¿Se puede filosofar con el calor?

Para Sergio

Alguien me comentó alguna vez que Kant creía que los climas cálidos no propiciaban el pensamiento reflexivo. ¡Qué indignante!, pensé entonces, ninguna relación existe entre las capacidades de nuestro cerebro y los grados que marca el termómetro. Pero ahora, cómo no estar cerca de darle la razón al filósofo alemán en días como éstos: hechos, si acaso, para desplomarnos en el piso. Las sábanas, la ropa, incluso la piel, sobran. Ni siquiera las noches dan respiro. Nuestras casas son comales ardientes. Cómo filosofar así: las ideas se derriten con el bochorno.

Aunque lo veamos con malos ojos, la cultura popular de todas las latitudes no ha dejado de inventar teorías de corte hipocrático que vinculan la temperatura y el temperamento: que si los habitantes de zonas áridas son más violentos, que si el calor nos vuelve más perezosos, que si el frío les ha negado a ciertas personas la capacidad de ondular sus caderas con gracia al compás de los ritmos tropicales. Este cúmulo de aseveraciones disparatadas es apenas mínimo ejemplo de nuestra obsesión por explicar nuestra identidad; todas ellas, dignas exponentes del milenario arte de exculpar nuestros vicios mediante factores externos.

Ilustración: Oldemar González
Ilustración: Oldemar González

A diferencia de Kant, Huarte de San Juan —desde el siglo XVI— vería con buenos ojos nuestra ola de calor, pues creía que los seres humanos que habitaban en tierras muy calientes, como Egipto, eran más ingeniosos y sabios. Atribuía estas virtudes a que la temperatura excesiva de la región gastaba el calor natural del cerebro, por lo que se mantenía frío y esto favorecía la racionalidad.

Aunque Plinio el Viejo (siglo I), por su parte, no ahonda en la relación que el calor tiene con el intelecto, nos regala una magnífica estampa sobre las consecuencias drásticas que un día de verano abrasador puede tener sobre la vida de alguien. Cuenta que Epiménedes de Cnoso, tras una fatigosa marcha bajo el rayo del sol, decidió huir de la canícula sofocante y se refugió en una cueva. La frescura de la roca y la paz de la oscuridad le resultaron tan placenteras que cayó presa de un sueño dulcísimo, un letargo que duró cincuenta y siete años. Despertó, según él, al día siguiente, pero se descubrió siendo un anciano. Valga esta historia como advertencia para no descuidarnos ante la delicia del dormir, incluso ahora que las temperaturas comienzan a darnos tregua.

Con temporadas como ésta, uno no puede sino suponer lo que sienten las verduras al vapor, la leche que se desborda al hervir y los pollos rostizados que giran sin descanso para cumplir con su condena fatal. Hay un calor que no se quita con nada; una sensación de eterno pringue, sudor que chorrea por zonas insospechadas del cuerpo, algo que nos pica y jamás se muestra. ¿Son estos días el inicio, no de la estación más cruel, sino de una eternidad hirviente? ¿No hay, acaso, vuelta atrás de estas llamas abrasadoras que encienden el globo terráqueo? ¿Se ha cumplido la profecía del deshielo final? El clima de estas semanas me obliga a imaginar que, para el último ser humano de la tierra, no existirá mayor metafísica que la subyacente a esas preguntas; últimos pensamientos que quedarán sin respuesta, como todo razonamiento filosófico, antes de consumirse junto con la bola de fuego invencible que habrá de tragarse todo.

 

Laura Sofía Rivero
Ensayista. Ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020 por el libro Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos.

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