Mariana Enríquez y Stephen King: una guía confiable

A raíz de un encuentro con la escritora argentina Mariana Enríquez con más de 500 lectores mexicanos, el autor de este ensayo reflexiona sobre la literatura de la escritora argentina y sus vínculos con uno de sus maestros literarios: Stephen King.


Mi madre afirmaba que cuando yo tenía cuatro años me dedicaba a leerle cuentos a mis amigos. Que a los siete, le pedía que me comprara la colección editorial “Con los pelos de punta”, de Selector. Supongo que no le extrañó que a los once, cuando se ofreció a comprarme el libro que yo quisiera, pedí La milla verde. Un error para su cartera y, después, para la mía.

Desde ese momento, he leído otros 38 libros de Stephen King. Vuelvo a sus novelas cuando quiero relajarme o estoy triste. Retorno a sus reflexiones, a Mientras escribo y Danza macabra, para dar clase. Regreso a su obra, a Eso, El resplandor y Las cuatro estaciones, al hablar de los clásicos de la literatura.

Pienso en todo esto mientras hago tiempo entre los estantes de la librería Educal que está afuera de la Biblioteca Vasconcelos. Confío en las chicas que nos organizaron para respetar nuestro lugar. En ellas y en el papel con el número 78, que obtuve por llegar a la fila de la biblioteca desde el mediodía. Estoy entre las 500 personas que entrarán al auditorio para el evento de hoy, eso es seguro. Mariana Enríquez, quien maravilló a la literatura argentina con Bajar es lo peor, tomó por asalto al mercado hispanoamericano con Las cosas que perdimos en el fuego, y conquistó al mundo con Nuestra parte de noche, dará una plática aquí. No podía perdérmela por nada del mundo.

Salgo de la librería y regreso a formarme. Hay mucha gente leyendo de pie o en el piso. Algunas tienen cuentos entre las manos; la mayoría, como yo, caminan por las 667 páginas de Nuestra parte de noche. 667 páginas en un país que lee 3.4 libros por año es muchísimo. Me alegra ver la fila que sale de la Vasconcelos y parece darle la vuelta a la cuadra. Vuelvo a la lectura. Entre las voces y los rituales de la Orden, recuerdo lo que dijo Margaret Atwood sobre el tío Steve en su reseña de Doctor Sueño. Para ella, “King es un guía confiable del inframundo. Sus lectores le seguirán por cualquier puerta que diga ‘Peligro, aléjese’ (o, en términos más literarios, ‘Abandonen toda esperanza los que aquí entran’), porque saben que no sólo les brindará un recorrido completo por el infierno —no quedará sangre sin derramar, ningún grito sin emitir—, sino que también los sacará con vida”.

Levanto la mirada del libro. Cientos de personas esperan escuchar a Mariana Enríquez. Traen dibujos, cartas, peluches del Doctor Simi disfrazados de la autora. Hay todo tipo de gente formada, pero sobre todo hay mujeres. Chicas jóvenes con playeras de Taylor Swift o Florence and The Machine; todas fascinadas con la escritora argentina. Muchas de ellas viven en la Ciudad de México, pero hay quienes vinieron de otros estados; quienes fingieron enfermedades o pidieron el día en sus trabajos, sólo para estar aquí. Centenares de fans reunidos un miércoles en una biblioteca pública para ver a quien nos ha guiado por el infierno para sacarnos marcados, pero con vida, de la casa habitada por la Oscuridad.

Ilustración: Estelí Meza

Esta aglomeración fanática me recuerda algo que ha declarado Enríquez en varias ocasiones: ella no era una estudiosa de la literatura, no venía de una familia lectora. Su formación literaria no estuvo marcada por los grandes clásicos de las letras, sino por los devotos del terror. Por los cenobitas de Clive Barker, los seductores vampiros de Anne Rice. Por las historias aterradoras que leyó, y sigue leyendo, de Stephen King. Tanto su novelas como sus ensayos, sobre todo Mientras escribo, han sido útiles para el desarrollo escritural de la autora. Es fácil notar en la obra de Enríquez la influencia de la narrativa de terror en general, y de King en particular, en el uso de la prolepsis para asustar a quien lee. Saber en la página 30, por ejemplo, que un personaje morirá puede parecer contraproducente para generar terror; no obstante, ese anuncio aparece setenta o cien páginas antes de que la muerte ocurra. Distancia suficiente para anteponer muchas más acciones, para conseguir que los lectores olvidemos. Hasta que el momento se asoma entre las sombras y recordamos que estamos caminando en las entrañas del mal: que aquí nadie está a salvo. Recordamos, entonces, la advertencia mientras vemos a una niña ser devorada por la casa de la que todo el barrio huye. Nuestros guías en el infierno nos avisaron, no podemos ya quejarnos.

Otra de las similitudes entre ambos autores está en cómo construyen personajes infantiles. Los parecidos pueden encontrarse, por ejemplo, entre el grupo que forman Gaspar, Vicky, Adela y Pablo en Nuestra parte de noche, y el Club de los Perdedores que protagoniza Eso. Ambos son grupos de niños anormales en su entorno: Gaspar es un chico rico cuyo padre es temido, Adela no tiene un brazo, y Pablo se siente atraído sexualmente por otros hombres; de la misma manera, cada miembro de los Perdedores dista de lo común, todos son discriminados por alguna cuestión física o una historia de su pasado, desde el asma y el sobrepeso hasta la religión y la clase social. Esta similitud es la más comentada; sin embargo, quienes sí leen la obra de King encuentran semejanzas también en la manera en que Enríquez aborda la adolescencia en Bajar es lo peor y las representaciones de los adolescentes en obras como Carrie o en la novela breve El cuerpo. Si bien los autores hablan de tiempos diferentes, ambos muestran cómo las juventudes crecen en entornos de violencia. Ese verbo, “mostrar”, viene de la raíz latina mostro (mōnstrāre). Implica señalar, denunciar, indicar. Palabras relacionadas, generalmente, con una literatura realista, esa que a veces ha hecho de la violencia un espectáculo, un objeto de consumo al que somos insensibles. Pero mōnstrāre es raíz, también, de otro tronco, uno torcido y muerto: es raíz de “monstruo”, del que muestra aquello que, como entienden bien King y Enríquez, nos hace humanos.

En la introducción a la edición de Pocket Books de El resplandor (2002), King señala lo que, para él, caracteriza a las mejores obras de los géneros fantásticos: su capacidad de mostrar mejor que otros, una peligrosa verdad. “Esa verdad es que los monstruos son reales, los fantasmas son reales, también. Viven en nosotros, y a veces ganan”. Sin embargo, no tarda en afirmar también que, a veces, nuestros mejores ángeles también ganan.

Ese planteamiento revela, por un lado, que para King el origen del terror está en las personas más que en las criaturas sobrenaturales. Los homófobos pobladores de Derry son más violentos que Pennywise. Jack Torrance y su alcoholismo son más peligrosos que los fantasmas del Overlook. Y Annie Wilkes, esa enfermera fanática que secuestra a su escritor favorito, es mucho más aterradora que cualquier críptido. Por el otro, resalta un aspecto de los finales de King, criticados por ser, muchas veces, anticlimáticos, finales que siempre terminan bien. Quienes sobreviven al horror lo hacen cambiados y en el lado del bien. En ese sentido, King es parte de una tradición puritana donde el trabajo duro y la virtud individual pueden vencer al mal.

Mariana Enríquez también ve al peor monstruo en la gente, pero no hay forma de que acepte la virtud del individuo triunfando tras cada aventura. El mal en Latinoamérica, desde la lógica cristiana y católica que predomina en la región, está más relacionado con el pecado y la culpa que con el trabajo y la redención. Sin embargo, la separación principal entre la obra de Enríquez y King radica en que la autora argentina, contrario al autor de La torre oscura,  no cae en la trampa de que el bien y el mal son asunto de las decisiones individuales. El monstruo no está sólo en las personas, también está en los sistemas por los que nos regimos, incluyendo aquellos en los que King confía. Para Enríquez no basta señalar al monstruo personal: hay que delatar a los monstruos sistémicos que alimentamos. Por eso, en Nuestra parte de noche, en ese infierno en forma de casa, vemos una Oscuridad a la que debemos ofrendarle cuerpos para mantenerla viva. Vemos también a los miembros de la Orden comprar lo que sea —a quien sea— para obtener poder y los favores de su dios voraz. Lo que la Oscuridad muestra son los actos terribles de la dictadura militar argentina, esa que desaparece, descuartiza y consume más gente que los monstruos de la ficción. Lo que la Orden revela es la atrocidad del neoliberalismo, que ha hecho de la vida, los cuerpos y la muerte sus mercancías más preciadas.

Por eso los protagonistas de la obra de Enríquez no enfrentan a sus monstruos con bondad o virtud intachable. Eso no sirve contra los sistemas que alojan al mal. Para hacer frente al neoliberalismo, al patriarcado, a las prácticas violentas del estado, lo que queda es el afecto, la fiesta, la inmolación. Con esas herramientas arma a sus personajes y a sus lectores, porque ella no está de paso en el inframundo: creció en él. Mariana Enríquez, más que un Virgilio, es una Eurídice que habita y reina el inframundo por el que pasea a quienes la leemos.

Pienso en eso cuando escucho a alguien gritando. Un guardia nos dice que es hora de empezar. Podemos descender por las escaleras que nos adentran al auditorio. Avanzo entonces con ilusión, rodeado de esta gente sombría, hacia un lugar soleado. Tal vez este descenso anuncie un nuevo libro.

 

Manuel Barroso
Docente y estudiante de doctorado en la Facultad de Letras de la UNAM. Escribió Se abren los caminos (Textofilia/UAM, 2019) y Las flores (La tinta del silencio, 2023).