Los últimos héroes. La historia no contada del Escuadrón 201

El 2 de mayo se conmemora la Muerte de los Pilotos de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, Escuadrón 201 en 1945, una unidad mexicana de combate aéreo que participó en la Segunda Guerra Mundial. Por ello, hoy compartimos un adelanto del nuevo libro de Gustavo Vásquez Lozano: Los últimos héroes. La historia no contada del Escuadrón 201, una obra que recupera la vida y logros de los integrantes de este grupo militar comúnmente olvidado.

El Escuadrón Aéreo de Pelea 201, mejor conocido como el Escuadrón 201, fue una unidad mexicana de combate aéreo que participó en la Segunda Guerra Mundial. Colaboró con la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en la liberación de la isla madre de Luzón, Filipinas, durante el verano de 1945. A pesar de su valiosa actuación, tras ser recibidos triunfalmente en la Ciudad de México, sus 300 integrantes fueron olvidados y sus nombres eliminados por el Estado. La nueva edición ampliada de Los últimos héroes. La historia no contada del Escuadrón 201 de Gustavo Vásquez Lozano (Debate, 2024) recupera su historia. A continuación presentamos el primer capítulo del libro, ya disponible en librerías.

Los vecinos distantes encuentran un enemigo común

Es importante arrancar con una aclaración: México no fue motu proprio a la Segunda Guerra Mundial como nación beligerante. Si logró colocar un contingente armado en el frente, lo hizo bajo el ala, entrenamiento y mando de los Estados Unidos. A su vecino del norte le debe, por tanto, la hazaña del Escuadrón 201 y, con ella, quedar del lado de los ganadores. Lo más notable del asunto es que ambos países, hasta finales de los años treinta, cuando dio comienzo la gran conflagración, habían sido enemigos históricos, con pocos periodos de cordialidad y cooperación. La historia de las dos naciones entre 1823 y 1939 está llena de tensiones, intervenciones armadas de norte a sur, conatos de guerra, intromisiones, presiones diplomáticas, masacres y venganzas por ambos lados, aunque de diferente magnitud. En 1846 una guerra provocada por los Estados Unidos terminó en la ocupación del norte de México, la capital del país y, finalmente, el izamiento de la bandera de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional. Durante unas semanas, desarticulado el Estado mexicano, el general estadounidense Winfield Scott fungió como gobernador militar de la Ciudad de México.

Después de la guerra y de apropiarse de más de la mitad del territorio nacional, el coloso del norte aprovechó cada oportunidad para reabrir reclamaciones sobre la demarcación de la frontera. La más importante, que casi provocó otra invasión, fue una disputa debida a la construcción del tren transcontinental al Pacífico. La nueva línea divisoria que deseaba Estados Unidos contemplaba la absorción no sólo de la pequeña porción llamada La Mesilla, por donde pasaría el ferrocarril; también ambicionaba la península de Baja California y los estados de Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua. México supo que Estados Unidos estaba dispuesto a ir a una nueva conflagración si no le vendía La Mesilla, y que con gusto le quitarían otra mitad de territorio si no se resolvía de inmediato un tema relativamente menor.

La larga y relativa paz del porfiriato (1876-1910) estuvo sustentada en generosas concesiones que el presidente Porfirio Díaz había hecho a empresas norteamericanas que entendían que ya no hacían falta los cañones para extraer lo que necesitaran de su vecino del sur. En la Revolución mexicana (1910-1920) las tensiones se reanudaron. Hubo amenazas de otra intervención a gran escala, la más clara en el año de 1914 en el puerto de Veracruz. En 1916 Francisco Villa saqueó una pequeña población llamada Columbus, en Nuevo México. La opinión pública norteamericana reclamaba la cabeza del bandido, y de paso castigar a los vecinos al sur del río Bravo. Todavía hasta finales de esa década hubo voces en Estados Unidos que pedían la anexión de más territorio e incluso convertir a México en una colonia.

La Gran Depresión de los treinta reavivó el sentimiento de rechazo a los mexicanos en Estados Unidos. Al desempleo siguieron deportaciones en masa. Cerca de 2 millones de personas de origen mexicano fueron expulsadas en esa década, a pesar de que muchos habían nacido en territorio estadounidense. El presidente Herbert Hoover promovió leyes racistas que prohibían dar empleo a mexicanos de nacimiento o de ascendencia mexicana. La nacionalización de las reservas petroleras y la expropiación de activos de las industrias extranjeras efectuadas por el presidente Lázaro Cárdenas en 1838 trajo nuevos rumores de guerra. La potencia norteamericana estaba dispuesta a intervenir de nuevo en México; Gran Bretaña y otras naciones europeas también expresaron sus intenciones de cobrarse la factura. Todo indicaba que se repetiría la historia de la intervención francesa de 1862. Pero a punto de iniciar la Segunda Guerra Mundial, la atención de Europa occidental se desvió bruscamente hacia una amenaza mucho mayor que la política nacionalista de México. Este nuevo y grave peligro revoloteaba sobre sus ciudades y llevaba una esvástica en sus alas. Las prioridades habían cambiado.

La guerra y la expropiación petrolera

Al final de los años treinta México era un país devastado. Habían transcurrido 10 años de crisis económica (1900-1910), seguidos por dos décadas de guerra civil, y una más, la de la Gran Depresión mundial. Tras la Revolución mexicana y las deportaciones masivas, la desconfianza entre mexicanos y estadounidenses alcanzó el punto de ebullición. La mayor parte de la población, desde Baja California Sur hasta la península de Yucatán, no tenía recuerdos de Estados Unidos de otra cosa que no fueran invasiones, reclamaciones, explotación, privilegios del gobierno y amenazas constantes, siempre en una relación profundamente asimétrica. Por eso, cuando llegaron las noticias de que el país de Washington, son y Lincoln había sido atacado por una fuerza superior, el Eje Berlín-Roma-Tokio, muchos mexicanos se congratularon por lo bajo. La Revolución mexicana había tomado un giro hacia la izquierda y existía una fuerte corriente de simpatía hacia la Unión Soviética.

En 1935 Arthur Dietrich fue designado encargado de la oficina de prensa de la embajada de Alemania en México. Su misión era hacer que la opinión pública se volcara en favor del nazismo y en contra de los Estados Unidos. Pero su influencia no alcanzó la cima del poder de México, es decir, al presidente Lázaro Cárdenas. Al llegar a la presidencia en 1934 hizo efectivo el ideario de quienes lucharon en la Revolución: implementó una amplia reforma agraria, incentivó el fortalecimiento del movimiento obrero, protegió a los pueblos indígenas y promovió el nacionalismo. El presidente era, además, un revolucionario con una política social de izquierda, enemigo declarado del fascismo, y apoyó de distintas formas al régimen republicano en España, abriéndoles las puertas a muchos refugiados, incluyendo a 500 niños españoles que llegaron en barco huyendo del horror de la guerra. En 1938, cuando Alemania se anexó Austria, por medio del llamado Anschluss, México fue el único país que protestó oficialmente ante la Sociedad de las Naciones.

Ese mismo año Cárdenas decidió nacionalizar la industria petrolera que estaba en manos de compañías americanas y británicas. Las empresas extranjeras no sólo tenían prácticas abusivas y se negaban a reconocer el derecho de huelga, sino que se pusieron en abierta rebeldía contra el gobierno mexicano y paralizaron al país durante varios días al suspender la venta de combustible. Cárdenas tomó su histórica decisión prácticamente mientras las potencias se alistaban para la gran conflagración. Las matrices corporativas en ultramar reaccionaron con furia ante esta resolución; lo mismo las potencias europeas, presionadas por sus magnates, que decidieron asfixiar a México para que el presidente diera marcha atrás. En cuestión de días el peso mexicano se devaluó bruscamente, subieron los precios de los bienes de consumo y los socios comerciales de México en Europa y Estados Unidos anunciaron un boicot comercial. El dinero por la exportación de petróleo, una de las principales fuentes de ingresos, dejó de fluir. La industria de los hidrocarburos misma se paralizó porque los socios comerciales del extranjero no querían venderle al gobierno de Lázaro Cárdenas los químicos e insumos necesarios para la producción de combustible. Se oyeron, otra vez, insistentes rumores de intervención.

Pero el momento elegido por el presidente revolucionario fue impecable. Al año siguiente a la expropiación estalló la Segunda Guerra Mundial y México pasó de ser un vendedor arrodillándose en oficinas extranjeras para que le compraran petróleo a un poseedor de recursos codiciados por los que se peleaban las potencias de ambos bandos. Además, Alemania no se había sumado al boicot; por el contrario, empezó a venderle a México las partes y los productos químicos necesarios para que éste pudiera mantener en funcionamiento su industria. Con el embargo anglosajón, la Alemania nazi se convirtió en el principal comprador de petróleo mexicano. Muy pronto Gran Bretaña y Estados Unidos se dieron cuenta de que con su pequeña venganza sólo habían conseguido lanzar a México a la influencia de la esfera nazi. El país pasó de vender un millón de barriles al Tercer Reich a casi 5 millones en 1939, el año de la invasión a Polonia. Tal vez algunos tanques de la guerra relámpago que aplastaron las filas polacas iban impulsados con combustible mexicano. “México se convirtió en uno de los más importantes abastecedores de materias primas del régimen nazi, al grado que sin su cooperación la maquinaria bélica de Hitler no se hubiera sostenido al ritmo que lo hizo”, escribe Miguel Chávez Rodríguez. “Las intenciones de Berlín fueron muy claras desde un principio: obtener de las reservas mexicanas la mayor cantidad de materias primas, y si el acercamiento geográfico y a veces político con Estados Unidos le fuera a causar problemas, los norteamericanos tendrían que ser sorteados con la ayuda de agentes secretos”.

El gobierno de Cárdenas, oficialmente neutral, al principio se hizo de la vista gorda respecto a las actividades de los nazis en México, o eso parecía. En varios momentos apoyó tácitamente a los alemanes mientras de palabra ofrecía su apoyo a los Estados Unidos. La embajada alemana en México llevó a cabo una intensa propaganda insistiendo en que el Tercer Reich no tenía intenciones de dar molestias a América Latina. En un comunicado del 18 de diciembre de 1940, el gobierno alemán declaró: “Como el Führer y el gobierno alemán lo han protestado varias veces, el Tercer Reich no persigue intereses políticos o aspiraciones territoriales en el continente americano, toda afirmación contraria proviene de fuentes anglosajonas y judaicas, cuya propaganda está dirigida con el fin de minar las buenas relaciones entre la América Latina y Alemania, y, de este modo, reforzar la

dependencia económica de los países latinoamericanos de la plutocracia anglosajona”. En el fondo, Cárdenas simbolizaba la actitud de muchos mexicanos: mantener una puerta abierta con Alemania, no porque él apoyara o aprobara las acciones de Hitler, sino por su desconfianza hacia Washington.

Propaganda nazi en México

Además de sus materias primas, Alemania buscó adueñarse de la mente de los mexicanos. Ya desde 1935 el régimen nazi había visto en la nación latinoamericana una oportunidad para, nuevamente, sabotear y hacerle la guerra secreta a Estados Unidos. Idealmente conseguiría alinear a toda América Latina, o cuando menos asegurar su neutralidad. Hitler reconoció que contar con el apoyo y la admiración de la población mexicana sería una pieza nada desdeñable en su estrategia global. Las operaciones del Tercer Reich en México iniciaron ese año bajo la dirección del doctor Heinrich Northe, cuya primera labor fue diseminar la ideología nazi entre los alemanes que vivían en el país, es decir, más de 64 mil personas. Northe aglutinó a todas las sociedades alemanas existentes en una sola institución llamada Centro Alemán, un sitio controlado por el partido nazi de donde salieron operaciones de espionaje y propaganda. Además, se reclutó a todos los alemanes-mexicanos “de raza pura”, que excluía a quienes estuvieran casados con mexicanas y a los hijos de dichas uniones. Desde el Centro Alemán empezó a repartirse propaganda a un país que, resentido con Estados Unidos, simpatizaba con el lejano nazismo sin tener idea de que se trataba de un movimiento racista y genocida.

La misión de Arthur Dietrich era hacer que la opinión pública mexicana se volcara en favor del nazismo. No sería una tarea simple. Alemania era un país desconocido y distante, y el anterior contacto histórico con el pueblo germano por medio de Maximiliano de Habsburgo no había terminado nada bien. De las oficinas de prensa en la embajada alemana salieron carretadas de dinero para financiar publicaciones, revistas y periódicos que se distribuirían masivamente sobre todo entre las clases media y alta mexicanas. Dietrich subsidió también periódicos ya existentes, incluyendo los de mayor circulación, Excélsior, El Universal y Novedades, para que imprimieran artículos de opinión, propaganda y noticias favorables al Reich. Muchos editoriales de El Universal y Excélsior describían a Estados Unidos como el mayor enemigo de México. Los propagandistas nazis y sus escritores a sueldo exaltaban la lucha de Alemania contra el imperialismo y la comparaban con la resistencia de México ante sus vecinos opresores. También explotaban el miedo de la clase media y de los empresarios hacia el comunismo. Frases como “Hitler es la escoba de Dios que está barriendo de la superficie de la Tierra todo lo malo que se había acumulado durante siglos” podían leerse en revistas financiadas por Berlín, en las que llegaron a colaborar artistas e intelectuales mexicanos. Pocos líderes de opinión en México se resistieron al espejismo y denunciaron al nazismo por lo que realmente era.

Una de las publicaciones pronazis más controvertidas fue Timón, aparecida en 1940, cuyo director era José Vasconcelos, exsecretario de Educación Pública, filósofo e intelectual mexicano que, a pesar de este incidente que fue ignorado durante décadas, se ganó a pulso su entrada al panteón de los hombres ilustres. La revista Timón también estaba financiada por la embajada de Alemania. Tenía el gran formato de las revistas “familiares” y gozaba de distribución nacional y continental. Además de declarar su apoyo abierto al nazismo (“Prevemos la victoria de la Gran Alemania y se lo hacemos saber a nuestros lectores”), Timón ardía en sentimientos antinorteamericanos y abogaba por una transformación de la sociedad, aunque fuera por medio de la “firmeza de puño y audacia de

la voluntad”. El editorial de su número inaugural decía:

En las marejadas y torbellinos del momento actual, más que en época alguna, hace falta a la nave de los destinos colectivos un timón que la dirija en la marcha. Pero el manejo del timón supone conocimiento de la ruta, firmeza de puño y audacia de la voluntad. No basta jamás con el impulso. Ningún pueblo se salva si la inteligencia no le ha aclarado sus ímpetus. Donde gobierna el instinto, la barbarie perdura y la nación se convierte en paria. En todas las épocas, el pueblo que se impone es el que cuenta con una doctrina superior de vida. Lo importante para nosotros, de la situación internacional, es que se están debilitando las potencias bajo cuya hegemonía padecemos desde hace siglo y medio. Ni Inglaterra volverá a lo que fue; ni Francia tornará a ser el feudo de Frentes Populares y Estrellas con más o menos puntas de Oriente o de Occidente; ni los Estados Unidos van a escapar del cambio universal. Por el momento nuestro interés reside en el debilitamiento de la hegemonía anglosajona en el planeta.

El mismo Vasconcelos no ocultó su simpatía por los nazis: “El pueblo de México puede ser en gran parte germanófilo y creemos que en efecto lo es”, escribió, “pero lo es precisamente porque ve en la ruptura del orden internacional contemporáneo una liberación”. El Dr. Atl, pintor celebrado en todo México, consideró el nazismo como la solución a los problemas mundiales. En 1940 el exrevolucionario Adolfo León Ossorio agitaba y pedía la expulsión de los judíos de México, y aunque el gobierno se alineó con Estados Unidos desde 1939, la mayor parte de los líderes de opinión estaban en contra de apoyar abiertamente a Franklin D. Roosevelt.

A finales de 1940, con una elección presidencial en puerta, la intervención nazi se hizo intolerable, cuando menos ante los ojos de Estados Unidos, que empezó a presionar al presidente Cárdenas. El candidato de derecha de la oposición, Juan Andreu Almazán, simpatizaba con Hitler, tenía una postura antiamericana, y —de acuerdo al interesante libro de Juan Alberto Cedillo—, de no ganar la elección presidencial, Alemania lo apoyaría con un golpe de Estado en México. En junio de 1940, el diplomático estadounidense Pierre Boal informó al presidente Cárdenas de la llegada de material subversivo por medio de una aerolínea llamada Sarabia Airlines. Boal indicó a Washington que contaba con todo el apoyo de Cárdenas. El 11 de junio el diplomático escribió a su secretario de Estado:

El ministro de Gobernación llamó a los editores y gerentes de periódicos mexicanos esta noche, y les dijo que la política exterior de México es de simpatía hacia los Aliados, especialmente hacia Francia, y que también está del lado de Estados Unidos y que solicita su cooperación hacia esta política. Al hablar con el editor de un periódico de Laredo, Texas, dijo que México considera que sus relaciones con los Estados Unidos son mejores que nunca. El gobierno está decidido a que los elementos comunistas y nazis que puedan existir en México no disipen este sentimiento de amistad.

Días después, Cárdenas recibió un informe secreto preparado por su ministro del Interior, Heriberto Conrado Meili, donde le informaba de manera oficial que había una poderosa organización nazi operando en el país: “Los nazis tienen una organización en México que es casi perfecta, en la que están inscritos todos los alemanes que viven aquí (64 mil personas) y cuyo vínculo es la ideología del terrorismo”. Por fin, Dietrich fue expulsado del país. La red de espías, no obstante, siguió operando, aunque con mayor discreción.

México sólo tuvo razones para alarmarse hasta que Hitler invadió la Unión Soviética: dado que buena parte de los líderes de opinión mexicanos eran socialistas o comunistas, de inmediato se extinguió su simpatía hacia las potencias del Eje. Un par de meses antes el secretario de Relaciones Exteriores de México, Ezequiel Padilla, había advertido ante el Congreso la necesidad de cooperar con los Aliados, ya que un posible triunfo de la Alemania nazi traería no sólo un orden mundial dominado por una potencia hostil, sino que los indígenas y los mestizos mexicanos serían oprimidos por la política racista del Tercer Reich. El ataque de Japón a la base norteamericana en Pearl Harbor y la brutal ocupación de las Filipinas, con quien México tenía lazos históricos, inclinó aún más la balanza mexicana hacia los Aliados.

Ese mismo año, el nuevo presidente, Manuel Ávila Camacho, un militar que había participado en la Revolución mexicana y tenía fama de ser un bonachón y educado caballero, mostró el músculo al detener a varios italianos y alemanes que intentaron hundir unos barcos en el puerto de Tampico. Luego, en abril de 1941 se incautaron nueve buques italianos con capacidad conjunta de medio millón de barriles de petróleo que estaban estacionados en el mismo puerto: el Stelvio, posteriormente bautizado como Ébano; el Tuscania, cuyo nombre se cambió a Minatitlán; el Fede, el Vigor, el Americano, el Giorgio Fazzio, el Genoano, el Atlas y el más célebre de todos, Lucífero, que cuando pasó al poder del Estado mexicano se renombró Potrero del Llano, nombre de una región de Veracruz rica en hidrocarburos. Correspondió al contralmirante Luis Hurtado de Mendoza tomar posesión de los barcos decomisados y asignarle un capitán a cada uno. Otra medida fue congelar las cuentas bancarias de los países del Eje y prohibir el uso de otro idioma que no fuera el español en llamadas de larga distancia. En 1941, cuando la situación en Europa todavía indicaba que los alemanes saldrían triunfantes, México firmó con Estados Unidos acuerdos que permitían al vecino del norte usar sus bases aéreas, así como varios pactos económicos, entre ellos, la venta de la muy necesitada materia prima. México utilizó precisamente los buques italianos incautados en Tampico para transportar el estratégico petróleo mexicano hacia el norte. Esta decisión tendría graves repercusiones que llevarían a Ávila Camacho a reconocer el estado de guerra contra el Eje. México justificó la incautación de los buques italianos de acuerdo a la angaria, figura jurídica que le da derecho a un contendiente de apoderarse y operar con fines de guerra cualquier tipo de propiedad en territorio beligerante, incluso la que pueda pertenecer a ciudadanos de un Estado neutral. Sin embargo, México no era en ese momento un Estado beligerante ni se hallaba en guerra con Italia. No está claro, pues, que la acción haya estado justificada desde el punto de vista jurídico, y fue por lo tanto una provocación al Eje.

Gustavo Vásquez Lozano. Los últimos héroes. La historia no contada del Escuadrón 201. Debate, 2024. pp. 240

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “Los últimos héroes. La historia no contada del Escuadrón 201

  1. Me gustaría que tambien publicasen un libro, filmaran una película o sacaran una miniserie sobre la vida de Gilberto Bosques. Él participo en la defensa del puerto de Veracruz durante la revolución Mexicana (evento histórico que al parecer fue provocado por el telegrama Zimmerman). Fue embajador mexicano en Francia y ayudó a los republicanos españoles a emigrar a México; pero no sólo españoles, sino de muchas otras nacionalidades, incluyendo decenas de miles de judíos (Gilberto Bosques es reconocido por Israel como Justo entre las naciones). También participó en las negociaciones entre EEUU y la Unión Soviética para resolver la Crisis de los misiles en Cuba.

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