Como tributo al poeta y ensayista serbio-estadunidense fallecido el pasado 9 de enero, retomamos algunos de los poemas traducidos por Rafael Vargas para la colección Si le ha fallado la suerte (Cal y Arena, 2015), conformada por Mi silencioso séquito (2005) y El maestro de los disfraces (2010). Mínima muestra de por qué Simic se proponía “escribir poemas que incluso un perro pueda entender”, sin por ello perder el refinamiento estético ni rítmico.

Autorretrato en Cama
Tuve una silla para visitantes imaginarios
hecha de bejuco que hallé en el basurero.
Tenía un agujero en el asiento
y sus patas estaban muy flojas
pero aún conservaba un porte digno.
Yo nunca me senté en ella, aunque
con la ayuda de un cojín habría podido hacerlo
con cuidado y cerrando las rodillas
como lo hizo ella alguna vez
recargándose para reírse de su incomodidad.
La lámpara sobre el buró
hacía lo que podía para darle
un aire de misterio al cuarto.
También había un espejo: hacía
que todo ondulara como una pecera
cuando yo volteaba hacia él, con la nariz
roja, a punto de estornudar,
una gruesa gorra de lana cubriéndome las orejas,
leyendo en cama a algún ruso,
sin duda angustiado por mi alma.
Librería de viejo
Amantes que se toman de las manos en novelas intonsas.
Falta la página de la receta para la sopa de pepino.
Un muerto escribe de su infancia dichosa en una granja
dice haber viajado en globo sobre el Lago Erie.
Un ventarrón repentino me cierra el libro en la mano,
mientras que un filósofo se pregunta cómo es posible
sostener la doctrina teológica ortodoxa
del castigo eterno para los condenados.
Veamos. Puede haber arena entre las páginas de la guía
para viajar a Egipto, e incluso una pulga muerta que haya besado
la nalga de la misteriosa Abigail, quien garrapateó su nombre
provocativamente con un delineador de cejas.
El mundo funciona a base de futilidades
Olas destinadas a repetirse
siempre tartamudeando disculpas
a las gaviotas que se alinean en sus playas.
O tú, viento colérico, perturbando a los pinos
con tu salvaje elocuencia.
E incluso tú, oscuridad cercana,
y tú, hierba que ruedas
a través de un pueblo fantasma
habitado por un bicho que sólo vive un día
en una malla rasgada para proteger la ventana
y un cielo lleno de nubes blancas.
Fotografías trizadas una tras otra
cuyas piezas no embonan
–y por qué habrían de embonar–,
con todas tus estaciones de locura.
Charla radiofónica
“Fue una suerte tener una Biblia a la mano.
Cuando los alienígenas me secuestraron…”
¡Norteamérica —le grité a la radio—
aun a las dos de la mañana estás loca como cabra!
No, no es verdad. Me retracto.
Eres un ángel de piedra en el cementerio
que escucha el vuelo de los gansos
con los ojos vendados por la nieve.
Mil novecientos treinta y ocho
Ése fue el año en que los nazis entraron a Viena,
Superman hizo su debut en Action Comics,
Stalin exterminaba a sus camaradas revolucionarios,
la primera Dairy Queen abrió en Kankakee, Illinois,
y yo estaba en mi cuna orinando mis pañales.
“Debes haber sido una hermosa bebé”, cantaba Bing Crosby.
Un piloto al que los diarios llamaron Confundido Corrigan
despegó de Nueva York con rumbo a California
pero aterrizó en Irlanda, mientras yo miraba cómo mi madre
sacaba un pecho de su bata azul y me lo acercaba.
Aquel septiembre hubo un huracán que arrastró un cine
por los aires hasta la playa de Westhampton.
La gente se angustiaba porque el mundo se iba a acabar.
Un pez que se creía extinto hacía setenta millones de años
apareció en la red de un pescador en la costa de Sudáfrica.
Mientras yacía en mi cuna los días se volvían más cortos
y más fríos
y la primera nevada fuerte cayó en plena noche
haciendo que todo se volviera muy silencioso en mi cuarto.
ahora creo que me escuché llorar por un largo, largo rato.
Charles Simic
Poeta, ensayista y traductor