
En el mundo anglosajón abundan los libros sobre monstruos y fantasmas: desde el siglo XIX, los escritores de habla inglesa han convertido al horror en alta literatura. En América Latina también hemos tenido grandes autores de terror (pienso, por ejemplo, en Horacio Quiroga), pero en general nuestra literatura ha resultado menos fértil en cuanto a ese género. Es allí, pienso, que radica la originalidad de la argentina Mariana Enríquez, quien se ha convertido en una digna heredera de Edgar Allan Poe con sus relatos y su novela Nuestra parte de noche. Se trata de una autora que le da la bienvenida con brazos abiertos a lectores morbosos, coleccionistas de patologías ajenas y consumidores de podcasts de true crime: la cofradía de bichos raros que conocemos las diferencias psicológicas entre un Ted Bundy o un Richard Ramírez, y que no necesitamos que nos pique la curiosidad para querer leer sobre fantasmas. Para los miembros latinoamericanos de esta sociedad de los amantes de lo oscuro, Enríquez se ha vuelto nuestra pastora y sacerdotisa.
El más reciente libro de la escritora argentina, Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama, 2024) regresa al género que le valió la fama que ha hecho que sus giras promocionales con frecuencia parezcan conciertos de rock: el cuento. Esta nueva colección retoma un tipo de protagonista que ya hemos encontrado en sus otras dos antologías, Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego: la mujer de clase media que no puede ignorar lo que la rodea. La conciencia social de estas protagonistas se manifiesta como una capacidad para ver fantasmas que, como la ultraderecha en Argentina, nunca se van, que regresan y regresarán siempre. Se trata de mujeres solitarias que humanizan lo que su sociedad ignora o margina. “Prefiero la ingenuidad y el paternalismo antes que el odio”, dice la narradora del primer cuento “Mis muertos tristes”, mientras observa cómo sus vecinos se vuelcan poco a poco hacia la violencia, a matar “accidentalmente” para calmar sus miedos, generando fantasmas en el barrio. En lugar de rechazarlos, sin embargo, la protagonista prefiere hablar con ellos e intentar tranquilizarlos, sabiendo que no descansan y que volverán pronto.
Algo similar ocurre con el fantasma de un niño abandonado en “Cementerio de heladeras”, quien se presenta como un adolescente sucio que, junto a esas “lápidas” blancas y grises, sigue a los que abandonaron su cuerpo en un depósito de viejos frigoríficos, y que ahora buscan deshacerse de sus huesos para evitar una investigación judicial.
Enríquez nos recuerda que los fantasmas y los horrores más grotescos se filtran entre las grietas de nuestra vida cotidiana: su presencia se percibe en el dolor de los enfermos que se imprime en las paredes; en la ropa de los muertos que luego es etiquetada como vintage; en el miedo a que nos roben lo poco que tenemos en medio de una crisis cíclica; en el odio a la pobreza, en el sol deslumbrante y los cientos de olvidados del downtown de Los Ángeles; en la ingenuidad de muchos niños y en la cobardía de algunos otros; en el impulso que nos lleva a intentar averiguar cuáles entre los viejos inmuebles de Buenos Aires fueron centros de detención en la dictadura. Incluso, en la menopausia.
Enríquez trata este último tema desde una perspectiva que recuerda a un género de culto en cine y literatura: el body horror. Como dice la autora en la entrevista que le concedió a El País a principios de abril, Enríquez entiende que no se hable de la menopausia, pues “es un momento que tiene algo de terrorífico, de duelo”. Por algo los cuerpos de las mujeres se inscriben tan fácilmente en el género del horror, como sucede con la pubertad de Carrie (1976), la obra maestra del cineasta Brian de Palma; con la maternidad en Huesera (2022) de Michelle Garza Cervera; o la inigualable Rosemary’s Baby (1968) de Roman Polansky. Los relatos de Un lugar soleado… están llenos de referencias a los clásicos del género: el horror que se manifiesta con cambios no deseados y grotescos en el propio cuerpo. Enfrentarse al final de la vida reproductiva es sombrío, y el silencio que nos impone la sociedad nos obliga a descifrarlo solas. Enríquez convierte esos males “cotidianos” –“comunes” a ojos de los demás pero únicos para quien los experimenta– en la transformación de una mujer en dragón: una criatura que se acepta a sí misma tan radicalmente que termina por reinsertar en su cuerpo el tejido extirpado de sus tumores uterinos.
Con todo, tengo que confesar que Un lugar soleado para gente sombría no es mi libro favorito de la sacerdotisa de los morbosos. Extraño la sutileza del suspenso, el no saber si lo que ven los protagonistas es real o forma parte de su descenso a la locura. Extraño también la descripción de ciertas imágenes que se almacenan en el cajón de los horrores. Aún así, Enríquez siempre logra su cometido: que se me erice la piel y que se me contagie una que otra pesadilla.
La traducción al inglés del nuevo libro de Enríquez se titula A Sunny Place for Shady People. Me llama la atención el uso de shady como equivalente de “sombrío”. En español, la palabra tiene, en efecto, la acepción de “entre o bajo las sombras”, pero también significa “dudoso”, “cuestionable”, “raro”. Supongo que aquellos que decidimos buscar motivos para horrorizarnos somos eso: sombríos, raros, shady.
Lucía Gómez-Robledo Actriz.