La controversia de Los Metro

Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego.
—Gandhi

Hace algunas semanas asistimos a la entrega de los Premios Metropolitanos de Teatro de la Ciudad de México, evento de iniciativa privada que desde su nacimiento hace unos pocos años ha estado rodeado de controversia. Los Metro —como se les conoce— tocaron una fibra sensible de la comunidad de artistas escénicos y reactivaron lo que pareciera ser una eterna disputa interna, la cual algunos llamarían “arte versus entretenimiento” y otros, “teatro subvencionado versus teatro comercial”.

Se trata de un enfrentamiento gremial que responde a una connotación histórica, ética y moral que se antoja tan arraigada como la lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, lo correcto y lo incorrecto: binarismos tan antiguos como el carácter de lo humano. Como artistas escénicos bien podríamos recurrir a un sinfín de estrategias discursivas y argumentativas para tomar partido por un “bando” o por el otro; pero en este artículo, más que inclinarnos hacia una posición, lo que queremos es analizar el conflicto mismo.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Este año, por primera vez, la ceremonia de Los Metro se llevó a cabo en el Teatro del Bosque Julio Castillo, el máximo foro teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). Curiosamente, esto elevó las voces inconformes de ambos bandos. Quienes repudian el teatro comercial expresaron su indignación por el hecho de que en un espacio destinado al teatro nacional y de gran significado simbólico se realizara un evento que sólo toma en cuenta el teatro que se realiza en Ciudad de México y que además se ocupa de envolver al quehacer teatral en un halo de glamour al estilo Hollywood, al utilizar formatos que representan un modelo de ordenanza neoliberal.

Al mismo tiempo, y sobre el escenario en donde se entregaban los premios, se escuchó otra protesta. Ahora por parte de quienes promueven una producción escénica que se inserte en el mercado del entretenimiento con el fin de otorgar un beneficio económico a sus realizadores. En voz del representante del gremio de los productores privados surgió un reclamo airado porque el INBAL rentó a los organizadores el Teatro del Bosque al precio que se cobra por cualquier otro evento privado que se quiera hacer ahí.

Tal pareciera que quien jamás saldrá bien librada es la institución pública. Por un lado, es atacada por apoyar la ceremonia y, por el otro, por no hacerlo. Es importante aclarar que el magro presupuesto de cultura obliga a la institución pública a ofrecer el inmueble y su equipo en arrendamientos por evento para poder financiar su mantenimiento.

Y así llegamos a lo que posiblemente es la verdadera causa de esta infértil disputa entre artistas escénicos: desde hace muchos años, lo que se hace llamar cultura —en este caso la producción y promoción del arte en un modelo institucional— viene enfrentando serios predicamentos de presupuesto. Los recursos son, además de insuficientes, administrados de manera ineficaz debido a un anquilosado y arcaico modelo burocrático-sindical que se pierde, por una parte, entre archivos y trámites que impiden la fluidez del dinero y, por otra, en enfrentamientos entre sindicatos que buscan apoyar sin límite a sus agremiados y autoridades que buscan favorecer a toda costa su ascenso político; ninguno de los dos prioriza la producción artística. En este estira y afloja, el más afectado es el gremio teatral, ya sea desde el teatro subvencionado que intenta a toda costa bajar recursos del Estado para su ejercicio, como desde el teatro comercial, que busca salir a flote en una economía endeble, sin una política pública que le favorezca o siquiera que se preocupe de ello y que descuida de manera crasa la revisión de las leyes con las que se rige la distribución de los recursos (el caso más evidente es el de los estímulos fiscales establecidos por nuestro sistema legislativo). Por poner un ejemplo comparativo: así como existe la educación privada y la educación pública bajo la regulación de un mismo organismo gubernamental, ¿no sería deseable una institución así que se ocupara tanto del teatro público como del privado?

El hecho es que el gremio que trabaja y construye desde lo escénico —ya sea desde lo comercial o desde lo subvencionado, desde el centro o los estados, y sin importar el discurso, la narrativa o el dispositivo de creación que enarbole— ha sido víctima de una precarización constante. Los campos de acción para insertarse en circuitos de validación son más restrictivos, toda vez que los recursos se han disgregado hacia otros rubros. Al final, quedamos fuera de aquello que el Estado considera como prioritario. Ante este panorama, resulta infértil para el gremio teatral sostener una disputa entre bandos.

Nos unimos a las sabias voces que desde hace décadas y en número creciente piden a ambos bandos dejar de lado sus supuestas diferencias, aceptar que todas y todos somos artistas escénicos. Que más que competir, nos conviene colaborar, apoyar todo esfuerzo por mejorar nuestras condiciones de trabajo; elegir mejor nuestra batallas; unir fuerzas para demandar que los recursos en materia de cultura crezcan, se agilicen los pagos, se reduzcan los impuestos y los trámites para que los recursos puedan moverse y se genere un mayor dinamismo cultural y artístico en todo nuestro vasto territorio nacional.

 

Alberto Lomnitz y María Sánchez tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: e-scenarios