James Joyce: La última sardina del verano

Primera edición de Ulises de James Joyce, 1922

Fuente: Wikimedia Commons

Durante mucho tiempo, cuando pensaba en el Ulises de James Joyce, lo que venía a mi mente era una imagen, un elemento del párrafo con el que abre la novela: un cuenco lleno de agua espumosa, sobre el que descansan —cruzados— una navaja y un espejo. Conocía de manera superficial la novela y disfrutaba cómo, desde el pórtico, ya se anunciaban los dardos que le dirigía a la Iglesia Católica en su complicidad con el Imperio Británico. No conozco ahora mucho mejor la novela, pero sí ocurre que, al pensar en ella, también se me aparece una segunda imagen: la de una sardina descansando sobre un pan.

Es decir, al pensarla no llega a mí su entramado de complejas referencias literarias o musicales, ni sus alegres juegos que cambian de reglas de episodio en episodio; sino eso: una sardina sin cabeza. Es una imagen y no la frase exacta. Y aquí opera algo extraño, porque la imagen me parece mortuoria, antes que apetitosa (aunque también lo es), pero ello sólo se explica al leer la frase. En el inglés original, dice: “Under the sandwichbell lay on a bier of bread one last, one lonely, last sardine of summer”. La oración se encuentra en el doceavo episodio, conocido también como “Sirenas”, y en la primera traducción que hubo en español, la del argentino José Salas Subirat, se lee así: “Bajo la campana de Sandwich yacía sobre un catafalco de pan una última, una solitaria, última sardina de verano”.

“Bier”, “yacía” y “catafalco” contribuyen al aire mortuorio, pero no recordaba las palabras exactas. En este caso no me gusta la traducción de Subirat, “catafalco” es demasiado aparatoso, y creo que su presencia transforma lo sencillo en barroco. De hecho, es uno de los pocos momentos sencillos de un episodio que enloquece e irrita por su cacofonía y su forma musical, que opera de manera distinta a la del monólogo interior: hablan distintas voces de personajes y abundan las onomatopeyas; cada tanto aparece la voz de un narrador, pero sigue simultáneamente a distintos personajes, que tienen sus motivos melódicos, y que recorren espacios diferentes, sin nunca aclararlo (en especial a Bloom y al amante de Molly, Blazes Boylan). Sólo he podido desentrañar el episodio con ayuda del Ulises. Claves de lectura (2008) de Carlos Gamerro, y las conocidas pero poco amigables notas de Don Gifford y Robert J. Seidman. Para quien esté interesado en esclarecer aún más el episodio, recomiendo leerlo al mismo tiempo que se escucha una lectura dramatizada en voz alta (hay varias en YouTube).

Olvido, y no tengo a la mano, cómo tradujo más tarde la frase otro argentino, Marcelo Zabaloy (en colaboración con Edgardo Russo), pero creo recordar que fue de manera más sencilla que la de Subirat. ¿Una losa de pan? Como sea, la imagen es prístina. Se sabe, por un par de líneas previas, que la sardina en cuestión carece de cabeza. Y el punto de vista es el del señor Dedalus, padre, quien tendrá en este episodio su última aparición en la novela (muere un padre pero también un arte: Joyce, quien no era precisamente humilde, pretendía mostrar con este episodio que la literatura es una disciplina superior a la música).

¿Por qué esta imagen y no otra? Además de lo ya dicho y sabido sobre el Ulises,  me he convencido de que esta novela puede leerse como una sostenida ilustración del bathos; pero la figura aparece de forma acumulativa, como si se tratara de un chiste demasiado largo, contado de distintas formas. Para ejemplificar (por divertirnos) el anticlímax retórico del bathos, que causa imágenes de cortocircuito, estas líneas con las que cierra el cuento “Masculinidad”, de Antonio Ortuño:

—Qué diablos pasa.

La niña comenzó a llorar. Era mi turno de darle la leche, como todas las mañanas.

—Pasa que soy un hombre.

Como un emperador que marcha al exilio, me fui a calentar el biberón.

O estas otras, de Los reconocimientos, la novela de William Gaddis:

Tiró del rollo de papel que había en la pared para limpiarse una mancha que tenía en la mejilla, y el papel rodó hacia él con un gran crujido, y un pequeño y valiente pasajero, una cucaracha, a bordo como Palinuro pilotando el barco de Eneas, donde se quedó dormido al timón y cayó por la borda, para ser asesinado por los nativos en tierra.

El Ulises, con estrategias diversas, comete este tipo de comparaciones y contrastes de manera sostenida: es bien sabido que cada hora del día de junio que acompañamos a Dedalus, hijo, y a Bloom, a través de las ruidosas y sucias calles y establecimientos de Dublín, corresponde también con un pasaje de la elevada Odisea de Homero. Me parece que la imagen de la sardina, descansando bajo una campana de cristal, no una botana sino un solemne cadáver, condensa esa estrategia.

Por supuesto, la frase misma (de la que se desprende la imagen) forma parte del gran jardín de referencias de la novela. Hace eco, por un lado, de una posdata que le escribió Bloom a un prospecto erótico, Martha Clifford, un poco antes en el episodio, pero también (como explican Gifford y Seidman), a una canción, “The Last Rose of Summer” de Thomas Moore. La posdata dice: “Me siento muy triste. PD. Tan solitario floreciendo”. (En la traducción de Subirat, “tan sola floreciendo”, aunque Bloom se refiere a sí mismo). Y el primer verso de la canción: “’Tis the last rose of summer / Left blooming alone…” (“Es la última rosa del verano / Dejada floreciendo sola”).

Pero al seguir por esta conejera me temo que terminaríamos por desembocar en la Gran Casa de los Estudios Joyceanos, corriendo el riesgo de escribir en academiqués. Francamente, yo sólo quería señalar un golpe genial de Joyce: preñar a una sardina de significado.

 

Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor y librero en La Murciélaga