De pronto hubo silencio. Bendita veda electoral. Se calló la radio, se calló la televisión. Se callaron los interminables comerciales, uno tras otro, llenos de promesas de futuros mejores, ilusiones de presentes mejores, paranoias de futuros peores, esperanzas desde presentes horrores.
Fueron demasiados meses de ruido. O, mejor dicho, fueron meses con demasiado ruido. Hay un hartazgo generalizado del discurso político, un cansancio palpable. Fue demasiado. Otra vez demasiado. Como siempre, demasiado. Parece que el dinero para las campañas funciona como una competencia de megáfonos: cada quién lo usa para ver cómo gritar más fuerte. Las canciones, los comerciales repetitivos, los eslógans, todo funciona para amplificar el ruido. El que hace más ruido, el que llama más la atención, tiene la mejor campaña.
Ningún candidato habla de lo sustancial. El ruido se traga todo. ¿La discusión política? Se vuelve ruido. ¿Los debates? Ruido. ¿Las propuestas? Cuando se mencionan, son también ruido. Nadie puede verificar cómo se va a distribuir el presupuesto completo de un país. Los candidatos siempre pueden salir por la tangente de la efectividad fiscal. Tal o tal recorte en tal o tal gasto público de menor costo político y ya estuvo. Con esa carta bajo el brazo, pueden prometer las estrellas. Una tarjeta rosa y becas y medicinas y penas de muerte un día y derecho a la vida el otro. Todo suena realizable y reemplazable en exactamente la misma medida. Todo tan hueco y superficial como una canción o un eslógan o decir “PRIAN”, “narcocandidata” o “vieja política”.

El ruido cansa, por supuesto, pero es la falta de sustancia la que aturde. Esa falta de sentido que transforma las palabras en ruido blanco. Escuchar el mismo spot por veinteava vez en un día, la misma canción, el mismo discurso dicotómico atonta. Después de un rato, dejas de escuchar las palabras, lo que se dice no tiene ninguna importancia, es estática, pura función fática: el canal de comunicación está abierto, pero lo único que se transmite es la posibilidad misma de transmitir.
En el silencio de la veda electoral me quedé pensando en esa falta de sustancia del discurso político. En su monotonía y el aturdimiento que causa. Me acordé luego de una película que pasó medio desapercibida en su momento: Bulworth (1998) de Warren Beatty. Por supuesto, hay varias razones para que la película no tuviera mucho impacto inmediato: salió en el mismo año que Salvar al soldado Ryan, Armageddon y El proyecto de la bruja de Blair, es una oscura comedia política en plena era Clinton de bonanza, y la escribió el mismo tipo que hizo otras cintas políticas de gran impacto histórico como Reds (1981).
Bulworth es una farsa sobre un senador deprimido que, un día, decide contratar a un asesino a sueldo para que lo mate. Un poco como en la película de Kaurismaki protagonizada por Jean-Pierre Léaud, J’ai engagé un tueur (1990), el senador empieza a encontrar apetito por la vida cuando ya no tiene nada que perder.
La cuestión es que estas nuevas ganas de vivir llegan justo cuando está en campaña. El senador, de pronto, no puede seguir dando los mismos discursos repetitivos, monótonos, que lo tienen adormecido, embrutecido, que le impiden dormir, comer, y que le hacen ver la vida como una pantalla en zapping.
No tiene nada que perder, entonces se sincera. Empieza a decir la verdad y la verdad no es halagadora. No es halagadora para él, para su partido, para los cabildeadores que han invertido millones para presionar sus reformas en el Congreso. Pero la verdad lo vuelve inmensamente popular. Nadie habla así, de manera tan desfachatada.
Se convierte en un candidato antisistema. Denuncia al pantano político de Washington y destruye a demócratas y a republicanos por igual con su paso incómodo de huracán mediático, llevando su rap de señor incluso a los debates.

La película tiene sus problemas, claro. Hay varios fetiches de hombre blanco salvador que son, por decir lo menos, problemáticos. Pero, en el centro de la trama, está el problema de la verdad en el discurso político. ¿Puede un político decir la verdad?
Es evidente que no todos pueden saberlo todo. Un puesto de poder necesita cierta información privilegiada. Si un político no miente, al menos no puede decir toda la verdad. El poder no existe sin la secrecía. Un político honesto dejaría de serlo. Retóricamente, si un político no manipula, al menos debe seducir. Y esto es lo que implica la profesión misma.
¿Se imaginan un poco lo que sería un Bulworth en la vida real? ¿Un político completamente transparente? ¿Un político que diga exactamente todas las negociaciones, una a una, que tuvo que hacer para llegar al puesto de poder que tiene? ¿Que confiese todos los tratos turbios, todas las malas pasadas, todos los sobornos dados y recibidos? ¿Toda la gente a la que apuñaló por la espalda, todos los esqueletos en el clóset? ¿Un político que balconee agendas y el uso de recursos públicos para ganar favores y posiciones?
De alguna manera, para muchos, es algo que ya sucedió. Los seguidores de Trump están convencidos de que es el candidato antisistema que vino a decir lo que nadie se atrevía a decir. Para muchos conspiranoicos de Qanon, incluso, Trump y sus allegados les mandan mensajes cifrados a través de diferentes foros en línea. Los seguidores de Bolsonaro o Milei también se dejaron seducir por un discurso “sin pelos en la lengua” que no se acotaba a lo políticamente correcto. Aquí, la honestidad pasaba por ser absolutos patanes.
En cualquier caso, el fenómeno es interesante: hay un atractivo real en el político que no parece hablar como los políticos. Y este hablar “como los políticos” dice mucho. El habla política, la costumbre del discurso político como un discurso vacío se ha convertido en un lugar común que puede ser fácilmente explotado. La norma es monótona y sospechosa. Lo fresco es romper con esa monotonía.
Actualmente, es obvio que nuestros políticos se han vuelto tan repetitivos que ya no esperamos ni siquiera que mientan de manera seductora. Bulworth era un espectáculo que, en la fantasía liberal y alivianada californiana de Beatty logró conquistar a Halle Berry y Don Cheadle para transformar el corazón de Compton y cambiar al barrio desde adentro. Pura ficción. En la vida real, sin embargo, el político sin pelos en la lengua representa un nuevo peligro: el candidato que se vende como transparente, el personaje distinto que no tiene miedo a decir las cosas “como son” termina seduciendo a las masas con su retórica antisistema.
En esta elección no existe una figura así. La coalición Fuerza y Corazón por México trató de presentar a Xóchitl Gálvez como una candidata externa, sin partido. Pero los líderes de imágenes rancias estaban demasiado cerca, todo el tiempo. Máynez se trató de representar como alguien fresco y joven, diferente a los viejos regímenes de política. Parecía exactamente lo mismo en TikTok. López Obrador tenía un carisma antisistema que terminó siendo el sistema mismo con toda la incomodidad que esto implica. Su candidata es el oficialismo, aunque no lo quiera. Todo en esta elección parece acartonado. Y este acartonamiento es el caldo de cultivo perfecto, en un futuro, para un político-espectáculo. Políticos que se aprovechan del hartazgo y del ruido vacío como Bolsonaro, Trump, Milei y Bukele con sus promesas de limpieza con polvo bajo el tapete. Porque una figura de este tipo sólo puede surgir en una época de discursos sin pathos, de ciudadanos adormilados, y de un hartazgo tan completo que la veda electoral se sienta como un respiro entre la tonada de canciones mediocres.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine