Durante los últimos años hemos visto una creciente dificultad de interpretación de los símbolos políticos, particularmente los visuales. En apariencia todo sigue igual: hay enormes manifestaciones con banderas y colores de todo tipo. Los ciudadanos que asisten a ellas se adhieren a nuevas identidades políticas. Cada manifestación tiene por lo menos un orador que explica detalladamente los propósitos del evento. Pero hay una trivialidad en la lectura de los sistemas simbólicos, que se hace patente sobre todo en la facilidad asombrosa con que los actores políticos pasan de un lado al otro. Me imagino un partido de futbol en el que los jugadores verdes van perdiendo (es un decir). En el medio tiempo, intercambian camiseta con sus rivales. De esa manera se invierten los papeles: los que estaban derrotados se convierten repentinamente en victimarios. Eso ha ocurrido con la identidad política de la izquierda mexicana, que hoy hace suyos propósitos distintos u opuestos a los que defendió a lo largo del siglo XX. Pero además de sumarme a la justificada desazón de la arrinconada izquierda intelectual, hay que hacer un alto para preguntarnos si estamos entendiendo. Las manifestaciones públicas tienen una condición doble, pues tienen un valor simbólico que se supone asociado a la cosa misma. Lo primero que manifiestan es una desconfianza radical por la “representación”. Representan al pueblo, pero también aducen que son el pueblo presente, por eso se pelean por el número de asistentes. Con independencia de la realidad que se quiera darle a semejante ficción, las manifestaciones desembocan en imágenes. Algunas son visuales y otras son retóricas. Unas y otras buscan acaparar el espacio del realismo. Por ejemplo, en junio de 2004, al comentar una manifestación contra la violencia, Germán Dehesa respondió a las críticas del procurador Bernardo Bátiz, quien había llamado a los marchantes a “poner los pies sobre la tierra”.

Según mis cálculos, a la marcha de hoy asistimos muchísimos. Los reporteros que miran las cosas desde fuera me hablan de cerca de un millón de personas. ¿Seremos tantos los que necesitamos poner los pies en la tierra?1
Pero pese a los esfuerzos para explicar y dar sentido, ninguna imagen puede interpretarse solamente por las explicaciones de su autor, vocero u orador oficial. Incluso si omitiéramos la pluralidad de intenciones que podrían atribuirse a cada uno de los marchantes, las imágenes son polisémicas: mientras más esfuerzos se hagan para determinar su sentido, más podemos sospechar que ese sentido no está muy claro.
Es normal en los sistemas políticos modernos, democráticos o no, que cada fuerza política se erija en representante privilegiada de “la sociedad”. Es raro que esas pretensiones tengan algún fundamento, la lucha política no es un congreso de sociología. Sin embargo, no parece que los actores políticos de México tengan hoy alguna explicación plausible sobre las transformaciones profundas en la sociedad mexicana en las últimas décadas. Algunos de esos procesos, a los que llamamos “la violencia” o “la inseguridad”, causan gran dolor y su solución no está a la vista. Tiene razón el gobierno cuando asegura que una parte de esos cambios se originó en las políticas fiscalmente retentivas y exageradamente austeras —pero pródigas con algunos grupos empresariales— de los gobiernos llamados “neoliberales”. Pero ése fue un factor entre muchos otros. Los cambios en las políticas presidenciales no tienen una correa de transmisión directa con el resto de la sociedad, ni para bien ni para mal. Las sociedades son sistemas complejos. La noción de “sociedad” excluye las explicaciones sencillas o personalistas. Hay un auge de los relatos lineales porque los partidarios y opositores del gobierno centran sus argumentos, en forma reductiva y moralista, en la persona del presidente.
En el último mes vimos sendos cortejos de manifestantes transitar por el Paseo de la Reforma en defensa de sus agendas contrapuestas. Más allá de las expresiones de adhesión o repudio hacia una u otra, esas movilizaciones parecen el resultado de una falta generalizada de sentido. La convocatoria de cada marcha atrajo a muchos participantes. Los oradores las atribuyeron a proyectos claramente identificables. Pero esos breves momentos de nitidez contrastan con la pérdida de legitimidad de la mayoría de los sistemas simbólicos.
Esto puede parecer raro, pero pongo un ejemplo que me parece tristísimo. Es imposible, incluso para un gobierno que cuenta con una mayoría electoral aplastante, llegar a un acuerdo funcional sobre qué debe hacerse en la glorieta donde estaba Cristóbal Colón. Toda la glorieta, con la figura provisional de las mujeres que luchan, la valla grafiteada que rodea el pedestal y las graves protestas de los familiares de las personas desaparecidas, es un verdadero monumento a la imposibilidad de recuperar el sentido. Las manifestaciones pasaron por ese perturbador hito urbano sin atender la inmensa crisis que pone en evidencia. Esta paradoja es un indicio de que las distintas fuerzas políticas no han comprendido la magnitud de la destrucción y reformulación de los consensos culturales. No todo tiene que ver con situaciones trágicas y muy deprimentes, como la que afecta a los familiares de las personas desaparecidas. La falta de sentido, tal vez menos dolorosa, también abarca otros ámbitos.
Pienso en los pequeños pero muy importantes cambios que tienen lugar en los barrios, en las fábricas, en las oficinas, en las calles, en los microbuses y en los carritos de hotdogs. Que una alcaldesa de Ciudad de México haya dado en la necedad de blanquear los puestos de los taqueros deja ver el tamaño de la incertidumbre: incluso los cochinitos nadando en el perol de carnitas, las hamburguesas rebosantes de lechuga verde lima o las impresiones láser con fotografías de flautas coronadas con quesillo podrían, con su aterradora polisemia, inducir la confusión en los ciudadanos y constituir un peligro para el Estado. Que se coman los tacos, pero que no los vean, por Dios.
La dilución generalizada de los significados, el desvanecimiento de cada vez más símbolos, los límites severos en el vocabulario público, el desenfoque de los puntos de vista y la desaparición de los puntos de referencia hace que las organizaciones políticas busquen la reactivación de los recorridos que otrora dieron sentido a la identidad: tal vez si caminamos más kilómetros o si buscamos otro monumento para salir o llegar; quizás si nos vestimos todos del mismo color; seguramente si reunimos más gente que los otros. En la segunda mitad del siglo XX se retiraron los arbolitos del Zócalo para permitir el libre tránsito de las manifestaciones de apoyo al presidente. Al paso que van, tendrán que talar todo el recorrido hasta Chapultepec para que los árboles con sus frondas no estorben las fotografías de los drones.
No dudo del entusiasmo kantiano de los asistentes, o bien de su piadosa esperanza. Ese furor puede haberles dado la sensación de que la historia tiene un sentido: por una vez (en una o en otra marcha), todos ellos navegaron sobre la cresta de la ola y pudieron ver la orilla, el puerto de llegada, el final de tanto problema. Pero ese tipo de certidumbres no restituye el consenso acerca de los símbolos y los códigos. Hay un deseo de hacer patente al sujeto colectivo, pero parece que no es posible representarlo. Por eso no queda más remedio que reunirlo una y otra vez: cuerpo con cuerpo, codo a codo. Sin la más trivial explicación metodológica, los organizadores pelean por números arbitrarios: “diez mil”, dice uno; “un millón”, dice otro. Es más honesto quien evoca la vieja consigna: “Somos un chingo y seremos más”. Los números o los pasos de los manifestantes no van a restituir el sentido de las calles, de los monumentos que pongamos o quitemos, de los edificios y las plazas; no van a permitirnos interpretar los pequeños intercambios de los que está hecha la vida social. Anulada la simbolización más elemental, no hay argumentación ni proyecto que valga; sólo queda el reparto de dádivas y posiciones, que se generaliza como forma principal de administrar los organismos del Estado. Es el fin de las ideologías que querían los neoliberales, felicidades; y también se confirma la imposibilidad de la representación. Es un paisaje cultural muy árido.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y miembro de la Academia de Artes
1 Dehesa, G. “Gaceta del Ángel”, Reforma, 20 de junio de 2004, consulta agosto de 2006, www.reforma.com.
Renato: Creo estar de acuerdo contigo, si las marchas resolvieran los graves problemas de este país subdesazrrollado, qué bueno sería, pero es utópico; en lo personal las únicas marchas que nos gustan, son las marchas militares como la marcha de Zacatecas, la de Porfirio Díaz, Lindas Mexicanas, ll8l, 23 de infantería y un largo etcétera, música que, en compas de 2 x 4, ya no se escuchan ni en la X E W como antaño. Un abrazo.
Espléndida reflexión mi estimado Renato. Lo celebro me ha hecho pensar en varias cosas. Abrazos desde la distancia.