Este pasaje es el inicio de un libro a tres voces, La nueva soledad de América Latina, un diálogo, iniciado en 2020, sobre la manera en que se ha desdibujado el horizonte de América Latina en el mundo entre las crisis del siglo XXI. El diagnóstico se agrava con la pandemia y la inflación desatada por la guerra de Ucrania. Héctor Aguilar Camín sintetiza la preocupación central del libro así: “América Latina vive un nuevo periodo de soledad y aislamiento no sólo frente al mundo, sino frente a sí misma, pues está privada de los puentes que necesita para construir una voz propia en la conversación de las naciones”. ¿Por qué reina entonces el desconcierto en la región? ¿A dónde nos llevan la división ideológica, la falta de foros regionales que brinden soluciones o la ausencia de respuestas a los problemas sociales, al débil desempeño económico y a las amenazas de gobernabilidad democrática? Son algunos de los planteamientos del libro que hoy se presenta en la FIL de Guadalajara.
Héctor Aguilar Camín: Decimos, en homenaje a Gabriel García Márquez: “La nueva soledad de América Latina”. ¿Por dónde empezamos, Ricardo Lagos?
Ricardo Lagos: Me parece fundamental intentar una reflexión sobre las nuevas condiciones del mundo, o sobre la nueva crisis que enfrenta el mundo. Siempre con el ánimo de pensar qué lugar tiene América Latina en este nuevo mundo. América Latina es, siempre ha sido, digamos, prescindible, para la Historia con mayúscula, y ahora, para el camino de la globalización en su conjunto, parece particularmente “relegable”. Ustedes dos me hicieron una entrevista cuando asumí la presidencia de Chile en el año 2000. Conversábamos entonces convencidos de que estábamos en un mundo claramente delineado. El presidente Bill Clinton terminaba sus ocho años en el apogeo, Europa estaba muy clara en lo que estaba haciendo. Por ahí venía una China en ascenso visible. Había un mundo con reglas. Uno podía hablar con cierta seguridad. En América Latina, veníamos de recuperar nuestras democracias. A medida que los países se iban democratizando, se había organizado el Grupo de Río. Y el Grupo de Río funcionaba.
Les cuento una anécdota. Yo presidía el Grupo en 2001, estábamos reunidos y el presidente Fernando de la Rúa de Argentina me dijo: “Les tengo que plantear un problema muy difícil”. Hizo entrar entonces a su ministro de Hacienda, que nos explicó el problema obvio: no tenían dinero, necesitaban dinero del Fondo Monetario Internacional. De la Rúa pidió la solidari dad latinoamericana, y los presidentes que estaban ahí reunidos dijeron: “Muy fácil, que el presidente de la reunión, o sea yo, le llame al presidente Bush y resuelva el problema”. Yo tenía un ase sor, Heraldo Muñoz, que había sido compañero de Condoleezza Rice en la Universidad de Denver. Entonces Condoleezza era nada menos que la Consejera de Seguridad Nacional del presi dente George Bush. Le dije a Heraldo que necesitaba hablar con el presidente Bush y Heraldo le habló a Condoleezza Rice. Con doleezza le tomó el teléfono y le dijo: “Tengo que saber de qué se trata, porque el presidente está de vacaciones”. Hablé entonces yo con Condoleezza para explicarle y me dijo: “No puedo hablar con el presidente Bush porque está de vacaciones”. Yo insistí y le dije: “Perdón que sea tan franco, pero leí en el New York Times que el presidente dijo que era una working vacation. Por lo tanto, mi llamado telefónico tiene que cargarlo usted al lado del wor- king y no al de la vacation”. Hablé con Bush, que ya había hecho sus consultas y me dijo: “Todos me dicen que Argentina no va a pagar. ¿Tú me estás hablando a nombre de América Latina?”. “Claro”, respondí. “Están todos los presidentes acá conmigo, y me dieron de plazo hasta mañana sábado”. “Bueno”, me dice, “hablemos mañana a las siete de la mañana y te doy la respuesta”. A las siete de la mañana del día siguiente me dijo que sí, que le iban a prestar el dinero a Argentina. Yo llegué triunfal al Grupo a decir: “Esto resuelve el problema, América Latina habló, el presidente Bush la escuchó y se va a aprobar su préstamo”. Y se aprobó.
Aguilar Camín: ¿De cuánto era el préstamo?
Lagos: Aproximadamente de 5 mil millones de dólares, en aquel momento una fortuna. Debo reconocer que el presidente Bush ha sido un caballero porque hasta el día de hoy no me ha echado en cara el préstamo.
Jorge G. Castañeda: Porque Argentina no pagó.
Lagos: No. Pero lo que quiero subrayar es que aquel Grupo de Río funcionaba, cosa que sería imposible hoy. Nadie nos escucharía, porque no hay foros donde hablar y arreglar las crisis. En estos veinte años han ocurrido tres crisis y en cada crisis ha habido algo nuevo. En la primera, con el ataque a las Torres Gemelas, apareció un actor internacional que no conocíamos, un actor con una visión religiosa que no obedecía a un Estado propiamente dicho. Sin embargo, en esa crisis no hubo duda de dónde debía discutirse: en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Todos estuvimos de acuerdo. Me refiero a la primera decisión del presidente Bush de atacar Afganistán. Tuvo unanimidad en la ONU. Los problemas vinieron después, con la invasión de Irak, pero el Consejo de Seguridad seguía diciendo sí o no a la guerra, podíamos tener discusiones adentro, pero había dónde discutir. Cuando llegó la segunda crisis, la financiera de 2008, lo importante fue que el propio presidente Bush reconoció que el G7, el grupo de los países ricos, no daba el ancho para la magnitud del problema. Y llamó a la primera reunión presidencial del G20. España entró “por la ventana”, porque el presidente Nicolas Sarkozy dijo que él tenía dos sombreros, el de presidente de Francia y el de la Unión Europea, de la que era presidente rotativo. Y como tenía dos sombreros, debía tener dos asientos y el asiento de Francia se lo iba a dar a España. Así entró España al grupo de las veinte economías más grandes, sin ser una de ellas. También entró por primera vez América Latina, con tres asientos: México, Brasil y Argentina. Es decir, que en la crisis del 2008 hubo también reglas y foro donde discutirlas. La comunidad internacional se ajustó al G20 para discutir y resolver la crisis. En comparación con estas crisis globales previas, la de la pandemia en que seguimos estando nos planteó una situación mucho más compleja. Es la más grande de estos años y ha tenido un desarrollo que nadie imaginó. Sobre todo, no hubo ni hay lugar donde discutirla y donde decidir juntos. Claro, la primera lección a aprender es de humildad. Nos creemos todopoderosos porque vamos a llegar a la Luna; los chinos y los americanos mandan una sonda a Marte, pero un virus invisible nos mandó a todos a la cuarentena. La situación nos invita a una mirada autocrítica de América Latina. ¿Hacia dónde puede mirar América Latina en estos momentos? Primero: ¿hacia dónde está mirando? Bueno, básicamente cada país se está mirando el ombligo y eso es muy mala idea, porque ninguno de nuestros países es capaz por sí mismo de resolver sus problemas. Hubo un momento, a principios del siglo, como he contado, en que tomábamos el teléfono y hablábamos juntos con el presidente de Estados Unidos. Hoy no hablamos ni siquiera entre nosotros y enfrentamos nuevos desafíos, no sólo la persistente pandemia, sino el efecto de la inflación y la guerra en Ucrania, que nos impacta en lo cotidiano, como el costo de la vida.
Aguilar Camín: ¿Cómo llegamos aquí?
Lagos: Todo tiene su historia. El Grupo de Río fue un momento de convergencia, como he dicho antes: llegó la democracia a Brasil, con el presidente José Sarney, y a la Argentina con el presidente Raúl Alfonsín. Se juntaron los presidentes democráticos por primera vez y le llamaron a eso Grupo de Río. A este grupo se incorporó México, que nadie discutía entonces que tenía un sistema democrático —disminuido por el dedazo de cada seis años, pero, comparando con nuestras dictaduras del sur, nadie iba a discutir que había un sistema democrático en México—. A medida que los países del cono sur se fueron democratizando, se fueron incorporando al Grupo de Río. Luego del plebiscito de 1988 contra Augusto Pinochet en Chile, nos consideraron a los chilenos como parte de ese grupo. Aquel Grupo de Río tenía influencia y marcaba un rumbo. Cuando en 1985 Uruguay eligió a Julio Sanguinetti como presidente, me acuerdo haber sido invitado a la trasmisión del mando, siendo solamente un opositor a Pinochet. Era un reconocimiento tácito de que el elemento articulador de aquel foro naciente era el respeto al sistema democrático, como lo entendíamos en ese momento: fin de las dictaduras, elecciones, división de poderes. El criterio democrático articuló a los gobernantes latinoamericanos, orgullosos de haber recuperado la democracia. Nunca se nos ocurrió entonces que, dentro del Grupo de Río, había ideologías distintas, unos más a la izquierda, otros más a la derecha. Las diferencias surgieron cuando se empezó a politizar la política exterior, cosa que sucedió después, poco a poco. Durante mucho tiempo estuvo claro que era muy difícil que un país como Cuba entrara al Grupo de Río. México y Brasil hacían la articulación básica porque eran los países económicamente más grandes. México, además, por su relación especial de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos. Brasil, por su simple tamaño, por su peso histórico. No es casualidad que ya en 1945 Brasil estuviera a punto de entrar al Consejo de Seguridad de la ONU. Lo echó fuera la URSS, que lo consideraba un peón de Estados Unidos. Los demás estaban de acuerdo. Brasil había enviado soldados a la guerra, tenía credenciales para estar ahí. Le otorgaron entonces un reconocimiento simbólico, que fue ser el primer orador: “Usted va a fijar la tabla”, le dijeron.
Volviendo al Grupo de Río, lo concreto es que Brasil y México ordenaban el curso y entendían que no había que entrar en el tema ideológico. El tema ideológico empezó a permear en este siglo con la llegada de Hugo Chávez a Venezuela. Antes, había permeado sólo el tema geopolítico, del que surgió la idea de crear UNASUR. ¿Qué es UNASUR? Digámoslo francamente: es el deseo de Itamaraty, la cancillería brasileña, de separar el norte del sur en América Latina. Brasil quería ser el número uno en América Latina y entendía que había una división del norte por el peso de México. Yo empecé a percibir esto cuando me invitaron, como presidente de Chile, a celebrar los quinientos años de la llegada de los portugueses a Brasil. Vi que entre los invitados no estaba México. Le llamé a Fernando Henrique Cardoso, el presidente brasileño entonces, y me dijo: “No, porque esto es de América del Sur”. Al final aceptaron que fuera algún representante de México, no el presidente electo entonces, Vicente Fox, sino un representante. Y vino Jorge Castañeda, que aquí está y puede dar fe. Llegó a la reunión como representante del futuro presidente, y lo sentaron un poquito más atrás, en la sala de reuniones en Brasilia.
Castañeda: Bastante atrasito.
Lagos: Después de eso vino algo sorpresivo. Se había hablado mucho durante la reunión de los problemas de infraestructura. Al final, con la mayor naturalidad, creo que fue Cardoso quien preguntó dónde sería la siguiente reunión para seguir hablando de infraestructura. Es decir, de carreteras, puentes, puertos, ductos, cosas que nos iban a unir físicamente. Para ese momento quedó claro que estábamos hablando sólo de América del Sur. Ahí llegó la frase famosa del presidente uruguayo Luis Lacalle, quien dijo: “A mí me invitaron a celebrar un bautizo, los quinientos años de Brasil, y ahora me están invitando a un matrimonio. Ésta es una propuesta de matrimonio: el año próximo celebramos el matrimonio”. Levantó la mano el presidente de Ecuador y dijo: “Nos juntamos en Ecuador”. Puede decirse que ahí surgió UNASUR: en la idea de separar geopolíticamente el sur de América Latina, con Brasil a la cabeza, del norte: México y Centroamérica. Cuando llegó Chávez a UNASUR, el discurso empezó a ir más allá de la infraestructura, hacia una visión ideológica de lo que debíamos buscar, bajo la premisa de que América del Norte estaba ya configurada y a ella pertenecían México y Centroamérica.
Aguilar Camín: Desde la época de Carlos Salinas en México y Fernando Collor de Mello en Brasil había en Itamaraty la idea fuerza de que México era Norteamérica, no América Latina. En los círculos académicos y políticos de Brasil estaba el mantra: Ustedes los mexicanos no son latinoamericanos, son norteamericanos. En algo tenían razón, éramos más norteamericanos que sudamericanos. Déjenme contar una historia que explica un poco la razones estratégicas de México para ir hacia la América del Norte, más que hacia la América del Sur. En el 89, con la caída del muro de Berlín, el presidente Salinas fue a la cumbre de Davos y llegó ahí a la conclusión de que México necesitaba subirse a alguno de los grandes bloques capitalistas de Occidente. Entonces esos bloques eran Japón y el Pacífico, Europa y Estados Unidos como potencia dominante global y como eje de América del Norte. Salinas quería encontrar en Europa un espacio donde insertar a México. No encontró nada en Davos. Ese mismo año fue a París a la celebración del Bicentenario de la Revolución y ahí habló con todo mundo, pero hubo una conversación clave, según contaba él mismo, con Margaret Thatcher, entonces primera ministra de Gran Bretaña. La señora Thatcher le dijo: “Presidente, usted anda buscando muy lejos de su casa una solución que tiene a la puerta de su casa. Vaya usted y toque la puerta de los Estados Unidos porque aquí, a nosotros, en Europa, no nos va a interesar por mucho tiempo nada que no sea el este de Europa. Europa del Este va a ser nuestra única preocupación”. De regreso de ese viaje, en el avión, Salinas reunió a sus invitados, entre ellos unos escritores y periodistas como yo, y dijo que había decidido tocar la puerta del vecino, porque México no podía quedarse fuera del alineamiento en bloques de la economía mundial. Y mandó a su secretario de Comercio, Jaime Serra, y a su jefe de gabinete, José Córdoba, a tocarle la puerta al entonces secretario del Tesoro de Estados Unidos, Nicholas Brady, para preguntarle cómo vería Washington la posibilidad de un tratado de libre comercio con México y con Canadá. Es fama, probablemente inexacta, como todas las famas, que el secretario Brady se sorprendió primero, pero luego dijo: “Entiendo que este acuerdo incluiría la energía, es decir, el petróleo”. Le contestaron que sí, siempre y cuando se incluyera también el mercado de trabajo, es decir la migración indocumentada mexicana. Brady habría dicho: “Eso es innegociable políticamente con el Congreso de mi país”. Serra y Córdoba le habrían respondido: “Pues lo del petróleo y la energía son temas innegociables también en México”. Es fama, repito, que ese fue el primer acuerdo de fondo: dejar fuera del acuerdo, lo que sería después el NAFTA, la energía y el petróleo, y dejar fuera también la mano de obra y la migración. Jorge Castañeda fue un crítico público de aquel acuerdo precisamente porque dejaba fuera estas cosas. Tenía en gran parte razón, lo fundamental para México, desde el punto de vista humano, eran y siguen siendo los millones de migrantes, de trabajadores ilegales en Estados Unidos. Pero aquel fue el acuerdo: a cambio de no tocar el tabú petrolero mexicano, se acordó no tocar el tabú migratorio estadounidense. Fue la primera decisión estructural hacia el NAFTA. Seis años después, Fox y el propio Castañeda intentaron, digamos, “completar” el nafta.
Castañeda: Sí, a partir del año 2000, el gobierno de Vicente Fox tuvo la iniciativa, interrumpida por el ataque a las Torres Gemelas, de cerrar el círculo del nafta con una agenda más amplia de integración mexicana a Norteamérica. Había dos ideas ahí. La primera era llevar el NAFTA a esquemas propios de una comunidad económica de América del Norte, incorporando lo que se había quedado fuera del NAFTA: los temas de energía, migración, instituciones permanentes, medio ambiente, integración fronteriza. También el financiamiento de los países ricos, Canadá y Estados Unidos, hacia México, a la manera de la Unión Europea. Esto se vino abajo por varias razones. Primero, porque teníamos dos o tres buenas ideas, pero no habíamos hecho la tarea, una tarea que no podíamos arrancar nosotros solos. Segundo, porque los canadienses siempre fueron renuentes, más que Estados Unidos. Me acuerdo lo que me dijo el entonces viceprimer ministro de Canadá, el segundo de Jean Chrétien, también ministro de Relaciones: “Mire, nosotros no vamos a contaminar nuestra frontera con Estados Unidos con la de ustedes”. Tercero, porque después del 11 de septiembre el presidente Bush no estaba en condiciones de hablar de nada estratégico que no fueran Osama bin Laden e Irak.
Aguilar Camín: Pero el presidente Bush había estado muy abierto a la idea.
Castañeda: Bush estaba muy abierto, por muchas razones. Como exgobernador de Texas comprendía muy bien el asunto. Entendía la integración de Texas con México y le gustaba la idea. Los canadienses no, pero Bush sí. Con la buena disposición de Bush hubiéramos podido avanzar, pero no después de las Torres Gemelas. Ahora bien, es obvio, por las diferencias económicas de integración a la economía mundial entre México y Centroamérica, por un lado, y América del Sur, por el otro, que donde los mexicanos podíamos ser latinoamericanos era en lo político, abanderando causas a las que los sudamericanos habían llegado antes, como la democracia y los derechos humanos, en una perspectiva multilateral. Parte de eso explica el trabajo tan estrecho que se hizo entonces en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas entre México y Chile. O la manera como votamos juntos, México y Chile, en Ginebra sobre el tema de Cuba, que tanto nos cobró la diplomacia cubana. Todo eso venía de la ola de la recuperación democrática sudamericana de los años ochenta, con Sarney y Alfonsín, que dio paso luego a Julio María Sanguinetti en Uruguay, a Patricio Aylwin, a Eduardo Frei Ruiz Tagle y, sobre todo, a Ricardo Lagos en Chile. Funcionó en una lógica de convergencias democráticas, efectivamente, hasta la llegada de Chávez. Un momento clave fue cuando Chávez se opuso a la creación del ALCA, el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, una idea de Clinton, y propuso en cambio el ALBA, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, que excluyó a Estados Unidos. Chávez ganó el rechazo al ALCA y el apoyo a la creación del ALBA, pero a costa de ideologizar las relaciones internacionales de América Latina.
Lagos: Chávez nunca quiso el ALCA y eso determinó la ruptura final. Cuando yo iba de salida de la presidencia hubo una reunión en Mar del Plata con el presidente Bush. Y antes de la reunión hubo una cena. Me invitaron a la mesa en que estaban Bush y el dueño de casa, Néstor Kirchner. Fue una reunión muy amigable, todos estábamos en el entendido de que al día siguiente se le iba a dar el sí al ALCA, pero al día siguiente no hubo espacio para el ALCA. En la ronda de discursos se produjo la ruptura. La diatriba de Chávez contra el ALCA fue brutal. Hablaron luego otros presidentes, dando pasitos todos hacia la misma posición. Al final, Kirchner estuvo a favor de la posición de Chávez, y también Luiz Inácio Lula da Silva, de modo muy elegante. Bush no se quitó los auriculares de la traducción en ningún momento, no sé si había cortado el volumen, pero se quedó con los auriculares puestos, siguiendo la traducción. Se fue indignado de la reunión. Me contaron que al llegar a su avión dijo: “¿Por qué me trajeron a esta ratonera?”. Él suponía que había hecho el viaje para cerrar la firma del alca y se le impusieron los que estaban en contra.
Castañeda: Fue un momento absolutamente decisivo. Ya esta ba en el poder el Frente Amplio en Uruguay, más discreto, más cuidadoso, pero en la misma línea; Evo Morales gobernaba en Bolivia. El ALBA surge como una oposición a la integración económica continental, pero rápidamente se vuelve una bandera política casi antiimperialista. México, ya con el presidente Felipe Calderón, se volvió poco después abanderado de lo que ahora se llama CELAC, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribe ños, con la idea de meter a Cuba al Grupo de Río, manteniendo fuera a Estados Unidos y a Canadá. Es decir: una OEA con Cuba, pero sin Estados Unidos y Canadá. El gobierno mexicano no entendió que los brasileños iban a seguir con UNASUR de todas maneras, y que al meter a Cuba en la jugada suprimía la vocación democrática del Grupo de Río. Así fue. Entre el ALBA, la CELAC y UNASUR se ideologizó y se fragmentó por completo la política exterior latinoamericana. Ha sido imposible, en adelante, que América Latina se una en torno a las banderas de la democracia, los derechos humanos, el multilateralismo. Los intereses encontrados se manifiestan muy rápidamente. Desde lo más simple y menos importante, por ejemplo: si va a haber una reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ¿a quién le va a tocar el puesto latinoamericano, a Brasil o a México? Hasta lo más importante: asumir la bandera común de la democracia, los derechos humanos, el multilateralismo, incluso del cambio climático. Imposible. Las cosas se descompusieron muy rápido, hasta llegar a donde estamos hoy.
Lagos: Ideologizar la política exterior de las comunidades de Latinoamérica fue un gravísimo error.
• Ricardo Lagos, Jorge G. Castañeda, Héctor Aguilar Camín. La nueva soledad de América Latina, México, Debate, 2022, 232 p.
Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Su libro más reciente es: Fantasmas en el balcón
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente.
Ricardo Lagos
Presidente de Chile de 2000 a 2006
Reproducido con autorización de © 2022, Penguin Random House, Grupo Editorial S. A. de C. V.
