Brutal y morboso: el disparo de luz de Enrique Metinides

Una exposición reciente vuelve sobre el trabajo del fotorreportero mexicano, ahora ungido como artista. La muestra adopta, además, una perspectiva de género para retratar la condición oprimida de la mujer en México desde los años cincuenta.

“¡Deja de ver eso!”, le grita una mujer. De unos diez años de edad, la niña no puede despegar los ojos de la imagen. En el primer plano: un gato muerto. El animal es apenas el atrezo de lo que se intuye como la escena del crimen La misma mujer carrerea a un hombre también cautivado por las fotografías de Enrique Metinides. “¡Vámonos! ¡Ya te dije que te apures!”. La escena recuerda Ensayo de un crimen (1950), la perversa y costumbrista película de Buñuel sobre la pulsión morbosa que anida, entre otros, en los mirones de todas las edades, asistentes a la representación del drama mayor —la muerte— que tan bien captó el fotógrafo mexicano y fotoperiodista, Enrique Metinides, fallecido en mayo de 2022. Durante más de cincuenta años retrató con impetuosa curiosidad la violencia urbana de la Ciudad de México. 

Horror esquina con brutalidad

En 2015 el documental El hombre que vio demasiado recorrió la intimidad de Metinides. Trisha Ziff, la directora, lo pinta como un niño viejo, un hombre misterioso que vivió fascinado por su oficio de fotógrafo de nota roja y quizá por ese embrujo supo captar la crueldad propia del género. Ahora, la exposición El ojo infinito de Enrique Metinides. Sucesos siempre vigentes de la nota policiaca, en el Complejo Cultural Los Pinos, decortica la brutalidad y la vehemencia de su trabajo desde un enfoque con perspectiva de género que permite identificar y cuestionar la discriminación, la desigualdad y exlusión de las mujeres, según la visión del curador César González Aguirre. Para ello la muestra expone imágenes donde ellas están en primer plano. La audacia de la propuesta salva del descrédito a las fotografías de Metinides que no son ópticamente correctas sino agresivas y la mayoría de las veces morbosas. En realidad la exposición confirma la tremenda capacidad del fotógrafo para componer encuadres y plasmar las situaciones más sobrecogedoras: el rictus de la muerte en aquella terrible imagen —quizá su fotografía más célebre, de 1979— en la que una rubia enjoyada yace muerta sobre una farola torcida en la avenida Chapultepec esquina con Monterrey; o el drama, que se resume en dos imágenes, en el que un oficial de policía sostiene el cuchillo con el que una mujer indígena —una María, como se decía antes— acaba de matar a otra, tendida en primer plano, y al fondo el pequeño hijo de la asesina mirando de frente a la cámara. 

Muestras de la exposición El ojo infinito de Enrique Metinides. Sucesos siempre violentos de la nota policiaca. Cortesía de: Centro Cultural Los Pinos

Damas y dramas

Una fotografía de Metinides apostilla el titular del diario La Prensa —que invoca al sensacionalismo carroñero—“Mató a tiros a su esposa”. Sobre una mesa de baja estatura está el retrato de la mujer asesinada; a los pies de la misma, su cuerpo atado con una cuerda. El juego entre texto e imagen de la nota roja se regodea y explota la muerte de las mujeres como castigo. La muestra insiste en no separar el horror propio del trabajo de Metinides —que desde 2016 entró en el circuito más institucional del arte mexicano con una exposición en el FotoMuseo Cuatro Caminos— de su contexto real. Las páginas de los diarios, exhibidas en muros y vitrinas, responden el quién, cuándo, dónde y por qué. Es imposible no entender que el trabajo de Metinides circuló sobre todo en la prensa de una época marcada por el efectismo que impresiona y atrae desde el morbo para incrementar las ventas. Una de las mamparas muestra otra plana de La Prensa en la que una guapa muchacha en la oficina de un juzgado acusa a un hombre de proposiciones turbias; en realidad se trata de María Teresa Shilinsky, la hija del actor cómico, que asegura que el actor Arturo Martínez —el conocido “villano” del cine— le pidió favores sexuales para incluirla en una película.

Un gesto interesante es la inclusión de obras de María Eugenia Chellet que se cruzan con un motivo repetido en las imágenes de Metinides: el de la siniestra caída física de los cuerpos femeninos, que condensa la mirada social condenatoria sobre las mujeres. Con apenas un par de obras de la artista mexicana abocada al collage y el performance, se crea una tensión que estira los límites críticos que las fotos de Metinides son capaces de suscitar. En su trabajo son visibles el descenso femenino y su desgracia, estado que queda en suspenso en la dramática fotografía en la que una mujer, en la cornisa de uno de los pisos de la Torre Latinoamericana, intenta lanzarse al vacío y quitarse la vida; también el ahorcamiento metafórico si se remite a una de sus primeras fotografías en la que captó a una mujer colgada de un árbol en Chapultepec. La caída femenina queda revertida con astucia en Mini Ópera Utopía: Hombre cargando a mujer (2003), un videoperformance en el que Chellet interpreta a varias mujeres (por ejemplo una novia vestida de blanco, una empleada doméstica, una adelita) a las que cargan —no se sabe si para salvarlas o abusar de ellas— un novio con frac, un luchador y un charro. A las damas en apuros de juicios en tribunales, las famosas viudas negras de las crónicas de La Prensa, Chellet las subleva, las levanta en protesta. Dos operaciones que se contradicen, una extraída de la realidad; la otra, del arte como crítica. 

¡Bang bang!

De mirada distraída, como evidencian el insólito retrato de su niñez y el mosaico de fotos que lo muestran ya en plena madurez, Metinides se especializó en composiciones gregarias donde la gente se reúne, morbosa, atraída por accidentes y muertes. Espectadores, curiosos, metiches y chismosos aparecen en sus fotografías. Sus gestos denotan que el fotógrafo no se ocultaba, los miraba directamente, los descubría a plena luz fisgoneando. Su operación estética no disimulaba sino que creaba un círculo en el que unos a otros —incluídos el lector de los diarios o el espectador de las imágenes— se sorprendían mirando los horrores, como si Metinides les dijera bajito y con satisfacción ¡te ca-ché! Para el fotógrafo el observador es participante activo, mirar es una pulsión colectiva,  en la que se comparte la experiencia de lo que ve. Podríamos imaginar el clic del disparo del obturador de su cámara —algunas de ellas exhibidas en la muestra— como el aplauso ritual que regresa a los videntes a la realidad y alivia a los mirones, simples testigos y no protagonistas de la tragedia.

La pulsión escópica —la cual nos lleva a taparnos la cara sin cegar del todo la mirada ante las representaciones más violentas— se deleita con el atractivo de lo turbio, lo prohibido y lo escabroso para la moral de una época. El trabajo de Metinides funciona como una galería de lo morboso, fruto de su oficio como fotorreportero y cronista de nota roja, aunque ahora se le considera un creador y esto última conlleva a otra interpretación de las imágenes, otra lectura que adquiere tintes de denuncia y perspectiva de género y que las validan como documentos históricos cabales. Ahí están, por ejemplo, como parte de la memorabilia, exhibidas sus credenciales de La Prensa y otros objetos de trabajo como gorras y chalecos. Varias imágenes exhibidas, por ejemplo la de una mujer captada de espaldas que carga un ataúd para su hijo o la de un niño solitario que levanta un dedo mientras da su último aliento, narran como una ráfaga vivencias tremebundas que captan, pero también explotan, el dolor directamente. Otra imagen que llama la atención es la de un hombre muy espigado vestido de mujer, con sombrero tejano y falda corta, zapatos de tacón bajo; de postura altiva, la travesti, sentada, parece esbozar una sonrisa que desafía la cámara indiscreta de Metinides, quien incluso capta la ropa interior que se asoma entre sus piernas. Es una fotografía en blanco y negro, sin fecha ni contexto, en la que el suceso, lo insólito, es la persona retratada. El impulso vital, morboso, de estas imágenes no es sólo un recordatorio de la muerte, también es, como dijo Monsiváis, un escaparate, la vitrina donde están exhibidas las pasiones y tragedias del ser humano, la violencia, la traición, el engaño, el vicio, lo inconfesable. Como Duchamp cuando atrapó el aire de París en una ampolla de vidrio, Metinides aprehendió los aires de la sociedad mexicana de la segunda mitad del siglo XX, luces y sombras de una época que ahora vuelven en forma de historia.

 

Carlos Rodríguez
Traductor y periodista cultural

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Publicado en: Curadero

Un comentario en “Brutal y morboso: el disparo de luz de Enrique Metinides

  1. Buen artículo, pero la fotografía de la “rubia enjoyada” a la que hace referencia no data de 1954, sino de muchos años después, quizá de 1978 o 1979.

Comentarios cerrados