El futuro del cuerpo

Las preguntas proliferan mientras los algoritmos y la inteligencia artificial ganan terreno en el mundo: ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos depara el auge de la Inteligencia Artificial? ¿Qué pasará con el trabajo, con el cuerpo, con la educación, con la muerte? ¿Somos todos reemplazables? Sebastian Tonda ahonda en estos y muchos más cuestionamientos en Irremplazables: Cómo sobrevivir a la Inteligencia Artificial (Elefanta, 2023), un libro de ensayos que se presentó en la FIL de Guadalajara y del cual compartimos aquí un fragmento.


Más allá de los cambios en la medicina, las transformaciones más disruptivas vendrán no por la tecnología que monitorea nuestro cuerpo, sino por la que se integrará a él para devolvernos o aumentarnos capacidades. Esto suena a ciencia ficción, y francamente muy tenebroso cuando lo proyectamos hacia el futuro, pero en realidad ya viene sucediendo desde hace tiempo. Si tienes un marcapasos y te lo pusieron en la última década, es muy probable que esté conectado a la red y mande información sobre cualquier anomalía de manera automática e incluso active un rescate médico. Los aparatos para corregir problemas auditivos y las bombas de insulina son ejemplos de tecnología integrada al cuerpo que ya nos parecen normales, pero los casos más recientes y no tan conocidos nos anuncian que esto será cada vez más frecuente y por razones cada vez más variadas.

Argus 2 es un procedimiento para implantar un chip que funciona como una prótesis retinal; ya recibió la aprobación de la FDA, en Estados Unidos, y está devolviendo parcialmente la vista a cientos de personas. Una cámara colocada en los anteojos del paciente transmite directamente al chip injertado detrás del oído, el cual a su vez transforma la imagen captada en impulsos de luz que engañan al cerebro y producen una imagen. Si bien no es nada parecido a lo que vemos cotidianamente, le dan al paciente la oportunidad de distinguir siluetas en blanco y negro. En el 2019 se aprobó la primera prótesis biónica, se trata de un brazo que se controla directamente desde el cerebro del paciente; éste no solamente gobierna su movimiento igual que yo controlo mi brazo, sino que además la prótesis es capaz de devolverle un sentido básico del tacto, lo que le permite diferenciar entre algo suave y algo duro, midiendo la fuerza que se aplica a cada objeto para manipularlo correctamente.

Hoy llamamos personas con “capacidades diferentes” a quienes por su condición no pueden realizar las funciones físicas que un ser humano “saludable” puede llevar a cabo.
Actualmente todas estas tecnologías son utilizadas para devolver capacidades a personas que las han perdido o que nunca las tuvieron, pero seguirán mejorando y, a medida que extiendan sus alcances y disminuyan sus precios, darán paso a un mercado que nacerá de la posibilidad de aumentar nuestras aptitudes físicas.

Estamos ante la inminencia de algo más: la tecnología puede directamente ampliar las capacidades. Habrá quienes lo hagan y quienes no, ya sea por elección o simplemente porque no puedan pagarlo. ¿Aumentarías tus capacidades físicas a través de la tecnología? ¿Lo harías si eso significara obtener destrezas que se normalicen masivamente? ¿Estarías cómodo siendo simplemente humano en un mundo en el que muchos son androides o personas biónicas? ¿Cómo será el futuro del deporte? ¿Dónde estarás tú? ¿Cuáles de estas capacidades serán un lujo y cuáles un derecho? ¿Cómo funcionarán las reglas y leyes en un mundo donde el rango de diferencia en capacidades puede ser mucho más amplio? Resulta imprescindible que reflexionemos al respecto del para qué ampliaríamos nuestras cualidades físicas antes de que se desate la tendencia que aumente exponencialmente la desigualdad en el cuerpo humano. La expresión “capacidades diferentes” se referirá a un rango mucho más amplio que el de hoy.

Las modificaciones corporales pueden dar pie a un sinfín de situaciones. La película Crímenes del futuro, de David Cronenberg, está centrada en Caprice y Saul, dos artistas del performance cuyo acto consiste en utilizar máquinas quirúrgicas de alto calibre para intervenir el cuerpo. Caprice controla un aparato cuyo bisturí tiene movimientos hipnóticos y genera cortes magistrales. Saul ofrece su cuerpo para ser cortado por tal máquina, para que le extraigan los órganos extravagantes que una tecnología médica, a su vez, le permite generar. Finalmente, el cuerpo, rendido ante la tecnología, se modifica, y luego es intervenido por otra tecnología. El cuerpo, por dentro y por fuera, se rinde ante la tecnología para hacer arte. Sólo basta recordar que ya desde la década de los noventa, la artista francesa Orlán sometió su cuerpo a nueve cirugías, transmitiéndolas mientras leía filosofía hasta ya no poder hablar.

Otras tecnologías ayudarán a mantener nuestros cuerpos vivos y en buenas condiciones por más tiempo. La impresión 3D también es utilizada para fabricar tejidos. Sobre el plasma, las bioimpresoras son capaces de inyectar células obtenidas y replicadas a partir de un tejido vivo. Esto significa de inicio que es posible un futuro donde sigamos comiendo tejidos animales sin necesidad de matar una criatura. Hoy ya hay distintas compañías que imprimen filetes, como Aleph Farm, cuya proteína basada en plantas ha logrado replicar con mayor precisión el sabor real de la carne. Todavía es caro, pero eventualmente podrá hacerlo a un mucho mejor costo. Por otro lado, esta misma tecnología esta siendo usada para imprimir tejido humano y, aunque hasta ahora sólo se ha utilizado exitosamente para reparar tejidos simples que pueden sustituirse, por ejemplo el cartílago, compañías como Organovo trabajan para que en las siguientes décadas sea posible imprimir órganos. Es probable que en el futuro los trasplantes se vuelvan procedimientos constantes no sólo para reparar órganos dañados, sino para renovarlos y anticipar una posible complicación, tal como cambiamos los frenos de nuestro auto cada sesenta mil kilómetros. Es evidente que el deseo de vivir más y mejor es universal, pero es importante que analicemos esta posibilidad desde la perspectiva de la especie humana, y de su relación con el entorno.

Resulta que la tecnología no solamente baja de precio y aumenta su capacidad exponencialmente, sino que además se va haciendo cada vez más pequeña. Eniac, la primera computadora de la historia utilizada en la Segunda Guerra Mundial, medía aproximadamente 135 metros cuadrados y tenía 2.5 metros de altura. Hoy un chip del tamaño de nuestra uña del dedo meñique puede hacer un millón de veces más cálculos por segundo y cuesta mil veces menos, ajustando su costo al valor actual. Esta tendencia continuará y será posible tener nanocomputadoras de escala molecular o atómica con una gran capacidad y un bajísimo precio llevando a cabo funciones biológicas en nuestro cuerpo, reemplazando células que estén muriendo o funcionando mal. La nanotecnología apunta a jugar un papel protagónico en evitar el desgaste de nuestro cuerpo. Logrará, por ejemplo, que no disminuya la oxigenación de nuestras células, lo cual podría ralentizar o incluso detener el envejecimiento.

La Universidad de Stanford, en sociedad con la de Michigan, trabajan actualmente para desarrollar nanobots que contengan nanotubos con medicina y que sean capaces de deshacer placa arterial para reducir riesgos de ataques cardíacos. En la Universidad de San Diego trabajan en experimentos con nanoflares; es decir, partículas que pueden adherirse a las células y encender una luz cuando encuentran un DNA específico; por ejemplo: el del cáncer de páncreas. Aunque la madurez de la nanotecnología todavía está lejos, sus primeras aplicaciones pueden cambiarnos la vida. ¿Qué pasaría con nuestro planeta si aumentamos la esperanza de vida otros 50 años? Incluso si lográramos colonizar otros planetas, y aun si terminar de fulminar a nuestro planeta ya no fuera un problema, tendríamos que analizar todas las posibles consecuencias de la obsesión con alargar nuestras vidas al punto de desear la inmortalidad.

La cosa no para ahí; de hecho, se pone más complicada. La tecnología no transformará únicamente el hardware de nuestros cuerpos, sino también el software; es decir, el lenguaje sobre el que nuestro propio organismo está programado. La capacidad de computo de la tecnología ha hecho posible que manejemos una mucho mayor cantidad de datos, tantos como para poder decodificar nuestro DNA por completo. La primera vez que esto se logró tomó a Craig Venter, y a su equipo, ocho años y casi un billón de dólares. Hoy, empresas como Lumina lo hacen en una hora por menos de mil dólares: en unos años serán segundos y centavos. ¿Qué significa esto para nuestras vidas? Transformar nuestro ADN en información no solamente nos da la posibilidad de almacenarlo, sino también de analizarlo y, ¿por qué no?, de modificarlo. Todo lo que se vuelve parte de las tecnologías de la información es exponencial. ¿Qué crearemos con este nuevo lenguaje de programación?

Editar el código genético de cualquier ser vivo no sólo es posible, sino que además se ha simplificado y democratizado. CRISPR9 es una herramienta que permite cortar y pegar con alta precisión genes individuales, modificando así la secuencia del ADN. Esta herramienta tiene un sinfín de aplicaciones positivas, como terminar con enfermedades congénitas como la hemofilia, las cataratas o la fibrosis quística, y potencialmente podría encontrar la cura o erradicar enfermedades como el cáncer, el Alzheimer y el Parkinson, entre otras. Casi todos estamos de acuerdo en terminar con padecimientos; pero ¿qué pasará cuando empecemos a utilizar estas mismas herramientas para diseñar el ADN de nuestros descendientes? ¿Qué pasará si empezamos a diseñar seres humanos que sean más atractivos, inteligentes y saludables? Las implicaciones éticas pueden ser enormes: un mundo donde la desigualdad no solamente se refleje en el acceso a las oportunidades, sino también en las capacidades.

La terrible fantasía de una raza “superior”, que ha tenido consecuencias atroces en la historia de la humanidad, podría volverse realidad en los próximos años. Si la simple creencia de la superioridad ha desembocado en nuestros más vergonzosos capítulos como humanidad, no logro imaginar a dónde llegaríamos con la posibilidad de tener seres humanos con mayores capacidades biológicas que otros. Yuval Harari, en su libro Homo Deus, reflexiona sobre cómo será la relación de los seres humanos con una inteligencia superior, para lo que basta con observar cómo hemos construido una relación totalmente funcional con los animales. Los utilizamos para trabajos pesados, los condicionamos para complacernos, los encerramos, engordamos y nos los comemos. La posibilidad de que esta inteligencia superior no sea ajena al ser humano, sino parte de éste, es lo que hace esta historia aún más terrorífica. La historia del hombre contra la máquina la hemos visto mil veces, normalmente la máquina, que fue creada por el hombre, lo supera y entonces se revela en su contra; el hombre termina enfrentándose al monstruo que ha creado. Entre más se parece físicamente la máquina al hombre, más angustiante es la historia para el espectador. Ahora imaginemos un ser que no es sólo hombre ni sólo máquina, es una mezcla homogénea de ambas, vive, pero al mismo tiempo cuenta con herramientas integradas a su biología que lo hacen capaz de mucho más.

Al transformar nuestra biología en información, ¿pasará la evolución del hombre a ser un proceso exponencial liderado por la tecnología en lugar de uno orgánico y liderado por la biología? Si la tecnología está supeditada al dinero, ¿estamos en vías de monetizar la evolución de nuestra especie reservándola para los que la puedan pagar? ¿Qué pasará con el homo sapiens? ¿Jugaremos a integrar genes de otras especies al del ser humano creando así aún más especies? La historia siempre ha sido y será el hombre contra el hombre. Solamente estamos complejizando los roles.

 

Sebastián Tonda
Comunicólogo, egresado de la Universidad Iberoamericana, y empresario.

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Publicado en: Ciudad de libros
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