Películas que amo para terminar el año

Hemos leído muchas listas de películas navideñas. Las mejores, las peores, las películas se repiten. También se repiten las polémicas. ¿Qué es una película de Navidad; debe ocurrir la trama en Nochebuena? ¿Qué pasa con las películas decembrinas? ¿O con las que tienen más que ver con el año nuevo? ¿Qué pasa con las películas de espíritu navideño que ocurren en julio? Las listas disruptivas o clásicas de películas navideñas se quedan, comúnmente, atrapadas entre estas preguntas. Las más clásicas se van a los grandes momentos de Capra (It’s a Wonderful Life) o del capitalismo triunfante (Miracle on 34th Street); las más originales buscan clásicos de horror navideño (como el pionero slasher Black Christmas de 1974), o de variantes genéricas (como Die Hard de 1989). No quiero regresar a las mismas preguntas y a las mismas recomendaciones.

¿Pero entonces qué les puedo proponer para estas vacaciones? Creo que algo más personal. Así que esta lista evoca películas que me recuerdan la Navidad. No necesariamente a la época, no necesariamente a las tradiciones navideñas y mucho menos a la sensación religiosa. La Navidad me recuerda una cierta gama de sensaciones: el olor de la cocina, el calor del horno, el olor a cohetes en la calle, el olor a pino y musgo, la anticipación, la noche, el frío, la familia a pesar de todo. En mi recuerdo hay una serie de películas que me sirven para evocar lo que esas sensaciones provocan en mí. Esta lista es la manera en que las recuerdo a veces directa, a veces tangencialmente. Son películas que, para mí, evocan el heimlich, la sensación de hogar. Son películas que creen en la humanidad y que, de alguna manera, transmiten una esperanza. Son películas que, finalmente, me hacen sentir parte del mundo. Tal vez, como las colectas de un ropavejero, esta lista sólo evoca placeres fugaces que son sólo míos. Pero si, por alguna hermosa coincidencia, pueden servir para evocar esas sensaciones en alguien más, estaremos compartiendo algo hermoso. Esta es mi lista de películas cálidas. Espero que provoque un poco de esa paz que todos merecemos y que ya nadie nos regala.

1. In Bruges, de Martin McDonagh, Reino Unido (2009)

La mirada culposa, atormentada, de Collin Farrell y la enorme compasión de Brendan Gleeson siempre me han conmovido. Esta es una comedia negra que ama a todos sus personajes, que ama a los gángsters despiadados, a los enanos cocainómanos racistas, a los fans del Tottenham e, incluso, a los asesinos de niños y sacerdotes. ¿Por qué importa? Porque la tristeza de todos importa y porque, incluso entre los peores, vive el cariño fraterno.

2. The Apartment, de Billy Wilder, Estados Unidos (1960)

Esa última secuencia en el sillón, entre Jack Lemmon y Shirley Maclaine es uno de esos momentos de cine que siempre me hacen sonreír. Pudo ser un disparo en la cabeza, pero fue una botella de champaña. Entre rotos y cachondos, un encuentro que no pide un beso, que no pide nada más que compartir un lugar, resignificarlo, cambiarlo en un juego de cartas, con un trago burbujeante, darle vuelta al año. La película clásica de Wilder pudo ser una comedia profundamente cínica. Resulta una película sensiblemente humana que cree en reinventarse a través de la ternura.

3. City Lights, de Charles Chaplin, Estados Unidos, (1931)

Charlie Chaplin siempre me ha causado una enorme ternura. Pero ese optimismo tan radiante, esa voluntad de ver lo más hermoso en la sordidez de un mundo desigual, nunca me pareció tan profunda como en City Lights. No nada más es una crítica a la manera en que los ricos instrumentalizan la pobreza para su diversión, no nada más encarna la protesta constante de Chaplin, sino que es una historia de amor ciego y entrega desmedida. La voluntad de vida de Charlot es magnética y siempre siento que el mundo es menos angustioso cuando vuelvo a verlo luchar contra fuerzas imposibles. Aquí, frente a la Gran Depresión económica, frente a la gran depresión de la clase más privilegiada, Charlot sigue creyendo en el amor, en la supervivencia y en los pequeños placeres. No importa lo que pase, los pájaros cantarán mañana.

4. La vida útil, de Federico Veiroj, Uruguay (2010)

Un día me encontré a una pareja en una playa. Estaban quedándose en una tienda de campaña demasiado pequeña para lo hermosos que eran. Apenas cabían, con su ukelele. Los invité a casa de mis abuelos, si pasaban por la ciudad. Vinieron, tomamos vino, nunca nos volvimos a ver. Paula me contaba lo que era el tiempo de Montevideo, cómo su padre veía llover mientras tomaba mate y escuchaba por radio el partido del Peñarol. Siempre en radio. La vida útil no nada más me enamora por su cinefilia, por Jellinek volviendo cuerpo su amor por un lugar en particular, la Cinemateca Uruguaya, en donde proyectan películas. Me gusta tanto ese tiempo lento, esa vida que camina entre películas, ese amor tan lúcido por lo que es y lo que se va perdiendo.

5. My Neighbor Totoro, de Hayao Miyazaki, Japón (1988)

La película más amorosa que he visto en mi vida. Se pensaba, de manera muy clásica, folclórica, que la narración necesita un nudo, una complicación, un cierto conflicto. El conflicto esencial de Totoro es entender qué tanto podemos confiar en el mundo que nos rodea y qué tanto podemos librarnos a su belleza. Una película sobre lo profundo que puede ser el amor entre los que habitamos este pedazo de tierra y las fuerzas naturales que nos mueven, desde el duelo hasta el viento en los árboles. Si Takahata ha hecho tanto humanismo desolador entre los canales de Yanagawa hasta la trascendencia de la princesa Kaguya, Miyazaki empezó en un amor inocente para contar, al final de su vida, que la vida no es tan fácil y sólo los sueños nos salvan.

6. The King and I, de Walter Lang, Estados Unidos (1956)

Todavía puedo tararear el vals de esta película en mi cabeza y no la he vuelto a ver en más de veinte años. En una época lejana, de niño, la veía una y otra vez con mi abuela. A ella le gustaba, tal vez en todo su anacronismo paternalista y regañón, o por la música y los bailes. Tal vez estaba secretamente enamorada de la hermosura orgullosa y sensual de Yul Brynner. A mí me fascinaban los colores. Entendía a medias, pero siempre quedaba hipnotizado por ese orientalismo cincuentero en technicolor, retratado con grandilocuencia. Ahora, cuando la recuerdo, recuerdo esas mañanas, a mi abuela tejiendo y la sensación de que el mundo era vasto, pero hermoso, reconocible y para todos cercano.

7. Teenage Mutant Ninja Turtles, de Steve Barron, Estados Unidos (1990)

Cerca de la casa de mis abuelos había unas pizzas de barrio. Esas que tienen promociones de tres pizzas por el precio de dos con espagueti incluído y un refresco de tres litros. Tenían una pizza, la bienvestida con tocino, que era la gloria. Mi papá nos compró esos VHS pirata que conseguía afuera de su trabajo en el Infonavit. Si grababas en una velocidad mayor, podías meter tres películas de dos horas en un cassette. En un sólo VHS tenía las tres películas live action de las tortugas ninja. Las veía todas con mi hermano, comiendo pizzas, las bienvestidas con tocino. No puedo volver a ver esa película, en el doblaje latino —“¡Demonios, Rafael!”—, sin oler el queso, el tocino, y esa masa industrial de pizza un poco dulce. El recuerdo de esa sensación me ayuda en días tristes.

8. Silvia Prieto, de Iván Rejtman, Argentina (1999)

Las comedias de Rejtman siempre me hacen sentir que la vida existe, que no es un reflejo de mi cabeza o un maldito holograma. Ahí están esos personajes tiesos, todos extraños, comiendo, con caras impasibles. Y son el mundo mismo. Démonos una mano, Démonos un dedo, corazones solitarios. Faso, pollo troceado y el amor de sentirse desesperado por esa identidad difusa en el menenismo. Nunca me sentí tan cerca de retratos idiosincráticamente lejanos.

9. All That Heaven Allows, de Douglas Sirk, Estados Unidos (1955)

Desde los primeros minutos, sin compasión, Sirk deja que empiece el romance. Sólo bastan unas miradas furtivas de Jane Wyman hacia la barbilla partida y el pelo perfecto de Rock Hudson para que estemos ahí, anclados, en la perspectiva del deseo. Luego los colores, la luz, la sensación de perfecta opresión suburbana, completan todo. Sirk habla de libertad, de independencia y de los placeres sencillos. Pero sobre todo, habla de cómo nos podemos entregar a una pasión. El personaje de Hudson cultiva árboles. Su semblante normalmente serio se ilumina cuando habla de plantas. Esa pasión, en los ojos de la viuda Cary, alumbra el deseo. Esa pasión, en los ojos de los espectadores, dice la posibilidad de escaparse a otro mundo, el mundo aislado de lo que anhelamos, más allá de las ataduras de las familias y los vecinos. También tengo ese sueño.

10. Nubes pasajeras, de Aki Käurismaki, Finlandia (1996)

El encanto de Kaurismaki siempre fue, para mí, la evidencia de un mundo que se entiende a sí mismo completo, en su pequeñez. Me parece patético sentirme el héroe de mi propia vida. Mi vida es sólo otro relato sin encanto. Kaurismaki ve lo que nadie ve, lo que a nadie le importa, como una belleza que puede celebrarse, que merece verse. Como Perec viendo las esquinas y los objetos. La mirada da valor, nunca la trama. Ver el detalle, la vida pasar, las violencias inevitables de la banalidad, querer escapar en un buque a Estonia, enamorarse y acompañar todo, los pequeños momentos en la playa, la tristeza, la posibilidad de ser felices. Cuando sea grande, quiero vivir en la música que arrulla la mirada de Kaurismaki.

11. Gremlins, de Joe Dante, Estados Unidos (1984)

La secuencia en la que Phoebe Cates cuenta un trauma familiar me parece uno de los momentos navideños más memorables. Maldito Joe Dante perverso. Su papá se partió el cuello pretendiendo que era Santa Claus en Nochebuena. Sacaron su cadáver días después. El mundo se volvió triste ahí en donde debía ser alegre. Pero ese es el mundo y esa es la comedia: todo lo hermoso tiene un lado oscuro, toda felicidad trae tanta tristeza. Gizmo es hermoso, Rayita es genial, porque pueden causar todo el caos siendo adorables. Para mí, Gremlins dice que todos somos peligrosos, incluso en nuestros mejores momentos. Amar, sabiendo eso, es ser humanos.

12. El Ceniciento, de Gilberto Martínez Solares, México (1952)

El hada madrina que se le presenta al personaje de Tin Tan en esta película es el tío borracho que odia la vida, pero que ama que otros vivan. La sobrenatural aparición del tío quiere que viva la persona que lo merece, que baila y ama y que se enamora; quien vive y no cuenta centavos. La sencillez del carisma de Germán Valdés siendo sólo él mismo, jodido al principio, festivo hasta el final, queda perfectamente retratada en este arremedo de melodrama. Me alegra ese final melodramático, el deus ex machina de un borracho hermoso, el orden que se restablece para darle lo que merece al que más disfruta de la vida. ¿Por qué disfrutas tanto los melodramas? Porque soy mexicano.

13. Le Roi et l’Oiseau, de Paul Grimault, Francia (1980)

El proyecto eterno de Prevert que más me marcó en la infancia. Cuando el gigante, arma fascista secuestrada por los bohemios y los oprimidos, destruye una jaula para liberar a un pájaro hay algo demasiado hermoso. Esa imagen no tiene función, ni sentido, salvo decir la belleza de la libertad. Cuando era un niño esta película me hizo sentir que el mundo no era justo, pero que valía la pena encontrar en él una causa compartida. Mi cuento de hadas favorito.

14. ¿Dónde está la casa de mi amigo?, de Abbas Kiarostami, Irán (1987)

No he visto muestra más amorosa de compañerismo espontáneo. Y todo está hecho en una película, que tiene que ser falsa por factura. El dolor de ese niño es tan vivencial, tan real, que consume todo. Su angustia por un regaño es mi angustia, una angustia que todos sentimos: si hacemos enojar al profesor, se acaba el mundo. Y sí, el mundo se acaba, pero también sabemos que sigue para darnos más tragedias. Llorar, sufrir, correr por la tarea, vuelve en retrospectiva, todos los problemas de adultos una cuestión de perspectiva. Todo es una tragedia inevitable. Pero, si sabemos observarla con esa paciencia empática tan sabia de Kiarostami, podemos ver que la tragedia inevitable también es tierna, personal, hermosamente contingente.

15. The Quiet Man, de John Ford, Estados Unidos (1952)

No sé por qué esta película tan rara de Ford, con un Wayne maduro, antiguo vaquero, me reconforta tanto. El color, los paisajes de Irlanda, la madriza comunal del final, todo me dice algo más que el enamoramiento de una pareja. Dónde perteneces, qué cosa haces y cómo, en cada uno de estos hermosos paisajes, te puedes sentir solo o perfectamente completo. Crear hogar, entre tantas envidias y anacronismos, es algo de lo que se trata la vida. Ford dijo algo que me resuena ahora tan cierto. Y lo dijo hace setenta años, con rutilante technicolor.

16. Primavera tardía, de Yasujiro Ozu, Japón (1949)

Podría vivir en la sonrisa de Setsuko Hara, con una jarra de sake caliente, bajo la pacífica mirada de Chishū Ryū. Podría vivir en la precisa y hermosa composición de los planos de Ozu. La paz que respiro en los ambientes de Ozu me comunica un universo ordenado con tensiones internas. Eso, para mí, es un hogar.

17. Defending Your Life, de Albert Brooks, Estados Unidos (1981)

Una película que juega con A Matter of Life and Death de Powell y Pressburger, pero que logra algo tan inocente, real, de trascendencia sin religión definida, con mucho menos elementos. Brooks es un genio amoroso de comedia que comentó el narcisismo masculino en el momento en que menos se comentaba. Esta comedia romántica se sale de causa, se entrega a la locura de la ficción y vuelve la redención de todos nosotros algo medianamente posible. ¿Por qué eso no sería una locura cínica? Bueno, por la mirada de Brooks, simplemente no lo es.

18. The Host, de Bong Joon-ho, Corea del Sur (2006)

Una película de kaijus familiar. Lo que más importa aquí es la supervivencia de los perdidos, amándose, en el horror del mundo. Todo con un humor seriamente devastador. La jodidez del padre que sigue interpretando Song Kang-ho en el cine de Bong Joon-ho es pura culpa, desesperación y verdadera acción caótica de venganza. The Host siempre me hizo pensar en la forma espantosa en que juzgo a mis padres. No sé si ese espejo fue planeado por el director coreano o nada más vive en mí. Igual, sigue siendo efectivo.

19. 35 rhums, de Claire Denis, Francia (2008)

Tenía esa idea de los 18 tragos de whisky de Dylan Thomas antes de morir. Una forma más de romantizar la decadencia creativa, supongo. En esta película de Claire Denis (una directora que guardo tanto en el corazón por su cariño a Koltés y su travesía con Wenders y su sensualidad única con la cámara), la idea de beber a lo bestia como récord de resistencia masculina tiene otro sentido. Todo es menos bohemio, más real, más hermoso y devastador. Esas escenas de cariño, con un arrocera, en ese pequeño departamento, entre los personajes de Mati Diop, la hija, y Alex Descas, el padre, me dicen mucho sobre el deber de cariño a nuestros padres, lo difícil que es mantenerlos, el costo que tiene ese cariño. Esta no es la película más cachonda de Denis, pero es la película más hermosamente familiar, realmente familiar, que le he visto. Esta película desborda amor y me hace sentir la rebelión constante de esta despiadada directora en forma de compasión.

20. The Land Before Time, de Don Bluth, Estados Unidos (1988)

Tengo un doble sentido de pertenencia con esta película. Es una de las primeras películas animadas que recuerdo ver, también una de las más trágicas. La alegría de la película, de la amistad entre los protagonistas abandonados, la esperanza de un nuevo mundo, me enternecieron desde la primera vez. La oscuridad y la tristeza, la descubrí, verdaderamente, mucho después. Ese, supongo, es un sentido de vida que me recuerda el más íntimo de los gestos: nunca hubo un antes del tiempo, el tiempo siempre ha sido despiadado, siempre nos quita cosas, siempre pasa para anunciar el fin de todo. Por eso, el tiempo también es un regalo, algo que vale la pena dar, al azar de los encuentros, a la gente que busca, como nosotros, alguna tierra prometida.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine

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Publicado en: Cine