Los sueños como espejo

El siguiente es un pasaje del nuevo libro de Ernesto Priani: Los instrumentos de la noche (Bonilla Artigas, 2023), dedicado a estudiar la presencia de una serie de objetos y artefactos soñados inquietantes a partir de textos clásicos y registros personales. ¿Qué significados se les han atribuido a estos objetos oníricos? ¿Qué nos dicen acerca del soñante?


Cuando en mi sueño llamo al profesor Meiner "Dieze", Heinrich aparece repentinamente con una tetera grande. ¿Qué trajo eso? ¿Qué clase de agrupamiento de ideas es responsable aquí?
—Lichtenberg

Al final de su vida, años después de haber escrito su diario de sueños y tras convertirse en místico, Emanuel Swedenborg tendrá visiones. La primera ocurrió en julio de 1759, un sábado. Asistía a una fiesta en Gotemburgo: a las 6 de la tarde en punto salió un momento de la casa en que ésta se celebraba y regresó muy agitado; comentó a los comensales que un incendio en Estocolmo se había iniciado, y amenazaba su hogar. A las 8 les informó, aliviado, que el incendio se había extinguido cuando se encontraba ya cerca de su casa. Poco más tarde el gobernador del lugar confirmó lo sucedido.

Otra de las visiones ocurrirá un año después. La viuda de un recién fallecido embajador de Holanda en Suecia recurrió a él para encontrar el recibo que confirmaba la propiedad de una vajilla de plata. En un sueño, el difunto le indicó a Swedenborg el lugar donde se encontraba el recibo que salvó a la viuda de perder su preciosa vajilla.

El relato de estas visiones se propagaría por toda Europa y llegarían a los oídos del filósofo alemán Immanuel Kant. En una carta dirigida a Charlotte Von Knobloch, fechada probablemente en 1763, en la que ella le pide al filósofo que le compartiera detalles de las visiones, Kant los relata y muestra su profundo interés por el caso. Le cuenta, por ejemplo, que había escrito a un amigo residente en Suecia pidiendo precisiones y, más tarde, al propio Swedenborg, tratando de encontrar elementos que explicaran satisfactoriamente sus visiones. Pero éste no le respondió personalmente y, aunque anunció que lo haría cuando viajara a Londres, nunca lo hizo. Sin embargo, Kant no soltaría el tema. Algunos años después escribirá Sueños de un visionario explicados mediante los ensueños de la metafísica (1766), donde se referirá a Swedenborg de este modo:

Vive en Estocolmo un cierto Sr. Swedenborg, sin oficio ni beneficio, de una fortuna bastante considerable. Su única ocupación consiste en estar, como él mismo cuenta, desde hace más de veinte años en relaciones muy estrechas con los espíritus y almas difuntas, de las que pide noticia al otro mundo y a las que concede a cambio algunas del presente, y en redactar grandes volúmenes sobre sus revelaciones y viajar de vez en cuando a Londres para atender los encargos de los mismos. Pero no es reservado con sus secretos, de los que habla sin problema a todo el mundo, sin que dé la impresión de engañar o embaucar. Y del mismo modo que, si debe creérsele a él mismo, es el archivisionario entre los visionarios, debe ser también seguramente el archifantasioso entre los fantasiosos, a juzgar por las descripciones que de él hacen los que lo conocen y a juzgar por sus escritos.

Kant no oculta su conocimiento y, a la vez, su desdén por la obra de Swedenborg. Su mayor reticencia proviene, por supuesto, de la idea de tener contactos con los muertos, así como de las visiones fabulosas sobre el mundo espiritual que el ahora místico sueco plasmó en sus últimos escritos.

En 1766 Kant aún no ha redactado sus Críticas y dado forma final a sus teorías, pero en Sueños de un visionario ya comienza a defender la idea de que sólo podemos conocer aquello que se presenta a nuestros sentidos. La existencia de seres que no podemos percibir directamente es algo que considera, por ello, un dogma absurdo que defiende la metafísica.

En este texto Kant llama sueños a las representaciones del mundo que suponen la existencia de seres espirituales,1 porque considera que tales representaciones son un mundo exclusivo y particular de quienes los proponen, y nadie más puede compartirlo.

Aristóteles dijo en algún sitio: si estamos despiertos, entonces tenemos un mundo común; pero si soñamos, en ese caso cada uno tiene el suyo propio. Me parece que se debería poder invertir esta última frase y decir: si de varios hombres, cada uno tiene su mundo propio, entonces es de suponer que sueñan. Partiendo de aquí, si prestamos atención a los etéreos arquitectos de la mayoría de los mundos ideales —en los que el orden de las cosas ha sido construido, bien como el de Wolff, con poco material de la experiencia pero muchos conceptos derivados, bien como el de Crusius, creado de la nada mediante la fuerza mágica de algunas fórmulas sobre lo pensable y lo impensable—, cada uno de los cuales habita silenciosamente el suyo con exclusión de los otros, entonces hemos de aguantarnos con la contradicción de sus visiones hasta que estos señores acaben de soñar.

Entiendo que pensar los sueños como la entrada a un mundo propio es una idea muy diferente a la que tenían Descartes, Josselin y el propio Swedenborg. Para ellos, los sueños se abrían como puertas para revelar el carácter, recibir mensajes a distancia, la visita de ángeles e íncubos o sentidos para sus confusos pensamientos. Pero los sueños no eran, en ningún sentido, ensimismamiento dentro de un mundo propio y exclusivo sino, más bien, apertura y comunicación con otras dimensiones.

• Ernesto Priani Saisó. Los instrumentos de la noche: episodios para una historia de lo soñado, Bonilla Artigas Editores, México, 2023, 208 p.

 

Ernesto Priani Saisó
Filósofo, profesor-investigador de la UNAM @epriani


1

Los seres espirituales pueden ser, por ejemplo, los espíritus de los muertos, las jerarquías angélicas, en fin, todo ser que no pueda ser conocido de manera inmediata por los sentidos. Incluso Dios.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos