A 50 años del Archipiélago gulag de Alexandr Solzhenitsyn

En 1962 el exprisionero político ruso y maestro de matemáticas Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008) publicó una novela corta sobre la experiencia carcelaria en la revista más prestigiosa de la Unión Soviética. Un día en la vida de Iván Denísovich le trajo fama instantánea y lo llevó a ganar, en 1970, el Premio Nobel de Literatura. Tres años después la publicación en el extranjero de su obra magna Archipiélago gulag (1973)provocó un estallido mundial suscitando un debate sobre el excesivo uso de las cárceles y campos de prisión como métodos de opresión en el país de Vladimir Lenin y José Stalin. Mientras que el mundo occidental le dio la bienvenida a la nueva obra de Solzhenitsyn, su propio gobierno tomó la drástica decisión de arrestarlo y expulsarlo de su país en febrero de 1974. ¿Cómo descendió Solzhenitsyn del cenit de la literatura soviética a persona non grata? ¿Qué papel jugaron las revelaciones de Archipiélago gulag en determinar el destino de su autor? ¿Y cuál es el legado de su obra en la Rusia actual de Vladimir Putin?

El impacto de Archipiélago gulag

Solzhenitsyn soñaba con ser escritor desde su juventud, pero no fue hasta después de su experiencia como prisionero político en los últimos años del régimen de Stalin (1945-1953) que comenzó a escribir relatos y novelas en su tiempo libre. En sus obras primerizas observaba al estilo del realismo socialista —el único estilo artístico que eludía la censura soviética— a pesar de que tocaba temas desde una perspectiva religiosa y no comunista, como había sido común hasta entonces. Con el paso del tiempo, sin embargo, a Solzhenitsyn le pareció cada vez más insoportable tener que acoplarse a las exigencias de los censores. Escribió una carta abierta a la Unión de Escritores Soviéticos en la que abogaba por la libertad de prensa. Sin conceder que esta libertad no existía en su país, la Unión reaccionó expulsándolo por una razón distinta: haber publicado en el extranjero sin permiso explícito de las autoridades soviéticas, regla que ya había llevado a varios autores a la cárcel. El escándalo jugó a favor de que la Academia sueca decidiera galardonarlo con el Premio Nobel en 1970. El cálculo de los suecos era que el premio protegería al escritor de represalias políticas, lo cual resultó correcto por unos pocos años. Cuando Solzhenitsyn decidió publicar Archipiélago en París a finales de 1973, no obstante, la frágil tolerancia del régimen soviético se agotó.

Archipiélago, una obra de tres tomos, detalla la vida en los campos de prisión desde la fundación del estado soviético. Solzhenitsyn relata su propia experiencia carcelaria, pero también extrae más de doscientos testimonios, todo lo cual exige la condena de los abusos carcelarios de la URSS, mientras  refleja la cosmovisión tradicionalista del autor. Su idealización del pasado zarista y su rechazo a la igualdad de género en esta obra reflejan sus valores tradicionales, pero también lo llevan a banalizar el sufrimiento de las víctimas del zar y de las mujeres en general. Fue precisamente la mezcla de reproche y de manifiesto que encolerizó al gobierno soviético. En el extranjero, fueron más sus afirmaciones que su ideología lo que llamó la atención del público lector.

El autor describe condiciones inhumanas en una vasta red de prisiones y campos de trabajos forzados que compara con islas esparcidas en el territorio de la URSS. Denuncia las absurdas razones por las cuales algunos ciudadanos soviéticos podían acabar presos o incluso fusilados. Estos aspectos del libro fueron interpretados a la sazón como un esfuerzo para poner a la literatura al servicio de los derechos humanos.

En países occidentales con una fuerte tradición izquierdista como Francia, la publicación del Archipiélago se convirtió en un caso célebre: filósofos prominentes como Bernard-Henri Lévy o André Glucksmann consideraron que era una verdadera epifanía. En los Estados Unidos, donde los partidos de izquierda apenas se hacían ver, Solzhenitsyn fue celebrado como un profeta que confirmaba las peores sospechas de los anticomunistas locales. En México, Octavio Paz y José Revueltas expresaron su solidaridad con el escritor y condenaron los crímenes que describe.

Archipiélago gulag llamó la atención también por su género literario inusual, “un experimento en investigación literaria”, como lo definía el autor. Solzhenitsyn no tenía acceso a fuentes o datos sobre los campos de prisión de su país y temía que esas fuentes, de hecho, no existieran. Por fortuna se equivocó. A partir de finales de los años 1980 el libre acceso a los archivos arrojó grandes cantidades de documentos sobre las personas detenidas en los campos de prisión y sus destinos. Solzhenitsyn afirmaba que 60 millones de personas habían estado presas hasta 1952, antes de la liberación masiva tras el fallecimiento de Stalin en 1953. Meticulosos estudios históricos ahora demuestran que la cifra fue de 25 millones, una suma tan aterradora en sí que no hace falta exagerarla.1 Otro dato importante es que, contrariamente a lo que escribió el escritor ruso, una proporción significativa de los reclusos fueron puestos en libertad dentro de los primeros tres años de su condena y no al final de ésta.2 La revelación de estas investigaciones históricas ajusta la percepción de lo descrito en Archipiélago, aunque de ninguna manera exculpa al régimen soviético. Sin embargo, muchas de las afirmaciones incorrectas de Archipiélago no parecen resultar únicamente de la falta de acceso a archivos: el autor jamás quiso ajustarlas en las numerosas nuevas ediciones que se publicaron hasta su muerte.

El peor error a la hora de leer Archipiélago es creer que se trata de una obra anticomunista y punto. ¿Qué propone entonces? ¿Cómo ha sido leída más allá de un panfleto de oposición anticomunista? Esta pregunta no es trivial ya que entre los admiradores de Solzhenitsyn se encuentra en primera fila el presidente ruso, Vladimir Putin.3 Su régimen convirtió Archipiélago en lectura obligatoria en los colegios. Putin, de hecho, cita a Solzhenitsyn para defender su política interior y exterior, incluso en la actual guerra contra Ucrania. Por lo demás, no es la primera apropiación autoritaria de la obra de Solzhenitsyn. Tampoco puede afirmarse que sea una apropiación completamente arbitraria.

Archipiélago gulag: entre la condena y la justificación de la opresión

En Alemania, apologetas nazis adoptaron falsos argumentos de Archipiélago para avanzar la idea de que la persecución de los comunistas durante la era de Adolf Hitler y hasta el Holocausto podrían ser considerados ataques preventivos y no hechos inexcusables.4 Para el pensador chileno Miguel Rojas Mix esta idea de un “gulag preventivo” —la persecución “justificada” de supuestos comunistas y progresistas— también tuvo un efecto mortal en Latinoamérica.5 Inspiradas por la obra de Solzhenitsyn, las dictaduras del Cono sur implementaron la lógica de que “para evitar un gulag eventual hay que imponer un gulag real”. Lo que Rojas sugiere es  que dictadores como Pinochet se apropiaron de las palabras del autor ruso para auto-exculparse por  su despotismo. Sin embargo, el chileno insiste en que no se debe juzgar al autor ruso por ello. El asunto es éste: ¿se trata en verdad de una apropiación y una manipulación lectora? ¿Qué anhelaba Solzhenitsyn políticamente?

A primera vista, Archipiélago parece tener una encomienda humanista: su condena de los abusos del sistema penal soviético es inequívoca. Solzhenitsyn lamenta que el polvo del olvido no nos permita sentir el dolor general de las personas que nos rodean. Un llamado a la empatía con todos los que sufren, podría pensarse. Sin embargo, también explica que hasta que no superemos el polvo del olvido “no habrá sistemas políticos justos, sean democráticos o autoritarios”.6 La clave aquí es entender que para el autor un sistema justo puede ser autoritario. Este oxímoron no es un traspié, sino un punto matizado que en Archipiélago gulag sirve de trasfondo, y que, de hecho, el autor expresó después de manera más directa. Su llamado a la empatía acaba desvaneciéndose cuando los que sufren tienen convicciones o identidades distintas a la suya.

Su controvertida fe en la compatibilidad del autoritarismo y la justicia lo lleva a absolver a sistemas pasados o ajenos al que le tocó vivir. Culpa, por ejemplo, a los opositores al zar de las persecuciones políticas sufridas; es decir, las víctimas eran culpables de la opresión. Además, exime a los zares de su responsabilidad de crear una vasta red de campos de trabajos forzados al afirmar, erróneamente, que éstos no existían antes de la Revolución de octubre y que fueron presos y alcaides judíos los que crearon este sistema penitenciario.7 Aunque la censura zarista era mundialmente conocida, el autor apunta que: “A principios del siglo, la opinión pública rusa constituía el aire de la libertad.”8 Solzhenitsyn trivializa y a la vez justifica la opresión del zarismo, algo que se extiende a todo tipo de violencia fascista —incluso al nazismo— con tal de reforzar sus argumentos contra el comunismo. Su sentencia de que “la Gestapo buscaba la verdad” desconcertó hasta a sus más fieles admiradores.9

Para entender estas contradicciones debemos recomponer el contexto interpretativo de Archipiélago gulag: el  nacionalismo ruso con su  compleja jerarquía que, para el autor, debe ser  restaurada. En esta jerarquía los rusos tenían un robusto liderazgo ante los demás pueblos del imperio de Rusia; es decir, sobre unos doscientos pueblos distintos, entre ellos los judíos y los ucranios. Como explica el historiador Michael Confino, Solzhenitsyn consideraba a la nación rusa como una entidad orgánica atada a un territorio específico y unificada bajo la manta del cristianismo ortodoxo.10 Cualquier evento o persona que pudiera afectar a esta entidad era destructiva para el “alma” de la nación. Esto suena muy abstracto, pero era muy palpable en dos argumentos: demonizar a todos aquellos considerados ajenos a la nación y atarse a un falso victimismo; ambos servían para justificar y trivializar la violencia hacia los supuestos enemigos. En Archipiélago esta retórica identifica a judíos y comunistas —incluso a aquellos que fusiló Stalin— como chivos expiatorios. Humilla a víctimas comunistas o judías, incluso a aquellas que se opusieron a Stalin, y pone al descubierto que el problema no son los actos, sino la  identidad del individuo. Descalifica, por ejemplo, a Georgii Shelest —el primer escritor y exprisionero en recriminar públicamente a las condiciones en los campos de trabajo en la URSS—, por ser comunista. Archipiélago fue una bola de demolición anticomunista cuya furia no se detuvo ante víctimas como Shelest y esto registra las prioridades de su autor: anhela el pasado imperial, los tiempos en que los rusos cristianos ortodoxos dominaban este país. Con el tiempo manifestó este deseo restaurador más abiertamente.

Solzhenitsyn y la “Catástrofe Rusa”

En Aliados invisibles (1997) Solzhenitsyn afirma que estaba convencido de que la publicación de Archipiélago en Moscú causaría el colapso de la URSS. Pero a finales de los 1980, con las librerías soviéticas llenas de testimonios e historias sobre el gulag publicadas en la Perestroika, aparece finalmente Archipiélago y no causa ninguna sensación, ni mucho menos un cambio. El mercado literario y político estaba saturado y fue con grandes esfuerzos que Solzhenitsyn logró obtener la influencia que buscaba.

En el ensayo Cómo reorganizar Rusia (1990) recomienda crear un futuro país que unifique las repúblicas de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y gran parte de Kazajistán. En una carta a Boris Yeltsin del 30 de agosto de 1991 le pide que no reconozca a las fronteras existentes de Ucrania, Estonia y Kazajistán pues considera que violan al territorio tradicional ruso.11 Yeltsin le responde: la igualdad ante la ley, la autodeterminación y la cooperación son un fundamento más sólido para la futura Comunidad de Estados Independientes (CEI) que la violencia y la coacción. En diciembre de ese año, se firma el Tratado de Belavezha que precede a la fundación de la CEI como organización que reemplazaría a la Unión Soviética. Solzhenitsyn, quien llamaba a este tratado el “desmembramiento de Belavezha”, no se dio por vencido y en una conversación con el presidente ruso en 1992 intentó de nuevo convencerlo de no ratificar las fronteras con Ucrania y Kazajistán. La réplica de Yeltsin, según la cual la amistad internacional tiene mayor prioridad que la historia del imperio ruso, reavivó su desdén.

Solzhenitsyn lamentaba que su obra no sirviera para persuadir a la élite rusa de sus prioridades territoriales. Ante esta “Catástrofe Rusa” —las mayúsculas son suyas— decidió apelar directamente a sus connacionales. En El “problema ruso” al final del siglo XX (1995) y El colapso de Rusia (1998), acusó a Ucrania de ser un país “inventado” que carecía de cultura propia, denunció a sus líderes de ser supuestos “fascistas”, “imperialistas”, que le habían robado territorio y población a Rusia y propuso absorber los territorios ucranios del Donbás, Jersón, Crimea y la costa sur de Ucrania, además de unificar el resto de Ucrania con la Federación Rusa. Su argumento era que había que contrarrestar el declive demográfico en Rusia  fortaleciendo la geografía histórica del imperio ruso — la cual por cierto siempre fue maleable. Hasta la llegada de Putin parecía que nadie lo escuchaba.

¿Ucrania imperialista?  ¿Y México también?

No conseguir apoyo extranjero para su campaña imperialista fue una de las grandes frustraciones de Solzhenitsyn.  De hecho, en su búsqueda de aliados para justificar una política más confrontativa contra Ucrania, Solzhenitsyn se refirió de paso a México. Veamos.

En una entrevista con la revista Forbes en los años 1990, afirmó que una intervención militar contra Ucrania sería justificable. En este contexto, Solzhenitsyn comparó al uso del español por parte de la diáspora mexicana en el sur de Estados Unidos con el uso del ucranio en la URSS. Entonces le preguntó a su interlocutor que, hipotéticamente, si el sur de los Estados Unidos se declarara independiente y eligiera al español como su idioma oficial, ¿acaso no sería necesaria una intervención militar estadunidense?12 El autor ruso sugería un paralelismo imaginario en el cual la lengua inglesa y la soberanía territorial estadunidense correrían peligro ante invasores hispanohablantes que en algún momento buscarían dominar el territorio. Además,  afirmó con gran ignorancia histórica que desde hacía 200 años se hablaba inglés en el sur de los Estados Unidos y que esa regla lingüística podría estar en peligro. Semejante declaración omitía, por supuesto, la guerra y anexión de la mitad del territorio mexicano a Estados Unidos hacía mucho menos de doscientos años. Pero sus palabras revelaban más sobre su percepción ante Ucrania que ante los territorios de Norteamérica.

Por un lado, un paralelismo fantasioso como el anterior era programático y no accidental: así como en Estados Unidos buscaba activar el miedo a los mexicanos para crear solidaridad con Rusia frente a Ucrania, con el mismo fin apelaba a los alemanes que deseaban recuperar los territorios de Prusia y Silesia y que rechazaban el acuerdo fronterizo con Polonia de 1990. Solzhenitsyn no reconocía el sufrimiento de Ucrania bajo el yugo colonial del imperio ruso. Buscaba aliados que tampoco reconocieran las consecuencias del expansionismo de sus propios países. 

Un oscuro legado

Solzhenitsyn murió en el verano de 2008 y hoy destaca tristemente como ideólogo de la expansión territorial que llevó al conflicto con Ucrania.13 No obstante, algunos lectores y admiradores suyos occidentales afirman que este legado es una tergiversación de sus palabras. En abril de 2022, el periodista David Remnick acusó a Putin de explotar el “prestigio moral” de Solzhenitsyn en su invasión. El periodista estadounidense añade, sin citar fuentes, que, aunque Solzhenitsyn creía en la unidad de Rusia y Ucrania, aceptó el referendo independentista de 1991. Sin embargo, los textos de Solzhenitsyn —ensayos, novelas,  cartas y memorias— revelan lo contrario.

En 1973, cuando publicó Archipiélago Gulag, su intención era acabar con el imperio soviético, pero no con el imperialismo ruso. La condena de un sistema comunista de opresión que arruinó la vida de millones de personas inocentes forjó la falsa impresión de que era una obra humanista. Este espejismo explica el impacto que tuvo Archipiélago y es la razón por la cual muchos lectores —claramente parciales— de  Solzhenitsyn no logran aceptar el oscuro legado, la visión en la que aprueba  la autocracia y el imperialismo. Ignorar esto es ignorar al hombre detrás de Archipiélago Gulag y también negar los aspectos ideológicos del libro. Por desgracia Solzhenitsyn es hoy uno de los filósofos de Putin, y poco queda de su lucha contra los abusos carcelarios de la URSS.

 

Elisa Kriza
Investigadora postdoctoral en la Universidad de Bamberg, especializada en la historia de la disidencia rusa del siglo XX y en la cultura mexicana de la última mitad del siglo XX. Su primer libro se titula Alexander Solzhenitsyn: Cold War Icon, Gulag Author, Russian Nationalist? (Ibidem Press y Columbia University Press, 2014).


1 Barenberg, A. et al. Rethinking the Gulag: Identities, Sources, Legacies. Indiana University Press, 2022, p. 2.

2 Barnes, S. A. Death and Redemption: The Gulag and the Shaping of Soviet Society. Princeton University Press, 2011, p. 10, 113.

3 Barenberg et al., op.cit., p. 284-285.

4 Kriza, E. Alexander Solzhenitsyn: Cold War lcon, Gulag Author, Russian Nationalist? Columbia University Press, 2014, p. 190-199.

5 Rojas Mix, M. El dios de Pinochet: Fisonomía del fascismo iberoamericano. Prometeo libros, 2007, p. 213-216.

6 Solzhenitsyn, A. Archipiélago Gulag III. Trad.: Josep Güell, Tusquets, 2015, p. 591.

7 Sobre esta y otras teorías antisemitas en su obra, véase: Kriza, op. cit., p. 205-230.

8 Solzhenitsyn, op.cit., vol. 3, p. 121.

9 Solzhenitsyn, A. Archipiélago Gulag I-II. Trad.: L. Martínez, Plaza & Janés, 1974, p. 130.

10 Confino, M. “Solzhenitsyn, the West and the New Russian Nationalism.” Journal of Contemporary History 26.3-4 (1991): 611-636.

11 Solzhenitsyn, A. Ugodilo zernyshko promezh dvuj zhernovov. Vremia, 2021, p. 757-759.

12 Klebnikov, P. “Solzhenitsyn: ‘Zhirinovsky is an Evil Caricature of a Russian Patriot’.” Forbes. 9 mayo 1994.

13 Eltchaninoff, M. Inside the Mind of Vladimir Putin. Hurst, 2018. Zygar, Mikhail. War and Punishment: The Story of Russian Oppression and Ukrainian Resistance. Weidenfeld & Nicolson, 2023.

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Publicado en: Resurrectorio