Del 7 al 11 de febrero la Ciudad de México fue sede de la Semana del Arte 2024: el principal espacio de encuentro para las expresiones artísticas actuales. En nexos, le pedimos a dos jóvenes escritores una crónica de sus atentos recorridos por museos, ferias de arte, galerías y recintos fantasmagóricos; todos esos pasillos, sótanos y azoteas que sirvieron como escenario transitorio para artistas y creadores nacionales e internacionales. La Semana del Arte produce opiniones encontradas entre quienes la odian y la aman, quienes la entienden y quienes desearían que no existiera. Nuestros autores reflexionan sobre esto, en estilos y formas muy distintas.
I.
ZZZ, arte para echarse en cama, del 3 de febrero al 16 de marzo- curaduría por Paula Valadez y Mario Ballesteros. Espacio Ballista: Doctor Lucio 181, colonia Doctores, Ciudad de México.
Todo empezó en 1978, cuando José López Portillo se preguntó, en referencia a la curaduría nacional de su sexenio, ¿por qué hacerla gris y aburrida como en tantos museos? ¿Por qué no competir con Perisur, con Hollywood? Por eso estamos aquí. Todo esto nos dice Wendy Cabrera Rubio en el espacio Ballista, donde hay una exposición de colchas y cobertores confeccionados por distintos artistas y creadores emergentes.
Mi pieza favorita es la de María Isas, La parvada del silencio: una sábana blanca con un poema en el centro bordado a mano en letras rojas. Un corazón palpitante, escurriendo sangre, en medio de una cama de magnolias. Atrás cuelga una colcha de manta en la que el artista Puki bordó con hilo rojo diferentes aspectos de lo que se asume como homoerótico: fetiches, máscaras de látex, furros, fisting, erecciones infinitas. Wendy Cabrera Rubio nos explica a gritos su pieza en colaboración con Charlotte González: una sábana hecha con odio que al mismo tiempo es un juego de mesa (juego de cama) de carácter estratégico sobre el contexto geopolítico durante la Guerra Fría.
Todos escuchamos su cátedra en silencio mientras se dirige a nosotros con cierto reproche, como si fuéramos parte de alguna célula imaginaria de extrema derecha y ella fuera una comunista de lujo totalmente automatizada en un delirio congruente con su discurso, con su pieza, con la situación geopolítica actual: “estamos viviendo la guerra de las imágenes -dice Wendy-: de la Virgen de Guadalupe a Blade Runner”.

Sobre la cama, alrededor de la cual orbita la exposición, hay una cobija prehispánica del futuro creada por Ileana Moreno, que tiene bordada en su superficie una entidad mitad xenomorfo mitad deidad prehispánica. Es una representación de Tlaltecuhtli, el monstruo fértil que habiendo muerto explota de vida, hallado en el Templo Mayor durante el sexenio de José López Portillo. ¿Qué encontraron entonces, al dios o a la cobija de Ileana Moreno? Exprópiense las casas. Derríbense. Y descúbrase, para el día y la noche, la Semana del Arte para todos los mexicanos.
II.
Un terco y un ermitaño entran a un bar, del 6 de febrero al 2 de marzo, curaduría por CO,MA, Peana y Joseph del Pesco. En la Casa/Estudio Nancarrow, diseñado por Juan O’Gorman en Calz. de las Águilas no. 46.
Conlon Nancarrow (1912-1997) era sureño. Cuenta la leyenda que alguna vez Frank Zappa escuchó un vinilo de Nancarrow y se impresionó tanto que decidió ir a buscar al compositor estadounidense nacionalizado mexicano a su casa en la Ciudad de México, pero nunca lo encontró. Primera imagen: Frank Zappa perdido en Las Águilas.
La casa de Conlon Nancarrow está ubicada en Calzada de las Águilas y fue diseñada en gran parte por su amigo el arquitecto Juan O’Gorman. Cada puerta lleva a un pasadizo que, a su vez, lleva a una habitación repleta de objetos incomprensibles, futuristas en el sentido de que su forma no revela su función: cintas magnéticas, relojes, granos de sal, rocas, televisiones viejas, una silla antropomorfa, una carta firmada a mano por Györgi Ligeti; así como cualquier objeto cabe en un piano preparado, todo tiene su lugar en la indeterminación.
A lo lejos el sonido de alguien cortando fruta en una tabla. Es el fantasma de Nancarrow —me explica la curadora Mercedes Gómez (CO,MA)—: era un gran cocinero. Pasando la habitación roja está la biblioteca: una interesante colección de tratados esotéricos, grimorios antiguos, novelas chinas clásicas, manuales de matemáticas aplicadas y un libro intervenido que sale propulsado del estante cuando lo tocas, como en una casa del terror, como si fuera el fantasma de Nancarrow diciendo, ¡váyanse de aquí! En el segundo piso hay grabadoras, CDs del compositor (dejó escrito en su testamento que sólo se pudiera reproducir su música en CD, en ese entonces el formato más fiel al sonido), cartas firmadas por John Cage y Györgi Ligeti.
Favor de no disparar al pianista. Regaderas. Cintas métricas. Ventiladores. Helechos de plástico. Cinta de audio magnética. Almidón de maíz en bolsas de tela. Grandes cristales de sal. Bastones de madera. Cajas de cartón con piedras. Estos son los objetos con los que Lenka Clayton y Phillip Andrews prepararon el piano de Nancarrow con la idea de recrear el sonido de una tormenta para la pieza Tormenta en diez partes, una composición emocional y meticulosamente construida por Darío Acuña Fuentes-Berain. “We’re in Mexico, somos buena onda” dice Darío antes de sentarse a tocar la pieza que compuso específicamente para la ocasión. Justo antes de que empiece, alguien toca la puerta de acero que separa el estudio del resto de la casa. Silencio. Vuelven a tocar hasta que dejan pasar a unos gringos perdidos en México. La pieza de Darío utiliza un piano MIDI, en homenaje a los estudios para piano mecánico de Nancarrow, que parten de la idea de escribir música imposible de interpretar por seres humanos. En ese sentido, pienso que el MIDI es el sucesor espiritual de la pianola y que Nancarrow es un cyborg.
III.
Casa Ideal, del siete de febrero al 31 de mayo, curaduría por Proyectos Multipropósito y Enrique Giner de los Ríos, en Sevilla 10, piso 2, colonia Juárez, Ciudad de México.
Proyectos Multipropósito se encuentra en lo que antes era un call center en el segundo piso del edificio Sevilla 10. Hay algo fantasmagórico en ello. Se siente como un escenario postapocalíptico en el que las ruinas de la civilización son habitadas por los sobrevivientes del colapso. Es propio de nuestra época que espacios comerciales o laborales sean abandonados y resignificados como espacios artísticos o de esparcimiento. En una situación así, tiene sentido que la museografía se adapte a lugares como Perisur, una fábrica o un call center abandonado.
La exposición Casa Ideal reúne a más de 70 artistas, arquitectos y diseñadores trabajando en torno al concepto del hogar y la casa. La pieza de Roberto Michelsen, por ejemplo, es una hogaza de pan con forma de casa. La de Alonso Hernández es un reloj de ocho horas que propone una nueva organización de la vida doméstica. Su propósito es escuchar la hora en todo momento, al indicar con sonidos el paso de cada segundo. Es una forma de percibir el tiempo mientras transcurre. Además, el reloj se reinicia cada ocho horas; por lo que, cuando el reloj marca las 3:00, pueden ser las 11:00 o las 19:00.
Una de mis favoritas es un iglú hecho de hielo por Alejandro Romero. Cuando llegué a la exposición la pieza era prácticamente un charco de agua. Ante la pregunta de si no le importaba que nadie pudiera comprar su pieza porque para el segundo día estaría completamente derretida, el artista dijo que no. El iglú pelea contra el tiempo, se desintegra, no vale nada, y por eso es tan importante. El hielo es el material más honesto para construir una casa porque entiende el hogar como algo impermanente. El iglú y el reloj de ocho horas comparten una función: la de medir el tiempo. A mí me pasa lo que a Proust: no puedo irme temprano de las fiestas porque si no las veo terminar me da la impresión de que son infinitas, y eso me aterra. Por eso decidí que cuando se acabara de derretir el iglú de Alejandro Romero me iría a mi casa.
Está la pieza de Ramón Saturnino, quien tiró con sus propias manos la fachada de la casa en la que creció para usarla como material de construcción para una columna de tres metros de altura y uno de ancho. Es un objeto primitivo y brutal de unos 500 kg, construido violentamente a martillazos, que necesitó levantarse entre cuatro personas con ayuda de una polea y representaba un peligro para el resto de las obras por el riesgo de caer encima de ellas en cualquier momento. Es una pieza “fálica y grandilocuente”, como dice Ramón, pero al mismo tiempo pensada para pasar desapercibida, pues está como escondida entre las demás obras: la columna se camufla con la pared de la galería. “La idea era como un mantra en mi cabeza -me explica el artista-, un hogar no es un refugio, sino un peso en la espalda.” En su post de Instagram dedicado a la pieza sólo hay un link de YouTube a la canción Daphne de Porter.
De alguna forma esta exposición en Proyectos Multipropósito también atendió, tal vez involuntariamente, el concepto de la “fiesta casera”, tan emblemática de la experiencia de vivir en la Ciudad de México y algo inevitable en la búsqueda de la casa ideal. La fiesta casera, que empieza como una reunión de amigos y a determinada hora de la noche es invadida por desconocidos en busca de un espacio para conducir el veneno; a su llegada, algo sagrado se rompe y la noche se degrada.
A eso de las 8 p.m. (4 a.m. o 12 p.m. según el reloj de ocho horas), la Casa Ideal se transforma en una fiesta casera. Poco a poco empiezan a llegar las diferentes escenas de la Ciudad de México —los gringos perdidos en México, la banda Gangrena y las chicas superpoderosas, los modernos subversivos marxistas— y todos nos movemos como por indicación divina al piso de abajo, que en ese momento parece un bar tipo Unión Veri Bari pero con las luces encendidas y toda clase de pinturas colgadas en la pared.
“Esto es el Pony Express, porque es el espacio de Pony”, me explica José Eduardo Barajas, señalando a Pony: un artista que pinta —con distintos materiales y formatos— personajes como Pepe la Rana, Pikachu, un pato de goma y el Dragón Blanco de Ojos Azules de Yu-Gi-Oh, así como paisajes borrosos y unos Rothko en hojas de cuaderno con tonalidades de azul que Rothko nunca conoció. En suma, toda una serie de imágenes que matarían a un campesino medieval con sólo mirarlas. Es increíble poder pensar en un dragón blanco de ojos azules de tres cabezas.
Un gringo toca un solo de saxofón en los pasillos del edificio. Todos tienen una lata de cerveza en la mano, un cigarro entre los dientes; el pasillo huele a cemento y marihuana. El saxofonista toca una Fuga de Bach. Mark Rothko, Pepe la Rana, Ornette Coleman en el saxofón, todo convergiendo en los pasillos de un call center abandonado.
IV.
Viernes 9 de febrero 2024, 6:55 am. Día ochocientos setenta y cuatro de la Semana del Arte. Al principio de esta crónica se dijo que la museografía nacional debía competir con Perisur y Hollywood. Esto cobra especial significado en el circuito Material-Zona Maco-ACME, sólo que en estas ferias, la museografía compite con la Torre Mitikah, Artz Pedregal y TikTok. Parecen centros comerciales, sí, pero en el contexto de la frase que alguna vez le oí decir a un mirrey en la calle: “los centros comerciales están a punto de colapsar we”.
De Material me quedo con la imagen de un guardia de seguridad parado junto a un puesto de tianguis que exhibía ropa interior y figuras de anime con una música hecha por un tal “Diamante de Vacuidad”; una búsqueda en Instagram revela que Diamante de Vacuidad es alguien llamado Mauricio Orozco y es una “fundación de sensualidad espiritual” (spiritual sensuality foundation).
8:03 pm. Sorry the fair is closed so you have to get out, me dice un guardia de seguridad. Quieren que me vaya, pero no me voy a ir.
Corte al día siguiente. Cientos de personas haciendo fila bajo el sol para entrar a Zona Maco y ver las piezas de arte más horribles que he visto en mi vida: una fotografía de una mujer negra volviéndose blanca al tomar un vaso de leche; un vestido hecho con restos de bolsas de cemento Cruz Azul; unas láminas blancas con la leyenda “IN GOLD WE TRUST: It is better to be rich than poor”; un booth de Bimba y Lola donde venden micheladas estilo Lagunilla-Tepito. Parece un retrato irónico de la libertad creativa sin límites, la completa democratización del arte, el exceso de propiedad y el fin de los tiempos. “Qué chistosos gustos -le escuché decir a un señor de cincuenta y tantos años- digo, por supuesto que les tengo respeto”.
El circuito Zona Maco-Material-ACME se siente como estar perdido en una sucursal de Galerías el Triunfo diseñada por el artista mexicano Pedro Friedeberg, creador de la “Mano-Silla” (esa silla en la que te sientas en la palma y te recargas en los dedos): un castillo escheriano lleno de unicornios y personajes extraños de la cultura popular como el Señor Peanut ofreciéndote un souvlaki de pollo en un palanquín chino perteneciente a la dinastía Qin. Al lado mío firman la venta de una pieza de marfil de elefante africano y recuerdo que Rimbaud, dandy espiritual, abandonó la poesía para dedicarse al tráfico ilegal de armas y marfil.
También hay propuestas interesantes, como la obra de Alejandro Galván en el booth de la Galería Furiosa. Su pieza se llama “Frente a la tarde de salitre y piedra, donde se pudren todos los veranos”. Un cuadro de tres por dos que parece un heredero del muralismo pero hecho con tinta sobre concreto. Se narra la historia reciente de México y el mundo: brutalidad policíaca, niños peleando contra un Quetzalcóatl mecanizado, un personaje de la película Masacre en Texas encendiendo su motosierra, punks matándose entre ellos, superpolicías cyborg renegados, zombies mutantes de los pantanos de Nueva Orleans. Un códice pictórico protagonizado por referencias del cine slasher, death metal, la mitología precolombina, el anime mecha, y una combinación de todo eso peleando a muerte sobre un escenario distópico que parecen las ruinas de Ciudad Nezahualcóyotl.
En conclusión todo está muy mal, pero también está muy bien.
Artistas y no artistas por igual arremeten contra la “escena”, la “gentrificación”, “los gringos” y “los ricos” en una especie de diatriba furiosa e innecesariamente violenta en contra del arte moderno. Unos proponen liberar gas neurotóxico en todas las sedes de la Semana del Arte para terminar con la gentrificación. Otros catalogan cualquier expresión como una monstruosa abominación de la burguesía. Algunos no ven en esto más que una oportunidad para alcoholizarse hasta la inconsciencia. Hay mucho que decir al respecto; pero, sobre todo, invito a reflexionar en lo que alguna vez se preguntó el poeta Bruno Darío, que en paz descanse: y tú, ¿eres under o nadie te pela?
Bernardo Izaza
Escritor