El mal dormir: una oda a los insomnes

¿Si dormir es una necesidad universal por qué hay tantas personas que somos tan malas en algo que, en teoría, es tan sencillo como respirar o beber algo de agua en una tarde calurosa? En El mal dormir, David Jiménez Torres ataca el padecimiento de los maldurmientes como un insomne sobre piensa cualquier preocupación: desde todos los ángulos posibles. Desde los insomnes con dificultad para conciliar el sueño hasta los que despiertan mucho antes que sus alarmas, desde selectas curiosidades científicas sobre el sueño hasta estadísticas escalofriantes respecto a los problemas de sueño a nivel mundial, desde la idea de que los campesinos y las clases más bajas duermen más que la aristocracia hasta la historia de cómo dormían nuestros antepasados, desde las formas en las que la tecnología y el capitalismo han modificado los patrones de sueño, hasta la industria del mal dormir; y todo esto aderezado con las opiniones y experiencias de algunos de los escritores más importantes a quienes les era imposible descansar por las noches. Un libro suculento, acaso para pasar la noche en vela.

A continuación, ofrecemos algunos pasajes de esta interesante exploración universal de una de las necesidades biológicas más ignoradas por la ciencia, la historia y la sociedad actual.


La paradoja del maldurmiente

~. En la oscuridad todo es vértigo y efervescencia. Las palabras resuenan con nitidez; casi las podemos palpar. Y así seguiremos hasta que en algún momento despunte un pensamiento rezagado: ¿No estoy tardando mucho en dormirme?

~. Sea el tipo que sea, el maldurmiente vive varias paradojas. La primera es desear con fervor algo ya ha experimentado y que, pese a ello, le sigue resultando desconocido.

La ciencia del mal dormir

~. Durante mucho tiempo, este desconocimiento fue compartido por los científicos. El sueño ha sido uno de los últimos grandes misterios para el ser humano. Se descubrieron el propósito y el funcionamiento de otras necesidades básicas de la vida (comer, beber, reproducirse) mucho antes de que se lograra algún avance significativo en lo referente al dormir.

~. Es cierto que la ciencia se ha esforzado por iluminar esta penumbra. Desde finales del siglo XX, sobre todo, los investigadores han ido averiguando más acerca de cómo nos dormimos, qué hacen nuestros cuerpos mientras duermen, qué funciones cumple el sueño.

Los insomnes en la historia

~. No son sólo las bases fisiológicas del sueño las que han permanecido desconocidas durante mucho tiempo. Su historia también resulta enigmática. Ya en el siglo XVIII Samuel Johnson expresó su perplejidad ante el hecho de que “tan liberal e imparcial benefactor cuente con tan pocos historiadores”. […] Pero, ¿qué historia puede tener el sueño?

~. La historia del sueño sería, así, parecida a la del flujo sanguíneo o la bipedación. O, en lo que toca a los maldurmientes, quizá recordaría a la del coxis, ya que expone los extraños desfases que se pueden producir en el proceso evolutivo. Porque los expertos creen que nuestro cuerpo desarrolló la capacidad de alterar sus ritmos naturales de sueño como respuesta a entornos en los que abundaban los peligros.

~. Todo esto lleva a una conclusión algo amarga. Del mismo modo que los actuales jugadores de baloncesto habrían sido, en otro tiempo, guerreros formidables, los maldurmientes habríamos sido los centinelas nocturnos de la tribu. La diferencia es que, con el paso del tiempo, los gigantes han podido reconvertirse en deportistas, mientras que la ventaja evolutiva de los maldurmientes ya no cumple propósito alguno.

~. Dicho esto, el maldurmiente también puede —entre vuelta y vuelta en la cama— cuestionar algunas de las premisas del “cada vez dormimos peor”. Puede hacerse, sobre todo, una sana pregunta: ¿cómo de bien conocemos el sueño de nuestros antepasados?

~. Uno de los grandes especialistas en estos temas, el historiador A. Roger Ekirch, considera precisamente que la noche preindustrial no era una Arcadia del buen dormir. Incluso se producían entonces más interrupciones indeseadas del sueño que las que sufrimos hoy en día. Así pues, es posible que hoy durmamos peor que hace cien años, pero ¿y si resulta que dormimos igual, o mejor, que hace doscientos?

~. No todo en la vigilia es imaginar conversaciones o pelearse mentalmente con el paso del tiempo. Las horas sin dormir también tienen un aspecto físico. Quien pasa horas enteras dando vueltas en la cama establece una relación especial con su propio cuerpo.

~. El aspecto físico de la vigilia es, seguramente, el que más ha cambiado con el paso de los siglos. No debemos perder de vista que las camas cómodas suponen una novedad en términos históricos. Incluso a la altura del siglo XIX, la estadounidense Goodholme’s Domestic Cyclopedia dividía los colchones en diez tipos distintos según su nivel de confort. En orden descendente, eran: plumón, plumas, lana, vellón de lana, pelo, algodón, virutas de madera, algas marinas, serrín y paja. […] Con el agravante que esto ocurría en publicaciones destinadas a la clase media; imaginemos cómo serían las cosas para los obreros industriales, o para los campesinos.

~. Nuestros antepasados habrían dado mucho por alcanzar los niveles actuales de seguridad, abundancia y confort, y sin embargo nuestra época vive un auge de trastornos depresivos. Por el motivo que sea, los humanos somos capaces de ajustar nuestra incomodidad existencial a cualquier incremento de bienestar.

~. Fuera de una élite muy pequeña, la inmensa mayoría de nuestros antepasados conciliaba el sueño rodeado de otros seres humanos. Ya hemos visto que esto era habitual en posadas y fondas, pero sobre todo era lo más común en los hogares.

~. Sirvan como ilustración dos datos: en el siglo XVIII, el 75 % de los hogares parisinos contaba con una única habitación; y un siglo después, el 70 % de la región de Turena disponía de una sola estancia de unos treinta o cuarenta metros cuadrados. Y esto era Francia, uno de los países más desarrollados del mundo.

El arte de contar ovejas

~. Esta soledad es profundamente paradójica. Y no solo porque podamos sentirnos solos teniendo cerca otros cuerpos. Es que, en realidad, en la vigilia uno está acompañado de —y acompañando a— millones de personas. Todos los datos disponibles lo demuestran: los maldurmientes son legión.

~. La vigilia puede ser mucho más prosaica que lo que venimos viendo. Uno puede, por ejemplo, entregarse a los aburridos ejercicios que se recomiendan para conciliar el sueño. Todos hemos probado a contar ovejas alguna vez, aunque esto tenga ya un deje historicista (¿cuándo fue la última vez que vimos una oveja tridimensional?).

~. Dickens, por ejemplo, intentó seguir los consejos de otro hombre ilustre —Benjamin Franklin— para dormirse. Eran bastante vigorosos: salir de la cama, darle una vuelta a la almohada, agitar las sábanas al menos veinte veces, caminar por la habitación sin vestirse y, cuando el frío se hiciera insoportable, meterse a toda prisa en la cama. Según el americano, así lograría un sueño dulce y placentero. Pero el novelista británico exclama: “¡De eso nada! El único resultado de aquella ceremonia fue desvelarme todavía más”.

La importancia de estar offline

~. Como tantas experiencias del mal dormir, el acto de levantarse en mitad de la noche tiene una textura particular. A veces se sostiene que nuestros actuales problemas de sueño están alentados por un “capitalismo 24/7”, por ciudades que “no duermen” y por unas redes sociales siempre activas y disponibles.

~. Lo que este percibe cuando abandona la cama no es la reintegración gozosa en los ritmos del mundo. Más bien es la constatación definitiva de hasta qué punto está desconectado del resto de su sociedad.

La anticipación del sufrimiento

~. El miedo a desvelarnos por completo parece susurrar cada vez que pasamos una página. Y también lo hace una de las frases más importantes del Quijote, la que describe el paso de Alonso Quijano de la excentricidad de la locura: “Del mucho leer y el poco dormir se le secó el cerebro de tal manera que vino a perder el juicio”.

~. Se calcula que un treinta por ciento de la población adulta tiene el ciclo de sueño escorado hacia la noche. Los expertos se refieren a esto como cronotipo vespertino o de «búho», en contraposición con el cronotipo matutino o de “alondra”.

~. Al “búho” le resulta muy complicado quedarse dormido antes de la medianoche. Y esto es algo congénito, integrado en su ADN: no pueden ejercer prácticamente control alguno sobre ello. Por esto, y debido a que los horarios de trabajo del mundo desarrollado suelen estar orientados hacia los ritmos de las «alondras», los «búhos» suelen ser maldurmientes.

Las ojeras en la oficina

~. Pocos aspectos de la vida quedan tan marcados por el mal dormir como el trabajo. Decenas de estudios muestran lo que el maldormido ya sabe por experiencia: dormir poco reduce nuestra atención, nuestra retención memorística y nuestra capacidad de resolver problemas.

~. Sin embargo, la bajada objetiva de rendimiento es solo la punta del iceberg. El trabajador maldormido también se expone a varias sensaciones. Por ejemplo, a un tipo concreto de paranoia. ¿Lo saben?, se pregunta el ojeroso en cuestión mientra lanza una mirada furtiva por la oficina. ¿Pueden ver que estoy cansado? Y, si lo han percibido, ¿qué pensarán de mí? ¿Que soy un vago? ¿Que mi vida es un caos?

~. Incluso se ha calculado que la escasez del sueño de una parte de la población trabajadora puede costar a un país desarrollado más del dos por ciento de su PIB anual. Ante todo esto, el maldormido podría hacer suyas las palabras de Pascual Duarte: “Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo…”.

~. El tránsito a las sociedades posindustriales solo habría acelerado el efecto destructivo del mundo laboral sobre el sueño. Está demostrado que el brillo de las pantallas de ordenadores, tabletas y móviles afecta negativamente a nuestra capacidad de dormirnos. Lo mismo ocurre con la estimulación que supone la conectividad constante y la posibilidad de enviar y recibir correos de trabajo a cualquier hora. ¿Cómo desconectar cuando hemos estado revisando hojas de Excel hasta unos minutos antes de apagar la luz, o es posible que el jefe nos haya escrito pidiendo correcciones a un documento compartido?

~. La falta de sueño ligada a ocupaciones concretas nos remite, una vez más, a la historia. De la misma manera que ahora proyectamos hacia atrás —es decir, hacia tiempos pasados— un ideal del buen dormir que probablemente nunca existió, hay una larga tradición de proyectarlo hacia abajo —es decir, desde las clases dirigentes hacia los trabajadores y campesinos—. Según este tópico, la gente sencilla dormía mejor que quienes se entregaban a la búsqueda de poder y gloria. Ya en la historia de Gilgamesh —quizá el primer insomne literario, o al menos el más antiguo de entre las obras que han sobrevivido hasta nuestros días— el héroe y protagonista no duerme a causa de su sed de conquista.

¿Los ricos duermen menos?

~. Este tópico del mal dormir regio se extiende, también, a otros órdenes de la nobleza. En más de una ocasión Don Quijote declara que él nació para velar, mientras que Sancho nació para dormir. Y, efectivamente, la insistencia de Alonso Quijano en dormir poco forma parte de su recreación de un ideal de caballería (“los de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo”, explica) que contrasta con el afán de sueldo de su escudero.

~. Algunos historiadores creen que no es tanto que los pobres durmieran más y mejor que los ricos, sino que quienes llevaban las vidas más duras y con menos recompensas valoraban más el descanso que ofrecía el sueño.

La industria del mal dormir

~. Sean cuales sean las causas de su cansancio, el maldormido de comienzos del siglo XXI se enfrenta a una cruel ironía. Por un lado, no puede dar un paso sin que se le presente la oportunidad de tomar un café. Nunca en la historia de nuestra especie ha sido tan fácil acceder a un chute de cafeína.

~. La gigantesca industria del café parecería dar la razón a quienes consideran que el “orden neoliberal” ha devaluado el sueño. O que ha aumentado el valor del tiempo que pasamos despiertos. Taza a taza, invertimos una cantidad considerable de dinero en algo que nos mantiene a salvo de la modorra. Sin embargo, esto contrasta con el gran crecimiento durante las últimas décadas de la industria del mal dormir: desde los fármacos hasta los colchones especializados, desde las apps que monitorizan el sueño hasta los retiros de sleep wellness.

~. La consultora McKinsey calcula que el mercado de productos vinculados al mal dormir lleva varios años creciendo a un ritmo del 8 %, y la revista Time pronosticó que la facturación anual de esta industria alcanzaría los 101.900 millones de dólares en 2023.

~. Ninguna época ha convertido el acto de dormir en un objeto de deseo de manera tan explícita (y comercializada) como la nuestra. Como explicaba un artículo publicado en 2019 en el británico The Guardian, “el sueño está por todas partes. Se nos dice constantemente cuánto lo necesitamos y qué ocurrirá si nos falta”.

Mal dormir, creación literaria y una convención mundial de insomnes

~. Está demostrado que hay una relación recíproca entre los problemas de sueño y la depresión, de manera que el mal dormir ocasionado por la crisis sanitaria ha agravado, seguramente, muchos procesos depresivos. Desde principios de 2020, la convención mundial de insomnes que imaginó Charles Simic se ha convertido en un evento mucho más concurrido. Pero, sobre todo, mucho más triste.

~. Es asombroso, por tanto, pensar en la larga relación entre el mal dormir y la creación literaria. El cansancio diurno supone un sabotaje contra nuestra capacidad de afrontar textos complejos, ya sean poemas, ensayos o novelas. Escribir bien ya es lo suficientemente difícil como para tener que enfrentarse a ellos con una mente embotada.

~. Y el caso es que ahí está la historia de la literatura. Pese a lo que acabamos de ver, hay grandísimos autores que han sacado adelante sus obras a pesar de sufrir severos problemas de sueño. Además de los que ya han sido citados a lo largo de estas páginas (Borges, Wordsworth, Hemingway, Fitzgerald), la nómina incluye gigantes como Sylvia Plath, Walt Whitman, las hermanas Brontë, Emily Dickinson, Gustave Flaubert, Guy de Maupassant o Percy Bysshe Shelly. Otro gran maldurmiente, Franz Kafka, consideraba que el fragor interno de la creación literaria le impedía descansar. En una entrada de su diario apuntó: “Creo que este insomnio se debe únicamente a que escribo”.

~. Creo que, lejos de enseñarnos que los escritores no necesitan dormir, o que su trabajo incluso se beneficia de la falta de sueño, estos ejemplos resaltan todavía más los logros de esta estirpe de autores. Es como si cada uno de ellos hubiera corrido los cien metros lisos con un esguince de tobillo y, aún así, se hubiera alzado con el oro.

~. Durante algunos trechos de su vida, George Sand se ponía a escribir a las diez de la noche y lo dejaba a las seis de la mañana. Rimbaud, por su parte, confesó en una carta de 1872 que “ahora trabajo de noche. Desde las doce hasta las cinco”. No es que el joven poeta se fuera a dormir a esa hora; más bien bajaba a la calle a contemplar extasiado “los árboles, el cielo, arrebatados por esa hora indecible, la primera de la mañana”.

El insomne ante la condición humana

~. Ya hemos visto que no resulta fácil incorporar al maldurmiente a relatos sencillos acerca de la industrialización, del capitalismo o de la aceleración tecnológica. Por tentador que resulte enrolarlo en el ejército de agraviados por la modernidad occidental, hay algo en él que resiste a ello. Como expuso Crary, “el sueño es un recordatorio omnipresente pero invisible de una premodernidad que nunca se ha superado de forma completa”.

~. Otro asunto es cómo debemos sentirnos acerca de nuestra condición. ¿Qué podemos decirnos a nosotros mismo en las horas más vidriosas del día, en los momentos más agitados de la noche? Lo cierto es que un grupo tan amplio nunca podrá llegar a una única respuesta. Hay quienes viven su mal dormir con angustia, quienes lo asumen con estoicismo y quienes lo desafían al modo de Lucifer: non serviam.

~. El mar dormir es, en fin, una parte indeleble de nuestra vida. Y la vida —esto tampoco hay que perderlo de vista— es algo que nos ha sido regalado.

 

• David Jiménez Torres. El mal dormir. Un ensayo sobre el sueño, la vigilia y el descanso, Barcelona: Libros del Asteroide, 2022, 144 p.

 

Melissa Cassab
Editora

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Publicado en: Ensayo literario, Fragmentos