Tararear el insomnio: las Variaciones Goldberg

El 22 de noviembre se celebra el Día del Músico. Para conmemorarlo Santiago Hernández Zarauz nos comparte la historia del origen de las famosas Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach, y de sus interpretaciones más destacadas: las de Glenn Gould.


Una de las piezas más conocidas en la historia de la música se compuso para conciliar el sueño de quien la encargó. A mediados del siglo XVIII el conde Hermann Carl von Keyserlingk de Dresde buscó a Johan Sebastian, una medida desesperada para poder vencer los tormentos del insomnio. En aquel momento Bach era ya un reconocido compositor que oficiaba como cantor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, y también era padre de una extensa familia con la que organizaba pequeños conciertos de cámara. Su devoción a Dios, su dedicación al trabajo y su genio musical convertían a Bach en uno de los más celebrados compositores alemanes y, a la postre, en uno de los pilares principales de la música universal. Con conocimiento de sus virtudes creativas, así como de la vocación artesanal con la que se acercaba al oficio de la composición, el músico de la corte del conde y discípulo de Bach, Johann Gottlieb Goldberg, sugirió la posibilidad de buscar al maestro para intentar encontrar una posible solución musical a los demonios que acompañaban las madrugadas de von Keyserlingk.

Conformadas por un aria, treinta variaciones a la misma y una reprise, Bach entregó las partituras en el año de 1741. Dichos ejercicios musicales, compuestos para clavicordio, fueron publicados al año siguiente y se les comenzó a llamar las “Variaciones Goldberg” en homenaje al clavicordista de la corte del conde.


Portada de la primera edición de las Variaciones Goldberg publicada en Núremberg en 1742.
Fuente: Wikimedia Commons

Como suele suceder con muchas de estas composiciones —pienso a contrapunto en las Suites para violonchelo solo del propio Bach— el nivel técnico requerido para poder interpretar las Variaciones Goldberg es muy elevado. Se necesita de virtuosismo así como de un temperamento emocional sumamente afilado para poder entrar en la atmósfera de una partitura tan sui generis. Por ende, no son muchos los intérpretes con la destreza necesaria para dialogar con una pieza tan compleja.

Entre quienes han emprendido el viaje de tocar las Variaciones Goldberg vale la pena destacar la versión de Glenn Gould. El extraordinario pianista canadiense es quizá uno de los músicos más famosos en estudiar las Variaciones, y quien realizó dos grabaciones a lo largo de su vida, la primera en 1955 con 22 años de edad, y la segunda en 1981, un año antes de morir. Como si se tratara de un diálogo entre su juventud y su madurez, Gould realizó dos grabaciones memorables que se mantienen como referencias muy presentes en el imaginario de la música.

Gould, como cualquier creador, tiene también sus detractores al presentar un gesto muy llamativo en su interpretación: tararea y balbucea, a veces con un volumen muy alto, mientras toca la pieza de Bach. Se dice muchas veces que la escritura musical es un lenguaje que requiere de un intérprete para poder hablarse. En el caso de Gould la ejecución de las Variaciones, allende su pulida técnica para interpretar a Mozart u otras piezas del propio Bach, pone en jaque el oído de los críticos más puristas, quienes llegan a incomodarse al escuchar la voz de Gould de fondo. De cualquier forma, es innegable apuntar la precisión quirúrgica con la que toca las teclas del piano.

Con una carrera exitosa y extensa en el universo de la música de concierto, el sello discográfico Columbia buscó a Gould para grabar por segunda vez las Variaciones Goldberg de Bach. Consciente de la carga espiritual que eso conlleva, Gould aceptó la propuesta con la condición de que se grabaran en una recóndita capilla canadiense y, para poder estar cómodo frente al instrumento, necesitaba utilizar la misma silla en la que se sentó en su interpretación de juventud para tocarlas de nuevo. Sobra escribir lo mucho que tuvo que hacer la disquera hasta conseguir las condiciones materiales para microfonear el espacio (al final se tuvieron que decantar por grabar en un estudio). Faltarían también palabras para narrar la odisea de encontrar la silla perdida de Gould.

Sobra asimismo intentar explicar en esta pequeña postal la maestría con la que Gould interpreta la partitura de Bach. Sin embargo, me gusta pensar que en esa grabación, la de su vejez, Gould bien podría convocar no sólo con las notas sino también con su voz a la sombra de su juventud; como también podrían convocar sus balbuceos los lamentos nocturnos del conde que, antes de las Variaciones, había perdido la capacidad de soñar.

 

Santiago Hernández Zarauz
Músico y editante en la casa editora independiente Minerva

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Registro personal