sólo fueran bibliotecarias sino que tuvieran experiencia editorial cuando se presentó la oportunidad de imaginar la biblioteca. Martínez soñaba con ser editora y trabajó como bibliotecaria de adquisiciones; mientras que De la Fuente había fundado editorial Cálamo, además de colaborar con Miguel Ángel Porrúa, con quien, por cierto, había llevado a Rosario para que ambas organizaran su biblioteca.

Al inicio el proyecto de Julia generó suspicacia. No se entendía del todo para qué serviría algo así dentro de la institución. Pero el tiempo ha dado la razón a sus artífices. La BGR no sólo guarece un catálogo histórico al servicio de investigadores nacionales y extranjeros: sistematiza todas las bases de datos y demás información bibliográfica tanto para consultas al interior como al exterior del sello y, mientras se hicieron, se encargó de elaborar los catálogos del Fondo. Empezaron en plena crisis del 95; por fortuna ya tenían una experiencia anterior, cuando en 1991 elaboraron el Catálogo Histórico del FCE con ayuda de la Universidad de Colima, en lo que entonces era la tecnología del momento: el disco compacto. “O hacíamos los catálogos o nos cerraban”, comenta su directora. En una mesa llena de ejemplares de Pedro Páramo en distintos idiomas encuentro una carta mecanografiada, del 6 de agosto de 1962:

Muy estimado señor Orfila:

[…]En cuanto a la novela, no sabe cuan apesadumbrado me siento ante usted por lo tardo que he estado para realizarla. En marzo creí darle fin. Fui a México con mi hermano y pensé ir al Fondo a presentarle aunque fuera el borrador ya que no la versión definitiva, pues me faltaba hacer una corrección completa. Sin embargo, al releer los primeros capítulos, cambié de parecer. No, señor Orfila, aquello carecía de base, de coordinación, y aunque lleva un epígrafe que dice: “Voy a ponerme a pensar en la nada haber si así me quedo dormido”, parece en realidad que muchas páginas las hubiera escrito en sueños. Con todo, sé dónde está la falla, y procuraré remediarla quizá con un poco más de humildad. Tal vez pueda. Así es como están las cosas. […]

Juan Rulfo.

 

Aunque la Biblioteca y el Archivo se han probado valiosos y necesarios, se siguen mirando con sospecha, y en épocas de crisis o austeridad su mantenimiento se pone en entredicho.  Y es que para el área editorial, legal y de producción, tanto el Archivo como la BGR son una fortuna, pues nutren la buena toma de decisiones. En términos legales el AHFCE permite crear parámetros contractuales, reavivar acuerdos y tener un historial de derechos de autor. En materia de producción posibilita conocer presupuestos, tirajes, órdenes de impresión y materiales. Al tiempo, para el área de cuidado editorial los dos acervos son un tesoro irremplazable, facultan conocer el proceso editorial desde su gestación, en cartas, telegramas, bocetos o correos, hasta su consolidación, en correcciones de pruebas, mecanoscritos o primeras ediciones. Permite también identificar y reconsiderar decisiones de traducción; imaginar ajustes en nuevas ediciones; verificar originales en lenguas extranjeras; y elaborar, mantener o repensar aparatos críticos de obras especializadas. Después de conocer estos acervos, parece increíble que las editoriales no busquen crear los suyos.

 

Milán, 27 de noviembre, 1965

Sr. Salvador Azuela
Fondo de Cultura Económica
Avenida de La Universidad 975
México, 12, D.F.

De mi consideración:

Ruego a usted muy atentamente que, en lo sucesivo, las regalías por concepto de derechos de autor derivadas de las tres novelas mías publicadas por el Fondo de Cultura Económica —La región más transparente, Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz— sean entregadas, mediante el cheque acostumbrado, al Dr. Arnaldo Orfila Reynal, Director de la Editorial Siglo XXI, La Morena 426, México 12, D.F., como mi contribución personal al éxito de una empresa que reúne a los mejores intelectuales de mi país y, asimismo, como un acto de solidaridad con la extraordinaria obra realizada por el Dr. Orfila, a lo largo de diecisiete años, en el Fondo de Cultura Económica. […]

Carlos Fuentes

El trabajo de estos fondos no se detiene. No sólo porque deben mantener actualizado un catálogo que crece año con año una centena de títulos, y un archivo que no para de multiplicar sus contratos, sino porque, a pesar del poco personal que tienen y el nulo presupuesto con el que cuentan, las personas que los hacen posibles siguen proyectando maneras de mejorarlos. La digitalización de ambos acervos ha pasado por varias etapas, y este año, tras cientos de horas de trabajo, comenzó una nueva para la BGR: “Pronto en el sitio del Fondo aparecerá una pestaña que diga ‘Biblioteca’, donde se podrá consultar todo el catálogo histórico”, explica Rosario. “Existirá una versión abreviada para el exterior y una versión completa para la casa matriz y sus filiales”.

Carta de Paul Westheim. 19 de noviembre de 1954

La siguiente fase del proyecto es hacer la base de datos para el Archivo Histórico, pues está todo inventariado pero no catalogado –además, a la fecha, sólo el 16.4 % de los expedientes están disponibles en digital. Después, desean crear la base de publicaciones periódicas; luego, de obra gráfica, no sólo viñetas sino también interiores y obra plástica. El equipo de Rosario (hoy conformado aún por Ramiro Gómez y Uriel Pérez) y Antonieta quieren consolidar todo un catálogo patrimonial. “Si no hay un registro y no hay difusión, se va a perder”, me dice Rosario. “Pero no hay planes para ello, sólo deseos”, contrapuntea Antonieta mientras me muestra una carta de 1950 de Cosío Villegas para Arnaldo Orfila restaurada con papel japonés. “Para restaurar tomamos un pequeño curso dos personas del Fondo y yo, y luego conseguimos que dos chicas de la Escuela de Restauración de Churubusco vinieran a empezar su servicio, pero nos abandonaron al mes”.

—¿Qué necesitan para lograr hacer todo eso?— pregunto.

—Me gustaría tener un equipo de trabajo como el que tenía antes. Me conformaría con cuatro personas. Tenía un equipo de ocho y llegamos a ser doce en algunos momentos. Ahora soy sólo yo.— responde Antonieta.

—No tenemos presupuesto, pero lo hacemos con lo que hay. —continúa la directora de la BGR.

Ramiro, Uriel, Rosario, Antonieta y 90 años de historia es lo que hay en una esquina de aquel castillo –y ante eso, hasta el castillo del expresidente desmerece un poco. “Hay gente que me dice: ‘Oye, ¿por qué no te has cambiado a otra editorial? ¡Pero es que llegué a la mejor!”, dice Rosario mientras me muestra una carta de George Sadoul de 1955 y otra de George Lukács de 1964.

“Ha sido un privilegio trabajar en el Fondo. He podido conocer a mucha gente. A la Biblioteca ha venido Octavio Paz; vino el señor Fuentes igual. Cuando conocí a Gabriel García Márquez me dijo: ‘Señorita, envidio su trabajo’”.

Mientras me acompañan a la salida, con un juego de nombres sin ensayar, Antonieta me dice que su libro favorito del catálogo son las Cartas encontradas (1966-1974) de Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz; mientras Rosario anota que el suyo es Antonieta (1900-1931) de Fabienne Bradu. Pasamos entre algunas cajas, y me muestran unas vitrinas que exhiben una exposición de la historia del Fondo, una muestra recién montada para celebrar el 90 aniversario.

Entonces Rosario dice: “Es un privilegio ser parte del Fondo. Si yo hago mal mi trabajo, le fallo a mis compañeros, a todos los que han trabajado aquí en 90 años. Es el trabajo de tanta gente: editores, administradores, libreros, de Elvira Gascón, de Juan Rulfo. Eso es el Fondo y es de todos. Es un patrimonio. ¿Tú crees que me voy a detener si no me dan presupuesto? Tengo que dejar bien esto para otras generaciones. Independientemente de las administraciones. No es un trabajo, es una misión”. 

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Publicado en: Corresponsal

Un comentario en “Señorita, envidio su trabajo. La Biblioteca del FCE

  1. Me parece muy interesante e inspirador el trabajo que han realizado para formar la Biblioteca. Esa entrega en el trabajo es lo que necesita nuestro país. Un reconocimiento y mi agradecimiento por eso. Debo confesar que mientras leía este texto me sentí conmovida hasta las lagrimas, también me sentí motivada y una gran sonrisa se dibujo en mi cara.
    Gracias por este contenido que además nos muestra un trabajo impresionante, que ojalá pueda completarse, pese a los cada vez más recurrentes recortes a la cultura en nuestro país.

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