El 19 de septiembre conmemoramos el aniversario de dos temblores que sacudieron la vida de miles de mexicanos y que transformaron la historia del país. El escritor Jorge F. Hernández nos comparte un conmovedor viaje por sus recuerdos del terremoto de 1985 y del sismo de 2017; memorias capaces de reunir los sabores y sinsabores de México, durante dos de sus mayores tragedias recientes.
Dos temblores, misma fecha, diferentes horas y días. Años de por medio, diferentes generaciones, dos siglos, mismo subsuelo, la laguna invisible y la negra noche.
Del primero de los dos sismos hablemos de amanecer, no al alba, porque la sacudida larga fue un violento despertar incluso para miles de personas ya despiertas o amanecidas. Entre sábanas, bajo cobijas, al filo de polvaredas y derrumbes o sentado en la orilla de la cama, alargando una conversación con mi padre que empezamos cerca de las siete de la mañana. Horas después se revela que por el retraso no llegó al desayuno de su oficina donde murieron los demás asistentes. Las alarmas de los despertadores se convirtieron en sirenas, calles tomadas en pijama y camisón. La sensación de oscilación se prolonga trepidante, como taquicardia.
Hay quien se avienta a toda velocidad en coche, pedazos en sentido contrario, para ver a la novia, y los minutos crecen con falsas noticias o inferencias de todo lo que había caído aún sin caer, que todo se derrumbó aún antes de verificarse porque apestaba a gas por todos lados y no había teléfonos. A partir de ese primer sismo del año 85 se quedarían los teléfonos públicos sin cobrar llamadas, líneas gratis desde el caos inicial y desde los primeros minutos, antes que el ejército y las policías, jóvenes en bandadas como pájaros en coreografía, controlaran el tráfico en los cruces y el paso de las ambulancias; y entre tanto silencio la onda corta y poco radio, el ruido sin ruidos de una ciudad inmensa que se volvía pequeña, achatada o recortada por las cascadas de cascajo y las prisas por rescatar vivos o muertas, fenecidos o desmayadas, todas las edades confundidas por el pánico y la imprevisible sucesión de réplicas.
Alguien me despierta de un desmayo en un improvisado centro de acopio; dicen que me desplomé al filo de la mesa de las latas y las aguas sin saber que ya era sábado 21. Despierto desde el día 19 a las siete de la mañana, pasé de noche tres días de aquí para allá, en viajes de entrega de víveres, pañales y agua entre la colonia Roma y los centros en el sur, el norte derruido en el Centro, el Centro que parecía intacto, Tlatelolco envuelto en nubes grises. A la orilla del Viaducto mi novia vio a dos fulanos vendiendo las tortas que ella misma había hecho y repartido sin venderlas. Ella sola los enfrenta y los pone en orden, y ese mismo día un amigo golpea a un cínico que robaba el reloj de un cadáver. La muerte ya no mira las horas.
Sin tiempo ni fecha. Camina hablando solo y con la mirada perdida mi maestro de Historia de la secundaria. Cinco años sin habernos visto y su tragedia le impide reconocerme: sólo menciona los nombres de su familia sepultada bajo siete pisos de ruinas apiladas. Ni fecha ni horario, las velas no siempre conviene encenderlas tan cerca del olor a butano, y las lámparas se reservan para los topos, roedores humanos que caben entre los huecos de lo que quedó.
Batas blancas y paliacates de juventud por encima de cualquier otro uniforme. Dicen que el gobierno dejó de existir, que al principio creyó no necesitar ayuda… luego, el aeropuerto se va convirtiendo en un inmenso estacionamiento para aviones militares, y se hilan las filas inconcebibles donde soldados soviéticos pasan de brazo en brazo cajas de queso amarillo que acaban de descargar los soldados gringos, en fila aledaña a la de los cubanos que abren un pasillo para que pasen los suizos con perros expertos en arqueología humana. Luego, cuentan en un albergue que un pastor alemán desapareció entre los escombros porque unos vivales se lo llevaron para mejorar la raza.
El estadio de béisbol convertido en una inmensa morgue, los jardines poblados por un raro laberinto de ataúdes como frías fichas de dominó sin números. Todo mundo habla de las costureras, de los talleres de su esclavitud, de las lloronas por todas las calles o de la Catrina en persona. La sombra de todos los siglos que ya no alcanzó a soportar la piedra tezontle y la sacudida al día siguiente del primer temblor, terremoto, sismo que obliga a miles a refugiarse al descubierto, como quien cree meterse a una cueva en descampado. Y es imposible verificar el estado de la nómina de todos los afectos e improbable que pase pronto la desventura y los desvelos, la desinformación desesperada y el despertar que no termina de abrir párpados, ni los ojos de los cadáveres ni la mirada de millones de niños.

Del segundo temblor hay una palabra que conquista la saliva. La palabra resiliencia que tanto ofende a algunos empoderados, quizá porque deletrea el afán anónimo y colectivo, el empeño inquebrantable de quienes en el mismo escenario del primer temblor responden instantáneamente al eco. 2017 resiliencia a poco más de tres décadas, casi exactas, pero otra paleta de colores, otro diccionario de frases, aunque el mismo sabor de urgencia por encima de lo burocrático, más allá de las torpes cuadrículas, puño en alto para clamar silencio por si se vuelve a escuchar el rumor sobreviviente entre el cascajo, por si acaso se escucha la cíclica muerte del mismo inquilino fantasma desde 1985.
Del segundo terremoto subrayemos que ocurre horas después del simulacro conmemorativo del primer sismo. Por horas, no resultan sincronizados, pero también quizá porque los tiempos habían cambiado: la Ciudad de México, aún Distrito Federal, había cambiado de partidos y poderes, mientras el país seguía regido por el mismo partido, antes único. El trastocamiento también se aclara o afecta por la ronda de generaciones: los fantasmas de los muertos en México parecen tener y no tener caducidad, o bien el reciclaje de lutos y duelos parece una noria inevitable.
Si la palabra en el 17 es resiliencia, la solidaridad del 85 caducó en cuanto se convirtió (luego del sismo, luego del Mundial de Fútbol) en programa de gobierno, secretaría de Estado, video semi hollywoodense. Solidaridad a la mexicana: pura y dura mientras oscilaba aún la tragedia y los escombros; luego, atole y eslogan para un Mundial improvisado (sustituto de Colombia por casi la misma razón de desgracia); y dos o tres años después, la palabra se convierte en logotipo, primera piedra para puentes y carreteras. Treinta y dos años después, la palabra resiliencia, o la que decida la modernidad como etiqueta del eco del desastre, no sirve ya de propaganda ni de empeño electorero.
Añade o compara los raquíticos teléfonos públicos y tres décadas después la generalización de los celulares; la inmediatez de las imágenes, video en pantalla personal y, aún así, la insólita repetición de noticias inverificables: la niña invisible e impalpable que resultó ser inexistente, como si no hubiesen pasado las décadas entre los bulos del 85 y la autopista cibernética de la información. Añade los cajeros automáticos que no existían en tiempos del sismo antiguo o los correos electrónicos que lograron lo que la telegrafía no pudo hace casi una generación.
En realidad, restan las almas que murieron y las miles de vidas damnificadas en dos ciclos diferentes tan parecidos. Resta el propósito de aprendizaje de pretérito que ni con simulacro conmemorativo o alarma sísmica se logra controlar la ferocidad de la capa tectónica, la sacudida de las entrañas. Resta la resignación afortunadamente inevitable, y queda como resultado la inmensa tristeza y el dolor sin palabras cada vez que volvemos a sacudirnos con la muerte ajena o propia, la muerte chiquita y silenciosa, el ruidero de los gritos que exhalan los heridos que dejan de ser muertos en cuanto son desenterrados, el murmullo del silencio cuando los párpados no logran amanecer del todo y nos deja oscilantes a los testigos, girando sobre sí mismos los protagonistas de epicentro o de círculos concéntricos… todos, absolutamente todos, temblando.
Jorge F. Hernández: Escritor y librero. Su más reciente novela es Cochabamba (Alfaguara, 2023).