Homenaje a Enrique Florescano

Este es el texto leído por Jean Meyer en el homenaje a Enrique Florescano, director fundador de nexos, que organizó este año la FIL Guadalajara.


La última vez que vi a Enrique en su casa me dijo que su deseo era: nada de homenaje post mortem, que él había apreciado, y mucho, los homenajes que le hicieron en la Ciudad de México, en la hermosa biblioteca del centro Condumex (CARSO), y en la Universidad veracruzana de Xalapa, y una vez más en el Colmex, con la publicación de Enrique Florescano, semblanzas de un historiador (coordinado por Juan Ortiz y Nelly Palafox, 2017),1 él se daba por satisfecho. Más que satisfecho. Por eso su último deseo —Clara García puede confirmar que no invento— fue: nada de homenajes post mortem.

Ilustración: Belén García Monroy

Y aquí estamos homenajeando, traicionando. Recuerdo un hermoso librito de Milan Kundera, Los testamentos traicionados, y por eso mi homenaje académico será muy breve y nada personal. Citaré a Clara García, alumna, colaboradora, amiga y confidente de toda la confianza de Enrique Florescano. En la última página de su ensayo muy completo “Enrique Florescano y la Historia de México: un acercamiento personal”, concluye Clara:

A Enrique Florescano no se le puede asignar una simple etiqueta como historiador económico o intelectual ya que su obra es narrativa, explicativa, analítica y total. Es universal y, a la vez, particular; su historia se inscribe en la tradición liberal caminando hacia un futuro mejor con tropiezos y, también, con aciertos; al mismo tiempo, es cíclica en sus momentos de crisis, sus reinvenciones y adaptaciones. Pero más que nada Florescano es un humanista que entiende la historia como una explicación de la humanidad colectiva, paradójica y maravillosa donde la memoria conserva los momentos necesarios para sobrevivir. La historia se enseña precisamente para transmitir los valores, la experiencia y los conocimientos necesarios para asegurar la supervivencia del grupo o la nación. Es por estas razones que Florescano enaltece a la sociedad democrática y plural más que al Estado fuerte. La historia tiene un papel activo que jugar, una función social que la perfila a tomar parte de los acontecimientos y a no estar por encima de ellos. Florescano aplaude la profesionalización de la historia pero, al mismo tiempo, lamenta que el historiador científico se haya convertido en un especialista excluyente. Exhorta a que la historia se convierta de nuevo en una disciplina amplia e incluyente que se ocupe de los aspectos más profundos de la experiencia humana, y lanza el desafío de reconsiderar la enseñanza, los propósitos y los métodos de la historia.2

Y me olvido de la ciencia, de la academia, de la obra inmensa que Enrique nos ha generosamente dejado en herencia.

Para evocar al hombre, a la persona que dedicaba sus libros, cito: “Para mis muy queridos Beatriz y Jean Meyer, con la gratitud por los largos años de compañerismo y trabajo compartido”.

Si digo “Enrique”, si pienso visualmente “Enrique”, surgen una serie de imágenes.

La primera: septiembre de 1965, una cena en casa de Luis González, el joven director del CEM del Colmex —tenía apenas 40 años— que será algún día “Don Luis” y que nos dejó hace veinte años, cinco después de su media naranja, Armida de la Vara, josefina como él, pero no de San José de Gracia (Michoacán), sino de San José Opodepe (Sonora).

En esa noche de septiembre de 1965, una semana después de haber llegado a México y al Colegio de México, entre cuba libre y cuba libre —la bebida de moda de la época— conocí a Enrique y a Alejandra Moreno que estaban a unas horas de volar a París para hacer sus tesis de doctorado. Empezaban a hablar francés —una exigencia del francófilo don Silvio Zavala— y yo español. Fue suficiente para un primer contacto en forma de intercambio.

Cuando regresaron a México, un poco antes de lo previsto porque Alejandra esperaba un bebé que, de ser varón, podría llegar a la presidencia de la República, siempre y cuando hubiera nacido en tierra mexicana. Es cuando en el contacto cotidiano en el Colmex y los fines de semana en cenas con colegas, más que colegas, amigos, se fraguó la amistad: Rafael Segovia y Paula, Antonio Alatorre y Margit, Mario Ojeda y Tilda, Luis y Armida…

Segunda visión: una foto de grupo al pie del avión de Air France que llevará a París a Jean Meyer y a sus dos hijos chiquitos. Julio de 1969. En aquel entonces el acceso a la nave era sencillo y directo. Uno caminaba al aire libre y subía por la escalera. Enrique y Alejandra allí estaban con Luis González, Andrés Lira, Rafael Segovia y mucho otros. Para la despedida, pero también para asegurarse que el embarque de los tres viajeros se hiciera sin problema. Ciertamente, don Manuel Moreno Sánchez, eminente político, desde su juventud vasconcelista hasta su presidencia del Senado, había logrado levantar ciertos obstáculos, pero ¿quién sabe?

Tercera visión: en el Castillo de Chapultepec, un poco abajo, bajando una escalera, para llegar al flamante, flamante por renovado, edificio de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Verano de 1973. Enrique es el nuevo director, un director inventivo, activísimo renovador de la institución y, para empezar, de su edificio. La obra no está totalmente terminada, sólo faltan los últimos detalles, las perillas de las puertas, unos emplomados. Todo es hermoso y funcional. Todo lo ha diseñado, encontrado, escogido Enrique. Arquitecto y decorador y diseñador de muebles. La hermosa vajilla, los cubiertos del pequeño café-comedor, se deben a Enrique.

¡Pum, hablando de carabina! Hablando de comedor y de cocina, hay que recordar que Enrique era un fabuloso gourmet. Gourmet y gourmand, en el sentido de que, además de tener muy buen gusto en cuestión de comida y bebida, le gustaba comer y comía bien. Tanto en su casa, como fuera de su casa. En la casa/ biblioteca/ salón de baile de Cuajimalpa —en aquel entonces en el desierto— cuidó siempre de tener una excelente cocinera para ofrecer a los amigos deliciosos manjares. Sea la cena en petit comité, sean comidas del sábado o del domingo, afuera en el jardín, con un buen número de amigos.

Otra foto: Claudia y Valeria, Reynaldo y Ricardo, mis hijos, en el verano de 1974, en el jardín de Cuajimalpa con unos hermosos venados, unos Bambis, decían los niños. Más de una vez convivieron ellas y ellos en esa casa. Reynado (que tenía 10 años entonces) estaba fascinado por un pequeño reloj de pie con el letrero “Rue de la Paix”, miniatura de un reloj público, recuerdo de la estancia francesa de Enrique y Alejandra. Se lo regalaron. Había yo olvidado el asunto, pequeño y hermoso símbolo, hasta que, hace unos días, cuando dije a Reynaldo (59 años) que iba a la FIL para festejar a Enrique me dijo: “después de haberse parado 20 años, el reloj volvió a funcionar”. Y me mandó una foto.

Ahora veo una fogata en la noche, frente a un gran portón de madera, el de una casa sola en medio del desierto, camino a Cuajimalpa. Uno sube por el camino real a Toluca y, cuando ve la fogata, que está del otro lado, cruza rápidamente la carretera. Hay que fijarse pero no es tan peligroso, no hay mucho tráfico. Por cierto, uno puede dar ese volantazo a la izquierda porque no hay camellón ni muro para dividir la carretera. La fogata señala a los invitados que han llegado. No hay alumbrado público.

Enrique es el hombre de las fiestas, organizador y anfitrión, comensal y bailarín. Su alegría contagiosa, su atención personal para todos y cada uno han dejado recuerdos inolvidables, además de promover encuentros efímeros y encuentros de por vida. Así recibía con muchos invitados a visitantes queridos como David Brading y Celia Wu, o John Womack, Friedrich Katz, Serge Gruzinski… la lista sería interminable. Y convocaba una fiesta de despedida para todos los amigos y amigas (no estaba a favor de la ortografía inclusiva, yo tampoco) de la persona, las personas que se iban. Nadie, festejado de tal manera, con tanto afecto, ha podido olvidar esos momentos de alegría.

Viajes y Congresos. Dejo de lado el pretexto seriamente académico para evocar la convivialidad, la camaradería del alegre viajero, sea en Perpiñán, Chicago, Roma, La Paz o Zamora, incansable andarín, visitador de monumentos, museos, librerías, bibliotecas y, last but not least, restaurantes. ¿Cómo se llamaba ese fabuloso comedero de mariscos, en una playa, cerca de La Paz? ¿La Perla? Nos hiciste probar de todo. Y ¿cuántos otros lugares nos recomendaste? En la Ciudad de México, que era todavía el DF de los chilangos, al pie del Castillo, te atendían como rey, a ti y a tus amigos invitados.

A ti, siempre elegante, cuidadoso del último detalle, sin ostentación, un verdadero árbitro de las elegancias, un Brummel como decía Balzac.

Imposible dejar de evocar al padre y al abuelo amoroso preocupado por sus hijas y sus nietas, preocupado con motivo de su vida cotidiana y sus estudios. Aquí apareció el Liceo Franco-Mexicano, eco de la estancia que Alejandra y él también aprovecharon en Francia hace la friolera de 60 años.

En fin… A Enrique le debo mucho, entre muchos regalos, la publicación de mi primer libro, no sólo la publicación material, sino la idea, el encargo, la orientación y proporción de material de archivo. Uno de tantos regalos: trajo para despedir a mi padre, en 1969, una pareja de viejos músicos, de Atotonilco, él tocaba, ella cantaba, corridos de la Revolución, corridos cristeros y viejos romances como el de Ramón/ Reynaldo el francés.

 

Jean Meyer
Historiador en el CIDE


1 Publicado en la Universidad veracruzana reúne a diez autores más fotos entrañables de Enrique a todas las edades.

2 En Enrique Florescano, semblanzas de un historiador, p. 93.

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Publicado en: Noticias de Cipango
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