Escribir es una forma de orgasmo (y otros textos)

Para celebrar a Ricardo Garibay (1923-1999) nacido un 18 de enero de hace cien años, retomamos estos pasajes en los que vierte sus juicios, observaciones y comentarios acerca del placer de escribir, las taras y virtudes del periodismo, la importancia medular del estilo propio, la crítica literaria y mucho más. Los textos pertenecen a la invaluable antología que compiló y prologó Josefina Estrada (Cal y Arena).


Mi abuelo fue un jefe político en los tiempos del porfiriato y tenía que moverse, en mulas y caballos, de un lugar a otro. El abuelo lo primero que cargaba y de lo único que se ocupaba, era de cargar las mulas con sus libros. Yo he contado que eran cinco mil volúmenes, pero no, exageré mucho. En una obra que escribí, que se llama El Coronel, que es la vida de mi abuelo, escribí eso y mis contemporáneos se reían mucho de que había exagerado una barbaridad; en realidad eran mil libros más o menos. En la casa de mi madre, en la casa de su padre lo que había eran libros. Los hermanos de mi padre y los de mi madre vivían entregados a escribir, con perfecto fracaso por supuesto, pero la religión era la lectura. Esto ya lo traigo del ambiente familiar; crecí viendo libros y libreros. Mi padre nos leía en las noches, después de la cena, a los poetas románticos de España, y de América Hispánica, de manera que hubo comunión constante con todo esto, desde mi más temprana infancia. De tal manera que no es nada casual ni inexplicable que yo me haya entregado al oficio de escribir. Escribo porque me hace feliz. Soy profundamente feliz escribiendo, y además lo hago con naturalidad, con facilidad. No corrijo, lo que escribo sale a la primera; así se va a la imprenta. Esto lo hago así desde que escribí, me parece que en 1980, un libro que titulé Acapulco; ya desde ahí dije: “Ya no corrijo nada, así que se vayan”. Son cuarenta y nueve años de estar escribiendo; dentro de seis meses cumplo cincuenta años de escribir. No hago otra cosa que leer y escribir. De manera que no tiene chiste el asunto: me hizo feliz siempre tomar la pluma. Tengo una buena cantidad de hermosas plumas; escribo en papel japonés porque escribo a mano. Es un deleite sentir la pluma entre los dedos y sobre un papel muy fino; en eso me gasto el dinero que queda para mí; lo demás es para sostener la casa. Cuando hago un viaje, lo que me traigo es una pluma fuente, digamos que es mi gozo.

Siento que las computadoras llegaron muy tarde para mí; eso de las máquinas ultramodernas para escribir, esta especie de computadora con pantallita, a mí me parecen burradas. Yo creo que nada supera el gozo de la pluma, de la sensibilidad del punto de la pluma y de su peso entre los dedos. Se llega a formar el gran callo de escritor del que hablaba Alfonso Reyes. Esto es muy grato; escribir es casi un placer sexual, y cuando se consigue la frase deseada, es una forma de orgasmo. Esto es profundamente deformado, pero es profundamente intelectual. Que quede claro: escribo porque es una forma de felicidad.

La literatura es la belleza del idioma

Raimundo Lida, en El Colegio de México, proponía escribir en el español general. Por ejemplo: los escritores argentinos hablan como los argentinos, pero escriben en el español general con muchísima pulcritud la mayoría de ellos. Pensemos en el gran Borges o en Lugones, ellos hablaban como argentinos; a Borges había ratos en que no se le entendía por la gran cantidad de modismos argentinados, o argentinistas que usaba. Probablemente haya que escribir siempre en español general, pero hay algo que es indudable: si se está haciendo un reportaje sobre la vida de un púgil, de un boxeador, se tiene que usar el lenguaje que utiliza el boxeador y que usa el medio en el que el boxeador se mueve, si no, de muchos modos se estará falseando, maquillando —que es de tan mal gusto— el mundo y la personalidad del boxeador. Si se habla de pistoleros, de tahúres o de putas, hay que utilizar el lenguaje de los pistoleros, de los tahúres y de las putas. No se puede regresar a los tiempos de Vasconcelos, en donde, en lugar de poner la palabra puta, se ponía la letra P seguida de tres puntos suspensivos. El lenguaje, todo él, es santo y es científico; hay que usarlo tal y como se da; en todas partes, según donde se ande. Probablemente esto restrinja la cantidad de lectores, pero aumenta la veracidad del propósito.

Ahora se está traduciendo una obra mía, Par de reyes, al inglés; esta obra está escrita, en buena medida, usando el lenguaje que se habla en el norte de Tamaulipas y está habiendo una enorme dificultad en su traducción, pero si yo no lo hubiera escrito de ese modo, esos personajes no serían habitantes de las llanuras de Tamaulipas; serían otra cosa: podrían pasar por académicos de la lengua ¡imagínese qué cosa tan repulsiva que se parecieran a los académicos de la lengua! ¡Dios nos libre!

Uno de los deberes del escritor es reproducir la entonación, la música de sus personajes. El escritor debe inducir al lector a oír el lenguaje, según lo que está escribiendo o la región a la que se está refiriendo. Si yo consigo que alguien entone norteñamente una frase mía que se refiere al norte de la República, yo he triunfado con mi escritura; si usted puede confundir esta frase con una que diría un chileno o un hombre de Yucatán, entonces estamos perdidos.

Martín Luis Guzmán, que fue el más acucioso estilista de su generación, pretendía y más que nada lo pretendían sus discípulos, recrear cercanamente los lenguajes de las diferentes regiones; no lo logró enteramente, pero se acercó. Hemos avanzado con cincuenta años sobre él, ahora lo hacemos mejor otros y yo, ya que no lo hago solo; tenemos ya más escuela pero él inauguró este afán y nosotros hemos cosechado esta tarea de su gran trabajo.

En el caso del periodismo, éste debe respetar lo más posible las diferentes maneras de hablar. En las revistas e inclusive en los gran des diarios ya es un hecho: que se respeta casi totalmente el lenguaje. Tenemos, de este modo, una visión más clara y directa de cómo son las cosas que están sucediendo y cómo son los personajes que las llevan a cabo, por ejemplo: todo lo que se ha publicado en torno al narcotráfico y demás, por lo que están tantas gentes en la cárcel. Se ha respetado el habla de estos bribones, asesinos y vendedores de cocaína, y uno está más cerca, comprende más el fenómeno. Si pudiéramos hacer una crónica fascinante, literaria y policiaca de lo que ha ocurrido en el caso del desventurado Manuel Buendía, se traduciría a todos los idiomas. Se vería ahí la verdadera cloaca de la policía mexicana. Esto lo conseguiríamos si pudiéramos escribir la manera de hablar de los jefes, de los subordinados hasta el de más abajo, tal y como hablan, tal como se dieron las órdenes, tal y como se cometió el asesinato, con qué ánimo y qué lenguaje se utilizó; sería fascinante, pero todavía no llegamos hasta allá. Si leemos algunas crónicas policiacas que aparecen en los periódicos norteamericanos, a veces son verdaderas obras maestras, por este respeto al medio donde se da el fenómeno.

Hay tres tareas en el oficio de escribir: una es el tratar de dar el alma de los personajes; una persona cuando entra en la literatura se convierte en personaje y trata de dar su alma, y esto se da a través de los diálogos; la otra es la tarea estética que busca el escritor; la cacería de la belleza en las palabras. Esto sería el lenguaje lírico a que todo escritor está venturosamente condenado. La literatura es la belleza del idioma y se consigue en buena parte de lo que se está escribiendo; la otra es la veracidad, y la veracidad sólo se da respetando el lenguaje original de las regiones por donde anda el escritor.

Ahora, el maquillaje que usan los periodistas jóvenes es muy pobre y se ha convertido en un clisé; es una manera específica de manejar pobremente la lengua castellana. Voy a poner un ejemplo: un hombre de 60 años es aplastado por un camión; entonces el periodista dice: “Sexagenario arrollado por pesado camión”, y ésta es la literatura periodística. Hay que decir sexagenario, hay que decir arrollado; y al camión hay que ponerle el dato de pesado, como si un Volkswagen no pudiera matar. Hay que pensar en un camión de cuarenta toneladas para que el lector pueda conmoverse desde la lectura del encabezado. Sexagenario, que se supone es un viejo de mierda. Arrollado, no sé qué quiera decir. Este lenguaje es muy pobre; extendámoslo a cualquier acontecimiento social y encontraremos los clisés con que se manejan los periodistas; es de una manera tan desgastada e intrincada que ya no se entiende nada de nada. Esto es como lo que decía Isaac Babel: “sus palabras eran tan lisas, achatadas, enteramente desgastadas; no conseguían definir, sino al contrario: borrar toda la realidad que trataba de ver y hacer ver”. Esto es lo que tiene un lenguaje que se desgasta con lugares comunes, que pretenden ser sorprendentes y singulares, una y mil veces.

Imágenes y palabras

El lenguaje para el cine es un lenguaje para los ojos; la literatura es un lenguaje para el oído. El escritor es oído más que leído. El lector cuando va leyendo, va oyendo; la lengua es sentido del oído, y la literatura que se hace para el cine es un lenguaje para los ojos. Uno tiene que aprender a manejar con muchísima velocidad las imágenes; reducir las descripciones al mínimo y hacer ver, en la dialogación, las imágenes; lo que se tiene por delante de los ojos. Se aprende a dialogar, se aprende a entender que una imagen en la pantalla dura segundos; probablemente en quince segundos se dijeron seis frases; entonces hay que aprender a comprimir el lenguaje para dar verdaderamente la esencia de la dialogación, y dar sentido de imagen, si no, se pierde el tiempo. Todo este esfuerzo se hace, primero, porque es una forma de ganarse la vida, se lo pagan a uno bien; segundo, para que después el director, las estrellas y el productor, conviertan en un tonel de mierda lo que a uno le ha llevado mucho tiempo de trabajo. Me estoy refiriendo a todos los cines del mundo; entre el productor y el director, habitualmente analfabetas, construyen lo que se llama una película mexicana; es decir, una demostración de la vergüenza y de la inferioridad que somos en la cinematografía. Es un trabajo casi inútil. Yo tengo 66 años de edad, y apenas hace un mes decidí que nunca más escribiré un guión cinematográfico.

Yo he escrito cerca de treinta guiones; algunas películas han sido premiadas internacionalmente, cosa que me avergüenza aún más, pero nunca ha sido respetada una sola escena mía. Ha sido envilecida, con especial inteligencia por el director, el productor y la estrella cinematográfica. A mí me duele mucho que hasta ahora, a los 66 años, no hubiera yo decidido no volver a escribir un guión más.

Ahora, el actor Héctor Suárez, me ha pedido que escriba un guión sobre su vida alcohólica; me contó algunas cosas importantes. Fui durante varios meses a Alcohólicos Anónimos para enterarme de cómo es eso. Me espanté suficientemente y de repente comenzaron a salir capítulos, que algunos ya los he publicado en la revista Proceso, sobre la vida de un alcohólico, y advertí que ya no voy a escribir un guión cinematográfico. No puedo constreñir mi tarea a los estúpidos cauces que marca la necesidad, o la naturaleza de un guión. Esto lo estoy escribiendo como capítulos de una posible novela, de una posible historia. Si de aquí un director saca un guión, está bien, si no, me pelearé con Héctor Suárez y tendré que devolverle el dinero que me dio como adelanto. No escribiré más un guión ni un artículo político.

Así como al cabo de poco tiempo se ve que la inteligencia y la información que se logró reunir para hacer un artículo político es ya nada, así se ve que pasado un tiempo, el guión que se escribió, nunca fue a la pantalla, y además lo llena a uno de vergüenza. Esto quiere decir que tarda uno mucho tiempo en decidir algunas de las cosas más importantes de su oficio.

 

* * *

Estilo y literatura

Se escribe como se es. O sea, se escribe desde el temperamento y el carácter. Un hombre suave, suavemente habrá de escribir; y lo contrario un hombre aristoso. Y tanto, que si algún huracanado escribe con tersura es que la tiene de alma, y el huracán, como mera fachada; y será más fácil conocerlo por su estilo que por su conducta o lo que jure de sí.

Así de simple o bobo o natural es el misterio aquel que tanto me trasegó en la juventud: el estilo es el hombre. Y lo sé cuando cada vez me importa menos tener un estilo y acaso cuando empiezo a tenerlo; es decir, cuando empiezo a ser de veras limitado, estrictamente lo que soy y sólo eso y nada más; cuando comienzo a morir.

Buscándose un estilo —una manera de ser literaria—, a caza de todos los estilos, los escritores jóvenes pueden sentirse ilimitados e inmortales. Inmensidad y perennidad ajenas donde vive el sí mismo como puro ideal, sólo como esfuerzo, la esperanza dichosa de llegar a ser todos los insignes a la vez, la dicha de no ser todavía el que se será definitivamente, el que en siendo dejará de ser, la única etapa de la vida donde se existe verdaderamente por uno mismo y para uno mismo.

Pues hallar al fin el estilo es empezar a ser para los demás, es ser ya los demás, es no ser ya nunca más. Y sólo entonces podrá decirse sin misterio, sin remedio a la amargura diaria, eso terrible que pone Borges en la página 108 de su Hacedor: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”.

Los jóvenes que escriben dicen que lo hacen para el mundo. Conmovedor espejismo; escriben para su personal lectura en silencio. A cada renglón, con cada renglón se buscan, se rondan, se rodean, se palpan, se poseen, se gozan a través del idioma informe, balbuciente, que no los refleja ni los hace salir de sí, que no es el tema que dicen que están tratando, que no consigue ser el mundo que dicen que están viendo, creando.

Para crear literariamente el mundo hay que vivir en la margen del mundo y ser a la vez todo el mundo. Léase: ser el que ha sido tantos hombres y jamás aquél por quien desfallecía Matilde Urbach. Los escritores jóvenes se parecen demasiado al mundo donde viven, y todavía no son el mundo. Literariamente son, mucho más, personajes que autores, y sin saberlo se contemplan así y así se tratan, por eso disfrutan tanto sus propias escrituras.

El escritor maduro se transforma en el tema escogido; o mejor, se transforma en el estilo que ha conquistado, y éste en el tema escogido —que una vez conquistado el estilo aparecerá el verdadero problema: adecuar ése a cada asunto, transformarlo, sin que deje de ser idéntico a sí mismo, en cada propósito; y donde esto no se consigue no hay escritor que lo sea enteramente: el modelable bajo sus propias manos, tenor y barítono, contralto, Werther y el Periquillo, múltiple, maestro de muchos géneros, camaleón, prostibulario de quinientas páginas y Sirenita, temblor de haikai, ventanerío más que ventana.

Se transforma en su tema el escritor, desaparece en el mundo que él hace existir, como si el mundo cobrara, con el ser del escritor, su entrega.

El estilo no es más que una sintaxis específica. El escritor no es más que su propia sintaxis, su manera personalísima de unir y coordinar las palabras para formar oraciones. Esa manera supone también un diccionario privado, una particular simpatía por determinadas palabras a todo lo ancho del río del idioma. Ser escritor de veras es ser una especial ordenación de los vocablos, donde refulgen intermitentemente algunos de ellos. Un escritor de veras no es más que unas cuantas docenas de palabras predilectas. Para encontrarlas hay que invertir las tres cuartas partes de la vida. La eminencia del escritor no dependerá de aquellas palabras ni de su manera —única— de emparentarlas, pues es cosa sola la eminencia, que a solas se da, nada la prepara ni la promete ni menos la asegura, se engendra a sí misma y flota macizamente indefinible dentro de la obra; la eminencia es eso que es necesariamente, caprichosamente, misteriosamente, el “no sé qué que queda balbuciendo en las palabras”.

Hay escritores tan enfáticos —tan dueños de un estilo— y de tan profunda y reducida riqueza que basta una palabra para identificarlos, o a lo sumo dos palabras. El uso actual de previsible viene de Borges. Si decimos espantoso redentor vemos a Borges. Si pensamos desaforada llanura estamos pensando en Borges. Este espléndido escritor argentino es buen ejemplo para lo que digo en este apartado, y no sirve para dar a conocer lo que dije en el apartado anterior; cómo un escritor debe morir, desaparecer muchas veces para que vivan sus creaturas.

La unidad del mundo se da a través del estilo conquistado; la multiplicidad, a través de las variantes que los temas imponen al estilo. Un escritor metido ya en su estilo como en su propia piel, dueño, señor y amo ya para siempre, ya remedo de omnipotencia, por fin creador en serio, no puede usar su poder indiscriminadamente. El estilo que tantos apuros le ha costado, desde que aparece, se le convierte en inagotable fuente de apuros, limitación al máximo. El estilo es piel de hierro que el escritor debe volver suave piel, sedeña, transparente.

Ante dos temas antípodas propuestos a un solo escritor, sólo un gran estilo tiene respuestas, maneras, hechuras posibles, y sólo el gran estilo —rigidez total, modo único de ver, de mirar, de oír, de ser— sentirá problema en la proposición. La ausencia de estilo se lanzará sin más a escribir sobre un tema tras otro y hasta sobre los dos al mismo tiempo.

Ya lo dije: teniendo un solo estilo, y no es posible tener dos o más, no puede usarse igualmente para dos asuntos antípodas entre sí. Y sólo teniendo ese único estilo pueden tratarse a fondo y como debe ser dos asuntos antípodas entre sí.

El estilo sigue al tema. Un crimen y una rosa, un atardecer en Gobi y un aguacero en la selva de Tabasco, un cuento sobre amores esquimales y una pelea en las mazmorras de Río de Janeiro piden de una misma mano escritora, de un mismo  estilo, variantes adecuadas, exclusivas. A cada tema su lenguaje; a cada gesto su sintaxis, el adjetivo con que nace necesariamente, el que lo vuelve incomparable.

Aquí es donde el escritor es testigo y nada más, amanuense mero. En el mejor de los casos. Aquí es donde en verdad desaparece para que la vida sea en verdad, línea tras línea. Todo, claro, cuando la mano sí es escritora, cuando la vida sí se ha pasado leyendo y escribiendo. Alfonso Reyes lo dice con conocimiento de causa:

[…] para que la superficie de las palabras brille como espejo y refleje, pulida, al hombre interior, un lento trabajo de depuración se necesita, un estudio largo y amoroso de los giros y de los vocablos, un constante interrogarse. En ese concepto, el estilo, aun a pesar nuestro, cobra ademán y fisonomía especiales, correspondientes al ritmo de nuestra vida.

El caso de Alfonso Reyes nos alumbra y nos ahorra argumentos. Dueño tal vez como nadie de un estilo, él es su propio estilo a tal grado que su persona no se deja sentir ni ver jamás a lo largo de sus inmensos paginarios, y cuando de pronto aparece en algún recuerdo del escritor, en algún diálogo, uno casi exclama: “¡Hombre, si se trata de Alfonso Reyes, sí existe de veras, es ese hombre pequeñito, gordo, pícaro y sabio y poeta que yo conocí!”. En una página sobre Voltaire, por ejemplo, abriendo al azar el libro —cualquiera de sus miles de páginas sería ejemplo cabal—, vive Voltaire en la página tan perfectamente real y tan rodeado de su siglo y tan independientemente de Reyes y tan ajeno a Reyes, que uno se asombra al descubrir al final la fecha y el lugar donde la página fue escrita y publicada por Alfonso Reyes. Tanto así alienta Voltaire desde la mano del gran artista, que parece que vive de por sí, que ése no lo está describiendo.

Porque se escribe desde el temperamento y el carácter, se escribe como se es. Por eso el estilo es el hombre. Por eso el hombre escritor no es más que su estilo.

Queda dicho que el estilo es una sintaxis específica y un diccionario.

Por eso el escritor, el hombre, siendo su propio estilo, no es más que un pequeño diccionario y un modo de ordenarlo como habitación del mundo.

El estilo es el mundo. Ciudades, desiertos, selvas, mares, casas, días y noches donde la gente va y viene palabrera, entrando unos en otros, abriéndose paso en la muchedumbre de sus vicios y virtudes, sus libertades y sus fatalidades.

El estilo es el mundo misteriosamente lúcido y transparente de la literatura, donde el mundo de carne y hueso halla las leyes que lo rigen y a media calle son secretas y por eso el mundo a media calle parece marañoso o execrable o inexplicable. Estilo es literatura como urdimbre lógica del mundo, como ordenación e intelección del absurdo, como oculta y perfecta geometría en lo más intrincado del garabato.

El estilo es el mundo donde puede vivir Papá Goriot o Ulises, más a fondo y más de veras y más cabalmente y más universalmente y más para siempre que Balzac u Homero. ¿Cuánto más que Fernando de Rojas, la Celestina vive en la conciencia de los hombres y en su memoria? ¿Cuánto y con cuánta más razón? ¿Y el Quijote y Cervantes?

El mundo es más que el hombre, es más que el escritor. Pero desde el estilo el escritor es tanto como el mundo, o más, aunque lo sea a sus expensas, a costa de sí, pues se borra en su propio estilo, ahí desaparece, en el mundo que ha sido capaz de crear.

Y ay de aquel que sobrevive a sus maneras, que puede verlas, si mucho, como hechuras lujosas de su genio, como testimonio de sí o inimitable artificio —pienso otra vez en Borges—: durará poco, su lenguaje sólo para él será útil o necesario, su mundo le pertenecerá exclusivamente, será irreal, y en el mejor de los casos, divertido.

Ese morir para que el mundo quede vivo en las palabras, esa especie de metamorfosis heroica o deleznable, o suicidio o blasfemia insensata (el estilo no finge ni recrea el fenómeno, es el fenómeno) es lo que da sentido a la soberbia y a la condena de la “perduta gente”.

Receta gloriosa

Se dice “el hoy famoso será inmortal mañana”, y aunque las excepciones son tantas y tan notorias que echan a perder la regla, ésta tiene un alto porcentaje de verdad, por desgracia.

Derramando gratitudes y espejismos Daudet habla de los Goncourt como de “esos príncipes de la literatura”, y llega a exclamar: “¡Cómo los espera la historia!”. Ochenta años después, Maugham dice que la historia recibió por la trastienda a aquellos dos “maledicientes entontecidos por la sífilis”.

Lo notable es que los Goncourt ya van viviendo más de la cuenta, y es de temerse que continúen haciéndolo mucho más allá de sus dos críticos, tan superiores a ellos. Cuando las generaciones no tengan noticia de Daudet ni de Maugham, seguirán oyendo hablar del premio francés.

O sea, cuélate en la historia por donde puedas y a como dé lugar. Arrebata desde ahora tu porción de renombre; no te confíes al juicio de los pósteros, que suele ser tan aberrante o tan adverso o tan vano como el de los contemporáneos. Los hombres no cambian, al grado de que uno y otro juicios parecen dichos de una sola vez por un solo tonto.

Es decir, haz lo necesario para vivir como si las calles que caminas ya llevaran tu nombre, como si ya los jóvenes tuvieran que saberte de memoria para pasar el examen. Y hazlo como si creyeras de veras que eso no sucederá jamás, así nadie se opondrá a tus secretos designios.

Literatura y crítica

En la crítica literaria todo es miserablemente cierto y provisional. Por eso acaba siendo mentira.

En la literatura todo es espléndidamente fantasioso y definitivo. Por eso acaba siendo verdad.

La crítica literaria deviene ficción por la aparición —insaciable— de datos nuevos, o de nuevas corrientes o modas literarias. En rigor, su destino es ser ficha bibliográfica no siempre fidedigna.

La literatura deviene realidad por su intemporalidad y por la universalidad de su circunstancia; realidad que se hace visible en la formación de los hombres y de las naciones. ¿Alguien podría dudar de la real existencia de Ulises, de Fausto o de Sancho Panza y de su influencia en nuestra vida diaria?

Don y aplicación

La literatura es don y aplicación; es decir, genio y voluntad; es decir, talento específico y trabajo largo y constante.

El don y aplicación exige varias cosas conforme va dándose —haciéndose— en los años: devoción y displicencia, soberbia y humildad, amor y desdén.

a) Devoción: la gana unciosa con que te acercas mil veces, desde la adolescencia hasta el fin, a tu tarea. Devoción que supone temor y júbilo siempre renovados.

b) Displicencia: trabaja con un dejo de haraganería y no muy en serio. ¿Me explico? Como si jugaras a trabajar, como si tu literatura no fuera muy de veras, como si estuvieras dispuesto a dejarla por cualquier deleite de los sentidos. O sea, equilibra la devoción, no te vista de hierro, no te haga provinciano. De muchos modos resulta una vergüenza eso de ser escritor; digamos que es necesario disimularlo alma adentro, cuando menos para no padecer a solas el sonrojo.

c) Soberbia: si eres de veras, eres el rey, el mejor del mundo, uno de los mejores en la historia. Tienes contigo secretísimamente la almendra de oro, aunque nadie quiera vértela, y debes saber que nadie más la tiene. Si esto no se te da así, abandona los papeles, cualquiera puede ser como tú.

d) Humildad: no eres nada ni nadie delante de tus papeles. No sirves para nada cuando te enfrentas a las palabras: humo de la boca, cápsulas de vacío, sonidos meros, sonidos sin ninguna razón de ser, lo menos cierto de la vida, lo más inasible, lo más desesperantemente evanescente, con lo que pretendes construir una existencia tan verdadera que no habrá de morir. “¡Paso al mendigo!”, exclamaba rabiosamente el dulce monje don Wilibrordo Verkade, cuando se daba a escribir.

e) Amor: no amas a nadie ni nada como a tu literatura.

f) Desdén: debes tenerlo, natural e insobornable, por la literatura, sobre todo por la de tus contemporáneos. De este desdén que nadie te perdonará, que todos te cobrarán puntualmente, apartarás a los dos o tres que te alumbran el oficio.

 

Ricardo Garibay
Escritor y periodista mexicano, autor de La casa que arde de noche y Beber un cáliz, entre muchos libros más: novela, cuento, crónica, ensayo, reportaje y teatro.


Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos