Ante las quejas contra el ruido, desde la música de bandas en Mazatlán hasta los organilleros de la Ciudad de México, la autora de este ensayo indaga en ciertos antecedentes de otros tiempos y países. Una parte de aquel alegato clasista resuena hoy, sin soslayar el centro del problema: las afectaciones a la salud que otro tipo de ruido tiene en los habitantes urbanos.
Dos grupos de videos se han hecho virales recientemente. En uno de ellos vemos a una modelo estadunidense, residente en la Ciudad de México, quejarse del sonido de los organilleros, al que califica como el más molesto de la capital. Con un semblante altivo y socarrón, la mujer insta a no contribuir económicamente a través de propinas a la “contaminación auditiva” de esas “cajas de música de sonidos horribles”. Tras las críticas recibidas llega una segunda grabación, un mea culpa. La mujer, ahora con el semblante transfigurado, pide disculpas en un español atropellado por haber faltado al respeto a una tradición y profesión que ella desconocía.
El otro grupo de videos nos traslada a Mazatlán. En lo que se adivina es la terraza de un hotel, vemos a unos treinta turistas disfrutar del concierto acústico en pleno atardecer con vista al mar. La imagen es idílica hasta que una banda sinaloense que se encuentra en la playa empieza a tocar "El ausente”. La tambora y el trombón se imponen a las melodías del guitarrista solitario que, de forma inteligente, se para, da las gracias y se retira de una presentación más breve de lo esperada.
“El sonido de la gentrificación es el silencio”, reza una de las respuestas que ha circulado tras los dos incidentes. La consigna, vigente y polémica, me parece un buen pretexto para adentrarnos en la historia de una peculiar agrupación inglesa, la Anti-Noise League o Liga Anti-Ruido, fundada en 1933 con el objetivo de combatir el “mal social y cívico” que causa la exposición constante al ruido.

La Liga Anti-Ruido no fue la primera agrupación de su especie, ya en 1906 Julia Barnett Rice había fundado en Nueva York la Sociedad para la Supresión del Ruido Innecesario con el objetivo de eliminar toda forma de sonido no deseado que atentara contra los nervios de los ciudadanos y no fuera esencial para el comercio de la ciudad. En los periódicos de la época vemos colectivos similares en distintas ciudades estadunidenses que, frente a los avances de la industria, las comunicaciones y los transportes, exigen la creación de regulaciones aurales. La revolución tecnológica suponía un costo que había que mitigar.
Del otro lado del Atlántico, los primeros esfuerzos de la Liga Anti-Ruido llegaron un par de décadas después. Fueron protagonizados por el médico y lord Thomas Jeeves Horder, quien, a través de la Asociación de Médicos Británicos, buscó persuadir al Ministerio de Salud sobre la necesidad de crear una serie de normas para regular la producción de ruido vial en el Londres de entreguerras. Una de las notas periodísticas de la época recoge la poca simpatía que la propuesta de Horder causó en la Cámara Alta del Parlamento inglés (a la que él pertenecía), a pesar de las muchas evidencias médicas proporcionadas para demostrar los efectos negativos que los coches, la maquinaria de construcción y los radios tenían en la salud. Fueron insuficientes los argumentos acerca de cómo el ruido fomentaba la fatiga, producía alteraciones en el sistema nervioso o incluso causaba trastornos como la neurastenia.
Frente a la negativa del gobierno, la Liga optó por organizar campañas que permitieran sensibilizar a la población acerca de los efectos del ruido. Enfocarse en el sector civil les permitía, además, granjearse la simpatía de organizaciones privadas que pudieran contribuir para lograr su objetivo: erradicar el ruido innecesario de las grandes ciudades. Tras el cambio de estrategia, en 1933 la Liga produjo un pequeño documental educativo sobre los fundamentos de la acústica, que se exhibió en algunos cines de la capital. Para 1935 la agrupación decidió echar la casa por la ventana: organizó una gran exhibición pública en el Museo de Ciencias de Londres titulada Exposición sobre la Reducción del Ruido. Esta vez, a diferencia de lo presentado en la Cámara Alta, al argumento médico acerca de las afecciones causadas por el ruido, la Liga decidió añadir uno que resonara más con el público asistente –seguramente poco especializado en la jerga médica y académica, pero conocedor de los vericuetos laborales–: el ruido merma la capacidad de los hombres profesionales para ejercer su liderazgo intelectual. La consideración clasista y sexista, que sólo aplicaba a un sector de la clase media –puesto que, como James Mansell explica, la Junta de Investigación de Salud Industrial, por esos mismos años, había recomendado a las fábricas sintonizar las emisiones de la BBC “Escucha mientras trabajas” (“Listen While You Work”) creadas para aliviar el cansancio y tedio de las y los trabajadores– surtió efecto.
Las buenas críticas sobre la exposición que publican los periódicos de la época elogiaron no sólo la capacidad de convocatoria de la Liga sino también la muy ingeniosa exhibición de inventos especializados para amortiguar los efectos del ruido. Se destacan artilugios como las máquinas de escribir y aspiradoras silenciosas o herraduras de goma; dispositivos que mantenían a salvo al hombre oficinista y a la mujer ama de casa de los sonidos indeseables y perturbadores de la ciudad.
A pesar del vocabulario distinto, una parte de la aspiración clasista de la Liga Anti-Ruido resuena por vía negativa en el alegato que hoy se ha viralizado en respuesta a los videos antes mencionados: entre el sonido de una silenciosa máquina de escribir de principios del siglo XX o el teclado de una laptop; entre el sonido de un organillero o de un guitarrista clásico se juega una “política de los sentidos”, como estipula la antropóloga griega C. Nadia Seremetakis, que crea diferentes zonas de reconocimiento y valoración, pero también de degradación y olvido. Para decirlo de otra manera, hay consignas implícitas e históricamente asentadas que determinan ciertos órdenes de lo perceptible y lo imperceptible, de lo supuestamente agradable y lo desagradable.
El problema del ruido en las ciudades densamente pobladas, como la Ciudad de México, no es poca cosa. Tampoco es un terreno fácil de caminar. Es polémico e implica distintas capas. Pero eso no nos exime de acercarnos a él. Aunque sea a cuentagotas. Nuestros sonidos, como nuestros silencios, son un acto político. Defenderles implica apostar por el trastocamiento de las normas vigentes de lo (supuestamente) existente e inexistente, así como de nuestros modos específicos, y en ocasiones muy limitados, de escuchar el mundo.
Referencias
Hendy David, Noise. A Human History of Sound and Listening (London: Profile Books, 2013).
Mansell James, “«A Chamber of Noise Horrors»: sound, technology and the museum”, Science Museum Group Journal 7(7), 2017.
Mansell James, The Age of Noise in Britain: Hearing Modernity (Urbana: University of Illinois Press, 2017).
Morat Daniel (ed.), Sounds of Modern History: Auditory Cultures in 19th- and 20th-Century Europe (Oxford: Berghahn, 2014).
Schwartz Hillel, Making Noise. From Babel to the Big Bang & Beyond (London: Zone Books, 2016).
Sterne John, The Audible Past: Cultural Origins of Sound Reproduction (Durham: Duke University Press, 2003).
Ainhoa Suárez
Filósofa e historiadora, investiga sobre el silencio, el movimiento y el cuerpo.
No se comprende la categoría “clasismo” en este texto: y no se desarrolla su vinculación con lo “aspiracional” . A propósito de los organilleros les comento: en la ciudad de Veracruz desde hace 5 años a lo más, llegaron 4 señores que tocan tres rollos como le llaman, de la misma música: durante 6 horas o más frente a un Sambors: las meseras están ya, neuróticas. No soportan este ruido. Mismo que ha ahuyentado a comensales del exterior del restaurante. No es clasismo decir que es insoportable. Lo mismo con “los norteños” de los bares de Los Portales, que ya traen amplificadores de sonido para competir con marimbas y soneros, en detrimento de los parroquianos portaleros. Y no es clasismo decirlo. Saludos