En esta crónica, el editor mexicano Emiliano Becerril nos relata su viaje a la Feria del Libro de Fráncfort, el encuentro más importante del mundo para la industria del libro. Entre otras cosas, aquí aparecen varios editores de distintos países en guerra y otros contextos adversos. Los libros de pronto se vuelven armas de resistencia.
Hace unos días terminó la Feria del Libro de Fráncfort, la más importante del mundo a nivel profesional y quizás también la de mayor tamaño. La sede es más grande que muchos aeropuertos. Tiene cuatro edificios, cada uno de tres pisos tremendamente amplios, todos llenos de libros y gente dedicada al mundo editorial hablando sin parar. Hay un patio central, un pabellón, puestos de comida árabe, tailandesa, alemana, y más. Cada edificio de la feria está conectado entre sí mediante pasillos en una suerte de carnaval libresco. Es un cruce eterno de libros, idiomas, personas y sueños.
Elefanta Editorial fue invitada junto con un grupo de sellos de 17 países a formar parte de la feria. Todos fuimos reunidos en un stand compartido. Frente a nosotros, solo separados por un pasillo, estaba el pabellón de Ucrania. Por ser vecinos feriales conversamos cotidianamente entre nosotros. Con todo, la única palabra que aprendí en ucraniano fue esa, “vecino”: susid; un sonido que repetíamos a diario. Ellos entraban un poco a ver nuestros libros. Susid. Yo siempre entraba un poco a ver sus libros. Susid.
Entre sus ejemplares, en una repisa que yo podía ver de lejos, había una preciosa edición ilustrada que todos los días me llamaba la atención a la distancia. Mucha gente la hojeaba. Parecía que contaba la historia de una gallina, de un pueblo o algo así. Un día fui a observar con seriedad el libro, y mientras lo hacía, una autora ucraniana, que ya a esas alturas era amiga, me dijo que ése era uno de sus libros favoritos, pero que el joven autor no había podido asistir a la feria porque había sido reclutado por el ejército ucraniano. Al escucharla, la existencia física y conceptual del libro que yo tenía entre las manos cambió de dimensión. No logré imaginarme lo que estaría pasando y pensando ese magnífico artista, sin duda alguien sensible, sumergido en el inhóspito contexto de la guerra. Tuve ganas de abrazarlo, de encontrarme con él a través del libro, de su libro, que yo admiraba y tenía conmigo. La autora ucraniana, entonces, me explicó la historia de aquel título. Con mucha suavidad hablaba de lo que implica descubrir y maravillarse por la vida y los seres que están en ella. En el fondo era un libro de amor que trataba de construir un mundo totalmente opuesto al que la guerra regurgita con violencia. Y en esos instantes, la guerra, enemiga de ese mundo, le ataba las manos al artista que pretendía trabajar por evitarla. No puede haber nada peor que ser desterrado así de la propia vocación.
En nuestra zona, además de los ucranianos y nosotros, estaban algunos puestos de editoriales africanas que participaban de manera independiente, y así como las representaciones de los países bálticos, nórdicos, de Europa del este y central, incluida Eslovenia, el país invitado. “IsLOVEnia”, decían ellos. Unos días antes, el esloveno Slavoj Žižek, en plena inauguración, había condenado la postura de la feria por cancelar la premiación de la escritora palestina Adiana Shibli, que formaba parte del programa. Fueron días tensos en los que algunos participantes árabes reaccionaron cancelando su presencia en la feria.
En la plaza central de la ciudad de Fráncfort estaba izada la bandera de Israel, junto a la alemana y la ucraniana, y en las pantallas de todo el transporte público aparecía una imagen de dos manos entrelazadas, una pintada como la bandera israelí y otra como la alemana. El aire del evento estaba lleno de preguntas. El tema se comentaba en los pasillos. Pero en las inmediaciones de mi stand, lo que más sonaba era otro asunto: el ucraniano. Y un pasillo más adelante, ya lo que sonaba era el sirio. Un editor kurdo de Siria me contó cómo Turquía había bombardeado hacía escasos días cierta zona de su país, y que nadie hablaba de ello. Me dijo que una feria del libro local se había suspendido por el ataque. Para contármelo, esperó a que el fotógrafo que estaba con nosotros, precisamente un hombre turco, se fuera. El fotógrafo era artista, y el sirio kurdo era editor; no eran enemigos en lo absoluto, pero todo puede ser delicado. El sirio kurdo, que ya fue alguna vez apresado y torturado por publicar un libro, me contó que para conseguir un ISBN a veces necesita la firma de más de diez militares. Él, al igual que mucha de la gente que encontré, era un militante del libro.

El piso y edificio donde estábamos nosotros era una especie de vecindario periférico a las zonas donde la industria tiene mayor mercado, como la parte alemana, la anglosajona o de las distintas regiones de Asia. La feria es una especie de tierra indómita. Por eso a veces, como si uno fuera Mungo Park, el explorador del Níger, había que hacer expediciones para adentrarse en otros territorios, sorprendiéndose a cada paso con rostros, tipografías, idiomas, texturas, papeles, colores, tintas, títulos, autores y diversas concepciones del libro. En medio de la actual desazón que vive el planeta, uno podía encontrar esperanza al constatar cómo proyectos independientes, pero también países y cámaras editoriales de todos lados del orbe, apuestan por sus industrias editoriales, que es lo mismo que apostar por sus sociedades, y por el mundo; porque los libros representan una herramienta poderosísima para mejorar personas y sociedades, para enriquecer el espíritu y construir conocimiento. Para nosotros es obvio. Hay quienes creemos en ello profundamente.
Claro, ese espíritu recibía una herida en el corazón al contrastar la realidad de México, cuya presencia estatal brilló por su ausencia y desinterés. No existimos en ese mapa de gente que cree en el libro. El total de editoriales mexicanas registradas fue nada más y nada menos que siete. Decir nada es poco. Por su parte, y de manera aislada, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana sí estaba, poniendo el pecho, un poco haciendo lo mejor que podía; pero la verdad, como gremio, nos falta sumar fuerzas y organizarnos. A su vez, es fundamental transmitirle a quienes toman decisiones desde el poder, que tener una política pública en torno al quehacer editorial no es un divertimento, sino que significa apostar por la sociedad mexicana en más de un sentido. El acceso vertical y transversal al libro sólo se logrará con una industria sólida y sana, y sólo mejorará con un gobierno con la voluntad de articular y entender el valor de la enorme energía y pluralidad que nos caracteriza.
Celebro, por ejemplo, que los colombianos hayan creado una nueva asociación de editoriales. Ahora tienen dos, una se estrenó este año, y ya tuvo presencia en Fráncfort. Ambas asociaciones supieron colaborar con el Ministerio de Cultura colombiano, que ahora tiene a un editor al frente. Argentina estaba también presente, con todo y la crisis, y por la feria circulaban varios editores y editoras. Los brasileños, que están de vuelta, participaron con un stand a lo grande, lo mismo que Chile.
La feria sirve también para poner en perspectiva muchas cosas. Hay países con infraestructura y posibilidades para el libro; o luchando por construirla; o abandonando su potencial; algunos, sin apoyo estatal, pelean por hacer libros en contextos difíciles. Una editora libanesa me explicó sobre los malabares que tiene que hacer en su país para publicar. En Líbano hay corralito bancario, y hay una de las peores crisis económicas mundiales desde el siglo XIX. ¿Cómo mover y hacer libros en un país con las cuentas bancarias congeladas?
En otro encuentro, la editorial indonesia que publica a la escritora alemana y Premio Nobel de Literatura Herta Müller nos contaba lo difícil que es luchar contra la herencia de una de las peores dictaduras que ha tenido el mundo, la de Suharto, y de cómo existe un cerco ideológico que hoy día le cierra puertas a muchas voces. Esa editora lucha contra ello. Otra editora de la India me habló sobre el veto que tienen algunas editoriales después de haber protestado hace unos años. Ella está vetada, pero sigue luchando. En Argentina, en el contexto mundial de la crisis del papel, y de la crisis económica nacional, hay quien habla de una especulación con los precios del papel.
Una editora iraní me compartió lo difícil que es tener una editorial en Irán, más siendo mujer. Ella se mueve sigilosamente, porque además de los complicados obstáculos para ser una profesional en Irán, hay una censura permanente: si en algún libro aparece un personaje que, por ejemplo, sea una mujer con los labios pintados de rojo, hay que borrarla de la obra. Si un grupo de amigos y amigas nada en un lago, hay que quitar a las mujeres, y hacer que ese lago sea un río para que el libro pueda publicarse. Si alguien acaricia a un perro dentro de un departamento, hay que quitarlo: tiene que ser un gato. Un editor senegalés me habló también de cómo la homofobia de su país le impide publicar cierto tipo de textos. La industria del libro tiene adversidades de todo tipo, pero al mismo tiempo está hecha de entusiasmo, el cual se congrega en las ferias. La de Fráncfort, en particular, representa la posibilidad de que libros y autores se abran al mundo, lo mismo las editoriales, y por lo tanto, los lectores y lectoras de un país. En Fráncfort se establecen alianzas y se plantean colaboraciones; es un terreno para encontrar salidas económicas para una industria que, en muchos países, como en México, está precarizada por su propio entorno. Toda la gente que dedica su vida a imaginar un mundo con libros, está ahí, a pesar de todo.
El último día de la feria me acerqué a un foro especial para los ucranianos que estaba a pocos metros de nuestro stand. Uno de los periodistas más importantes de Ucrania, que había salido de la guerra para ir a Fráncfort, estaba por hablar. Me acerqué y tomé unos audífonos para la traducción simultánea, pero los dejé en el instante porque la traducción sólo estaba en alemán. De todas formas, decidí quedarme ahí, quería sentir cómo sonaba el ucraniano, mirar la expresión corporal del periodista y del público. En un momento, cuando el periodista parecía decir algo importante, se acercó alguien, otra periodista ucraniana recién exiliada en Montreal, con la que había intercambiado algunas palabras un par de días antes, y comenzó a explicarme al oído lo que el periodista decía: en la guerra, para donde fuera que él mirase, veía una terrible versión de la humanidad. La gente, las mentes y las historias que habitan la guerra son de oscuridad y desamparo. Poco a poco el conflicto lo convenció de que el mundo es sólo un lugar venenoso; y eso lo estaba derrotando. Por eso, ahí, en medio de la guerra, decidió comenzar a leer. Leía desesperadamente, como si ese fuese un remedio para no dejarse invadir por la desesperanza. Sólo leyendo podría conservar su fe en el ser humano. Leía para saber que hay otras formas de mirar el mundo, de imaginarlo; para recordar que hay gente que se enamora, niños que corren en un parque, filósofos que piensan el ser, poetas o científicos que miran lo pequeño. Decía que leía como nunca porque era una forma de salvarse él mismo y de salvar la idea de mundo. Los libros salvan vidas.
Emiliano Becerril
Fundador y editor de Elefanta Editorial