Cate Blanchett es Tár en el filme de Todd Field, una filosa provocación a la sociedad de nuestro tiempo. La película, nominada a los Oscar en las categorías de Mejor Película y Mejor Actriz, propone a una villana inolvidable y mastodóntica que va en contra del consenso progre del presente.
Vaya personaje el de Cate Blanchett en Tár. La directora de orquesta Lydia Tár es la villana de nuestro tiempo: genia egocéntrica y manipuladora para quien la obra está antes que el artista, aun si este es moralmente reprobable; líder en contra de las cuotas de género y de las políticas de identidad; depredadora que contradice que el abuso de poder es un problema de género. Tár (2022), querido lector, ha sido nombrada el Show de Cate Blanchett para ridiculizar lo que Todd Field, su director, puso en pantalla: una filosa e imperdible provocación.

Primer movimiento: Forte
Vivimos una época en la que las personas tienen tan afianzadas sus certezas que la ficción llega a entenderse como refugio de lo indeterminado. Error, porque el tercer largometraje de Field es, en realidad, un engañoso juego narrativo. Interesante es que el público se pregunte quién es Lydia Tár, como si se tratara de una película basada en hechos reales. La confusión es voluntaria. En noviembre de 2022 The Vulture publicó “49 hechos reales de Lydia Tár”, artículo que anota, entre otras cosas, que no cree en el TDAH, que es amiga de Ruben Östlund, que firmó la carta de apoyo a Roman Polanski y que prefiere Érase una vez en Hollywood de Tarantino en lugar de Retrato de una mujer en llamas de Céline Sciamma, ambas películas de 2019. ¿Qué perfila todo esto? Que Tár le lleva la contra al consenso progre del presente, al jaloneo diario de las redes sociales donde a capa y espada se defienden posturas y opiniones moralmente superiores al resto.
El inicio de Tár destantea. Una entrevista informa quién es el personaje principal: discípula de Leonard Bernstein, es la única mujer que ha dirigido la Orquesta Filarmónica de Berlín. A propósito de la publicación de su próximo libro, Tár on Tár, anuncia que grabará un álbum, vehículo de consagración, con obras de Mahler. El entrevistador es Adam Gopnik, colaborador de The New Yorker que se interpreta a sí mismo y atiza el engaño. Las imágenes hacen creer que se trata de una biopic. Anclado a su argumento, el juego de Field es falsear lo que parece una certeza. En su cuenta de Twitter —parodia del personaje— Lydia lanza punzadas del tipo: “una vez más busco a un nuevo asistente. No entiendo por qué la gente joven no puede mantener un compromiso por más de un par de semanas. Por favor, sólo propuestas serias. Gran oportunidad para mujeres jóvenes en el ámbito”. Ahí también expresa que una de sus películas favoritas de 2022 fue Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades.
Segundo movimiento: Fortissimo
En la piel de Blanchett, Tár es multidimensional. Ante todo es una mujer determinante, perfeccionista y dedicada en cuerpo y alma a su carrera artística. Hay más: es esposa de Sharon, concertista de la orquesta que dirige y su principal consejera; juntas crían a su hija Petra en Berlín, a la que Tár protege con vigor paternal. El perfil que Field dibuja de la protagonista se forma a partir de una colección de momentos detallados de su personalidad a la vez déspota y magnética, diplomática y mentirosa, individualista y protectora de su familia. Blanchett, me parece, es una actriz que suele caer con facilidad en los excesos dramáticos. Sin embargo, nunca ha estado mejor. En definitiva este papel redefine su carrera. Sólo por eso ya vale la pena la película.
Pero quiero detenerme en el momento cumbre: la discusión que mantiene con un estudiante durante una clase en Julliard. Se trata de un plano secuencia en el que Tár da su punto de vista sobre la cultura de la cancelación, a la que considera como la arquitectura de la insensibilidad que dictan las redes sociales. El encontronazo entre Tár —a quien llaman Maestro en vez de Maestra porque ella misma desestima el lenguaje inclusivo— y un alumno suyo captura ciertas tensiones de la sociedad contemporánea. Él se niega a interpretar a Bach porque su vida misógina —el compositor alemán tuvo más de veinte hijos— no le parece digna o ejemplar; el aspirante a director de orquesta se opone frontalmente a cualquier manifestación artística de hombres blancos cisgéneros. “Hay cierta humildad en Bach—le responde Tár al alumno— que no finge estar seguro de nada porque sabe que es siempre la pregunta la que involucra a quien escucha”. Ya exasperada ante la negativa del alumno, lo ridiculiza. Las reacciones a la secuencia son disímbolas. Lydia es difícil de asir. No da marcha atrás ni siquiera cuando la acusan de abusar de su poder para seducir a mujeres más jóvenes, aspirantes a ocupar una plaza en la orquesta, beneficiarlas a cambio de favores sexuales o bloquear sus carreras si la rechazan. El suicidio de Krista —joven que, según Lydia, estaba obsesionada con ella— termina por sacar a la luz los bemoles de Tár, sus rasgos arbitrarios y abusivos.
Como era de esperarse, el filme ha provocado reacciones negativas como la de Marin Alsop, ante el hecho de que el depredador sexual sea una mujer. Es un asunto de poder y no de género, defiende Field. Incluso en el trasfondo conversacional la urdimbre de Tár sale a relucir, por ejemplo cuando Lydia asegura que “parece algo pintoresco que sólo aceptemos mujeres en los programas”. Tras ver la película, Alsop, directora de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Viena, a la que Lydia refiere al inicio del filme —que, como decíamos, tiene coordenadas puntuales en hechos y personas reales—, declaró que el desplazamiento de género del depredador la hace sentir “humillada como mujer, como directora de orquesta y como lesbiana. Todas las mujeres y todas las feministas deberían molestarse por este tipo de representación no de las mujeres directoras sino de las mujeres como líderes en nuestra sociedad”. En las capas de ficción que propone la película de Field, que sugiere que efectivamente Lydia es una depredadora —deducción a la que se llega por el comportamiento de su asistente Francesca y por la atracción que siente por una nueva concertista que se convierte en su favorita—, hay algo certero: su propio mundo le dará la espalda y sus colegas y hasta su esposa la condenarán al ostracismo. En su segunda película Field creó una imagen definitiva de la figura del indeseable, del apestado: es el momento en el que el pedófilo de Secretos íntimos (2006), recién salido de la cárcel, se queda solo en la piscina mientras todos los vecinos lo miran desde lejos horrorizados. Dieciséis años después, en Tár, Field pasa de la figura del condenado por la ley a la del cancelado, que precisamente no deben confundirse. Ahora se dice en redes sociales, a manera de chiste, ¿hoy a quién vamos a cancelar? Esa es, en algún sentido, la ironía del filme, la persecución, apenas esbozada en la narrativa, de la que Lydia huye.
Tercer movimiento: Fortississimo
Algunos elementos empañan y contradicen las certezas del argumento de Tár con guiños al cine de suspenso. ¿Quién es, por ejemplo, la mujer pelirroja a la que sólo se ve de espaldas en la sala de conciertos? ¿Quién filma a Lydia con el celular sin que ella lo sepa? Son momentos perturbadores que muestran algo borroso y disimulado en el filme y que además recuerdan al mejor cine de Brian de Palma o al Haneke de Happy End (2017). Como en sátiras fílmicas contemporáneas, entre otras Mapa a las estrellas (2014) de Cronenberg, que sin condescendencia trata los desequilibrios del genio o la fama, en Tár hay fantasmas. El problema es que aquí acechan de manera incierta y siempre a través del sonido. El lado más fascinante de Tár se funda en sus oscuras fantasías que son principalmente ruidos terroríficos que sólo ella escucha —“a través de la sensibilidad al ruido, Schopenhauer medía la sensibilidad artística”, le dice alguien a Lydia. Antes de las acusaciones en su contra, comienza a escuchar pasos en la azotea: gritos de mujeres en el bosque, timbrazos, la insistencia de un metrónomo, estertores y rugidos; imágenes sonoras que la persiguen.
Decrescendo
El desenlace de Tár pone de manifiesto su carácter de farsa. La protagonista comienza, sola, una nueva vida, alejada de todo lo anterior, como sólo sucede en las películas. Lydia aparece de nuevo en el escenario, marcando el ritmo y el tiempo con las manos. Ahora entrega por completo su vida a la música, cumple su ideal sublime, espacio utópico donde no existen los juicios morales.
En definitiva, el tino de Field en esta película es que aborda las conversaciones moralinas de nuestra época —con la consiguiente brecha generacional, en apariencia insalvable— para descolocarlas, apartarlas de una perspectiva simplista, de juicios maniqueos y extremistas e incluso ahorrarse una versión aleccionadora de la historia. El riesgo del director y sobre todo de Blanchett de componer un retrato nada edificante sitúa a Tár al lado de otras enemigas del orden biempensante como Marlene Dietrich en El diablo es una mujer (1935), las mujeres de Todo sobre Eva (1950) —o La malvada, según el título mexicano— Margo Channing y Eve Harrington, la bailarina exótica Nomi Malone en Showgirls (1995), que hundió la carrera de Elizabeth Berkley, y la actriz que interpretó Julianne Moore para Cronenberg. Películas que probablemente le gustarían a Lydia Tár, y que a su manera critican y desarman, a través de la ficción, lo que parece incuestionable. Al abrir en mariposa a Lydia Tár, Field y Blanchett evitan el juicio sumario y casi inmediato de la turba con respecto a la cancelación; al tratarse de una parodia disfrazada de drama, tanto la narrativa como el argumento de la película van a contracorriente del mandato estable y cómodo de borrar los hechos, de anular antes que observar.
Carlos Rodríguez
Traductor y periodista cultura