A raíz de la exposición en el Museo Franz Mayer Rev(b)elada. Vivian Maier, fotógrafa, este ensayo reflexiona sobre la vida y obra de la fotógrafa neoyorquina, su relación con la exhibición, y el carácter íntimo y público de su obra.
El mundo del siglo XXI es impensable sin celulares, internet y aplicaciones de edición que nos permitan subir a alguna red social las docenas de fotos que tomamos con nuestro teléfono. Fotografiamos todo lo que hacemos y comemos, cada lugar que visitamos, cada evento al que asistimos. Y, cuando no estamos tomando fotos, estamos viendo las que otras personas publicaron: puede ser que aún no hayamos visitado el nuevo restaurante de moda o que no hayamos ido a un fiesta; sin embargo, por momentos es fácil caer en la ilusión de que sí estuvimos en alguno de esos lugares, sólo por la cantidad de fotos y publicaciones que vemos a todas horas en nuestras pantallas.
Al imaginar la reacción que la fotógrafa estadounidense Vivian Maier (1926-2009) habría tenido ante este fenómeno, sólo puedo pensar en dos opciones sin ninguna posibilidad de medias tintas, las habría amado u odiado; habría sido influencer o ermitaña digital. Es difícil especular sobre lo que pensaría o sentiría alguien como Maier sobre casi cualquier cosa, ya que fue una persona muy reservada: tenía pocas amistades, no era cercana con su familia y cuando no estaba trabajando pasaba sus días observando al mundo en silencio. Rev(b)elada. Vivian Maier, fotógrafa, la exposición del Museo Franz Mayer que muestra su trabajo, se integra por 200 imágenes que muestran la vida y obra de la artista neoyorquina. Curada por Anne Morin, la primera exhibición de Maier en nuestro país juega con el proceso que ha significado el descubrimiento de sus fotografías y de su identidad como artista: una persona que comparte su forma de mirar el mundo desde su camuflaje, que se oculta para después revelarse y rebelarse a través de su obra.

Vivian Maier nació el 1 de febrero de 1926 en la ciudad de Nueva York, aunque las personas con las que convivía pensaban que era francesa; en buena medida porque su madre lo era, y la artista adoptó un particular acento francés que sonaba falso ante el oído conocedor y deformado ante personas menos desconfiadas. Quienes la conocieron la recuerdan como una mujer excéntrica, solitaria y extravagante; dicen que medía alrededor de 1.85m y que vestía a la moda de 1910 o 1920, a pesar de haber vivido durante la segunda mitad del siglo XX. Eso sí: una cámara Rolleiflex siempre colgaba de su cuello.
Hoy la recordamos por las miles de imágenes que capturó, pero en vida Vivian Maier se dedicaba a ser niñera y, en un par de ocasiones esporádicas, cuidadora de personas de la tercera edad. Trabajaba con familias acomodadas, pasó una temporada con la familia de Phill Donoghue, creador y conductor de The Phill Donahue Show, por ejemplo. Donahue era padre soltero, así que la fotógrafa cuidaba a sus cuatro hijos mientras él trabajaba en el programa. Maier cambiaba de empleo constantemente, pero la mayoría de los niños con quienes trabajó la recuerda con cariño; un par de ellos incluso contribuyeron a su manutención en los últimos años de su vida.
Aunque a simple vista parecen tener pocas cosas en común, ser niñera y fotógrafa comparten muchas cualidades. En primer lugar, la observación y la paciencia: quien cuida niños tiene que vigilarlos todo el tiempo, pero también tiene que aprender a mirar el mundo como ellos. Ser capaz de observar desde un lugar poco común entre los adultos implica ver desde la empatía, supone un desplazamiento del yo que ayuda a revelar un mundo distinto. Al final, la fotografía, entre otras cosas, busca compartir perspectivas frecuentemente ignoradas.
Segundo, la espontaneidad: saber improvisar es esencial para una niñera, como lo es para quienes crean imágenes. En el mundo de la fotografía, en especial en el de la street photography, la fotografía urbana, nunca se sabe cuándo se presentará la oportunidad de tomar una gran foto. Para Cartier-Bresson, ese instante de la captura define la imagen, y Maier siempre estaba lista para atrapar los instantes precisos.
En tercer lugar, la creatividad y la búsqueda constante de asombro: una buena niñera siempre tiene listo un juego o alguna actividad divertida con lo que tenga a la mano. Es capaz de lograr que otros usen su imaginación para ver lo que les rodea de forma distinta, para suscitar el asombro ante lo cotidiano. Una buena fotógrafa logra lo mismo.
Vivian Maier pasaba sus días caminando por la ciudad de la mano de sus niños y visitando todo tipo de lugares: desde dulcerías y centros comerciales hasta rastros y basureros, nunca paró de buscar sitios y sujetos dignos de capturar. Su mirada aguda, siempre abierta a la sorpresa, nos muestra que hay belleza en todos lados para quien sabe encontrarla. Fue una autodidacta de la fotografía, aunque aprendió un par de cosas básicas de su madre, quien tomaba fotos como amateur; pero nunca recibió una educación artística formal. Aprendió desde la práctica, desde su propia experiencia, entrenando su mirada.
Maier capta instantes cotidianos en los que, muchas veces la vemos inmersa, como en las que aparece reflejada en la ventana de alguna tienda o edificio, o se hace presente a través de las sombras o el contorno de su figura. También retrata a personas en las calles de la gran manzana: desde trabajadores de construcción que toman un descanso para fumar, hasta hombres de traje y mujeres afuera del cine. Captura el movimiento urbano.

Sin embargo, su reconocimiento como fotógrafa es reciente: hasta los primeros años del siglo XXI, Vivian Maier era una absoluta desconocida. Ahora sabemos de su trabajo gracias a un cineasta e investigador norteamericano llamado John Maloof. En el 2007, Maloof estaba trabajando en un proyecto sobre la historia de Chicago, por lo que asistía a muchas subastas en busca de negativos y rollos con fotos antiguas que le regalaran imágenes para su investigación. En una de esas subastas compró una caja de negativos por 387 dólares, pero pronto se dió cuenta de que no le servían y guardó la caja para más tarde, sin prestarle mayor interés. Regresó a ella en 2013, fue entonces cuando miró los negativos con más atención y vio que las fotos eran verdaderas obras de arte. Maloof empezó entonces una nueva investigación para dar con la persona que las había producido, pero ni siquiera Google tenía algo que decir sobre la tal Vivian Maier. El cineasta no se dió por vencido: subió algunas imágenes a un blog en internet y logró contactar a un par de personas que la niñera había cuidado de niños. Poco a poco, Maloof logró conseguir más rollos y negativos de la fotógrafa y contactar a más personas que la conocieron. Hoy se tienen más de 150,000 imágenes suyas y es reconocida como una de las fotógrafas norteamericanas más importantes del siglo XX.
John Maloof sigue trabajando en la creación de su archivo, y para darlo a conocer hizo el documental Finding Vivian Maier, cinta nominada al Oscar en 2015. En el documental, quienes conocieron a la artista la recuerdan como una mujer reservada y críptica al grado de la paranoia. Era rebelde. Nunca transmitía nada de información personal, ni siquiera cómo se llamaba: evitaba compartirlo a toda costa y, cuando tenía que hacerlo, modificaba la ortografía y la pronunciación de su nombre y su apellido. Cada vez que empezaba a trabajar con una familia como niñera, solicitaba una nueva cerradura para la puerta de su cuarto, y nadie más que ella tenía llaves. En los últimos meses de su vida, su discreción la llevó al silencio y al rechazo, si sus vecinos o cualquier persona con la que se cruzara intentaba iniciar una conversación o incluso ofrecerle ayuda, se mantenía muda o respondía con gritos en francés. Por eso resulta irónico que hoy sus fotos sean todo un espectáculo, que estén publicadas en internet y recorran el mundo de exposición en exposición. ¿Vivian Maier tomaba autorretratos con la intención de ser vista, o lo hacía por el disfrute de capturar un instante? ¿Sería más adecuado a su manera de pensar mantener sus fotos y su identidad en las sombras, como ella lo hizo en vida, a pesar de la altísima calidad de sus imágenes? Y, recuperando las preguntas del inicio: ¿habría disfrutado de darse a conocer o habría preferido el anonimato, incluso si esa invisibilidad significa el sacrificio de compartir su talento?
Me inclino a pensar que el valor que la fotógrafa otorgó a su intimidad la habría llevado a evitar toda red social. Maier, a lo largo de su vida, imprimió muy pocas de sus fotografías. Sus rollos se mantuvieron llenos pero sin revelar. Aunque la discreción y la soledad con las que vivió toda su vida la condujeron a momentos de aislamiento, también le permitieron permanecer fiel a la actividad que más disfrutaba y a sus intuiciones creativas, sin importarle los resultados o lo que pudiera opinarse de ellos. En un mundo que se mueve al ritmo del scroll, un mundo tapizado por filtros e inundado de fotografías, vale la pena dejar la pantalla un momento y contemplar el trabajo de Maier; detenernos ante el cristal o el aparador para volver a mirar el reflejo de lo cotidiano, y así, tal vez, disfrutar nuestros propios procesos y cotidianeidad en sí mismos, y no sólo por su posible exhibición. Rebelarnos sin revelarnos.
Rev(b)elada. Vivian Maier, fotógrafa. estará expuesta en el Museo Franz Mayer hasta el 19 de mayo.

Ana Herrera
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana.
Excelente e interesante relato sobre ensayo de Vivian Meier, fotógrafa anónima hasta no adentrarse a sus archivos fotogràficos. Buen trabajo