En esta crónica de viva voz desde Praga, ciudad natal y donde vivió Kafka, el autor busca las huellas fantasmales del escritor en el día de su centenario.
“Dedicado a todas las personas que no han dejado de ver a Franz Kafka como un ser humano”, dice uno de los varios libros sobre Kafka que ocupan las estanterías de una librería inglesa en el centro de Praga. La advertencia es pertinente ahora que la ciudad conmemora el centenario de su muerte con exhibiciones, cafeterías, tiendas y museos que ondean su nombre como estandarte.
“Es cosa de turistas”, dice tajantemente Adam, mi vecino, periodista en Dnes, el segundo diario más importante del país. “Si ves a alguien en la calle leyendo a Kafka, seguramente es un turista. Para nosotros, el gran escritor checo de esa época es [Jaroslav] Hašek. Kafka escribía en alemán. No lo podemos considerar checo si debemos leerlo traducido”.
Su opinión no es aislada. Gran parte de mis conocidos aquí lo confirma: todos saben que Kafka nació y vivió en Praga, pero pocos lo han leído y nadie lo enarbola como referente de la literatura checa.

La Praga de Kafka
Kafka nació en Praga pero no era checo. Escribía en alemán pero lo hablaba con acento. Era judío pero no tenía religión.
Kafka pertenece a otro tiempo, a otra Praga.
La Praga de Kafka era la capital de un reino (Bohemia), dentro de un imperio (Austria-Hungría).
La Praga de Kafka tenía 450 mil habitantes y estaba dividida: más del 80 % de su población hablaba checo, pero la minoría alemana dominaba las élites académicas, culturales y políticas.
En la Praga de Kafka, los judíos representaban apenas un seis por ciento de la población, y estaban lingüística y culturalmente más próximos a los alemanes que a los checos. Sin embargo, eran recelados por ambos bandos: los alemanes los consideraban intrusos y los checos los percibían como partidarios de la dominación alemana.
En esa Praga, los Kafka —al igual que muchas otras familias judías de clase media— siguieron una inercia de “asimilación”, es decir, diluyeron sus ritos religiosos al tiempo que adoptaban los valores seculares de las grandes ciudades del centro de Europa.
Como resultado, en la Praga de Kafka, los judíos debieron lidiar con un angustiante desarraigo: no eran checos, ni alemanes, y ni siquiera judíos.
Kafka se aproximó a la literatura desde ahí.
En una carta a su amigo Max Brod, Kafka decía que los judíos en Bohemia que escribían en alemán estaban sujetos a tres imposibilidades: “la imposibilidad de no escribir, la imposibilidad de escribir [en] alemán, la imposibilidad de escribir de otra manera”.
Incluso el vocabulario tan aséptico que caracteriza su obra es resultado, al menos en parte, de esas mismas circunstancias: el alemán que se hablaba en Praga venía de los libros y carecía del espesor de una lengua nutrida en las calles. Era un idioma de papel.
La Praga de hoy
“Natural de Praga, escritor judío que escribía en alemán, abogado de profesión en la compañía de seguros de compensación laboral. Dejó una obra de arte exigente pero profética, por ejemplo, La metamorfosis”, dice, en checo, una placa azul en la fachada del edificio donde nació el 3 de julio de 1883.
En la planta baja del mismo edificio, una pareja se toma una selfie frente al escaparate de una cafetería que despliega un letrero neón con el rostro de Kafka junto a una cita en inglés, la cual parece extraída de un anuncio de perfumes o relojería: I never wish to be easily defined.1
Aunque burda, la apropiación de Kafka como souvenir de Praga no es del todo oportunista. Gran parte de la vida de Kafka realmente transcurrió en el epicentro turístico de la ciudad: Staré Mesto, la Ciudad Vieja.
Friedrich Thieberger, amigo y profesor de hebreo del escritor, recordaba que un día, mientras contemplaban la Plaza de la Ciudad Vieja desde las ventanas del apartamento de la familia Kafka, Franz señaló los distintos edificios y dijo: “Allí estaba mi gymnasium [escuela secundaria], detrás se ve la universidad, y un poco a la izquierda está mi despacho. En este pequeño círculo —y trazó algunos círculos con el dedo— está encerrada toda mi vida…”.
Hoy, dentro de este “pequeño círculo”, en la Plaza de la Ciudad Vieja, miles de personas pasean entre las fachadas de los mismos edificios donde Kafka vivió y escribió. Ahora son hoteles, apartamentos turísticos, cafeterías, restaurantes, oficinas, joyerías, tiendas de souvenirs, bares, galerías y museos.
Hoy ya nadie vive aquí.
La monumental cabeza
Setecientos metros al sur de la Plaza de la Ciudad Vieja hay una cabeza de Kafka que mide casi 11 metros de altura y pesa 39 toneladas.
Se trata de una escultura cinética integrada por 42 paneles de acero que rotan individualmente para desfigurar y recomponer el rostro de Kafka continuamente, como parte de una coreografía que puede durar entre 15 y 40 minutos.
“Es un cantante, ¿no?”, dice un turista, en francés.
“No”, interviene su amiga. “Es Einstein”.
Siempre hay gente frente a esta cabeza: algunos llegan aquí sin querer y otros la vienen buscando. Para quien no la ha visto antes, resulta imposible pasar de largo.
La pieza fue inaugurada en 2014, costó 30 millones de coronas (cerca 1.32 millones de dólares) y se ubica a las afueras de un centro comercial. Es obra de David Černý, posiblemente el escultor vivo más conocido (y controversial) del país. Sus obras están por doquier en Praga. Hay quienes lo consideran un artista mayor que enriquece la oferta cultural de la ciudad; otros lo acusan de invadir el espacio público con sus creaciones, aupado por los grandes desarrolladores inmobiliarios.
“Cuando haces arte, a veces tus obras son aceptadas o reinterpretadas de una manera diferente a la que habías pensado”, me dice Černý. “Lo mismo le pasó a Kafka, fue un héroe del humorismo, pero ahora todos lo ven como representante de una literatura deprimente.”
La cabeza de Kafka no está exenta de polémica. Algunos critican que la escultura —tan llamativa e imponente— no tiene conexión alguna con Kafka ni con la sobriedad de su literatura, y que se trata más bien de un ostentoso anuncio publicitario para el centro comercial donde se ubica. Otros, en cambio, aseguran que la transformación gradual de la cabeza (su “metamorfosis”), su perfección técnica y las múltiples capas que la integran rinden homenaje a la complejidad de su obra.
“Pero no es un memorial de Kafka”, dice Černý, con énfasis. “Yo quería pensar en su dimensión simbólica, en lo que él significa para esta ciudad. Junto a [Václav] Havel, Kafka es el ciudadano más famoso de Praga”.
Más allá de cualquier opinión, la cabeza de Kafka se ha convertido en una de las atracciones más populares entre los turistas en Praga, e incluso ha recibido el distintivo Travellers Choice por parte de TripAdvisor.
“Jamás había escuchado hablar de él [de Kafka]”, me dice un joven de Valencia, “pero la escultura es muy chula.”
El museo
Sobre la otra orilla del río Moldava, en el corazón de Malá Straná —otro de los barrios más antiguos de Praga— se ubica el Museo Franz Kafka, que recibe a más de cien mil visitantes al año.
Afuera del recinto hay un grupo de jóvenes turistas que observan, entre risas, una fuente escultórica de dos hombres orinando sobre un charco que tiene la forma de República Checa. La obra se llama Piss [“Meados”], y también es autoría de David Černý.
“Yo monté esa pieza ahí antes de que abrieran el museo”, dice Černý. “La obra no tiene relación alguna con Kafka”.
La ubicación del museo tampoco tiene relación alguna con Kafka. Está aquí por decisión de Sebastian Pawlowski, el desarrollador inmobiliario que fundó el museo en 2005 y lo gestiona de manera privada.2
Por dentro, el espacio tiene paredes negras y está tenuemente iluminado: la intención es recrear el ambiente sombrío e inquietante que se le atribuye a las obras de Kafka. El recorrido consta principalmente de vitrinas y mesas con decenas de cartas, fotografías, manuscritos, dibujos y documentos, si bien todos son facsímiles o reproducciones. Al final del recorrido, sin embargo, se exponen algunas primeras ediciones originales de los libros de Kafka publicados en alemán y otras lenguas.
“Lo siento, yo no conozco nada sobre el autor”, me dice un hombre francés, mientras pasea la mirada sobre una vitrina. “Vengo acompañando a mi esposa, ella es quien sabe de esto”. “No, no”, se apresura a intervenir la mujer. “Yo tampoco lo he leído, pero sé que fue un autor muy famoso”.
Aunque es evidente que el museo está pensado para visitantes extranjeros —se nota en los carteles que explican la visita, así como en las citas y frases desplegadas por las paredes: casi todo está en inglés, no en checo— parece extraño, casi kafkiano, que tanta gente pague 300 coronas (poco más de 13 dólares) para caminar entre pasillos oscuros con el objetivo de mirar vitrinas saturadas con reproducciones de viejas cartas, fotos y documentos sobre un escritor al que, la mayoría, ni siquiera ha leído.3
“No sabía nada de él hasta hoy, y me resultó muy interesante", dice Amanda, una mujer de Carolina del Norte, al salir de la exposición. “La verdad no creo que vaya a leerlo, pero venir aquí era necesario porque Kafka es parte indispensable de una visita a Praga. La ciudad está llena de referencias suyas, como esa gran escultura de su cabeza.”
Arte kafkiano
¿Qué es lo kafkiano? Según Milán Kundera, lo kafkiano se define comouna situación absurda y angustiante que surge de enfrentarse a un poder laberíntico, anónimo, con reglas e intereses propios. En ese absurdo anida, irremediablemente, un elemento cómico, el cual no sirve de contrapunto a lo trágico sino que lo alimenta, lo empeora.
“Kafkiano” (KAFKAesque) es también el nombre de la exposición temporal que organiza DOX, uno de los centros de arte contemporáneo más relevantes de la ciudad. La muestra incluye obras de más de treinta artistas internacionales, entre ellos David Lynch, Liu Xia y Douglas Gordon.
“Nuestro objetivo era ver a Kafka desde otro ángulo”, dice Otto M. Urban, el curador principal de la exposición. “Ir más allá de los clichés y buscar la forma en que la obra de Kafka, lo kafkiano, ha inspirado o resuena en la obra de diferentes artistas contemporáneos.”
Caminamos junto a la pieza Insilico, del artista británico Mat Collishaw: es el esqueleto de un ciervo en tamaño real, fabricado en acero y aluminio, que está montado sobre una plataforma y conectado a un motor.
“El motor desplaza al ciervo a partir de un algoritmo que detecta quién es la persona más odiada en X en cada momento. Los movimientos se intensifican o disminuyen conforme fluctúan los tuits de odio hacia esa persona, en tiempo real”, dice Otto M. Urban. “La intención del artista es mostrar el poder sin rostro de las redes sociales, y los juicios anónimos que ocurren en ellas.”
Otra pieza inquietante es el cortometraje Byt (El apartamento), de 1968, del director checo Jan Švankmajer: a un hombre lo encierran dentro de un apartamento sin motivos claros. Ahí dentro, nada tiene lógica: el hombre intenta ingerir una sopa, pero su cuchara está agujereada; después, al querer dormir, su cama se transforma inexplicablemente en un montón de aserrín. Lo onírico y lo absurdo sostienen lo cómico de estas situaciones, aunque hay un trasfondo perturbador que crece y se materializa al final de la película, cuando el hombre, por fin, consigue derribar la puerta que lo encierra sólo para descubrir que, detrás de la puerta, hay un muro de cemento con los nombres de otras personas que estuvieron atrapadas ahí antes que él. Del techo cuelga un rotulador con el cual, resignado, el hombre termina por escribir su nombre.
Los nombres
Su nombre está tallado en la parte superior de una lápida gris con forma hexagonal. Bajo su nombre, el de su padre, y luego el de su madre. Murieron en ese orden. Más abajo, en una placa conmemorativa recargada contra la base de la lápida, están los nombres de sus tres hermanas, quienes no yacen aquí: fueron asesinadas en Chelmno y Auschwitz-Birkenau. Un retrato, en piedra, de la familia Kafka.
La tumba, aunque discreta, resulta más elocuente que cualquier escultura o exhibición. Dice: antes que símbolo, antes que souvenir, antes que artista y escritor, esto.
Franz Kafka: un ser humano.
Hoy, 3 de junio de 2024, se cumplen exactamente los cien años de su muerte. Aunque sea lunes y esté nublado, la gente no para de gotear —de una en una, de dos en dos— sin aglomeraciones, en silencio, hasta el sector 21 del cementerio judío, en el barrio de Žižkov, lejos de los circuitos turísticos de la ciudad.
Aquí nadie paga para entrar. Todos saben lo que buscan, lo que van a encontrar.
Nadie llega sin querer.
Marek vino conduciendo seis horas desde Rybnik, en Polonia, para dejar una rosa blanca sobre la tumba. En su peregrinaje lo acompañan su esposa y su hija de 16 años. Llegaron hoy, y se regresan a casa esta misma tarde.
“Es alguien muy importante para mí —dice Marek—. Su persona, su literatura, es una de las grandes influencias en mi vida”.
A unos pasos, Marta se talla los ojos. Está llorando con absoluta discreción. La escena, por genuina, resulta conmovedora. Reconozco en su espalda, tatuados, algunos de los dibujos de Kafka. Ella viene desde más lejos. Es brasileña, pero vive en Vancouver: viajó desde allá con el solo motivo de estar aquí, precisamente hoy. “Kafka es la gran obsesión de mi vida. No podía no venir hoy aquí, a saludarlo, a darle las gracias”, me dice.
Junto a mí, en una banca, hay un hombre mayor sentado con un libro en el regazo. El hombre ya estaba aquí cuando llegué y seguirá aquí cuando me vaya. Su nombre es Michael Sahilar. Viene de Berlín y tiene una historia que contar.
Michael dice que él estuvo en esta misma banca el 3 de julio de 1983, cuando se cumplieron 100 años del nacimiento de Kafka. En aquel entonces, Michael vivía en Alemania Oriental, y coincidió aquí, frente a la tumba, con una mujer que venía desde Alemania Occidental. Aquel día, la mujer le regaló a Michael este libro de fotografías que hoy, exactamente 41 años después, Michael sostiene en su regazo: Franz Kafka, Bilder aus seinem Leben, de Klaus Wagenbach.
“Este libro era imposible de conseguir en Alemania del Este. Aquella mujer me hizo un regalo maravilloso, y hoy he venido aquí con la esperanza de reencontrarme con ella”, me dice Michael, visiblemente emocionado. “Pero incluso si ella no viene hoy, ella ya está aquí. Este libro la representa”, agrega, acariciando la cubierta.
¿Qué diría Kafka de la historia de Michael? ¿Qué pensaría de los peregrinajes de Marek y Marta? ¿Qué opinaría de esa gran cabeza suya en el centro de Praga, de su museo, de todas esas exposiciones en su honor? ¿Qué pensaría de esta crónica?
Quizás respondería con lo mismo que escribió en la última entrada de sus Diarios, en referencia a su enfermedad: “El único consuelo sería: sucede, te guste o no.”
Alessandro Triacca Sánchez
Es autor de la novela Berlín atómico.
1 Muy probablemente se trata de una atribución apócrifa: I never wish to be easily defined. I’d rather float over other people’s minds as something strictly fluid and non-perceivable; more like a transparent, paradoxically iridescent creature rather than an actual person. Hay cientos de publicaciones en redes sociales que la atribuyen a Kafka, pero sólo en un par de sitios [1,2] encontré la supuesta fuente: la entrada en sus Diarios del 23 de marzo de 1914. Esa entrada, sin embargo, no existe. Busqué la cita en el resto del libro y no encontré nada parecido en la edición digital. Tampoco en The Blue Octavo Notebooks, en los Aforismos de Zürau, ni en su libro de correspondencia reunida. Más allá de Facebook, Instagram, X y Tumblr,ninguna publicación seria menciona esta frase, y su traducción a otros idiomas (alemán, italiano, español) apenas arroja un puñado de resultados en Google.
2 Pawlowski también era el dueño del centro comercial que comisionó a David Černý la cabeza de Kafka.
3 No es una muestra representativa, pero de las 16 personas con las que hablé en mi recorrido, sólo dos habían leído a Kafka.



