¿Alguien le presta tanta atención al universo sonoro como al visual? La siguiente crónica cambia el enfoque y se fija en innumerables matices de sonidos urbanos, una de las metamorfosis más curiosas de la ciudad en tiempos de pandemia y post-pandemia.
Llegué a la avenida Isabel la Católica, casi esquina con 5 de Mayo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, alrededor de las cuatro de la tarde. Estaba ahí porque en los últimos años me he dedicado a realizar grabaciones de lo que pasa en esa zona, para integrar un acervo sonoro. Era el domingo 8 de marzo de 2020 y se realizaba la marcha por el Día Internacional de la Mujer. Ahora que reviso las grabaciones, recuerdo que mientras me acercaba, desde Madero, ya podía percibir algunas de las consignas de las manifestantes: “No violencia, no violencia, no violencia…”; “No se va a caer, lo vamos a tirar…”; “Somos malas, podemos ser peores…”; “Y al que no le guste, se jode, se jode…”. Los negocios de 5 de Mayo y calles cercanas fueron cerrados, como suele ocurrir en la mayoría de las manifestaciones que pasan por ahí en dirección al Zócalo. Poco tiempo después volverían a cerrar muchos locales comerciales, ahora en toda la ciudad, por tiempo indefinido, debido a la presencia de un virus silente y potencialmente mortal.
La cotidianidad del Centro Histórico se suspendió para dar paso a calles asombrosamente vacías. El sonido de las cortinas metálicas de los comercios dejó de escucharse, como generalmente sucedía, entre las 10 y 11 de la mañana, marcando el inicio de las actividades comerciales de distinta índole. Después de abrir, se daba paso al concierto derivado de la limpieza de los mismos locales y sus entradas, durante la cual corría el agua y las escobas la conducían hacia las coladeras. Esa acción indicaba que pronto se daría servicio. A mediados de marzo de 2020, muchas cosas dejaron de suceder en el Centro. Al interrumpirse casi todas las actividades en sus calles, también se alteró su expresión sonora.
Antes, en algún día de 2019, podíamos escuchar las distintas voces e instrumentos de los cantantes e intérpretes urbanos en ambas aceras de la calle 16 de septiembre, la cual ellos adoptaron a partir de que en 2013 el gobierno decidiera dar prioridad a su uso peatonal. Se ensancharon sus aceras dejando sólo un carril para automóviles. El recorrido desde el Eje Central iniciaba con una banda de rock interpretando música en inglés de los setenta y ochenta, que reunía a un buen número de personas bailando alrededor de los ejecutantes.
Pausa visual. Al final del tercer edificio en la acera sur de la misma 16 de septiembre, se puede leer una placa que dice: “Aquí estuvo el cine Olimpia, que fue inaugurado por Álvaro Obregón, y en el que se estrenó la primera película sonora, El cantor de Jazz. 1928”. ¿Cómo se habrá escuchado esta calle en 1928? Fin de la pausa.
Unos metros después de la placa, una cantante que acompañaba su voz con guitarra interpretaba canciones en español en un recorrido cronológico más extendido: desde Mecano hasta Jesse & Joy. Ahí mismo, los sábados, se sumaba otra sonoridad alrededor de las seis de la tarde: los danzantes que —pasando la estatua del personaje que da nombre a la calle, fray Pedro de Gante, hacia Venustiano Carranza— realizaban sus coreografías acompañados con estridentes tambores que marcaban el ritmo de lo que suponen el ímpetu de los ancestros aztecas. A veces más gente viendo a los danzantes, a veces más con la cantante. En ambos casos no faltaba la gente registrando con su celular ¿Cuántas de aquellas personas volverán a ver esos registros audiovisuales que ahora la tecnología permite acumular con tanta facilidad?

No podía ignorar las demás sonoridades en el lugar. Había que poner atención para percibir los sonidos más sutiles, enmascarados por las manifestaciones musicales: pájaros; voces de algún vendedor itinerante: “tortas, tortas; tortas, tortas…”; conversaciones ininteligibles, incluso el iterativo y monótono arrastre de la escoba por parte de las personas encargadas de mantener limpio el Centro; más las bocinas de las motocicletas circulando no sólo en la dirección que permite la calle, sino de manera indistinta.
Todo eso y más, de acuerdo con la atención que se preste a la dimensión sonora de la calle Fray Pedro de Gante; en el tramo que le da fin al llegar a Venustiano Carranza, era común escuchar en ese lugar las charlas de los comensales desde las afueras del Salón Luz; a veces música, a veces risas, a veces las pláticas de quienes comían en las mesas de afuera del establecimiento, que como veremos más adelante, no abriría nuevamente sus puertas tras el confinamiento.
Regreso a 16 de septiembre, antes de cruzar Bolívar: a veces una violinista, a veces un hombre tocando el acordeón, a veces nadie. Ese tramo siempre ha sido muy aleatorio, a diferencia de tantos elementos constantes en el anterior. Quizás se deba a su cercanía con el cruce de automóviles, en el que sus conductores hacen notar su paso o esperan según la luz del semáforo, con la ya conocida oleada de bocinazos a instantes de haber cambiado a verde, para apurar al vehículo de enfrente.
En el resto de la calle, hacia 5 de febrero, se escuchaba un dúo de jóvenes cantando música popular mexicana, piezas que antes interpretaban Pedro Infante o Jorge Negrete, entre otros; el infaltable organillo afuera del edificio Boker más algunos vendedores informales que ocasionalmente ubicaban sus mercancías en el tramo: “Cinturón elástico unitalla…”; “Lentes de a cincuenta, levántele de a cincuenta…”.
También grabé otras calles donde se venden distintos tipos de artículos. Por ejemplo, los de papelería en Mesones, desde 20 de noviembre hasta Correo Mayor. Ahí había gente que en ambas aceras ofrecía “Plástico cristal para los cuadernos…”; “Cuaderno profesional cien hojas…”; “Surtimos sus listas de útiles, para que no ande buscando…”; “Material didáctico…”, además del paso ocasional de los “diableros” silbando para que la gente les abriera el paso con su carga.
Cada tramo en las calles del Centro dejaba oír su propia expresión: más danzantes y servicio de “limpias” en ambos costados de la Catedral Metropolitana; grandes cantidades de vendedores en Correo Mayor, desde los locales hasta las aceras, ofreciendo sus productos; hierbas medicinales, pastilleros (“Lleve el pastillero semanal”) y demás artículos relacionados en las afueras de los locales de la Farmacia París, sobre República del Salvador.
No es común que prestemos atención a la expresión sonora de lugares como los espacios públicos o de tránsito, ya que generalmente atendemos a las señales que nos den alguna indicación o bien que estemos buscando de manera específica: algún producto o servicio, el cambio en la señal sonora de los semáforos, etcétera. Lo realmente extraño, fue corroborar cómo se percibían las calles sin sus expresiones cotidianas, al detenerse de manera abrupta muchas sus actividades, porque llegó la pandemia y se emitieron disposiciones para el distanciamiento social, que indicaba el cierre de comercios con actividades no esenciales.
El viernes 10 de abril de 2020 fui a recorrer el Centro con la intención de programar grabaciones posteriores. Hice una aquel día. Desde una patrulla circulando lentamente sobre 20 de Noviembre, un megáfono repetía el siguiente mensaje: ”El gobierno de la Ciudad de México te recuerda que estamos en alerta sanitaria, por lo que te invita a retirarte de las calles y mantenerte dentro de tu domicilio para evitar contagios. ¡Quédate en casa! Cuídate y cuídanos. Recuerda, el objetivo es no contagiar y no contagiarse”. En una avenida regularmente muy transitada, apenas se escuchaba el paso de algunos automóviles y era difícil percibir la presencia de personas. Otra unidad de la policía reproducía la misma grabación, transitando por Isabel la Católica, también solitaria.
Muy poca gente, la gran mayoría de locales comerciales cerrados, la Plaza de la Constitución cercada con vallas metálicas y alrededor unas cuantas personas, de las cuales las más eran elementos de policía, que vigilaban los lugares cerrados al paso. Así, mi vista podía llegar sin obstáculos hasta donde sus propios límites le permitían, pues los lugares por los que caminé estaban vacíos, con sus locales cerrados y solo unas cuantas personas caminaban por las calles. Caminé por 20 de Noviembre hacia la Catedral Metropolitana.
Quienes hayan estado antes en la Plaza de la Constitución sabrán de las distintas sonoridades que normalmente se escuchaban: niños jugando, danzantes en los costados de la Catedral, vendedores ambulantes, tránsito de automóviles, etcétera.
¿Cuánto tiempo habrán permanecido silentes las campanas de la Catedral? Y no es que las calles del Centro hayan quedado mudas, más bien que el cúmulo de expresiones que la habitaban normalmente se ausentó, abriendo la posibilidad de percibir sonidos extremadamente tenues, a los cuales por lo regular enmascaran estridencias como el tráfico de automóviles, sus bocinas y cláxones o el barullo de la gente. Nada de eso había. Se podían escuchar incluso los pasos de los pocos transeúntes.
Cerca de ahí, a falta de sonidos, capturé una imagen de Madero, cercada y vacía. Se puede ver en ella el piso desde Isabel la Católica hasta que se funde con el Palacio Nacional, apenas un par de personas cruzando y un policía cuidando que nadie pase. En la dirección opuesta, el reloj de la Torre Latinoamericana marca 15:34:24 y nunca había visto la calle Madero tan vacía y silenciosa un viernes por la tarde. Por lo menos se escuchaba el canto de algunos pájaros.
Mientras la pandemia sumaba días, aquellas personas que tuvimos la oportunidad de trabajar desde casa nos enteramos de qué sonidos se escuchaban ahí en las horas de nuestra ausencia normal, los cuales, dependiendo de las condiciones acústicas de los lugares de conexión, se hacían partícipes de las sesiones de videoconferencia. “Se compran… colchones, tambores…”, resonó en algunas de mis clases. Faltaba mucho para regresar.
En 2021 mis visitas al Centro aumentaron gradualmente, al regresar de manera paulatina a las actividades presenciales. Distintos recorridos por sus calles iban acusando también el regreso de algunos de los músicos de 16 de Septiembre, distintas actividades en la Plaza de la Constitución. En agosto de ese año pude recorrer Mesones y escuchar la oferta de artículos de papelería ante el inminente regreso a clases: “Diurex, colores, marcadores, sacapuntas qué buscabaaa…”, gritaba uno de los muchos vendedores, para hacerse oír entre los sonidos de la gente y el paso de los automóviles.
Donde estaba el Salón Luz ahora venden sushi, aún con mesas afuera. Los danzantes de la explanada al lado también han vuelto. Será imposible saber qué sonidos han vuelto y cuáles no, qué actividades e incluso qué personajes de las calles del Centro. Al regreso de las actividades cotidianas, a falta del fin de la pandemia, quizás vaya descubriendo más cambios.
He notado otras ausencias; ya no se puede escuchar a los comensales ni la música de la cantina “La Vaquita” al paso por la esquina de Isabel la Católica y Mesones. Ya no abrió. Hay un letrero que dice “Se renta” en una cortina del local que ocupaba. Pasó lo mismo con el bar “La India”, que desde el número 42 de República del Salvador cerró sus cortinas al inicio de la pandemia y no las ha vuelto a abrir. Seguramente habrá más casos así.
El Centro Histórico de la Ciudad de México ha retomado ya sus ajetreadas actividades; sus calles repletas, el tráfico incesante; los vendedores, los locales y las aceras de nuevo activas. Su presencia suma sonidos que terminan por convertirse en ruido, según se quiera interpretar. Uno de los nuevos sonidos en sus calles es el de pequeños vehículos de carga. Movidos por motocicletas, uno de ellos reproduce a través del megáfono: “Chaparritos y gorditos, gorditos y chaparritos los platanitos dominicos, de a diez y de a veinte, de a diez y de a veinte…”. A oídos que no reparen en detalles, el Centro ya se escucha normal.
Santiago Fernández Trejo
Profesor investigador de tiempo completo en el Colegio de Comunicación de la Universidad del Claustro de Sor Juana