El FCE: una debilidad autoimpuesta. Entrevista a Tomás Granados

Entrevistamos a Tomás Granados, Gerente editorial del FCE (2013-2016),  fundador y editor de Grano de sal, para analizar el estado actual del Fondo de Cultura Económica: su reacomodo institucional, nuevas funciones, su relación con otras editoriales mexicanas y la nueva oferta inclinada al fomento a la lectura.

Portadas: Colección Libros sobre Libros

Julio González: Tomás, conoces al FCE desde distintos frentes: dirigiste la ahora extinta publicación de La Gaceta en dos períodos, además de la colección Libros sobre Libros; también fuiste titular de la Unidad de Planeación Editorial y Gerente Editorial. ¿Qué es el Fondo de Cultura Económica?

Tomás Granados: Es un difusor del pensamiento y la imaginación. El Fondo ha sido muchas editoriales. No se parece hoy en nada a lo que fue en su origen, en sus pretensiones, su orientación intelectual. Hay que combatir esta idea de que hay una esencia del Fondo. Sin embargo, su gran mérito es que esas distintas editoriales crecieron con una tendencia a mantener con vida buena parte del legado que se iba construyendo con el tiempo.

Cuando pasa de hacer libros de economía a hacer libros de sociología, ciencia política, historia, eso parece muy natural. Pero cuando empieza a publicar literatura resulta muy sorprendente. Hoy nos parece normal, pero en su momento se vio como innecesario, porque en el país había editoriales literarias. Luego, la creación de libros infantiles y juveniles también marcó un cambio, no sólo en el Fondo, sino en la edición infantil y juvenil en el país. Pero lo importante de estos cambios es que el Fondo nunca dejó de publicar economía, derecho o historia. Lo que está pasando ahora es que hay un nuevo énfasis en novela gráfica, ciencia ficción y libros de iniciación a la lectura. Puede haber ahí una buena intención, pero se está haciendo a expensas de dejar de publicar lo medular. En ese sentido es un cambio que agrega, pero que reniega de parte del pasado.

JG: ¿Cuál crees que era la visión del FCE mientras trabajaste ahí? ¿Qué era lo que querían hacer con la editorial?

TG: He estado vinculado al Fondo en varios momentos: fui editor de La Gaceta externamente en un momento en el que el Fondo tuvo un saludable delirio de grandeza. Cuando se construyó, por ejemplo, el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en Bogotá, y el Centro Cultural Bella Época. Consuelo Sáizar era muy consciente de la historia del Fondo, de su gran presencia latinoamericana. Entonces había músculo, apoyo institucional: dinero. Luego trabajé con Joaquín Díez-Canedo, que tenía una visión de gran profesionalismo interno. Joaquín se asumía más que como un editor iluminado o una voz intelectual, como alguien que quería profesionalizar las distintas áreas: mejorar el programa de reimpresiones, el funcionamiento del almacén, fortalecer la imagen institucional, etcétera. Una cosa muy técnica, muy profesional, con valores internos. Luego trabajé con José Carreño, que tenía una visión más política –en un momento también fugaz de México con la reaparición del PRI clásico en las instituciones gubernamentales.

JG: Te tocó ser parte del Fondo durante su 80 aniversario, bajo la dirección de Carreño. Bajo su administración recuerdo dos controversias: la primera, la participación del entonces presidente Peña Nieto en un programa televisivo del Fondo; y el otro, una pequeña polémica que inició Leo Zuckermann sobre “la necesidad del Fondo".  Hoy se habla mucho de la politización del Fondo, pero no es exactamente algo nuevo.

TG: Es interesante que ahora haya un parentesco inesperado entre Carreño y Taibo, porque ambos piensan en términos comunicacionales, pero como personas son antitéticos. El primer programa de conversaciones Desde el Fondo fue porque publicamos El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty, el último gran best seller que ha tenido el Fondo. Lo invitamos a México e hizo el primer programa. Entonces, el origen del programa es legítimo. Después el programa derivó, por la función de Carreño, en dos cosas: comunicación y política, una política muy partidista. Pero toda acción en el Fondo fue política, su fundación tenía una orientación política: crear cuadros de economistas para transformar al país. En otros momentos hay acciones políticas: por ejemplo la salida de Orfila, en un sentido negativo.

El Fondo tiene varios errores en el nombre: por una mala traducción se llama “Fondo” y no “fideicomiso”;  luego, la “cultura económica”, mucha gente la confunde con cultura barata, cuando en realidad se refiere a la cultura de la economía. Pero hay una leyenda que dice que el Fondo debió haberse llamado Fondo de Cultura Ecuménica. Es un gran atributo de la institución desde Cosío; era una casa de opiniones contrastadas, muy plural. Esa sí sería una esencia del Fondo. El gran cambio no es que se esté politizando, sino que está perdiendo lo ecuménico. Hay muchos más textos de gente cercana, no sólo a la 4T, sino al director. Eso también ocurrió con el PAN y el PRI. Lo triste es que eso que realizaban los gobiernos que recurrían al Fondo para justificarse no se haya perdido. Este gobierno debería ser distinto inclusive en eso, en esa idea de cacarear su ideología mediante los libros del Fondo. Hay otros espacios.

Valeria Villalobos Guízar: Vuelvo a la pregunta anterior: ¿Crees que el Fondo es o no es necesario?

TG: Era una buena polémica. El Fondo no es necesario. En el momento de su nacimiento, el Fondo llenó un vacío que nadie ocupaba: no había libros para formar economistas, o muchos años después de divulgación científica, infantiles y juveniles; incluso, libros electrónicos en un momento en el que en México no había. En ese sentido, desde hace mucho tiempo no hay vacíos, no hay acciones que nadie más puede hacer y que tenga que hacer el Fondo. Ya no es necesario. Muchas de las áreas que publica el Fondo están ocupadas por otras editoriales. Incluso una queja de muchas editoriales, sobre todo infantiles y juveniles, es que el FCE compite de manera desleal, porque puede dar anticipos muy elevados, invertir en impresión de tirajes muy grandes y si no le va tan bien, los guarda y tarde o temprano los vende.

El Fondo ha sido un polo de atracción para otras instituciones académicas, toda la coedición que ha hecho con El Colegio de México, la Unam, etcétera, es una suerte de palanca para ampliar el alcance de los libros. Entonces, de nuevo, ¿necesario? No, pero es ventajoso que haya esa posibilidad de multiplicar el alcance de los libros.

A lo mejor es demasiado audaz lo que voy a decir, pero en algunas áreas otros estamos ocupando ya el lugar del Fondo. Para mí el Fondo no es necesario, pero contiene una visión de un tipo de libro para un lector minoritario (académico en formación), por eso está bien que haya una entidad pública que contribuya a que existan esos libros. No lo pondría en términos de necesidad sino de conveniencia social. Si cerramos el Fondo, lo lamentaríamos, pero no me parecería demasiado grave.

JG: ¿Para ti qué significó el Fondo en términos de tu formación como lector y como editor profesional?

TG: Hay cosas que ninguna otra editorial en México –y muy pocas en el mundo y no se diga en Latinoamérica– tienen: conciencia de sí mismas. En el caso del FCE se manifiesta en un archivo histórico, porque quedó claro desde el principio que eso tenía valor. La institución se reconoció como generadora de un tesoro de información intelectual de décadas. Tiene además una biblioteca incomparable, con un ejemplar de cada reimpresión que ha hecho. Los editores somos bifrontes, por un lado somos la cara de la editorial hacia el autor, pero luego somos la cara del autor hacia la editorial. La relación es intelectual, pero también es una relación económica y de atención a las agencias, editoriales extranjeras, a los autores. El FCE siempre fue un polo de atracción, fruto de su prestigio ganado con los libros y su actividad pública. También, en mayor o menor medida, el Fondo ha tenido mucha autoconciencia de la importancia del diseño gráfico: es un generador de imágenes visuales.

Todo esto para decir que el Fondo era una escuela de editores. Primero, en un sentido tradicional, del que arrastra el lápiz, aprende a corregir pruebas,  cuidar una edición, saber de tipografía. Segundo, porque hay varias cosas en el Fondo a las que aspiramos los editores: ser atractivos, que confluyan ideas, proyectos, iniciativas; después, el respeto a los acuerdos, al pago de regalías y demás; y, por supuesto, el rigor para hacer libros. El Fondo siempre tuvo mucho cuidado, desde que se hacían libros en plomo.

JG: Hace cuatro años mencionaste en un texto que el Fondo, al adquirir las funciones de Educal y la Dirección General de Publicaciones, se convirtió en un “ente macrocefálico” bastante débil. A lo largo del sexenio has seguido publicando tu evaluación de este reacomodo e insistes en cierto deterioro institucional. ¿Cómo ves al FCE hoy?

TG: Al Fondo se le agregaron dos funciones estatales, primero la Dirección General de Publicaciones (DGP), una segunda editorial, con énfasis en literatura de jóvenes (Tierra Adentro) y publicaciones de clásicos, y un área de coediciones. Lo triste es que en el proceso de absorberla, dijo: “Tienes estas 15 funciones, a mí me gustan estas cuatro, estas 11 nos hacemos tontos y se las quitamos al Estado. México ya no tiene que hacerse cargo”. Creció, pero tampoco es que hubiera multiplicado su capacidad para publicar, entonces, en ese sentido es que el Fondo se volvió macrocefálico, pero con un presupuesto chico.

Luego, si tú visitas las librerías del Fondo, en general, no están muy actualizadas. Es muy difícil venderles, te lo digo como editorial. Es burocrático, es hostil, quizá tiene que ver con la ideología de la austeridad. Pareciera que es latoso colaborar. No es que antes te dijeran sí a todo, pero había un espíritu de servicio. Eso llegó, incluso, a un malentendido, cuando en los años 2000, este énfasis de la presencia del Fondo en distintos países lo hizo parecer el brazo exportador del libro mexicano, lo que se prestó a muchas confusiones y no funcionó bien. Pero existía la sensación de tener músculo. En cambio ahora es “somos débiles y qué lata colaborar”, cuando no es pedir favores, se trata de establecer una relación comercial. Yo percibo una debilidad autoimpuesta y falta de generosidad.

Hace unos años, cuando Joaquín Díez-Canedo era director, organizó una feria del libro independiente en la Rosario Castellanos con veintitantas, luego treinta y tantas y luego cuarenta y pico editoriales independientes. El Fondo no podía comprar libros pero ayudaba a exhibirlos, a dar un espacio de apoyo con publicidad, diseño, vendedores. Había una especie de sinergia de la institución con los editores independientes y poco a poco la tendencia ha cambiado, falta solidaridad. Tal vez hoy no hay de otra, porque sé que el presupuesto, como en todas las instituciones públicas, ha sido cortado de manera radical, pero también falta disposición, unir fuerzas; finalmente vamos en un mismo barco, el de los libros.

VVG: Hay otras dos críticas que se discuten constantemente: 1) la pérdida de la inclinación internacional que tenía el FCE casi desde su origen, tanto en hacer traducciones como en participar en las ferias más importantes de la industria editorial; 2) el impulso poco estratégico de abrir nuevas sucursales, comercialmente innecesarias e institucionalmente descuidadas. ¿Coincides con estas críticas?

TG: Una editorial como el Fondo no puede no vivir en el contexto internacional por dos factores: en primer lugar, el comercial. Es sorprendente que lleve no sé cuántos años sin ir a la Feria de Frankfurt. Es importante preguntarse qué están haciendo otras editoriales, qué temas se mueven, cuáles son las voces que comparten las editoriales afines en otros lados.
Cuando estuve en la gerencia editorial, organizamos una oficina de venta de derechos. Había una persona encargada de hacer un catálogo de autores mexicanos. Los más taquilleros ya son representados por alguien más, pero lo que habíamos descubierto es que había muchos autores que no eran muy promovidos por sus agentes. Por ejemplo, el caso muy notorio de Fernando del Paso, representado por la Agencia Balcells, que lo hacía bien, pero llegó un momento en que lo dieron por sentado. Entonces lo que hicimos en el Fondo con Balcells fue buscar editoriales de Brasil, Francia, Alemania, etcétera y hablar con ellas sobre Fernando del Paso.

Por cierto, una anécdota: la primera novela de Del Paso la contrató Orfila, estaba por publicarla cuando lo corren y funda Siglo XXI –el primer libro de literatura de Siglo XXI fue José Trigo. A mí me tocó en el Fondo que Díez-Canedo contratara Palinuro de México. Al presentar ese libro, yo le planteé a la agencia que trajéramos de vuelta al Fondo José Trigo, entonces volvió a donde debió haber aparecido. Otra anécdota: cuando yo estaba en el Fondo, descubrí que el libro por el que echan a Orfila, Los hijos de Sánchez, tenía los derechos disponibles y los recontratamos. Fue como hacer las paces con Orfila desde el FCE.

VVG: Colecciones como Vientos del pueblo han generado muchas críticas: porque apenas presentan fragmentos de obras, son de confección barata y poco duradera, no forman catálogo o porque responden a responsabilidades que no deberían caer en el Fondo. ¿Qué tanto pertinentes son ese tipo de colecciones para los fines que persigue el Fondo hoy, como crear nuevos lectores?

TG: Que los libros busquen introducir o presentarle la literatura a gente que no ha leído siempre es deseable. El cuestionamiento a Vientos del Pueblo es si era función del Fondo emprender esa labor. Es algo que habría hecho impecablemente la SEP con la Dirección de Materiales Educativos. ¡Imagínate Vientos del Pueblo gratuitos en todas las escuelas, en cada aula! Si el propósito es ese, entonces lo pones donde están tus posibles lectores. En la concepción de un producto editorial hay que pensar: cuál es mi contenido, dónde están mis lectores, cuál es mi propósito. En el Fondo me parece que es totalmente un error. ¿Dónde se venden? Las librerías privadas no ven en esos productos algo de valor, son demasiado baratos y muy frágiles. Por otro lado, creo que hay señales de que no son muy apetecibles: se venden poco, sólo se venden en el Fondo. Y yo te aseguro que quizá un 20 % o 30 % de esos libros son conseguibles gratuitos en línea.

El Fondo tuvo una colección parecida, Fondo 2000, por lo que tampoco es que Vientos del Pueblo fuera una idea muy novedosa.  El énfasis en lo literario es quizás la única diferencia. También el énfasis en la Colección Popular, en su origen –y no es porque el origen sea intocable– respondía a hacer ediciones de bolsillo de libros que hubieran circulado relativamente bien. Una obsesión del Fondo es que los libros sean baratos y no hay forma más sencilla de hacer libros baratos que tener subsidios, porque no dependes de tus ventas. Ahora, la ciencia ficción, la fantasía –géneros contra los que no tengo nada– aparecen mucho en la Popular, ampliaron el repertorio de temas de la colección; pero lo que veo menos son libros de divulgación que había en esa colección, libros de las ramas más tradicionales del Fondo, pero con el ánimo de que sean populares.

La historia de México ha demostrado que regalar libros no produce lectores, hace falta algo más. Una interacción más íntima en las escuelas, en las familias, en la sociedad misma. Que se aprecie que leer produce un cambio, y yo creo que eso rebasa al Fondo. La valoración social del libro está en el suelo.

JG: ¿Cómo calificarías el desempeño de las librerías del Fondo y Educal en los últimos años tras el intento de fusión?

TG: Como librería no está en condiciones de aprovechar su enorme presencia en todo el país. No tiene presupuesto para hacerlo. Se hizo un diagnóstico de las librerías Educal, muchas de ellas eran simbólicas, eran tiendas de museo que no podían tener aspiraciones de ser una gran librería.  En general, ha quedado por debajo de lo que hubiera podido ser. No se logró la fusión y es una lástima, porque quizá hay unas 15 o 20 tiendas maravillosas: la Cineteca, el aeropuerto, la Elena Garro, etcétera. Pero también hay una cosa de raíz, muy silenciosa, casi freudiana, sobre la noción de vender. A Fritz Glockner, el director de Educal, le irritaba hablar de vender, de productos, como si se traicionara la esencia de los libros. Son mercancías, son bienes culturales y creo que el reto es aprender a hablar los dos idiomas: el del contenido y el del continente.

Viéndolo como editor independiente que por un tiempo formó parte de la Cámara del Libro y de la Alianza de Editores Independientes, el Fondo dejó de ser un interlocutor que ayudaba a lograr cosas para tener cerrados los oídos.

El gran lío es que Paco Ignacio Taibo no concibe las librerías del Fondo como librerías de la red de editores y autores, una red de librerías que ayudara a más editoriales. Yo creo que ahí falló. Tampoco es que vengamos de un pasado majestuoso, pero podemos cambiar esto. El FCE ahora piensa en términos de sí mismo. Los tendidos de libros pueden no gustarnos, pero sería bueno que cualquier editor pudiera participar. En la red de librerías el principal beneficiario deberían ser los lectores.

Hay un asunto de voluntad personal e incomprensión  del director. Taibo entiende el mundo del libro como si todas las editoriales fuéramos Planeta (porque él publica ahí: por eso piensa que la solución son tirajes más grandes) o su Brigada para Leer en Libertad. Pero en medio hay una diversidad, matices, modos de ser; hay editores chiquitos y medianos. Él ha sido enemigo del sistema de precio único antes de que fuera director del Fondo, porque siempre ha creído que el precio único en realidad es el precio alto, porque no entiende la lógica detrás de ese sistema.

VVG: ¿Cómo crees que esta falta de colaboración con diversas editoriales mexicanas afecta la pluralidad de la oferta?

TG: La palabra clave es bibliodiversidad. ¿Qué es lo que vale de una librería? No que haya uno o dos títulos con 1000 ejemplares de cada uno, sino que haya muchos títulos con unos pocos ejemplares. Y la tendencia de la edición estatal es esa. Con la colección de 21 para el 21 se sentían muy orgullosos de hacer 100,000 ejemplares de 21 títulos, y esa es la alternativa opuesta a la bibliodiversidad. No es que la nostalgia nos diga que el pasado fue mejor, pero hay ideas del pasado que fueron muy buenas; como los programas de Bibliotecas de Aula y Escolares, que lograban llevar unos pocos títulos, pero muy distintos, escogidos por los propios profesores. No había una dotación igual para todas las escuelas: eso es respeto a la bibliodiversidad, no decir “estas son las 21 opciones”.

VVG: ¿Qué función debería cumplir el Fondo de Cultura Económica hoy?

TG: El Fondo tiene infraestructura fuera de México. Las filiales en el extranjero deberían servirle al libro mexicano más allá del FCE. Gabriel Zaid siempre ha descrito una falta de visión política: México sólo puede exportar papel si está impreso. Más allá del Fondo, es necesaria una política de estímulo a la exportación del libro mexicano, a los derechos de autor. La última vez que revisé las cifras del comercio entre México y España eran como 100 a uno. Hay un desequilibrio y el Estado no debería mirar para otro lado.

JG: ¿Cuál es tu libro favorito del Fondo de Cultura?

TG: Las musas de Darwin de José Sarukhán. Yo participé en el primer Concurso Para Leer La Ciencia Para Todos. Tenía 16 o 17 años y gané una mención honorífica. El premio me lo dio García Terrés y parte de lo que incluía era conocer al autor en su lugar de trabajo. Curiosamente, la oficina de Sarukhán era la Rectoría. Entonces lo fui a ver y luego me dio un paseo por el Instituto de Biología. No somos amigos pero compartimos intereses.

Yo dirigí una colección que se llama Libros sobre Libros, que respondía al espíritu del Fondo como institución formadora de editores. Mi libro favorito de la colección es La máquina de contenido, Una teoría de la edición, desde las tabletas cuneiformes hasta el libro electrónico, de Michael Bhaskar,.

Otra anécdota: el historiador del libro más importante de la lengua inglesa es, quizá,  Robert Darnton. Acababa de salir un libro suyo en el Fondo, en la colección Libros sobre Libros: El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie: 1775-1800, que no es tanto un libro sobre la primera edición de la Encyclopédie, como de la edición suiza que la hizo popular entre la burguesía francesa. No sabemos cómo, pero Arnaldo Orfila compró un ejemplar de esa edición de la Encyclopédie, la de Suiza, y está en la biblioteca del FCE. Es la edición que hizo que la enciclopedia transformara la sociedad ¡y hay una edición de veintitantos tomos en la biblioteca! ¿Por qué Orfila la compró? No se sabe; pero está ahí. Para mí es un símbolo inesperado de lo que pretende una editorial: causar una revolución intelectual mediante materiales impresos.

 

Valeria Villalobos Guizar y Julio González: editores de nexos