El último mes del año marca, como paradoja, el inicio de un amplio ejercicio de introspección. Así, nos preguntamos sobre aquello que se va con el cierre del calendario, pero también nos sujetamos a lo que se queda. Para Luis Panini, agudo crítico y lector voraz, estos son los diez libros con los que se queda a fines de 2023. No son sólo diversos registros (teatro, cartas, novela y poesía), son también diversas tradiciones literarias, regiones, lenguas y tipos de escritura; es decir: distintas formas de aprehender y contar el mundo y la vida. A continuación compartimos, en orden arbitrario, su lista de lecturas más gozosas del 2023, esperando contagiarles el ánimo dichoso de la lista y la gratitud que deja la lectura de estos autores y libros.
1. Teatro, de Don DeLillo (Seix Barral)

La fama internacional de Don DeLillo, figura titánica de las letras estadounidenses, está sin duda ligada a su producción novelística, pero nunca a su dramaturgia. Muchos de sus lectores, de hecho, desconocen que ha escrito un puñado de obras de teatro tan espléndidas y vanguardistas que, a riesgo de sonar hiperbólico (y enfurecer a más de un encorbatado académico en el proceso), no puedo sino colocar en el mismo pedestal en que suelo acomodar a Samuel Beckett, Eugène Ionesco o la obra temprana de Harold Pinter. Es difícil describir su teatro. Sus obras están tan alejadas de la forma en que habitualmente nos comunicamos que, más bien, cada una de ellas semeja un ensamblaje lingüístico que delata al idioma como una especie de virus.
2. Las cartas del Boom, VV. AA.; editado por Carlos Aguirre, Gerald Martin, Javier Munguía y Augusto Wong Campos (Alfaguara)

Este volumen puede asimilarse como el chismógrafo oficial del Boom latinoamericano. En sus páginas aparece la correspondencia intercambiada entre sus cuatro protagonistas: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Tiene de todo: insultos —Fuentes llama “Mierdena” al gran ensayista argentino H. A. Murena por haber escrito una reseña desfavorable de Rayuela—, quejas —García Márquez dice que Tres tristes tigres, del cubano Guillermo Cabrera Infante, y José Trigo, del mexicano Fernando del Paso [y que, dicho sea de paso, algunas veces estimo como la mejor novela latinoamericana] se “caen” o no funcionan, también alega que la literatura de la Onda es “puro ruido y pocas nueces”—, rivalidades —Cortázar escribe una novela larguísima [Rayuela], García Márquez le entra al ruedo [Cien años de soledad], Vargas Llosa le sigue unos años después con una todavía más larga que inicialmente se publicó en dos volúmenes [Conversación en la catedral] y Fuentes los aplasta con un tabique inmenso [Terra Nostra], etcétera—. Sin embargo, lo que resplandece con mayor brillo es la amistad que se gestó entre los cuatro. Las cartas que Fuentes le escribió a García Márquez y viceversa son particularmente emotivas, jocosas y la mejor parte del libro.
3. Y las cucharillas eran de Woolworths, de Barbara Comyns (Alba Editorial)

La obra de Barbara Comyns ha encontrado en mí a un asiduo seguidor cuya admiración crece con la lectura de cada una de sus novelas. Me resulta curioso leer en incontables artículos y ensayos cómo críticos y académicos ignoran el grosor de su obra cuando tratan el tema del realismo mágico, movimiento literario generalmente emparentado con una ristra de autores nacidos entre los trópicos. Comyns, muchos años antes, ya incluía en sus textos —que nada tienen que ver con el género fantástico— a mujeres capaces de levitar, otras comunicándose con fantasmas y tampoco faltan los animales deprimidos que optan por el suicidio. Y las cucharillas eran de Woolworths, novela en la que decididamente favorece elementos de metaficción, no decepciona.
4. Las frutas de oro, de Nathalie Sarraute (Seix Barral)

¿Es posible escribir una novela carente de trama, sin personajes y compuesta de fragmentos arbitrarios que retratan a lectores desdibujados discutiendo un libro titulado Las frutas de oro, que algunos admiran y otros detestan, pero del que nunca podemos averiguar de qué trata? Lo es, gracias a Nathalie Sarraute, una de las figuras más emblemáticas del Nouveau Roman. Pese a que la autora prefirió no ser relacionada con el grupo de los “nuevos novelistas” franceses que revolucionaron el género y, sin hacer demasiado escándalo, se pronunciaron en las décadas de los años 1950 y 1960 contra el reumatismo que ya aquejaba al realismo y modernismo. Mientras leía la novela me sentí confundido, rodeado de una bruma densa en todo momento, pero seguí avanzando con la esperanza de obtener algo de claridad. Y aunque la bruma nunca se disipó, eso resultó encantador.
5. Génova, de Paul Metcalf (Hermida Editores)

Génova tiene que ser el libro que retrata de forma más precisa la función cerebral. Complejo, pero gratificante. Caótico en la página, pero de alguna manera increíblemente ordenado. Es una especie de collage que incluye pasajes provenientes de la pluma de Herman Melville (bisabuelo del autor), extractos de los diarios de Cristóbal Colón y fragmentos de una historia que se antoja autobiográfica. Todo esto consigue crear un tejido narrativo comparable con una cascada de mentes anidadas, una dentro de otra, para convertirse, sin el menor asomo de duda, en uno de los textos más vanguardistas que he tenido la fortuna de leer en los últimos años.
6. Lengua dormida, de Franco Félix (Sexto Piso)

¿Qué más puede decirse sobre el duelo y lo maternal en un mercado lleno de libros que sólo parecen interesarse en favorecer fórmulas y estrategias narrativas sin nada nuevo que ofrecer? Lengua dormida, novela-memoria sobre estos temas, es una propuesta excepcional. Desde su arranque retrata la relación del autor con su madre —y su deterioro paulatino— de una manera original, a ratos divertida, a ratos extraña, siempre con una inteligencia y compasión que consigue llevar a sus lectores de la carcajada al llanto. Con ello confirma que incluso los temas que suponíamos trillados resplandecen cuando se desbordan de la pluma de un escritor cuyo talento le debe mucho a su visión única, estrambótica y absurda de la realidad.
7. El teatro de Sabbath, de Philip Roth (Debolsillo)

Tras leer algunas novelas de Philip Roth que no lograron seducirme (Elegía, El pecho y El lamento de Portnoy) comencé a dudar sobre el genio que tantas amistades le atribuían a granel (después de todo, se trata de uno de los autores estadounidenses más celebrados de las últimas décadas). Finalmente encontré ese genio en El teatro de Sabbath, uno que se pronunció desde sus primeras páginas. Se trata de una novela con un dominio narrativo tan impresionante que incluso los pasajes más pícaros y políticamente incorrectos quedan convertidos en literatura de primer orden. Una literatura que, en este caso, retrata la vida licenciosa de un “viejo sucio” y venido a menos asediado por la presencia fantasmagórica de una madre que frecuentemente le aconseja suicidarse.
8. Antártida, de Fabián Espejel (Fondo de Cultura Económica)

El Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes es uno de los reconocimientos literarios más importantes en nuestro país. Fabián Espejel lo obtuvo en 2023, sin aún haber llegado a sus 30 años. Y lo hizo con su primer libro, Antártida, una secuencia poética cuya belleza inconmensurable me hizo pensar varias veces, mientras lo leía, en Seamus Heaney y su primer libro: Muerte de un naturalista (1966). No porque haya un parecido entre estos libros, sino porque ambos poetas se anunciaron de manera tan contundente con una primera obra que parece haber sido escrita por un poeta maduro y en pleno dominio de su arte. En la superficie de la página Antártida nos habla sobre travesías marítimas y exploradores, sobre el Polo Sur y las obsesiones de un noruego, pero lo que brilla entre sus líneas son los viajes interiores: el de su protagonista y también el que el poeta gestó en su imaginación.
9. Las nadas y las noches, de María Auxiliadora Álvarez (Candaya)

Hasta hace algunos años, varios libros de la poeta venezolana María Auxiliadora Álvarez eran imposibles de adquirir. Amigos compartían PDFs mal escaneados o fotocopias borrosas, pero eso quedó atrás con la publicación en 2009 de Las nadas y las noches, volumen que reúne una buena parte de su obra y que, por lo menos en aquel año, incluía textos hasta entonces inéditos. En su escritura el cuerpo es casa, vivienda que apenas puede contener la voluntad que lo habita, donde desfilan anatomías rotas y voces que se confunden con fluidos.
10. El libro vacío, de Josefina Vicens (Fondo de Cultura Económica)

Libro de culto entre escritores, clásico instantáneo de la literatura mexicana que procuro leer, al menos, una vez cada diez años. ¿Es el libro vacío el que sostienen incontables lectores, el que trata de escribir José García —protagonista de esta novela—, o es el mismo José García —oficinista gris y desangelado— quien representa un libro vacío? Un viaje introspectivo y existencial que cuestiona el poder de la escritura sobre quienes pueden producirla o, simplemente, consumirla. ¿Estamos escribiendo nuestro mundo o alguien más lo hace por nosotros? Esta novela, afortunadamente, no ofrece una respuesta, sólo genera más preguntas.
Luis Panini
Escritor y arquitecto, es autor de una docena de libros entre novela, cuento y poesía.