Las Olimpiadas de París:
entre juegos y guerras

¿Qué simbolizan las Olimpiadas? ¿Qué revelan acerca de nuestras formas de organización social, nuestras costumbres y creencias? Este ensayo nos devela varias claves desde la antropología y la historia para entender lo que está en juego en estos días en París.


En el verano de 1924, París fue sede de los octavos Juegos Olímpicos de la era moderna, los segundos realizados después de la Primera Guerra Mundial. Aquella edición se recuerda por la victoria sorpresa de Uruguay en el futbol, el dominio finlandés en el atletismo de larga distancia y el oro del velocista judío Harold Abrahams en los 100 metros. Las Olimpiadas se llevaron a cabo en un contexto internacional complejo, con el desmoronamiento de los antiguos imperios, el ascenso del fascismo y la consolidación de la revolución bolchevique.

En esos años, Marcel Mauss se esforzaba por dar un nuevo impulso a la antropología francesa. El antropólogo, sobrino de Émile Durkheim, había quedado a cargo del grupo intelectual reunido alrededor de la revista l’Année Sociologique. Este grupo sufrió duras pérdidas durante la Primera Guerra Mundial, empezando por el mismo Durkheim quien falleció en 1917 devastado por la muerte de su hijo y de algunos de sus colegas enviados al frente.

El Ensayo sobre el don, con el cual Marcel Mauss inaugura la segunda serie de l’Année Sociologique en 1925, es uno de los textos más influyentes de la disciplina antropológica. En este ensayo, Mauss recurre al término potlatch para conceptualizar las prestaciones sociales totales de tipo agonístico, es decir las transferencias o los servicios que se realizan entre grupos de forma competitiva. Esta palabra se usa en la costa del Pacifico norteamericano, desde Vancouver hasta Alaska, para referirse a congregaciones festivas que los pueblos autóctonos celebran durante el invierno. En el potlatch, las tribus se desafían por medio de gastos suntuarios que llegan incluso a la destrucción de riquezas como cobijas y escudos de cobre. El antropólogo sugiere que estas prestaciones crean una deuda que deja a los invitados en una posición subordinada frente al grupo anfitrión, mientras no devuelvan un regalo mayor o equivalente al recibido.

Marcel Mauss habla del potlatch como si se tratara de un juego, de una lucha de riquezas y de generosidad. Las ideas de Mauss no pierden vigencia. Los mismos Juegos Olímpicos pueden entenderse como un potlatch entre las naciones modernas. Estos eventos son “hechos sociales totales” en los cuales se observa al conjunto de la colectividad deportiva e internacional y a sus diferentes instituciones. Son momentos donde todo se mezcla: lo económico, lo político, lo jurídico, lo religioso y lo estético.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Las Olimpiadas son vitrinas donde cada disciplina y cada nación se muestra a los ojos del mundo. En las ceremonias, los deportistas se uniforman con los colores de su bandera y entonan su himno. De este modo, el evento expone de forma espectacular la predominancia del Estado-Nación en el mundo contemporáneo.

Para los países anfitriones, las Olimpiadas son una ocasión para lucirse, para exhibir las bondades de sus tierras, de sus poblaciones, de sus gobiernos. Son un potlatch en el que las naciones rivalizan por medio de gastos suntuarios: construyen infraestructuras majestuosas, patrocinan atletas, fiestas y recepciones. Cada edición debe superar a las precedentes. Los ojos del mundo se concentran en un solo lugar, y ante las miradas, surgen críticas y elogios.

La dimensión estética de las competencias deportivas es una de las más comentadas: la belleza del juego, de los cuerpos en movimiento y de sus logros. Pero, claro, las Olimpiadas no son un simple espectáculo, mueven importantes intereses económicos que van desde la promoción turística hasta los derechos de transmisión para las televisoras. La organización de unos Juegos Olímpicos puede propiciar bonanza, o crisis, en los países anfitriones.

Escenarios de proyección diplomática, de manifestaciones de protesta y de riesgos terroristas, las Olimpiadas son indudablemente políticas. Se ponen en juego la reputación de los gobiernos y las relaciones entre naciones. El comité organizador deja fuera a países que considera han faltado a la buena convivencia internacional. En la octava Olimpiada hay al menos dos ausencias notables: Alemania, a la que todavía se le reprochaba la responsabilidad de la guerra, y la Unión Soviética. Un siglo después, la presencia del equipo de Israel y la exclusión de la bandera rusa en los Juegos Olímpicos siguen siendo un tema de política internacional.

Los juegos implican una dimensión jurídica presente en la aceptación de reglas comunes y en la designación de mecanismos que vigilan su cumplimiento. La noción de un “juego justo”, sin trampas ni ventajas indebidas, es fundamental para el buen desarrollo de las competencias. Por otro lado, el juego es un momento en donde se defiende con ardor la correcta interpretación de la regla: “¡no era penal!”.

En la antigüedad, los atletas se reunían en el templo de Zeus en Olimpia para el sacrificio de una cantidad importante de ganado que después consumían en un banquete común. Hoy en día, la dimensión religiosa de las Olimpiadas no parece tan explícita, aunque la confesión de los atletas puede entrar en juego cuando se trata de competir en días sagrados, romper ayunos o los códigos de vestimenta impuestos por la tradición. Como muestra del entrelazamiento de la religión, la nacionalidad y el género en los Juegos Olímpicos, tenemos la prohibición de competir en París 2024 a las atletas musulmanas francesas que usan hiyab.

Autores en antropología han reflexionado sobre el parentesco entre los juegos y los rituales. Ambos son movimientos limitados en el tiempo y el espacio que producen un marco ficcional. Para Roberte Hamayon, la diferencia radica en el margen de realización: el resultado del juego debe ser en un principio incierto, no se sabe quién será el ganador; en cambio, el producto del ritual es esperado, ya sea la iniciación o la unión matrimonial.

En su libro clásico de 1938, Homo ludens, Johan Huizinga argumenta que el juego es un aspecto transversal de la vida cultural que se encuentra tanto en la guerra como en el arte, la política y el derecho. Huizinga señala que la palabra “ilusión” deriva del latín ludo y significa literalmente “la entrada en el juego”. El jugador, como el creyente, debe ser al mismo tiempo crédulo y consciente de que vive en una ficción. Estas ficciones tienen sólidos fundamentos pues, como dice Pierre Bourdieu, las ilusiones sociales no son ilusorias, producen realidades. Los fanáticos construyen estadios y gritan cuando el balón cruza la meta.

A pesar de que los juegos son hechos sociales totales, las instituciones deportivas se piensan como si tuvieran una autonomía relativa respecto a los demás campos sociales. Pierre Bourdieu señala justamente una analogía entre el funcionamiento de un campo y el del juego: son espacios de confrontación con su propio reglamento. En este sentido, las reglas del arte o del derecho se fijan como si se tratara de espacios sociales separados del resto. Las luchas internas al campo se reflejan en intentos por evitar la contaminación de intereses ajenos, como la política o la economía. Esta defensa de la autonomía del campo se expresa en tautologías: la justicia verdadera, el arte por amor al arte, o el juego por el gusto del juego.

De esta forma, las Olimpiadas, la Copa América, así como las peleas de gallos que describe Clifford Geertz en Bali, se sitúan al margen de la vida porque “son sólo un juego” y se reconectan con ella porque “son más que un juego”. Para el antropólogo norteamericano, estos eventos paradigmáticos nos sirven para hablar de nosotros mismos. La participación de nuestro equipo en competencias deportivas internacionales nos da la ocasión para discutir abiertamente sobre las afiliaciones sociales. Son comunes los debates respecto a si los atletas naturalizados son “verdaderos” representantes de su país. Se escruta la composición del equipo como si fuera un censo nacional: la selección es representativa de los colores y de las problemáticas de la sociedad. Igualmente apasionados resultan los debates en torno a la participación de atletas transgénero o con prótesis en pruebas generales.

Las Olimpiadas tocan temas profundos de nuestro mundo contemporáneo: sobre la civilidad de las naciones y sus relaciones de poder, sobre los límites del cuerpo, sobre nuestras diferencias y semejanzas como seres humanos. Los juegos nos permiten exponer estas problemáticas de forma pública y relativamente contenida. Las competencias deportivas son, como sugiere Norbert Elias, maneras de sublimar la violencia auto reprimida que exige la vida civilizada. En Bali, los jugadores sintetizaban estas ideas afirmando que hacer pelear a los gallos era “como jugar con fuego, pero sin quemarse”.

En las últimas páginas de su famoso ensayo, Marcel Mauss reflexiona sobre la inestabilidad entre la fiesta y la guerra: desconfianzas que se resuelven en un convite, celebraciones que terminan trágicamente por un malentendido. El antropólogo francés no buscaba simplemente exponer un catálogo de datos etnográficos, quería encontrar soluciones a las crisis de la economía y del derecho del mundo en el cual vivía. Mauss creía que las prestaciones totales, como los Juegos Olímpicos, podían inspirar la sabiduría que llevaría a los individuos y a las naciones a “oponerse sin masacrarse, darse sin sacrificarse los unos a los otros”. El mundo ha cambiado mucho desde la octava Olimpiada, aunque nuestro futuro parece igualmente incierto. En este contexto, los juegos siguen proporcionando una ocasión para imaginar un horizonte distinto al que auguran las crisis actuales.

 

Marcos García de Teresa
Profesor de asignatura en la FCPyS de la UNAM

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Publicado en: Noticias de Cipango