Los siguientes poemas así como el preclaro fragmento introductorio —todo esto seleccionado y traducido por Bravo Varela— nos muestran la necesidad de desempolvar la poesía de Amy Lowell (1874-1925), una figura crucial del imagismo y de la literatura estadunidense, injustamente apartada.
“Cuando empecé a leer a los modernistas [anglosajones], Amy Lowell se había vuelto poco más que una nota al pie de la obra de Ezra Pound. […]
Lowell creaba un mundo erotizado en el que su relación con Ada Russell fue central, y desafió los límites de género y sexualidad, así como las convenciones sociales. Mientras que [Gertrude] Stein empleó palabras en clave para su lesbianismo al escribir sobre la relación con Alice Toklas, Lowell se ubicaba en el mundo natural —del modo en que [Walt] Whitman lo había hecho con los poemas homoeróticos de “Cálamo”— para escribirle poemas líricos de amor, abiertamente sexuales, a Russell.
De manera extraña, el ninguneo de Pound a Lowell sigue siendo canónico, sin que nadie en realidad discuta el heterosexismo y la misoginia que pudieron haberlo motivado. Qué lástima, porque pienso que los lectores contemporáneos encontrarían gran placer en la obra de Lowell, obre todo en los poemas tardíos. […]
Robert Lowell, al escribirle a Elizabeth Bishop en los años cincuenta, detalla una conversación con Robert Frost, en la que éste le dice algo sobre su prima lejana: ‘alguien realmente debería de desenterrar a Amy’.”
—D. A. Powell

* * *
Interludio
Después de hornear pasteles blancos
y de rayar almendras para espolvoreárselas;
de arrancarle los tallos a las fresas
y apilarlas, con la punta hacia arriba, en un platón azul y amarillo;
después de alisar las costuras del mantel que he venido trabajando,
¿qué sigue?
Mañana será igual:
pasteles, fresas
y agujas dentro y fuera de la tela.
Si el sol resulta hermoso en ladrillos y peltre,
la luna aún resulta más hermosa
cuando se inclina sobre el ramerío gofrado de un ciruelo.
La luna,
que tiembla sobre un lecho de tulipanes.
Y la luna,
inmóvil,
sobre tu rostro.
Brillas, Bienamada,
tú y la luna.
Mas ¿quién es el reflejo?
El reloj da las once.
Y pienso, tras cerrar la puerta y atrancarla,
que allá afuera estará la noche
oscura.
* * *
Septiembre, 1918
Esta tarde fue del color del agua cayendo entre la luz del sol.
Los árboles brillaban con la caída de las hojas.
Las aceras lucían como senderos de hojas desprendidas del arce
y las casas las iban correteando, riéndose con ventanas abiertas y cuadradas.
Al pie de un árbol en el parque,
dos niños que yacían boca abajo
juntaban moras cuidadosamente,
guardándolas en una caja de cartón.
Un día no habrá guerra
y entonces tomaré esta tarde
y la transformaré en mis dedos,
y con el paladar notaré su dulzura,
la fresca variedad que hay en la trayectoria de sus hojas.
Hoy sólo puedo juntar todo,
guardarlo en mi lonchera,
pues ya no tengo tiempo para nada
más que el afán de balancearme
en un mundo quebrado.
* * *
Una amante
Si yo atrapara la verde linterna de la luciérnaga,
sería capaz de ver y de escribirte una carta.
* * *
Meditación
Un sabio
que veía cruzar estrellas por el cielo,
remarcó:
En el aire más alto, las luciérnagas se mueven con mayor lentitud.
* * *
Superstición
Pinté la imagen de un fantasma
en mi cometa
y la colgué de un árbol.
Más tarde, cuando suelte la cuerda
y la deje volar,
la gente habrá de acobardarse
y ocultar la cabeza
por miedo al dios
que nada entre las nubes.
* * *
Poesía
Sobre la tienda donde venden seda
vuelan aún cometas de dragones.
* * *
Bruma lunar
Porque la luz de luna decepciona,
la amo.
* * *
Una ramita de romero
No puedo ver tu rostro.
Cuando te pienso,
lo que veo son tus manos.
Tus manos
al coser
o sosteniendo un libro.
Descansando un momento en un alféizar.
Mis ojos nunca pierden a tus ojos de vista,
pero mi corazón guarda el sonido de tu voz
y el fulgor delicado que es tu alma.
* * *
Granada china
Me corto cada vez que pienso en ti
y aun así vuelvo a hacerlo todo el tiempo,
una suerte de furia quiere que te sustraiga
de este tenue presente
y de pronto te ponga en una rueda de rosas sobre mí.
Entonces, cuando estoy por inhalar, y es obvio, su fragancia,
toco tu filo hasta ceñirme a él,
y sólo hasta que corre la sangre por mis dedos
me doy por satisfecha.
* * *
Empeño
Oh Tú,
que alguna vez caíste sobre mí,
estirado detrás de los manzanos justo después del baño,
debiste ahorcarme antes de hablar
y no llenarme con la blanca miel silvestre de todas tus palabras,
dejándome a merced de las abejas
en el bosque.
Poemas provenientes, en orden de aparición, de los libros Imágenes de un mundo flotante [Pictures from a Floating World] (1919) y Coterie [Cenáculo] (1920), incluidos en Obras poéticas completas (Boston: Houghton Mifflin, 1955, 607 pp.)
Hernán Bravo Varela
Poeta, ensayista y traductor