Me llamo cuerpo que no está (Lumen, 2023) es el libro más reciente de Cristina Rivera Garza, en el que se reúne la obra poética de la narradora y ensayista escrita durante una década. Los títulos que incluye el libro son Los textos del yo (2005), La muerte me da (2007) firmada con el pseudónimo Anne-Marie Bianco, El disco de Newton. Diez ensayos sobre el color (2011), Viriditas (2011) y La imaginación pública (2015).
La poesía de Rivera Garza, a decir de Sara Uribe, es una carretera bífida. “Es un camino que se bifurca entre la materialidad más tangible y rotunda y la posibilidad de lo contingente, de lo que podría o no ser. Sus poemas son un lugar donde es viable que lo que es sea; pero, sobre todo, y como anhelaba Alejandra Pizarnik: que sea lo que no es”. Acerca de esta novedad editorial, la autora me comentó lo siguiente:
Estos libros los fui publicando en editoriales independientes y han tenido una presencia discreta en nuestro mundo cotidiano. En cuanto a mi obra en general, la novela, tomando como referencia a la teoría del cuento de Ricardo Piglia, es la historia visible, mientras que mi poesía es el secreto, lo que está por debajo. Y el secreto, como decía Piglia, tiene que ver con la forma. Y mi poesía está ligada directamente a mi obra narrativa, como es el caso La muerte me da (por Anne-Marie Bianco), pues yo tengo una novela que se llama La muerte me da. Para mí, el momento creativo, es ir pensando e hilvanando el cómo, que es la pregunta de la forma. Y al revelar esto es como si a los lectores les estuviera dando la clave del secreto.
Es importante, al leer mi poesía, entender que todo está conectado.
Y, más adelante, explica el sentido de resistencia de la poesía, en y desde un lenguaje atravesado por la realidad más brutal. Por qué, en cierta manera, la poesía para ella debe estar en el centro de la realidad:
Hay algunas versiones de la poesía que la colocan en algún punto lejano de la realidad. Desde que comencé a escribir poesía he estado trabajando con una idea más material. Desde el momento que estamos lidiando con el lenguaje estamos afectando y siendo afectados por todo lo que viene en ese lenguaje, por todas las historias y experiencias; por desgracia, la experiencia que nos toca vivir y nos compete es brutal, y no me parece que la poesía, ante esos hechos, debe achicopalarse, y es ahí donde está parte de la potencia de la escritura en general y de la poesía en particular, de afrontar estas realidades o narrativas que nos vienen de los distintos poderes que enfrentamos, de poder lanzar preguntas, darle la vuelta, en general, de reactivar una serie de fuerzas que están vivas en el lenguaje.
Parte de la experiencia de escribir poesía no es nada más decir “esto es doloroso y no podemos hacer nada”, sino que también estamos juntos en esto. Todos estos elementos de la poesía que son palabras, silencios, ritmos, múltiples texturas es de todo lo que nos valemos para decir aquí seguimos. Esa es la potencia de mi poesía.
A continuación, algunos pasajes del Los libros del yo, con el que abre este volumen: “Libro I: la más mía”.
—Mario Alberto Medrano

Aneurisma: m. (del gr. aneurysma, dilatación).
Tumor sanguíneo causado por la dilatación de una arteria
1.
[HOSPITAL DE NEUROLOGÍA]
Hay un hombre entre nosotros
los que aguardamos la muerte, los que estamos despiertos
desde el alba hasta el advenimiento del alba
sobre sillas de plástico color naranja y los huesos rotos
de tanto ir
hacia el vidrio de la esperanza
hacia la burla inminente de la esperanza
hacia la crucifixión puntual de la esperanza.
Alguien acaba de morir. Son las 3:20 de la mañana.
El hombre entre nosotros está sentado como nosotros
con los codos sobre las rodillas y los ojos estancados
en este afuera del mundo que es un mundo
antiséptico y claro
el residuo alrededor y abajo y atrás de todo lo que es:
una burbuja de piel casi humana cruzada de sondas
amarillas
por donde entra el aire y sale la súbita falta
de aire;
un mundo de isodine y yodo y otros olores sin olor
que borran el olor de los cuerpos en su propia
malformación
sus propios errores, sus propios tumultos, sus propias
y genéticas imperfecciones;
un mundo acechado por el azar de dios y rodeado
de ventanales ilesos
ventanales impávidos
muros de córneas bruñidas por la luz urbana de marzo
que todo lo aleja y todo lo difumina;
un mundo donde algunos visten de blanco y caminan
y otros muchos visten de negro y callan inmóviles
porque alguien acaba de morir
aquí donde son siempre ya las 3:20 de la mañana
y donde se muere en el sueño lógico de los sedantes
y el no saber
que ya no habrá más, nada más, para nosotros
los que esperamos con el pulso disminuido
de no querer sentir
deseando con todos los dientes ese letargo suyo
de nunca saber
que nos quedamos aquí, hora tras hora, encendiendo
cigarrillos
bebiendo café negro, imaginando al hombre que está
entre nosotros
dulce y voraz como ninguno
encerrado en el cántaro de la sed y el cántaro
del deterioro
nuestro como el animal que llevamos dentro
que es inaccesible a nosotros los que sabemos de morir
y de soportar la sobrevivencia desde la medianoche
hasta el advenimiento de la medianoche.
2.
[LO QUE VEO A MI ALREDEDOR]
La mujer que encontró la inmovilidad después
de la última rabia del último día
después de todos los otros días y todas las otras rabias;
el epiléptico de Zacatecas que tiene hambre y no ha
comido en dos semanas
el que llega reptando de la ciudad con la lengua
y las manos y las piernas y los ojos
convulsionados por grandes ataques mientras repite
la palabra estrella
la palabra madre;
la muchacha de veintiuno a la que han operado
veintiún veces, una y otra vez, cada año
podando infructuosamente las ramas verdes del árbol
magnífico
esa planta carnívora que crece en el centro mismo
del cerebro
y por ello hermosa y por ello indescifrable
(como las minas olvidadas de una guerra perdida antes
del inicio
antes de los pronunciamientos y antes de los cánticos
y antes de saber que habría guerra)
y por ello trágica y por ello deleznable como el único
enemigo dentro del cuerpo que es el cuerpo
mismo;
el muchacho casi niño de largos brazos y largas piernas
llenas de piquetes
el que está tendido sobre un lecho desinfectado
con los ojos a medio abrir y a medio cerrar
como quien añora el sol sin haber sol dentro de esta
vasija blanca
el que respira con el tubo de plástico azul entre
los labios abiertos
con las manos atadas y los pies atados porque no es
un enfermo fácil
con la madre sola leyendo en voz alta los pasajes de
un libro irreal
palabras subrayadas por la nube púrpura y desigual
del cemento y la morfina:
“vine a Comala porque me dijeron que acá vivía
mi padre”;
la mujer, la más mía, en cuya carótida flota el globo
frágil, el globo cruel de un aneurisma
la malformación congénita y silenciosa que la tiró
de bruces bajo la regadera de las siete
y nos la entregó después, días después, meses después
con el cerebro lleno de las palabras sin sentido de la
poesía y los 28 años que decía volver a tener.
En el alrededor veo a mi madre.
3.
[¿A PARTIR DE QUÉ LUGAR COMIENZA A SER PELIGROSO SEGUIR ALEJÁNDOSE? SAM SHEPARD]
Son las seis de la tarde
es la hora en que los hombres callan y las mujeres
dicen la verdad.
La media naranja de luz reúne a los que todavía no son
amantes en las calles.
Hay tres cicatrices en la mejilla izquierda del aire.
Hoy quiero hablarte como los árboles: con sombras
en el silencio más negro
quiero ser la estática temeridad del paisaje, el contexto
el verbo permanecer.
Ahora. Por primera vez.
¿Hace cuántos años que no estaba a tu lado
escudriñándote los pies?
¿Cuántas auroras viste que yo no vi contigo?
¿De qué tela era el dolor que nunca compartimos?
Me alejé de todos con el tiempo pero al inicio me fui
de ti.
Entonces bastó con abrir la ventana del lenguaje
para montarme en la grupa del aire.
Te digo que la lejanía me dio un esqueleto,
una historia, una leyenda.
Te digo que en las pasturas de su lengua conocí
el trapecio del yo y lo usé como un abismo.
Todo en el horizonte parecía preñado de luciérnagas
a punto de ser y de no ser.
Una ficción.
Te digo que con manos de trementina la lejanía me
hizo tragar artificiales alimentos
líquidos verdes en las mañanas y sólidas acuarelas
cuando ya todo era tarde.
Nada te dolerá, murmuraba. Y nada dolía.
Te digo que las dos éramos dúctiles amantes.
La lejanía me regaló una morada sin techos
y un rombo y diez dedos de tinta.
Todo lo que yo tocaba se teñía de azul, te digo.
El cielo, la respiración, mis huesos.
Un azul definitivo.
Te digo que mi cuerpo se tendió como una hilaza entre las sílabas de
las palabras no estar.
Ninguna bala lo tocó, ningún rasguño, ningún deseo.
Ella fue buena conmigo, te digo. Me cuidó
con sus destellos.
Como una madre me amamantó de olvido y me creó
todas las células con genes nuevos.
Ella se convirtió en mí y yo fui siempre toda de ella.
Hueso a hueso
muñón a muñón anochecido
cartílago a cartílago
todas las moléculas.
Te digo que su bondad era infinita y estaba hecha
de un aire con olor a membrillo
que me llenaba la nariz con su arco y con su flecha.
Te digo que la quise más que al lenguaje,
más que al origen, más que al destino
que deposité entre las flores de sus puertas.
Te digo que con su anzuelo bien hendido
en el pabellón del paladar
la lejanía me llevó corriente arriba hasta llegar
al manantial donde todo fue silencio.
Nunca supe que tenía frío.
Nunca pude identificar el hilo que me cosía
los órganos por dentro.
No tenía necesidad.
No usaba vestidos.
Nada me hizo virar la cabeza ni volver la vista atrás.
Te digo que sólo tenía ojos para la eternidad.
Pero reconocí tu voz una tarde como ésta a la hora
de las seis
cuando la alarma de sirena se coló bajo los muros
y me atravesó la piel.
Fue cuestión de unos segundos
un boleto de avión, dos maletas.
Regresé a ti con toda mi urgencia.
Tú estabas a punto de morir y yo estaba solamente
por primera vez.
Cierta como una raíz y enmohecida como las bisagras
de las puertas.
Entonces entendí a Vallejo y entonces repetí:
nunca lo lejos arremetió tan cerca.
Te digo que quiero tener la voz del árbol que plantaste
dentro de mí.
Te digo que soy la fruta y el jugo de la fruta que deja
el escozor bajo la lengua.
Te digo que me tomes como a una plaza,
un continente, un país.
Son las seis de la tarde y voy de camino hacia ti
4.
[ÉSTE ES EL MOMENTO DE HABLAR]
La más mía está postrada dentro de su cuerpo.
Bajo la bóveda del cráneo
en la magnífica flor gelatinosa y rosácea del cerebro
con la simetría exacta de su lado izquierdo y su lado
derecho
en la raíz del solitario tallo perfecto y vertical
donde las venas se enredan y estallan las puntas
del sistema de los nervios
mi madre es un pétalo dentro de la caja de su cuerpo.
La dadora de vida
la por sobre todas las cosas dadora de la vida
cayó dentro de sí misma.
Éste es el momento de hablar.
Están los días, los muchos días y años atrás, al inicio,
en que no te quise.
Los días en que crecer en mujer era un dictamen
insensato y maligno.
Los días en que tu fuerza de mujer sólo acrecentaba
mi debilidad de mujer.
Los días y muchos años en que tu mundo
de manualidades y sonrisas y horas exactas
no podía ofrecerme nada para alejar el aburrimiento
de crecer en mujer.
Siguieron los muchos años y los tantos días bajo
la cara del daño.
Porque para doblegar a tu mundo sin ángulos,
a tu mundo de marea y de espumas
al mundo en que la sentencia suprema y de por vida
era crecer en mujer
tenía que encontrar el mecanismo pequeñísimo
de la astilla en la palma de la mano
la fractura exacta en el talón de Aquiles y todos
los otros talones de todos tus pies
puño de sal que hace parpadear los ojos a fuerza
de arder.
En los días en que el daño fue un alfiler de luz capaz
de despertar la vigilia de los inocentes
están las horas, las infinitas horas de la promiscuidad
estratégica de los cuerpos
están las noches en que esta guerra entre tú y yo
violentó los sexos de los hombres
y de las mujeres
entrelazados sobre lechos de alcohol
y anfetaminas
en la planicie vasta y agria de los brazos que se abren
para cerrarse.
Están las madrugadas que encadenaron cada una
de mis extremidades a cada una de las tuyas.
Los meses de fuga hacia el pacífico y el speed
y la explanada sin gente de la cocaína
donde la prisa volaba con alas de cal entre
los monumentos grises de la realidad.
Están los muchos segundos sombreados
por los moretones de la poesía.
Y cuando el daño terminó de confeccionar mi soledad
de mujer mía
mi armadura de mujer sólo mía
volví a casa para encontrarme contigo.
Venía de la noria, de días y más días sin baño
ni alimento
escapando de la rueda de la fortuna y de la rueda
del infortunio.
Entonces empezaron los otros, muchos días y más años
y más
en que te amé como si nunca te hubiera conocido antes.
Con rabia
con la discreción que provoca el miedo y la timidez
arrojé el animal de mi amor a tu mesa redonda
de ocho lugares
a tus ventanas sin cortinas y la calefacción incesante
de tu entorno
a tu fuerza de mujer por sobre todas las cosas
implacables y disímbolas.
Están los días y muchos años en que el animal
descubrió el sosiego entre tus manos.
Y mi soledad de mujer y mi armadura de mujer
pudieron ser débiles
y pudieron escapar en su inermidad de su soledad
y de su armadura
para ser sangre de tu sangre
pan de tu pan
cuerpo de tu cuerpo en el que estás adentro
tan mío como tuyo y más mío que tuyo en estos
muchos días, algunos meses
que llevamos postradas ante la flor gelatinosa y rosácea
la flor nuclear
la imperfecta flor de nuestro cerebro.
5.
[LA PROBABILIDAD]
Hay que hacer trámites y firmar papeles.
Tenemos que autorizar la sierra que abrirá el abismo
en el cráneo
el filo del escalpelo que hunde y horada
la aguja que se llevará el líquido raquídeo a otro lugar
dejando al cerebro pequeño y seco como el interior
de una nuez.
Tenemos que estar conscientes.
Escribir los nombres que tú creaste al pie de formatos
desteñidos
disculpando de antemano el error si ocurre
o celebrando el azar
que también puede ocurrir si dios tiene ganas
si dios, por segunda vez, nos muestra el lado dulce
de su cara.
Después tenemos que esperar los designios
de la probabilidad.
No podemos hacer más.
6.
[HORA DE VISITA]
De tres a cinco, cuando podemos respirar y dejar
de mordernos la uñas
está prohibido sentarse cerca de ti a la orilla
de tu lecho angosto y sin olor
pero me siento cerca de ti
y eres tú y no yo la que desgaja las mandarinas.
Ésta es la hora de volver a hablar.
Yo soy la decepción
la única de tus dos únicas hijas que logró sobrevivir
a la tortura
la condena de crecer en mujer;
la que salió corriendo del valle más alto y la ciudad
más mezquina
en dirección contraria al volcán de todos nuestros
veranos y todos nuestros inviernos;
la que prometió nunca regresar bajo ninguna
circunstancia y está de regreso.
Yo soy tu decepción
la única de tus dos hijas únicas que quedó viva
sin dulzura
sin piedad.
La que se aferró a una armadura de piel y vidrio donde
nada tiembla y nada es lo que es.
Vil entre todas las mujeres y vil el producto del vientre
este aire sin ojos, sin venas, sin más frente que el vacío
de las palabras juntas.
Infame como pocas y avara de luz, tu hija.
La que compró coche y casa y todos los pequeños
lujos de la responsabilidad que tú admiras
de la que tú hablas tanto ante conocidos
y desconocidos.
La otra única hija, la ungida de amor y sedienta
de amor
la que sí concibió el hijo
la que echó raíces en el valle más alto y en la ciudad
más mezquina
la de las manos perfectas para la enfermedad
y para la caricia
la que debería estar aquí
sentada a tu lado ofreciéndote el consuelo que sí sabe
entender y dar
ésa está muerta
enterrada y muerta desde hace siete años
enterrada y muerta a los pies del volcán del valle
más alto
enterrada y muerta en la ciudad más mezquina
y más fría
enterrada y muerta y vuelta huesos y vuelta polvo
y vuelta escándalo.
Yo soy la que queda
la única que te queda.
Errante entre todas las mujeres que has conocido
o conocerás
la que no oye las palabras de conmiseración ni sabe
del refugio de la paz
a la que nunca tocó la mansedumbre con sus dos alas
estáticas
la que entre tres y cinco y aún a tu lado no puede
hablar ni pestañear ni extender los brazos
la astilla que no te dejará morir y te forzará a regresar
una y otra vez.
La decepción más tuya y más íntima
que te mantiene en vela, que te mantiene en vida
desgajando mandarinas.
• Cristina Rivera Garza. Me llamo cuerpo que no está: Poesía completa México: Lumen, 2023, 408 p.
Cristina Rivera Garza
Autora, traductora y crítica, su novela más reciente es de no ficción: El invencible verano de Liliana. En 2020 ganó la beca MacArthur a la excelencia. Es profesora distinguida y fundadora del doctorado en Escritura Creativa en español en la Universidad de Houston.
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