En un traspatio de la calle Sarandí [Macedonio] nos dijo una tarde que, si él pudiera ir al campo y tenderse al mediodía en la tierra y cerrar los ojos y comprender, distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver inmediatamente el enigma del universo.
J. L. Borges
“Las culturas actuales de los grandes centros urbanos desarrollan sus febriles quehaceres en continuidad productiva y eficiente; la actividad plena no puede detenerse al mediodía y la siesta como tiempo de recogimiento […] ha dejado de ser viable. Con su abolición […], cae una constelación del imaginario que ponía en danza una serie de significaciones místicas, eróticas, extrañas […]. Un ensueño diurno que abría una dimensión tanto o más misteriosa que la noche”, advierte la investigadora Ana Camblong. Sin embargo, en su vida y obra, el escritor argentino Macedonio Fernández (1874-1952) sí estuvo abierto a ese locus amoenus, a ese paisaje del pensar. No en vano su amigo Ramón Gómez de la Serna lo llamó “el nirvático criollo en quien la siesta es lo supremo y toda la vida la pasa sesteando”.
El análisis de este sui generis reposo lúcido y lúdico –y de sus implicaciones metafóricas– puede ser un hilo de Ariadna para navegar esa mezcla de metafísica, poesía, teoría y ficción que es la obra de Macedonio. Por eso he elegido este tópico –poco estudiado por la crítica– para celebrar, en su 150 aniversario, el legado de este hoy reconocido coloso de las letras latinoamericanas.
La enigmática categoría aparece en “La siesta” (1907-1908); “Episodio” (posterior a 1911); No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928); las trillizas: fragmentos de Adriana Buenos Aires, y prólogos y capítulos deMuseo de la Novela de la Eterna (redactadas entre 1922 y 1948). Una novela que comienza (1941) incluye una versión sintética de “Poema de trabajos de estudios de las estéticas de la Siesta” (1940) y una de las cartas “De la correspondencia del Bobo”, incluida en Continuación de la Nada (1944), alude a un diario así titulado.

Como muestra este corpus siestero, el camaleónico tópico se manifiesta en la escritura de Macedonio en todas sus modalidades (poesía en verso, relato, fragmento de ficción dentro de un tratado sobre metafísica, prólogos, poema en prosa, humorismo conceptual, título de un periódico) y en todas las épocas de su producción; se perfila así como “una matriz narrativa y argumental, que se ramifica y prolifera en las exploraciones discursivas […], que vuelve y vuelve con variaciones múltiples, cada vez más crípticas y sofisticadas”, como explica Camblong.
En “La siesta” se presenta un espacio en la naturaleza, enclavado en un bosque, donde el yo poético, en plena siesta, experimenta una Visión deslumbradora:
Allí donde solitario
el árbol su copa inclina
y abismado
en un hosco pensamiento
ve en torno de él levantarse
de la siesta
la Visión deslumbradora
La alta techumbre cerúlea
en vivo fuego inflamada
febriciente;
la amorosa tierra herida
inerme.
Cuando Tierra, Cielo y Aire
se unifican;
vencidas nuestras dos almas
en rapto venturoso
Lejos, los trémulos ámbitos.
la Siesta omnipresente gravita
donde el Tiempo fulminado
se detiene.
El efecto de esta visión es la disolución del yo que se funde ya con su amada “en un rapto venturoso”, ya con la naturaleza, en una suerte de panteísmo, a la vez que el tiempo también se disuelve o se fulmina.
A su larguísimo y cacofónico título “Poema de trabajos de estudios de las estéticas de la Siesta”, sigue un subtítulo entre paréntesis: “(En busca de la Metáfora de la Siesta)” y, a este, una enumeración de rasgos que caracterizan la noción macedoniana de Belarte, dispuesta a la manera de entrada de diccionario:
Belarte Conciencial (del ser de la conciencia, no de episodios de ella). Arte consciente, sabido, no ‘inspirado’; sin Vida; de trabajo a la vista […], metáfora sin contexto de trama ni de efusión […], sin sonoridades […] no psiquismos ni símbolos fáciles inhábiles […] percepción en Versión (indirecta, no mero traslado del Objeto al papel); sin la puerilidad del novelismo o biografismo, del dónde, cuándo, cómo y a quién aconteció el poema.
En este sorprendente modo de abrir un “poema”, la aparente definición se torna arte poética, manifiesto, y se entiende que lo que sigue serán los esfuerzos del yo lírico por configurar la metáfora de la Siesta –distingo la palabra “Siesta” con mayúscula, pues así lo hizo Macedonio, para transformar un sustantivo común en noción capital de su poética. Inmediatamente sigue la dedicatoria, como es de esperarse, tratándose del género bueno: “Al lector: lectura de ver hacer; sentirás lo difícilmente que la voy teniendo ante ti. Trabajo de formularla; lectura de trabajo”.
En el primer texto, la Siesta es una experiencia y se asocia con la mística. En el segundo, es un recuerdo con el que el yo lírico trabaja y se vincula con una poética de lectura/escritura. Los retos que el poeta padece buscando la forma de plasmar en discurso las epifanías que la Siesta ha desatado, se trasladan a la experiencia de-codificadora y co-creadora del lector. De ahí el hermetismo y la sintaxis extravagante e incómoda. Ambas líneas, por supuesto, se cruzan y se nutren.
El primer poema, de factura modernista (y más bien malón), juega con convenciones de la poesía amorosa tradicional y corresponde a los inicios de la escritura macedoniana; el segundo, un engendro lingüístico fascinante, está ya permeado por las vanguardias y expone la poética belartiana del Macedonio maduro. Por ello, podríamos leerlos como el último poema malo y el primer poema bueno, haciendo un guiño a su gusto por los textos compañeros y a la relación entre sus novelas gemelas (Adriana Buenos Aires. Última novela mala, parodia de la estética decimonónica que cierra una tradición, y Museo… Primera novela buena, ensayo de Belarte o género que inaugura la literatura futura).
Al posicionarse entre los paradigmas de lo nocturno y lo diurno, en los bordes del sueño y la vigilia, además de desplegar una serie de claroscuros barrocos, la Siesta se constituye en umbral: el sitio predilecto de la poética macedoniana (como lo manifiestan también la proliferación en ella de prólogos y notas a pie, así como la ubicación de su penar-escribiendo en los intersticios entre filosofía y literatura). La Siesta puede leerse también como un paréntesis del día, que interrumpe la monotonía de la cotidianidad e introduce la distancia crítica que desautomatiza la percepción y por ello cataliza el asombro del ser. Además, como los paréntesis macedonianos de segundo grado, la Siesta interrumpe la rutina y es pronto interrumpida por ella. Es también un simulacro –de noche, de sueño y de muerte–; un performance que ensaya, finge y posterga la conclusión del día multiplicando sus comienzos. Y una metodología que conduce al grado supremo de conocimiento en un espacio de intimidad consigo mismo y en contacto con la naturaleza, sumándose así a la crítica macedoniana de la erudición y de las instituciones asociadas a ella.
Los pies de tinta china, una de las imágenes más reiteradas en “Poema de trabajos…”, constituyen una metáfora del mediodía (con el sol en el cenit, las sombras se acortan): “Dedicado a los pies de tinta china de la Siesta […] al pie de cada arbusto, de cada cerco, pincela un trazo o deja caer una gran gota de tinta china la luz estrujada en su tensión, vertiendo de su ser la sombra más espesa”. En concordancia con el tema de la creación, la tinta enfatiza los rasgos metatextuales y sugiere el trabajo de un poeta o pintor. Pero estas imágenes son también reverberación de la filosofía de Nietzsche: “podemos decir que la Siesta de medio día intensifica las sombras más cortas o, en términos nietzscheanos, clausura el error más largo en la historia de la humanidad”. Como expone El ocaso de los ídolos…, dicho error es pensar el mundo en términos de la dualidad realidad/apariencia. Zaratustra sólo podrá comenzar su discurso cuando la humanidad supere esta visión. Y eso ocurre… ¡al medio día!
Al reducir la proyección de lo individual (otro rasgo nietzscheano) –“La Siesta, dormir del perfil, dormir de lo individual […]. Lo sin Rumbo tiene la verdad; todo Rumbo y Perfil son un error”–, la Siesta se vincula con las nociones macedonianas de mareo del ser, resbalarse de sí mismo y tropezón conciencial, y cataliza así la crítica del sujeto y de la representación. Es decir: en el duerme-vela o la ensoñación de la Siesta, nos despojamos de nuestra identidad individual y sentimos que “caemos en el mundo” (metafísica) o bien “en la ficción” (poética). Podemos así pensar ser y mundo fusionados, superando las rígidas dicotomías de sujeto / objeto y realidad / ficción.
La obra de Macedonio tiene que ver con responder qué puede hacerse para potenciar el placer y reducir el dolor. Y la Siesta es una de sus respuestas. En su peculiar amalgama de metafísica, teoría de la salud, crítica del dolor y estética, la mezcla de ideales helenistas del arte de vivir y del cuidado de sí, de teorías voluntaristas (de Schopenhauer y Nietzsche) y pragmáticas (James) deriva en una teoría-práctica que atañe a todas las instancias de la persona. La Siesta, que incorpora la experiencia física (descanso del cuerpo y percepciones sinestésicas que estimula los sentidos), epistemológica, creativa y mística, integra todos estos niveles y deviene herramienta eudemonológica o más-hedónica. Por su doble raigambre higiénica y metatextual, podemos decir que, en una fascinante dinámica entre cuerpo/texto, la Siesta es a la experiencia, al ritmo biológico, lo que los rasgos de la Belarte (el paréntesis, la digresión, la paradoja, la disolución autoral y la resistencia a la conclusión) son a la textualidad.
Durante el confinamiento, en los primeros meses de la pandemia por Covid-19, Miguel Ángel Hernández encaró la escritura deEl don de la siesta: Notas sobre el cuerpo, la casa y el tiempo(Anagrama, 2020). Su práctica como oasis o refugio en medio de la catástrofe, durante ese tiempo denso al que el encierro y el miedo nos arrojaron, terminó de revelarle los sentidos de este arte de dormir.
El libro revisa algunas de sus concepciones, ya despectivas, ya enaltecedoras: mala costumbre; hábito asociado con la vagancia, pecado (relacionado con los placeres de gula, lujuria, pereza); especie de Volksgeist de los pueblos del Sur, frente al espíritu laborioso y aplicado del diligente Norte; clave del ritmo de la vida monástica, que marcaba un acto de recogimiento, realizado de manera privada pero al mismo tiempo por todos, según lo instituyó la Regula Sancti Benedicti en la Edad Media europea –la cual fragmentó la jornada de ora et labora siguiendo las horas romanas (de ahí su origen etimológico de “la hora sexta”). Expone tipos de siesta: la clásica, después de comer; la de perro, borrego, carnero o cerdo; la siesta-meditación; las power naps; los placeres de contemplar el sueño ajeno. La recorre en textos literarios, como “La siesta del martes”, de García Márquez o La siesta de M. Andesmas, de Duras. Y recuerda anécdotas de célebres siesteadores: Bonaparte, Churchill, Tatcher, Dalí, Gide.
Si bien no menciona a Macedonio, la siesta de Hernández coincide en muchos aspectos con la suya; sobre todo en su hipótesis central: plantearla como resistencia a un tiempo impuesto por la productividad exacerbada que es el valor máximo del capitalismo. Como lo hizo Fernández en el contexto del proceso modernizador de su urbe porteña en las primeras décadas del siglo pasado, ahora –cuando nuestra era del napping ha mercantilizadoy medicalizadoesta práctica–, Hernández defiende “una elipsis e interrupción improductiva […]. Y no herramienta perversa de la productividad”. De aquí el carácter subversivo y el capital político de la siesta.
Basta echarse un clavado a internet para descubrir: “medicamentos para dormir, productos ergonómicos, colchones, almohadas… el negocio del sueño”; cafeterías que ofrecen espacios para siestas, ya en estilosos lounges colectivos, ya en habitaciones privadas –Siesta & Go, Nappucino, siestódromo, nap bars–; apps para medir, controlar y mejorar el sueño, así como para registrar los PRC (Períodos de Recuperación Controlados) recomendados por health coaches y entrenadores de atletas; todo lo que #siesta nos arroja en redes sociales. Sin negar lo positivo de esta revalorización del sueño, Hernández reflexiona sobre el modo en que la siesta, así entendida, se vuelve un “mandato paradójico, como ese que para Zižek domina nuestro presente: ¡goza!”. Frente a esto, su libro, como los textos de Macedonio, es un esfuerzo por rescatarla como ritual personal; ruta de escape de las temporalidades hegemónicas; saber emancipador de los controles relojeros; reclamo por el derecho al desorden: “dormir fuera de la hora regulada para ello”.
En este tenor, les invito a celebrar el aniversario de Macedonio con esa acción consciente y simbólica de detenerse, esa pequeña fuga del mundo, esos instantes plenos con los que la Siesta nos regala un tiempo verdaderamente libre y algo parecido a la felicidad.
Una versión académica y más extensa de este ensayo puede consultarse en: “La Siesta en la poética de Macedonio Fernández: entre mística, metafísica y teoría del arte”. Cuarenta Naipes: Revista de Cultura y Literatura, Universidad Nacional de Mar del Plata, núm. 7, 2022, pp.249-272.
Referencias:
Aguirre, Gonzalo S. “Macedonio Fernández’s Neighborhood Metaphysics: Belarte, the Fool of Buenos Aires, and the Evidential Siesta”. Macedonio Fernández: Between Literature, Philosophy, and the Avant-Garde, editado por Federico Fridman, Bloomsbury, 2022, pp. 81-97.
Borges, Jorge Luis. “Macedonio Fernández”. Sur, núm. 209-10, 1952, pp. 145-147.
Camblong, Ana María. “Con Macedonio, a la siesta”. Ensayos macedonianos, Corregidor, 2006, pp. 165-184.
Fernández, Macedonio. “La siesta”. Obras completas 7: Relato, cuentos, poemas y misceláneas, ordenación y notas Adolfo de Obieta, Corregidor, p. 95.
—. “Poema de trabajos de estudios de las estéticas de la siesta”. Obras completas 7: Relato, cuentos, poemas y misceláneas, ordenación y notas Adolfo de Obieta, Corregidor, pp. 133-137.
Gómez de la Serna, Ramón. Retratos contemporáneos, Sudamericana, Buenos Aires, 1941.
Hernández, Miguel Ángel. El don de la siesta: Notas sobre el cuerpo, la casa y el tiempo. Anagrama, 2021.
Salmerón Tellechea, Cecilia. “La Siesta en la poética de Macedonio Fernández: entre mística, metafísia y teoría del arte”. Siete de oros, dossier coordinado por Juan Torbidoni, Cuarenta Naipes: Revista de Cultura y Literatura, Universidad Nacional de Mar del Plata, núm. 7, 2022, pp.249-272.
https://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/cuarentanaipes/article/view/6757
—. Macedonio Fernández: su conversación con los difuntos. El Colegio de México, 2017. Estudios de Lingüística y Literatura 68.
Cecilia Salmerón Tellechea es investigadora, profesora y crítica literaria. Autora de Macedonio Fernández: su conversación con los difuntos (Colmex, 2017), que obtuvo el Premio Hispanoamericano de Ensayo Lya Kostakowsky. Es académica y coordinadora de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana de la Universidad Iberoamericana.