Para celebrar el Día Internacional de las Bibliotecas, Daniel Goldin nos comparte algunas de sus reflexiones en torno a este espacio. Este breve ensayo no sólo critica la falta de atención a las bibliotecas públicas por parte del Estado, sino que recupera historias de bibliotecarios, mentores y cómplices, que, a pesar de todo, han logrado hacer de las bibliotecas un refugio para unos cuantos.
En la pomposa retórica que caracteriza al Estado mexicano, el tema del libro siempre ha ocupado un papel destacado como forjador de nuestra identidad nacional, sobre todo cuando casi el 80% de la población de nuestro país era analfabeta y México era un país multicultural y plurilingüe de verdad.
Para su principal ideólogo, José Vasconcelos, la educación, el arte y la cultura eran el principal instrumento para sacar al país de la ignominiosa barbarie y consolidar una nación civilizada y democrática. La gesta tenía aires de cruzada y las bibliotecas ocupaban un lugar central. Templos del saber donde se debía realizar un auténtico milagro: forjar ciudadanos.
Curiosa y paradójicamente ese protagonismo se ha diluido en la misma proporción en la que han aumentado sus posibles usuarios (la población alfabetizada), dejando el papel central en la forja de nuestra identidad a los libros de texto gratuitos. De nueva cuenta, curiosa y paradójicamente, la centralidad del libro nunca se ha traducido en una política pública integral. No es que hayan faltado recursos. Ese enmarañado conjunto de acciones realizadas por muy diversos actores ha gozado y no pocas veces despilfarrado recursos económicos, y mucho, muchísimo talento. Pero el milagro de forjar ciudadanos no se ha realizado. Y hoy, cuando prácticamente todos leemos y escribimos todo el día para los más diversos propósitos, el panorama es desolador. Basta ver las evaluaciones de lectura de aquellos que están en el sistema educativo o han salido de él. Lo puede constatar cualquier docente universitario. Les toca recibir chicos que difícilmente pueden redactar y tienen trabajo para comprender los textos con los que deben estudiar. Y esos jóvenes son los mejor preparados.
Desde otro ángulo, ¿cómo es posible que en un país donde se han regalado tantos millones de libros el mercado sea tan pobre? Supongo que a nadie le resultará extraño vincular la formación de lectores con un mercado del libro. Pero es un razonamiento que no he escuchado en ninguna de las muchas discusiones alrededor de los tan polémicos y santificados libros de texto gratuitos. Quizá porque no tiene claro que el objetivo central de cualquier política educativa que se presume democrática debe ser potenciar la autonomía de los (e)lectores. Estimularlos a leer(se) y escribir, no libros, sino su propio estar en el mundo.
He escuchado cientos de veces que los libros de texto gratuitos son, al menos, la garantía de que cada mexicano alguna vez tendrá un libro en las manos. Fue un argumento válido cuando se inició su publicación en 1960, pero no más de sesenta años después.
Es un escándalo que cualquier mexicano, incluso los de las zonas más ricas de las principales ciudades, no pueda gozar de la bibliodiversidad física que cualquier persona en cualquier pueblo de Cataluña, que goza de una de las redes de bibliotecas públicas más vitales en el mundo. Esa es una de las tareas de una biblioteca pública, no la única y acaso, no la principal: garantizar a cualquiera que así lo desea, la posibilidad de proseguir su desarrollo lector, sin importar su escolaridad o condición social.
No es este el lugar para ahondar en los numerosos despropósitos e inconsistencias de la actuación del Estado mexicano en el campo del libro. Tampoco para entonar lamentos. En este breve texto sólo pretendo rendir un homenaje a algunos bibliotecarios que han sido mis maestros y cómplices, e iluminan otros caminos. Personas que no se asumen como expertas. Todo lo contrario; se reconocen ignorantes (algo que muchos expertos no tienen la honestidad de hacer), pero sin darse cuenta y por circunstancias azarosas han encontrado espacios para actuar. A quien quiera hacer una crítica constructiva, le deberían iluminar otras vías para plantear el vínculo entre lectura y ciudadanía.
Escribo a partir de lo que ví durante los cinco años y cincuenta semanas en las que fui director de la Vasconcelos, la mayor biblioteca pública de este país y, sobre todo, de lo que he registrado después visitando otros recintos y escuchando a otras personas. De personas que escuché directamente o a través de testimonios recabados principalmente por María López Avedoy, una gran apasionada de las bibliotecas públicas; de las pocas personas que se han dedicado a estudiarlas e investigarlas en lugar de repetir los lugares comunes de los intelectuales que se llenan la boca para hablar maravillas de las bibliotecas desde un paradigma que pretende ser inclusivo. Quien quiera consultar algo de esos trabajos puede darse un paseo por “Datos, retratos y relatos: una ventana a las bibliotecas desde la Vasconcelos”.
Aunque uso identidades ficticias, escribo sobre personas reales. No los podría llamar ciudadanos porque eso sería volver a entrar en la retórica de la simulación.

Las bibliotecas públicas como caja de sorpresas y de las cosas sorprendentes que suceden en ellas
Se les denomina templos del saber; se las concibe como reservorios del conocimiento (¿qué quiere decir conocimiento si no hay un sujeto que conozca?). En realidad las bibliotecas públicas son lugares desconocidos, incluso para quienes supuestamente tienen la responsabilidad de conducirlas. Desde la perspectiva cuantitativa, esa que tanto le gusta a nuestros gobernantes, es difícil por no decir imposible disponer los datos básicos para un diagnóstico confiable. Cuántas son, con qué acervos cuentan, quiénes laboran en ellas, en qué condiciones, cómo funcionan, qué servicios brindan y para quiénes.
Desde luego hay algunos datos que afanosamente reportan los bibliotecarios, como si esa fuera su actividad más importante. Pero son irrelevantes. Para comprenderlas habría que asumir una perspectiva cualitativa que nos permitiera conocer qué experiencias y procesos propician las bibliotecas públicas para sus usuarios. Entonces las bibliotecas públicas dejarían de concebirse sólo como lugares que resguardan y ponen a disposición libros y otros bienes culturales.
Hace más de un año me invitaron a dar un curso de capacitación a bibliotecarios de uno de los estados más violentos del país. Como soy consciente de que el complejo entramado institucional en el que están atrapadas las bibliotecas hace imposible transformarlas, rehuí. Pero las personas que me invitaron insistieron. En una de las charlas me comentaron que la situación era tan grave que cada año su red estatal se iba reduciendo. “El año pasado simplemente hemos tenido que cerrar once”. Con ánimo provocador les pregunté si había habido mítines para evitar que se cerraran. ¿Ha cambiado significativamente la vida de la comunidad? Mis interlocutoras sabían que no.
Por eso no me sorprendí cuando hace algunas semanas, uno de los bibliotecarios con los que trabajé me dijo que el nuevo presidente municipal de su localidad había decidido cerrar su biblioteca para abrir unos sanitarios públicos. Ese patán había comprendido lo que le convenía para ganarse el favor de su electorado. No sólo es ilegal, es insultante, lo sé, pero es también un dato revelador.
Cuando finalmente accedí a dirigir un taller, les propuse a mis interlocutores una meta humilde y ambiciosa: intentar que la comunidad defendiera las bibliotecas. Confieso mi fracaso. Pero a lo largo de esos meses de trabajo intenso al menos fui desbaratando mis primeras hipótesis y comprendiendo el valor de las cosas simples.
Yo acababa de publicar mi libro La música de las bibliotecas. Política y poética de un espacio público, que fue escrito durante la pandemia, con la deliberada intención de provocar discusiones y animar a bibliotecarios a alejarse de los caminos trillados y los fatídicos vaticinios para inventar el futuro de la institución cultural más noble y generosa, la que tiene mayor potencial. La única que puede brindar servicios culturales, educativos, informativos y recreativos a cualquier persona, sin importar edad, grado escolar, condición social. La más sorprendente.
Como siempre me he negado a usar el concepto de capacitación quise iniciar un diálogo con los bibliotecarios que voluntariamente asistieron a sesiones presenciales y virtuales durante más de seis meses. Fue complicado encontrar el modo de construir pensamiento juntos. Ellos están familiarizados con cosas tan absurdas como que les pidan cerrar la biblioteca para salir a buscar nuevos usuarios; o tan aberrantes como poner de su dinero para comprar papel de baño o materiales para hacer manualidades. No a reconocerse como portadores de saber, no a valorar sus experiencias. La mayor parte de ellos, habían llegado a sus puestos por azar, por error o por castigo. López Avedoy, lo había registrado en su tesis de maestría. Más de una década después, las cosas siguen igual.
Recuerdo un caso ejemplar. Josefa no aceptó ser una esposa sumisa, el designio que le imponían sus padres. Así que decidió seguir estudiando y terminó la carrera de secretaria. Fue contratada en la presidencia municipal justo en el momento en que estaba por inaugurarse la biblioteca pública. Se había gastado mucho en el edificio, tenían acervos donados, pero, no por casualidad, se habían olvidado de lo esencial, del bibliotecario. A pocas horas de inaugurarla se preguntaron quién se iba a ocupar de atenderla, y pensaron en Josefa. Como secretaria ella "sabía de eso de la mecanografía", palabras textuales, y la comisionaron a la biblioteca. Sólo será por unas semanas, le dijeron. Josefa nos relató esa historia veinte años después. Singular, pero no tanto. Lo que sí es singular es que haya permanecido tanto tiempo en su puesto.
Los bibliotecarios públicos reales, esos que tienen a su cargo el día a día en los recintos que se autodenominan bibliotecas públicas, son muy diversos entre sí, y sólo muy pocos tienen que ver con la imagen que habitualmente se tiene de lo que debería ser un bibliotecario: un apasionado de la lectura que orienta a los usuarios y les contagia su amor por los libros. No es extraña su diversidad. No ha habido nunca una política pública consistente para formarlos, seleccionarlos, contratarlos, apoyarlos.
A cien años de la tantas veces alabada gesta de Vasconcelos, la UNAM, de la que fue rector, no tiene una carrera directamente relacionada con la formación de bibliotecarios públicos. Alguna vez pregunté a una alta autoridad del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas por qué esta incongruencia. Es muy sencillo, me respondió. Nadie va a estudiar 4 años para recibir esos sueldos miserables. Otra alta funcionaria me lo corroboró. Muchos de ellos, ganan menos que un empleado de un Oxxo: $3300 a la quincena. Otros, tres veces más. Cosas de escalafón y del capricho del jefe en turno.
Muchos bibliotecarios no tienen certezas laborales. Pueden estar un par de años o menos. Se les puede mover según el humor de la autoridad. En algunos casos son empleados estatales, en otros designados por las autoridades municipales, del campo de la educación, de la cultura o el deporte.
Sin embargo, pese a su escasa formación algunos se han convertido en maestros que han transformado a las bibliotecas públicas en espacios para contrarrestar nuestra cultura política. Me detengo en el caso de Alejandra.
Ella sólo estudió hasta la preparatoria. Tuvo hijos y llegó a la biblioteca a laborar en el aseo. Un día vio que había una vacante para bibliotecaria, presentó su solicitud y la aceptaron. Le agradó el cambio. Había que acomodar libros clasificados y catalogados por otros (algo que se aprende en un rato). Le tocaba atender a usuarios, darles la bienvenida, credencializarlos, llevar estadísticas tan complejas como sexo, edad y escolaridad. Pronto pudo también participar en actividades culturales, y se entusiasmó.
Pero su buena suerte acabó cuando terminó el periodo del presidente municipal. En la más pura tradición mexicana, se inició otro ciclo. Al nuevo director no le gustaban los entusiastas. Le cargó el trabajo, la insultaba, y le prohibió hablar con sus compañeros. Finalmente, para castigarla, la comisionó a una de las comunidades más peligrosas de su estado, un poblado en el que la violencia física y simbólica se ha normalizado. Ahí trabajaría sola, procurando construir un espacio diferente de la calle y de los hogares. Lo fue haciendo sin capacitación alguna. Sola o con la colaboración de otras bibliotecarias que estaban en condiciones muy similares. “Oye manita, qué crees que me pasó… ¿tú cómo le harías?”.
A la biblioteca llegaban principalmente niños que andaban en la calle y así hablaban. La insultaban. Se subían a las mesas. Maltrataban los libros. Tres pequeñas la amenazaron con sedarla y descuartizarla. Ella, madre divorciada, no podía perder su trabajo. Les respondió que iría a hablar con sus padres, sin saber si los encontraría en sus hogares. Pero en esa ocasión las niñas huyeron, pensando que llamaría a la patrulla. Luego las niñas regresaron y entre ellas se fue estableciendo una relación valiosa para todas. Su no saber qué hacer la hizo bibliotecaria en el sentido que a mí me importa resaltar: una persona capaz de escuchar, que sabe leer, no sólo ni forzosamente libros, circunstancias, oportunidades. Una persona que respeta al otro y le ofrece posibilidades para desarrollarse.
Un día, Alejandra le preguntó a un chico qué quería hacer de grande. “Yo, bandido, como mi papá”. Como buena bibliotecaria ella no se asustó, ni le respondió con un discurso falso o moralino. El típico “estudia porque así vas a llegar lejos”. Al desempleo, subempleo con diploma. “Muy bien —le dijo—. Pero si quieres ser bandido debes aprender a leer y contar, o te van a engañar”. Y convenció al chico. Así se ha ganado el respeto de la comunidad, de uno y otro bando.
“La verdad, maestro, es que yo no sé de libros, pero me gusta mucho mi trabajo”, me confesó hace unos días, cuando la entrevisté para redactar este texto. Y cómo no. Aunque haya semanas en la que la plaza esté tan caliente que no pueda recibir a ningún usuario. Aunque no logre promover la lectura, pues es algo que le resulta ajeno, ha creado un espacio hospitalario para muchos. Conversar con ella y otras y otros compañeros, me abrió una ventana para conocer mejor este país y pensar caminos posibles para el desarrollo bibliotecario.
Al concluir mi contrato, no mi relación con ellos, presenté un diagnóstico desolador. Y una sugerencia para acercar al público. Si quieren en verdad atraer nuevos públicos comiencen por lo básico. Hagan que todas las bibliotecas públicas sean al menos lugares en los que se garantice agua potable para cualquiera. No lo son las escuelas. Sé que puede parecer muy simple y resultar insignificante ante las sublimes consignas de formar ciudadanos y hacer de México un país de lectores; pero, como me dijeron las autoridades que me contrataron, es casi imposible conseguirlo.
El principal recurso de una biblioteca pública son sus usuarios. La tarea de un bibliotecario es hallar el modo de hacer que sus usuarios reconozcan sus saberes y el derecho a experimentar. A hacer experimentos y valorar sus experiencias. Estimular su curiosidad. Despertar su deseo de aprender, no sólo por los libros. A partir de ahí se puede lograr mucho, sin eso, nada.
Las y los bibliotecarios deben asumir que saben y pueden enseñar y aprender. Siempre se les ha tratado como meros mediadores, una rondana más en una maquinaria tan grotesca que, en medio de discursos sabiondos y pretenciosos, hace resaltar el valor de un simple vaso de agua.
Daniel Goldin
Editor, ensayista y pintor. Dirige JardínLac.org. Su más reciente libro es Los días y los libros. Divagaciones en torno a la hospitalidad de la lectura (Océano, 2023).
qué admirable trabajo. cómo me hubiera gustado saber de ti hace mucho, en 1990. en esos años trabajaba en la coordinación de bibliotecas públicas de Ensenada…
(Vaya, apenas ahorita descubrí como poner mayúsculas… me falta saber cómo poner acentos voluntariamente y no cuando el programa del celular te obliga…)
Todos tus comentarios pude hacerlos yo en aquellos años.
me gustaría ponerme en contacto contigo para platicar extensamente.
me llamo Gustavo Mota.
Mi correo es
jologusmomar@gmail.com
recibe un fuerte abrazo
Gracias don Daniel (y a Ramón Salaberria quien es un gran y genereso difusor de palabras pertinentes. Hoy usé unas qué acercó el año pasado) tiene usted una perspicaz y aguda mirada sobre las bibliotecas y su quehacer. Comparto letra a letra su “diagnóstico” y recomendaciones