Rosario Castellanos: una voz caleidoscópica

Rosario Castellanos falleció el 9 de agosto de 1974 en Tel Aviv, Israel, tras dejar una notable obra literaria en la que no sólo mostró sus dotes poéticas, sino también una valiosa agudeza política. Para conmemorar su aniversario luctuoso, este ensayo revisita algunas de las obras más importantes de la escritora, haciendo énfasis en su capacidad para hacer converger en su voz y la de sus personajes una conciencia crítica de su lugar de enunciación.

Chiapaneca, filósofa, viajera, colaboradora en el Instituto Nacional Indigenista, primero estudiante y luego maestra en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, huérfana a los veintidós, madre, crítica literaria, feminista, investigadora, embajadora, narradora, poeta… La lista de las posiciones que ocupó Rosario Castellanos a lo largo de su vida es tan rica y tan diversa como su obra. Experimentó con distintos géneros y exploró diferentes temas, pero su predilección por tres asuntos particulares se mantuvo constante: en primer lugar, las condiciones de vida de distintas mujeres en diferentes contextos sociales y momentos históricos. En segundo lugar, la sociedad de los altos de Chiapas en la que creció y las relaciones entre indígenas, mestizos y blancos que se daban en ese contexto. Y, en tercer lugar, Castellanos escribió un número considerable de textos sobre el acto mismo de escribir; quizá en búsqueda de un ancla frente al dinamismo y la variedad de su propia producción textual, o, tal vez, simplemente por curiosidad sobre su propio proceso.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco
Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Castellanos escribe sobre la escritura plenamente consciente del lugar que ocupa, un lugar atravesado por múltiples posiciones que coexisten a pesar de los choques ocasionales. Por ejemplo, en poemas como “Autorretrato”, “Válium 10”, “Pasaporte” o “Entrevista de prensa”, la autora pondera lo que implica escribir siendo una mujer mexicana a mediados del siglo XX, de clase media alta, que trabaja pero que también se encarga de asuntos domésticos, que da clases, y que valora los minutos de soledad que dedica a leer al final del día. La voz de “Válium 10” recuenta, en segunda persona, las diferentes cuestiones que integran su vida diaria:

Y das la clase
lo mismo a los alumnos inscritos que al oyente.
Y en la noche redactas el texto que la imprenta
devorará mañana.
Y vigilas (oh, sólo por encima)
la marcha de la casa, la perfecta
coordinación de múltiples programas
[…]
Y repasas las cuentas del gasto y reflexionas
junto a la cocinera, sobre el costo
de la vida […]

En su artículo “Este nacer incesante: génesis de una embajadora”, Castellanos retoma este tema de forma contundente: “Madre y poetisa como que no riman, pero ahí se van”. Replicar estas intersecciones en su voz literaria da cuenta de la consciencia que Castellanos tenía de sí misma como sujeto complejo.

Probablemente, Rosario haya aceptado encargarse de muchas de estas ocupaciones domésticas y tareas cotidianas por un mandato de género más que por gusto; la autora expuso el placer que encontraba en la lectura y la docencia en más de una ocasión, pero describió los quehaceres de la casa como obligaciones incómodas, impuestas. Tan sólo en algunos títulos de textos periodísticos como “De los quehaceres domésticos: la atrofia de la inteligencia”, Castellanos da cuenta de su fastidio ante dichas exigencias.

Algo similar ocurre en algunos momentos de su literatura. La protagonista y narradora del cuento “Lección de cocina”, por ejemplo, se da cuenta de que nadie nunca le enseñó a cocinar un pedazo de carne: “¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? […] Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero que no poseo” (las cursivas son mías).

Lo cierto es que, consecuencia de una normativa hegemónica o no, Castellanos dividió su tiempo entre las tareas domésticas y las intelectuales, y ambas lograron encontrar un lugar entre su literatura; así, se consolidó la cercanía que existe entre Rosario como autora y como ser humano. En “Autorretrato”, por ejemplo, Castellanos se describe a sí misma en primera persona con verbos en presente, presentándose así de manera directa: el poema abre con el verso “Yo soy una señora…” y, más adelante, declara “Escribo. Este poema. Y otros. Y otros. /Hablo desde una cátedra”.

Por otro lado, en “Pasaporte”, la voz reflexiona sobre el contexto desde el que escribe y las voces y sonidos con los que lo comparte, además se identifica como “Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no. / Pero sí de palabras, muchas, contradictorias, ay, insignificantes…”. ¿Las palabras de Castellanos son contradictorias en sí mismas o sólo dan muestra de una posición compleja, caleidoscópica? ¿Puede haber unidad en las palabras de alguien que habla desde un lugar marcado por la multiplicidad? ¿Esta unidad es deseable o en realidad resulta más rica —quizá por ser más auténtica— la contradicción? Estas reflexiones forman parte de la propuesta literaria (y por ende, política) de Castellanos con dos implicaciones significativas, la segunda consecuencia de la primera: 1) que sus voces literarias estén plenamente conscientes de su lugar de enunciación y 2) que estas mismas voces puedan cuestionar y problematizar ese lugar.

Lingüistas, filósofos y críticos literarios han pensado exhaustivamente en el problema del lugar de enunciación. La pregunta central es la siguiente: ¿cómo es que nuestro contexto influye en lo que decimos y en cómo lo decimos? ¿Cómo podemos, en cambio, influir en nuestro entorno a través del habla? ¿La objetividad absoluta es posible en un acto de habla? ¿Es siquiera deseable? Benveniste contestaría que el lenguaje es siempre subjetivo porque, inevitablemente, se construye entre sujetos, que interactúan entre sí y con su entorno, asumiendo posturas y defendiendo intereses. Así, posicionarse implica renunciar a la objetividad, pero también abre la posibilidad de dialogar con el contexto desde el que se habla: tomar posición, entonces, propicia la crítica. Esta interacción, esta influencia mutua entre el contexto y las subjetividades que se insertan en él, se vuelve determinante en su complejidad y en el proceso continuo mediante el cual se inter-construyen. Las “palabras, muchas, contradictorias” de Castellanos, entonces, toman otro sentido: lejos de ser una característica negativa, la contradicción se vuelve el punto de partida para problematizar el contexto desde el que habla y el lugar que toma dentro de él.

Además de posicionarse como poeta, Rosario toma conciencia de su lugar de enunciación como narradora. Sus dos novelas más conocidas, Oficio de tinieblas y Balúm Canán, se desarrollan en Chiapas a inicios del siglo XX, contexto en el que la autora creció: decidir escribir sobre una situación tan cercana a lo que vivió de niña es una oportunidad para volver a pensar en este contexto, y también para presentarlo desde una mirada crítica. En Oficio de tinieblas, la autora experimenta con diferentes subjetividades complejas que ocupan posiciones múltiples. Alternar entre una voz narrativa externa y el estilo indirecto libre le permite explorar diferentes perspectivas y establecer así una conversación polifónica entre un contexto y los diferentes sujetos que lo conforman. La novela entreteje las historias y las voces de Catalina, una mujer chamula; Idolina, una jóven coleta; y Julia, la amante de su padrastro; y muestra cómo se insertan en el contexto particular de la reforma agraria de Cárdenas en Ciudad Real, hoy San Cristóbal de las Casas. La voz narrativa de Castellanos transita entre ellas, mostrando las complejidades del contexto desde sus múltiples aristas.

Las tres mujeres de la novela ocupan posiciones que implican pocas posibilidades de ser escuchadas: Catalina porque es indígena, mujer y estéril; Idolina porque es una niña aislada por su mala salud; y Julia por no pertenecer a la alta sociedad y por venir de otra ciudad. Sin embargo, cada una a su manera, logra negociar con su contexto y encuentra nichos desde donde poder hablar. Particularmente notable es el caso de Catalina, quien se convierte en una líder religiosa importante para su comunidad y logra que el pueblo la escuche con respeto: “Nadie de los que rodeaban a la ilol pudo comprender ni su evocación ni su profecía. Pero todos estaban contagiados de un júbilo salvaje que les pedía manos para convertirse en acción. ¡Por fin! Ha terminado ya el plazo del silencio, de la inercia, de la sumisión. ¡Vamos a renacer, igual que nuestros dioses!”. Catalina habla con palabras incomprensibles y Castellanos lo hace con palabras contradictorias: ambas, conscientes de las posiciones múltiples que ocupan al hablar, construyen discursos que les permiten hacerse escuchar y dialogar con sus circunstancias.

Materia que arde

La conversación que Rosario entabla con su contexto sigue activa; continúa abierta para voces que se reconocen como complejas y se posicionan desde la multiplicidad de categorías que las atraviesan. Este es el caso de Sara Uribe y Verónica Gerber Bicecci en su nueva obra Rosario Castellanos. Materia que arde (Lumen, 2023), un libro de ensayos que busca indagar en la figura y los relatos que se han construido en torno a la autora. Una de las principales fortalezas del libro es la profunda lectura que propone tanto de la vida como de la obra de Castellanos, y su influencia mutua. Pero las autoras van más allá de la exposición de una reflexión bibliográfica, ya que se posicionan como creadoras en conversación con la escritora y unen sus voces al diálogo entre Castellanos y su contexto. Gerber lo logra desde las ilustraciones que construye retomando diferentes símbolos recurrentes en la obra de la escritora. Recupera, por ejemplo, las lámparas, que, al estar acompañadas del texto de Sara, ofrecen interpretaciones sobre momentos particulares de la biografía y la obra de la autora: hay lámparas mucho más sólidas que otras, algunas son más ornamentadas y otras alumbran con más intensidad. Estas ilustraciones no sólo funcionan como un símbolo de la luz, sino que toman un nuevo sentido si recordamos que, según las versiones más aceptadas, Castellanos murió en un accidente eléctrico ocasionado por el cable de una lámpara. Uribe también contribuye a la conversación desde su lectura y las preguntas con las que cierra cada capítulo: “¿Se deshacen tus palabras en el aire y por eso empiezas a sentir la necesidad de fijarlas en la escritura?”, “Estos verdores tiernos de ramitas surgiendo, aferrándose o yaciendo en la tierra [en referencia al poema “La balanza”], ¿son un modo de nombrar tus maneras de habitar en el mundo, Rosario?”.

Castellanos escribe desde sus vivencias, sus intereses, sus memorias y sus ideas: construye una voz que, como ella, se reconoce como una subjetividad compleja, atravesada por múltiples posiciones. Sin embargo, lejos de reducirse a estas contradicciones aparentes, las reconoce y se atreve a dialogar con el mundo desde su lugar de enunciación particular. La literatura de Castellanos nos recuerda que la lectura puede ser una ocupación activa, donde se puede retomar la agencia al participar en una conversación polifónica. Un diálogo en el que el contexto se mire con suspicacia, en el que quepan voces tan complejas y multifacéticas como los sujetos que representan. Voces caleidoscópicas para subjetividades caleidoscópicas, voces que dialogan desde la riqueza de sus contradicciones.

Bibliografía  

Rosario Castellanos. “Lección de cocina”. Álbum de familia, eBook, Fondo de Cultura Económica, 2018.

––––. “De los quehaceres domésticos: la atrofia de la inteligencia”. Mujer de palabras: artículos rescatados de Rosario Castellanos, vol II, compilación de Andrea Reyes, CONACULTA, 2006, pp. 258 – 262.

––––. “Pasaporte” y “Válium 10”. Poesía no eres tú, Fondo de Cultura Económica, 1995, págs. 325 y 296.

Sara Uribe. Materia que arde. Ilustraciones de Verónica Gerber Bicecci, Lumen, 2023, 278 p.

 

Ana Herrera
Estudiante de Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana.

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Publicado en: Resurrectorio