Del cine al streaming:
Copenhagen Cowboy de Nicolas Winding Refn

En esta reseña el autor explora la obra completa de Nicolas Winding Refn para entender su más reciente incursión en el mundo del streaming: Copenhagen Cowboy, una miniserie que sacude la ideología del género de los superhéroes con el estilo que define al director danés, una lentitud agobiante junto con escenas de violencia estremecedora.


A algunos directores les parece atractivo el formato de streaming. Como si los límites temporales del largometraje comercial los restringiera. Nicolas Winding Refn es uno de esos casos raros. Director de Drive (2011) y The Neon Demon (2016), probablemente sus dos películas más conocidas, el danés hizo su primera incursión en el mundo de las miniseries con la indescriptible Too Old to Die Young (Amazon, 2019), Sin arredrarse, Winding Refn se abocó a su siguiente miniserie, financiada esta vez por Netflix, que de vez en cuando les apuesta a proyectos de mayor riesgo. Estrenada en enero, los seis episodios de Copenhagen Cowboy (2023) siguen a su protagonista, la misteriosa Miu, mientras recorre los muchos mundos y submundos que, más que estar situados en la capital danesa, la rodean amenazantes: traficantes de mujeres serbios, mafias chinas, rancias aristocracias todavía apegadas a prerrogativas feudales. En su travesía, no exenta de las acostumbradas dosis de violencia que deleitan, y espantan en igual medida, a NWR —como figura en los créditos—, Miu va descubriendo quién es o, mejor, qué es. Pues no se sabe a ciencia cierta si la minúscula y parca mujercita es un amuleto de la suerte, una bruja malévola o una estoica heroína experta en peregrinas artes marciales. Winding Refn ha dicho en entrevistas que Copenhagen Cowboy representa su aporte idiosincrático al género de los superhéroes, hoy monopolizado por Marvel; su trama, sin revelar detalles ni estropear sorpresas, es la historia del origen y maduración de su protagonista. De ahí que, poco a poco, también se vayan definiendo los demás elementos infaltables en este tipo de argumento: las batallas y conflictos individuales, los compañeros de lucha, los sacrificados que se quedan en el camino y, por encima de todo, la némesis, con la cual y contra la cual el superhéroe se define y se perfecciona. En este sentido, la serie es parangonable con Spiderman (2002) o con Batman Begins (2005).

Más allá de estas similitudes superficiales, no hay nada que sugiera, ni remotamente, el mundo de Marvel o DC Comics. Como su anterior serie, como su filmografía entera desde mediados de los noventas, Copenhagen Cowboy es un producto  indisociable de su controvertido autor. Lo que lleva a preguntarse: ¿De qué trata el cine de Winding Refn? O, mejor, ¿cómo es el mundo que construye Winding Refn en las plataformas de streaming y que, a primera vista, parece ser la expresión más cabal de su visión cinematográfica?

En primer lugar, es un mundo exasperantemente lento que discurre a cuentagotas, poseído por una agonía a punto de estallar, como si el director estirara la tensión lo más posible. Los planos no se suceden frenética o caprichosamente, como en una película de Michael Bay, sino de acuerdo con el slow cinema de Béla Tarr o Apichatpong Weerasethakul: los actores se mueven como en cámara lenta, estatuarios, semejando figuras mudas, presas en un cuadro de Edward Hopper. Recuerdan, de algún modo, a los de los films de Aki Kaurismäki o Robert Bresson, quien se refería a ellos como “modelos humanos”. Salvo Copenhagen Cowboy, los protagonistas de Winding Refn suelen ser masculinos, hombres duros de mirada vacía y una aversión patológica a la locuacidad. Detrás de su hermetismo y parsimonia exasperantes, no obstante, se oculta una fragilidad que no se ve, pero que se intuye. Cincelados a patadas, su única maestra ha sido la violencia; no les queda ya sino la máscara estoica y el lenguaje de la brutalidad.

Esta evocación de otras experiencias estético-visuales hace pensar en la bellísima Barry Lyndon (1975), de Stanley Kubrick: es bien sabido que, con sus célebres escenas interiores, iluminadas con vela, el director inglés buscó reproducir el lenguaje pictórico del siglo XVIII –los cuadros de William Hogarth, al parecer, recibieron una atención particular. La conexión con Kubrick, por otra parte, rebasa el ámbito de lo visual, extendiéndose al sonoro: es fácil reconocer, en una escena de Too Old to Die Young, la melodía handeliana con que inicia Barry Lyndon; y en Copenhagen Cowboy se distinguen variaciones sobre el tema de The Shining (1980). Más aún, yo me aventuraría a decir que gran parte del cine de Winding Refn se encuentra ya contenido, en germen, en la icónica primera escena de La Naranja Mecánica (1971): apoltronados en un sillón del Korova Milk Bar, Alex y su pandilla de ultraviolentos beben en silencio, inmersos en un tenso estatismo, un vaso de “Milk Plus”. Lo que empieza como un primer plano centrado en el rostro desafiante de Malcolm McDowell, pasa sin afanes a ir revelando –al ritmo de los sintetizadores legendarios de Wendy Carlos– otros comensales, la sugestiva decoración, un guardia de seguridad; en síntesis, el contexto que enmarca, define y explica a estos tenebrosos personajes. Gran conocedor del cine, en varias ocasiones el danés ha nombrado a directores que marcaron y definieron su estilo: junto a figuras como Kenneth Anger, David Lynch, Alejandro Jodorowsky y Seijun Suzuki, por nombrar algunos, Stanley Kubrick ocupa un lugar destacado –dadas su técnica cinematográfica, su precisión matemática, su manejo del tiempo y sus innovadoras bandas sonoras.

A estas características, Copenhagen Cowboy añade otras dos que ya venían pronunciándose en las obras de Winding Refn. Por un lado, su obsesión de folclorista o etnólogo por ciertas subculturas: la criminalidad tailandesa en Only God Forgives (2013), la mafia narco-mexicana en Too Old to Die Young, la esfera de la moda en The Neon Demon. Son mundos que no pueden imaginarse sin la estética que los acompaña, sin la genealogía visual y afectiva a la que pertenecen y que conlleva ciertas prendas de vestir, tatuajes específicos, una concepción de la domesticidad y de la diversión; dicho de otra manera, una identidad determinada, con todo lo que ello implica. En Copenhagen Cowboy destaca, sobre todo, el acento sobre los submundos serbio y chino en tierras escandinavas: arrojado por las circunstancias en un país extraño, ajeno en todo sentido, el inmigrante se ve forzado a reconstruir la sensación de un hogar perdido a través de objetos, colores, música, lenguas, costumbres que se conservan y se actualizan de generación en generación. El nivel de detalle que Winding Refn dedica a la recreación minuciosa de estas culturas es impresionante, demostrando un respeto que, sin alejarse de la celebración de lo kitsch, logra elevarlas a un status estético que antes se les negaba. Aquí no hay condescendencia, ni desdén hacia lo lowbrow o la low culture. Muy por el contrario, lo que sobresale es una fascinación auténtica –a la Kenneth Anger en Scorpio Rising (1963)– por las particularidades simbólicas de estas agrupaciones y su sentido de pertenencia. En el universo nihilista y neo-darwiniano de Winding Refn, todas estas tribus constituyen unidades sociales de sentido que se enfrentan unas a otras en una suerte de ley del talión generalizada; son macro-pandillas aferradas a lo propio, renuentes a desaparecer sin dejar rastro. 

La otra característica prominente que atraviesa Copenhagen Cowboy es la fascinación del director por lo sobrenatural –término que únicamente adquiere pleno sentido en nuestra modernidad desencantada, como bien estableció hace más de un siglo la escritora Vernon Lee, en Faustus and Helena: Notes on the Supernatural in Art (1880). El tema ya lo había explorado con anterioridad en Drive, que Winding Refn ha descrito como un cuento de hadas, no es sino una reelaboración de La bella y la bestia (Jean Cocteau, uno de sus artistas más admirados, la adaptó al cine en 1946); The Neon Demon, en más de un sentido el gemelo malvado de The Devil Wears Prada (2006), contiene elementos de vampirismo, canibalismo y en general del género de terror; y en Too Old to Die Young, finalmente, una mujer que se hace pasar por –o es, no queda claro– la mismísima “sacerdotisa de la muerte”, quien cataliza la hecatombe final. Copenhagen Cowboy acentúa estas temáticas, ligando las historias de superhéroes con un ambiente gótico, fantástico y weird. Después de todo, ¿qué clase de ser es Miu, su protagonista? ¿Quiénes son sus auténticos enemigos, esos que eluden la mirada del común de los mortales, esas criaturas de la noche?

Puro Winding Refn en su versión más destilada, Copenhagen Cowboy es para todos aquellos que se imaginen gozando de una producción con los estándares de Hammer Films, iluminada por Mario Bava y dirigida por un cruce improbable entre George Cosmatos (Cobra, 1986) y un Stanley Kubrick en su versión más pop. Sigo pensando que Too Old to Die Young es la obra maestra de Winding Refn, pero es probable que su nueva serie de Netflix les resulte menos alienante a los que aún no han experimentado su cine.

 

Alejandro Quintero Mächler

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Publicado en: Carta de recomendación, Cine