En su más reciente libro El fin de la novela de amor, Vivian Gornick reflexiona sobre las promesas del amor romántico simbolizadas en el matrimonio, a través de un agudo análisis de la literatura anglófona del siglo XX. La escritora estadunidense recorre la obra de autores como Virginia Woolf, Raymond Carver y Jane Smiley para evidenciar cómo el amor y el matrimonio ya no representan, para nuestra época, la realización personal o la conquista de la promesa de felicidad. Ofrecemos el último capítulo del libro que da nombre a este conjunto de ensayos.
En la época en la que yo me crié, el mundo entero creía en el amor. Mi madre, comunista y romántica, me decía: “Eres una chica lista, haz algo de provecho, pero recuerda siempre que el amor es lo más importante en la vida de una mujer”. La madre de Grace Levine, que vivía en la acera de enfrente, una mujer que encendía velas de sabbat los viernes por la tarde y tenía miedo de todo lo que se movía, le susurraba a la hija: “No hagas lo que hice yo: cásate con un hombre al que quieras”. La madre de Elaine Goldberg, vecina de la perpendicular, se enfundaba el abrigo de astracán y se encogía de hombros: “Es igual de fácil enamorarse de un rico que de un pobre”, y lo decía en serio. “Amor” era la palabra clave.
Era un barrio de clase obrera e inmigrante del Bronx. La mayoría de nuestros hogares estaban marcados por un ambiente de indiferencia emocional, cuando no de antagonismo abierto. Yo creo que nunca puse el pie en una casa donde sintiera que los padres se querían o se habían querido en algún momento. Fui consciente desde bien pronto de que los matrimonios de mi alrededor se habían casado por un conjunto de necesidades más fuertes que la ausencia de pasión. Aun así, todo el mundo creía en el amor. Sí, nuestras vidas podían ser pequeñas y timoratas, pero, en la vida ideal —la vida culta, la vida valiente, la vida que había en el mundo de ahí fuera—, el sentir era que el amor no sólo habría de buscarse, sino que se alcanzaría; y una vez alcanzado, transformaría la existencia; crearía una prosa rica, profunda y con matices a partir de los informes corrientes de la vida diaria. Sólo la promesa de amor nos daría algún día el valor de dejar aquel precinto sembrado de precauciones y volver la cara hacia… la experiencia. Ese era el tema, realmente era así. El amor, creíamos ciegamente, nos pondría en el centro de nuestra propia experiencia. De hecho, solamente si nos entregábamos a la pasión, sin ambages ni seguridad contractual, tendríamos experiencia.
Por supuesto que también en el Bronx sabíamos que el amor era el logro supremo. Lo sabíamos porque nosotras también llevábamos toda la vida leyendo Anna Karénina, Madame Bovary o La edad de la inocencia, así como las diez mil versiones más populares de esos libros y las novelas de quiosco. Lo sabíamos porque vivíamos en una cultura impregnada hasta la médula por la convicción de que el amor tenía poderes transformadores: conocer la pasión era romper las ataduras del ser ignorante y timorato. Por supuesto, quizá hubiera que pagar un precio. Podías arriesgar el refugio de la respetabilidad si te enamorabas de la persona equivocada, pero a cambio de esa pérdida se podía alcanzar el único conocimiento que merecía la pena tener. El significado mismo del riesgo humano estaba engastado en la búsqueda del amor.
En el Bronx creíamos lo que creíamos porque un siglo y medio antes, en Occidente, la idea del amor romántico había sido el emblema de la búsqueda de la comprensión personal: una influencia que marcaba todos los aspectos de la misión del mundo. En literatura, escritores tanto buenos como grandes exploraron las profundidades de pensamiento y emoción que hicieron a los lectores sentir la vida que tenían dentro en presencia de palabras escritas para celebrar los poderes del amor.
Recuerdo la primera vez —no hace tanto— que volví la última página de una novela y me sobrevino la idea de que el amor como metáfora se había acabado. El libro era La edad del desconsuelo de Jane Smiley. Me pareció una obra muy bien escrita, en la que resuenan años de observación sobre algo profundo, pero la impresión que me quedó fue la de estar ante una obrita que estaba bien, y recuerdo estar con el libro en el regazo preguntándome: ¿Por qué sólo una obrita que está bien? ¿Por qué no me despierta una idea de mayor trascendencia? Me respondí casi al instante: el problema es el Amor. Es el catalizador equivocado. No hace más complejo el tema, sino que lo reduce. A mí misma me sorprendió ese pensamiento. Nunca antes había contemplado la posibilidad de que el amor pudiera diluir la fuerza de una buena novela en lugar de concentrarla.
La situación en La edad del desconsuelo es la de una pareja de treinta y tantos que lleva junta diez o doce años, vive en un pueblecito, son padres de tres niñas pequeñas. La voz que narra es la del marido: grave, inteligente, fiable. Una noche de invierno, nos cuenta, cuando vuelven a casa de un concierto en la iglesia en el que ha participado la esposa —él al volante con una de las niñas al lado y ella detrás con las otras dos—, la oye decir: “Nunca más volveré a ser feliz”. Él la mira por el retrovisor. De pronto comprende que su mujer está teniendo una aventura, y que lo único que él desea es que ella no se lo confiese.
Lo que sigue es un relato maravillosamente contado de los meses de vida familiar que trascurren mientras el marido tiene la esperanza de evitar una crisis abierta y la mujer deambula como una gata enferma, intentando vadear en silencio la tristeza y el deseo reprimido que siente. El clímax llega cuando toda la familia se enferma de gripe y el marido se encarga de todo con tanto cuidado, con tanta decencia, que a ti, como lectora, te entran ganas de llorar al leer su escrupulosa recapitulación sobre la fiebre que por fin los ha vencido a todos. El día después de que la última niña se recupere, la mujer se larga. Y luego regresa. La genialidad de la narración reside en la calma desesperada con la que el marido cartografía las semanas y meses de desdichada sospecha, mientras, en todo ese tiempo, va concentrándose progresivamente en él algo que no desea saber.
Tengo treinta y cinco años y creo que he alcanzado la edad del desconsuelo. Otros llegan antes. Casi nadie llega mucho después. […] No es sólo que sepamos que el amor se acaba, que nos roban a los hijos, que nuestros padres mueren sintiendo que sus vidas no han valido la pena. […] Es más bien que […] a pesar de todo, a pesar de toda la educación recibida […] el cáliz llega a tus manos y no puedes desentenderte de él, es el mismo cáliz de dolor del que beben todos los mortales.
Ahí lo tenemos. Ha dicho lo que había venido a decir, y lo ha dicho bastante claro.
El último párrafo dice así:
Tal vez debería decir que recibí a mi esposa con una gran tristeza, con más tristeza de la que había sentido jamás en mi vida. Tengo la impresión de que el matrimonio es un pequeño contenedor en el que apenas caben unos pocos hijos. Dos vidas interiores, dos seres reflexivos, de la complejidad que sea, que brotan de él, una y otra vez, rompiéndolo, deformándolo. O quizá no sea una cosa en concreto, tal vez no sea nada, tal vez ni siquiera exista. No lo sé, pero no puedo evitar pensar en ello.
La situación es digna de Tolstói, Flaubert o Wharton —un par de protagonistas que se mueven en la vasta pequeñez de la vida, que se sumen en el caos cuando uno de ellos se cimbrea en el viento por un momento y se niega a aceptar el estancamiento que tiene por delante—, y si bien quizá Jane Smiley no tenga la destreza de esos maestros, sus dotes son aun así considerables. Pese a todo, para mí La edad del desconsuelo no consigue trascender más allá. La historia me provocó tristeza y pena, pero no logró convencerme de lo trágico o lo inevitable. Me sorprendí rebatiendo sus premisas.
Era necesario que me creyera que la esposa se veía impulsada a arriesgarlo todo por una experiencia que prometía devolverle un yo que no había conseguido alcanzar en su matrimonio; pero la convicción de que ese saber sería suyo si se largaba con el hombre por el que ahora ardía en deseos se negaba a apoderarse de mí. Conforme la novela progresaba, me di cuenta de que mi pensamiento era éste: si esta mujer deja al marido por el amante, dentro de seis meses volverá a estar donde empezó. No hay razón en este mundo para creer que ella se conocerá mejor a sí misma con el segundo hombre que con el primero. Esta pasión suya es un apaño rápido, un somnífero. Todos hemos pasado por eso miles de veces. Se equivoca si cree que el amor la salvará. Yo, desde luego, no lo creo.
Pero, una vez más, pensé: si realmente se va, ¿a qué se arriesga? Cuando Emma Bovary se aflojaba el corsé ante un hombre que no era su marido, o Anna Karénina huía del suyo, o a Newland Archer lo consumían las dudas de si fugarse de Nueva York con Ellen Olenska, la gente estaba realmente arriesgándolo todo por amor. La respetabilidad burguesa tenía el poder de convertir a todos esos personajes en parias sociales. Se requería fortaleza para soportar el ostracismo. De asumir semejante riesgo, podía surgir la fuerza de sufrimiento que trae consigo lucidez y discernimiento. En nuestros días no hay penas que pagar, ni un mundo de respetabilidad del que puedan excomulgarte. La sociedad burguesa como tal ha desaparecido. Si la esposa de La edad del desconsuelo deja su matrimonio, montará otro hogar en la otra punta de la ciudad con un hombre llamado Jerry en vez de Dave, tardará diez minutos en labrarse una vida social que equivalga a la que le reportó el primer matrimonio y no tendrán que pasar ni dos años para que ella y su nuevo marido se encuentren en una cena a la que también estén invitados el ex y su nueva mujer…, y todos charlando cordialmente. Dos años después, una mañana en la cocina o de noche en el dormitorio, ella tendrá un desliz y llamará Dave a Jerry, y ambos se reirán.
Que este personaje esté sediento de pasión erótica en un momento crucial en el que está valorando qué ha hecho y qué no ha hecho en su vida se me antoja poco plausible. Ya podía saber que las cosas no son así, pensé. Por otra parte, si lo que buscaba la mujer era darse una alegría, entonces la historia sólo podía trascender si la autora de sus días le llama la atención al respecto. Pero Jane Smiley no estaba llamándole la atención. Estaba utilizando la pasión ilícita de la esposa sin más: como si esperara que yo, la lectora, aceptara el anhelo erótico tal cual, sin discusión, como una urgencia lo suficientemente imperiosa para poner de relieve la pasmosa ordinariez de estas vidas desoladas. Pero yo no lo acepté. Me vi incapaz. Sabía demasiado sobre el amor. Todos sabemos demasiado. No podía aceptar como cierto que una aventura amorosa llevara a la esposa (y por ende a mí) a sentir profundamente la consecuencia de sus insuficientes intenciones de partida. Y por eso lo que de otra manera es una novela excelente me pareció una obrita que estaba bien. Articulada como estaba sobre una convención, no una verdad, el concepto en sí le impidió a la autora plantear las preguntas necesarias para lograr que el pensamiento y la acción fueran más profundos.
Hace sólo cuarenta años, la mayoría habitábamos un mundo llamativamente exento de experiencia directa. Nos criamos esperando repetir las vidas de nuestros padres; y, sin duda, repetimos sus lugares comunes. Por mucho que algunos hiciéramos el papel de la chica o el chico de ideas progresistas, todos (en secreto o no) suscribíamos la leyenda de Aristófanes: nuestra “otra mitad” predestinada tenía que estar en alguna parte, el único amor verdadero que nos rescataría de la soledad y la deriva existencial. Esta expectativa era crucial en nuestras vidas: lo que se conoce igualmente como profecía autocumplida.
Cuando el Amor y el Matrimonio no conseguían llevarnos a la tierra prometida que contenían, llegaba la tristeza, la furia, la confusión. Nos sentíamos engañados. Seguíamos creyendo en el amor, pero estaba claro, cualquiera podía equivocarse. Podías confundir lo Malo con lo Bueno y entonces el matrimonio no solo no lograba rescatarte, sino que se convertía en un auténtico infierno existencial.
Siempre estaba, por supuesto, el divorcio, pero hace cuarenta años no conocíamos a nadie que se divorciara. También habíamos oído hablar del psicoanálisis (en las películas y los libros), pero en el Bronx ese método se veía como prueba de una derrota irredimible, y difícilmente como una búsqueda legítima de alivio de la confusión en que muchos estábamos viviendo nuestra vida. De momento, no cabía más que aguantar. Nos aficionamos a reaccionar ante la ironía de las novelas de amor como lo haríamos a un dedo presionado contra la carne en torno a una herida abierta.
Los buenos escritores, por supuesto, tenían la osadía de entregarnos informes fronterizos desde el país de la tristeza y la furia maritales, y esos informes se recibían con emoción morbosa. En la década de 1950, las historias de desilusión conyugal de John Cheever parecían profundas. Ese famoso momento de clímax en este autor cuando el marido comprende que su mujer lo desprecia, o esa mujer que sabe que el marido está cometiendo adulterio, momentos así provocaban una descarga eléctrica. El saber codificado en esas escenas parecía provocar un impacto literal, dejaba a los personajes desgarrados y sus vidas, destrozadas. Al fin y al cabo, ¿quién podía continuar así después de eso? Seguía luego el bombazo —eso que hacía que la historia fuera grande, increíble, terrible—: ¡sí continuaban así! La lectora llegaba a la última frase y se quedaba mirando al vacío, al abismo que se abría a sus pies.
El mundo estaba cambiando, pero todavía no estaba cambiado; por eso las historias de Cheever tenían tanta potencia. El Gran Amor y el Matrimonio Duradero seguían siendo la expectativa sobre la que se predicaba la vida; hasta que no se disipó la expectativa, pareció algo inmutable. Estábamos viviendo las historias de Cheever, pero no sabíamos cómo extraer más sentido de las cosas que el que él había conseguido extraer.
Luego, en cuestión de una generación, todo en todas partes del mundo conspiró para hacérnoslo saber. De pronto ¡existía el divorcio! Y la psicoterapia. Y el sexo, el feminismo y las drogas, así como el crimen en las calles. En resumidas cuentas, era la caída de Roma. De una punta a otra de la ciudad. Incluso en el Bronx. Aterrador pero a la par emocionante. Los que nos habíamos casado para toda la vida recibimos el indulto: éramos libres de corregir el error. Volveríamos a enamorarnos, y esta vez lo haríamos bien. Ahora sí que descubriríamos quiénes éramos, nos convertiríamos en las criaturas libres y estupendas que siempre habíamos sabido que podíamos ser. Nos divorciamos y fuimos a terapia. Y he aquí lo que pasó:
Amamos una vez y amamos mal. Volvimos a amar y volvimos a amar mal. Lo hicimos una tercera vez y ya no estábamos viviendo en un mundo carente de experiencias. Comprendimos que el amor no nos hacía ni tiernos, ni sabios ni compasivos. Bajo su influencia, no cejamos ni en nuestros miedos ni en nuestros enfados. En nuestro fuero interno no habíamos cambiado. Lo sucedido era para quedarse estupefactos: no era, en absoluto, lo que se esperaba. Esta revelación saturó el ambiente y nos alteró permanentemente como cultura.
Hace un par de años, cenando un día con una pareja que hace mucho tiempo que conozco —él es profesor de universidad; ella, poeta; él gana dinero, ella no—, me embarqué en una charla sin rumbo sobre el matrimonio, en medio de la cual el marido tuvo ocasión de anunciar como si nada: “Bueno, se da por sentado que quien mantiene desprecia al mantenido”. Su mujer lo miró perpleja. Él le sostuvo la mirada. Y entonces ella exclamó: “¡Pero Henry! No puedo creer que hayas dicho lo que acabas de decir”. Él siguió mirándola, impertérrito: “¿Qué pasa? —preguntó sin levantar la voz—. ¿No es algo que todo el mundo sabe?”. Se hizo el silencio en la mesa. A ella se le ensombreció la cara, él se quedó imperturbable. Un minuto después, ella dijo algo equivalente a “Pásame la sal”. Recuerdo que pensé: si la vida siguiera siendo una historia de Cheever, este habría sido el momento del clímax, pero, dado que estamos en 1995, no es más que un mero alto en la conversación.
Henry estaba diciendo en voz alta una verdad dura pero sencilla que todos hemos asimilado. El amor, nos dice esa verdad, como la comida o el aire, es necesario pero insuficiente: no puede hacer por nosotros lo que debemos hacer por nosotros mismos. Desde luego, no puede ya actuar como principio organizador. El amor romántico parece ahora un anhelo por sumergirse en el sentimiento y salir mágicamente transformado, cuando en realidad lo que necesitamos para construir un ser es la búsqueda deliberada de consciencia. Sabiendo que esta es la verdad superior, como muchos sabemos, la idea del amor como medio de iluminación —tanto en literatura como en la vida— llega ahora como una especie de anticlímax. Si en una historia (así como en la realidad) ni los personajes ni el narrador comprenden, de partida, que el amor no es sobre lo que gira todo, entonces la historia sabrá al concluir sólo lo que sabía al principio. Un relato semejante puede quizá infundir lamento y arrepentimiento sentimental, pero no puede alcanzar una idea de lo trágico o lo inevitable. El pánico con el que las personas descubren que la vida que están viviendo es la única que son capaces de llevar, ese pánico no puede remediarse si el mayor acontecimiento de la historia va a ser otra aventura amorosa.
No es que miles de personas no estén haciendo justo lo que hacen el marido y la mujer de La edad del desconsuelo; claro que sí, todos los días a todas horas. Lo que ocurre es que esa situación suya ya no tiene relevancia. No puede proporcionar discernimiento; tan sólo puede repetir una visión de las cosas que hoy se antoja tristemente cansina y que no tiene la capacidad de hacernos ver las cosas con nuevos ojos. Una especie de análisis que no lleva a ninguna parte en el que recitamos una y otra vez lo que repetidamente no hemos conseguido convertir en acción. Un fracaso como ese transforma el discernimiento en ritual. El ritual preserva el statu quo. Cuando un paciente repite un discernimiento ritualmente, está viviendo de mala fe: sin intencionalidad, presa de un anhelo pasivo. Cuando un escritor se consagra a contar un relato basado en una experiencia que, en la práctica, se ha vuelto “ritual”, es el equivalente a vivir de mala fe.
En las grandes novelas siempre tenemos la sensación de que el escritor, en el momento en que la escribe, sabe tanto como pueda saber cualquiera a su alrededor, y está esforzándose por extraer sentido de lo que se percibe en algún punto de las terminaciones nerviosas cuando todavía no se percibe con la conciencia preclara. Cuando una novela nos da menos de lo que muchos de nosotros sabemos —y se contenta con lo que se le ha dado—, nos hallamos ante una escritura conservadora. Una escritura así —por inteligente que sea el autor, por excelente que sea su prosa— está más cerca del sentimentalismo que de la realidad. El lector siente que la obra peca de sentimentalismo porque las metáforas no son precisas: aproximadas pero no exactas. Para llegar a esas terminaciones nerviosas, una metáfora ha de ser exacta, no aproximada. La metáfora exacta es el oro del escritor.
Hace cien años era el amor lo que lo proporcionaba. Cuando Lawrence, James o Stendhal escribían, los lectores se sentían en presencia de hombres que se sumergían en las profundidades. Para estos escritores, el amor era un nido de víboras, el matrimonio, un drama amenazador. Sus discernimientos estaban atravesados por la angustia, sus historias acopiaban temor. El amor, en aquel entonces, proporcionaba el contexto en el que podía decirse, y así se hacía, gran cantidad de cosas. La escritura prometía comprensión de nosotros mismos —lo único que nos da valor para vivir— y cumplía.
Incluso hace cincuenta años —cuando la mayoría de nosotros ocupábamos un mundo libre de experiencia—, todavía cumplía, y en las manos de escritores que eran buenos, que no grandes. En 1950, Rosamond Lehmann —el equivalente inglés de Jane Smiley en la década de 1930— escribió una novela cuya situación central es la de un hombre que se enamora de dos hermanas; se casa con una y, a los pocos años, empieza a acostarse con la otra. En la época en la que se escribió, a los lectores esta historia les pareció osada, emocionante, dramática. Hace unos años tomé el libro, dispuesta a experimentar una curiosidad literaria, pero me encontré con una novela fuerte y memorable. Lehmann había convertido la situación en una notable indagación en la debilidad de la intensidad humana y había permitido que sus personajes vivieran lo suficiente para comprender que sus vidas se habían moldeado en torno a la debilidad. Una novelista formada en una época en la que el amor lo era todo lo había utilizado para explorar plenamente un destello de discernimiento verdadero. Volví la última página con la sensación de estar atravesada por la desazón que provoca vivir.
¿Podía haberse escrito este libro hoy? Jamás. Su fuerza depende por completo de la cualidad estática del mundo contra el que los personajes forcejean. Todo lo que aprenden, hacen y en lo que se convierten se desarrolla contra esa limitación. Es porque no pueden salir por lo que la intensidad crece y esos personajes acaban rompiendo el tabú. El tabú roto les permite adentrarse en sí mismos. Así es como la historia se vuelve profunda. Si hoy en día pusiéramos el amor romántico en el centro de una novela, ¿quién iba a creer que en su búsqueda los personajes van a alcanzar algo grande? Que el amor va a zarandearlos contra sí mismos de tal manera que todos aprenderemos algo importante sobre cómo llegamos a ser como somos, o cómo el tiempo en que vivimos ha llegado a ser como es. Nadie, me parece a mí. Hoy el amor como metáfora, a mi entender, es un acto de nostalgia, no de revelación.
- Vivian Gornick. El fin de la novela de amor. Traducción de Julia Osuna Aguilar, Sexto Piso, México, 2023, 256 p.
Vivian Gornick
Periodista y escritora feminista. En Sexto Piso se han traducido muchas de sus obras, como Apegos feroces o Cuentas pendientes.
