Bardo de Iñárritu, crónica verdadera de un ególatra desmesurado

Alejandro G. Iñárritu estrena Bardo en el Festival de Cine Morelia. La película, como lo plantea esta reseña, trata los descalabros del éxito a través de una visión delirante y épica llena de impericias que además pretende plasmar el presente de México.

Esta vez le tocó perder a Alejandro G. Iñárritu. Lo digo porque desde Amores perros (2000) todas sus películas han ganado premios en los festivales donde se estrenaron. Pero siempre hay una primera vez. Su nueva cinta, Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades (2022), es la primera en irse de vacío en el palmarés. En ese sentido, es un fracaso que en la Muestra de Cine de Venecia Julianne Moore, presidenta del jurado, no le haya concedido premio alguno. Decía Malcolm Lowry que “el éxito es como un horrendo desastre”. Cercana a Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), que igual que la nueva tiene un título tan barroco como pomposo, donde un actor intenta revivir sus viejas glorias, Bardo es un filme sobre los descalabros del éxito. Después de muchos años de ausencia, Silverio Gama, director de documentales que dejó su país para triunfar, vuelve a la Ciudad de México para recoger un premio. Con elementos autobiográficos, Bardo plantea un brete: el hijo pródigo de la colonia Narvarte —donde vivió el director— se reencuentra con familia y amigos que en mayor o menor medida le echan en cara el éxito —a costa de qué lo logró— y el exilio voluntario. Cada quien decidirá si los señalamientos los hacen los envidiosos o quienes le cuestionan su privilegio —término en boga y tan woke que mañosamente evade el conflicto de clase. Ahí tenemos, por ejemplo, una discusión matutina en la que el hijo de Silverio lo acusa de ser un oportunista por filmar a los migrantes que intentan llegar a Estados Unidos, por usarlos para un documental que recibe aplausos. El tema de la migración no es ajeno a Iñárritu, lo tocó en Babel (2006) y lo problematizó en la instalación Carne y arena (2018). De esta forma, la película ficcionaliza referencias a su propia obra. Intercalando el tono fresa chilango con el inglés, el adolescente le reclama la incongruencia de adorar México sin vivir en él. Bardo recoge y se regodea en mostrar el ego desmesurado de los artistas de renombre. Desde hace años una parte de la crítica local le ha reprochado a Iñárritu más que su cine, su carácter. Siendo así, optó por hacer una película más delirante que épica de 143 minutos a la medida de tales proporciones con más impericias que aciertos.

Dicen que nadie es profeta en su tierra, frase de calado religioso que resuena en esta película donde el despeñadero es un laberinto de pasillos, puertas y ventanas por las que Silverio accede a recuerdos, fantasías, alucinaciones, caprichos de la imaginación, por ejemplo que un bebé sea devuelto al útero de su madre porque la realidad es una chingadera. Hay que decirlo: desde que se alejó del melodrama que le propuso Arriaga —más forzado que forzudo— el cine del mexicano se volvió interesante, sobre todo cuando hay elementos fantásticos. Es por eso que algunos ven en esta película la herencia de Fellini. Más que 8 ½ (1963), el lindero es La ciudad de las mujeres (1980), donde Mastroianni se pierde abriendo puertas equivocadas y cayendo por toboganes para mostrar, a través de extravagantes contradicciones, la transición que supone una crisis. 

Hablemos de la secuencia clave de Bardo. El año pasado caminaba por la calle López, a unos pasos de donde vivía, cuando vi que filmaban algo. Una azotea inundaba de color rojo esa cuadra de Vizcaínas, sonaba fuerte una orquesta de salsa. Pensé de inmediato en que Iñárritu había anunciado un rodaje en México; cuando pregunté de qué se trataba, para despistar me dijeron que era la grabación de un anuncio comercial. Bueno, pues en esa terraza es donde Silverio da pistas del motivo de su crisis, que no es creativa sino la de una persona que está envejeciendo. Horrible y hermosa, la ciudad es testigo de la petulante afirmación que define el estado del cineasta: su éxito es su mayor fracaso; lo dice porque cree que los demás lo perciben como traidor por haber dejado México. Esto resuena en sus fantasías al ver a los Niños Héroes en el Castillo de Chapultepec y en su encuentro con Cortés en la Plaza de la Constitución, donde se le acusa, otra vez, de incongruente, incluso por su aspecto y suerte de gachupín. La película tiene momentos de auténtica emoción. Como la referencia musical a la scène d’amour de Vértigo (1958), cumbre de Hitchcock, que sella el amor de Silverio y su esposa, y el encuentro con su padre en el baño del salón de baile; con ayuda de efectos especiales, Giménez Cacho niño y adulto a la vez es mirado por su padre que, para seguir con la relación hitchcockiana, de entre los muertos —o abriendo la puerta de un baño—, regresa por un momento para hablar con su hijo, con una cuba en la mano, para decirle lo imperfecto que fue como papá. Quizá sea el momento más sentido de todo el cine de Iñárritu.

Bardo está dividida entre el retrato del mastodóntico ego de Silverio —al que los demás escuchan sin que mueva la boca, el que baila a su propio ritmo, al ritmo de Bowie, mientras los demás se mueven siguiendo otro compás, el que deja plantado a un entrevistador en horario estelar— y la forma en la que él observa su país de origen. Al ensayar una especie de visión sociológica la película malgasta su grandilocuencia, las imágenes en lugar de ser ideas intentan ser glosas de la realidad mexicana. Bardo se vuelve burda al tratar, entre otras cosas, el racismo y la violencia de los desaparecidos. Con respecto al primer asunto, incluso Roma (2018), de Cuarón, salió mejor librada al matizar y desarrollar el conflicto de poder y sumisión en el que está atrapada la protagonista hasta el final. En la película de Iñárritu, una mujer de piel morena que trabaja como empleada doméstica con la hija de Silverio es discriminada cuando le niegan el acceso a un complejo vacacional. Ambas mujeres se enojan y protestan. Como nadie puede hacer nada, ni siquiera Silverio, la historia queda zanjada y no resuena en ningún otro momento del filme. Para el estreno en Netflix, el director le quitó a la película casi media hora, lo que da la impresión de que algunas secuencias que sí están en el montaje final pudieron también ser omitidas. El drama de los desaparecidos lo trató de una forma tan monumental que resulta francamente vana: cientos de cuerpos tirados en Madero, en el Centro Histórico, con los que Silverio se cruza al salir de casa de su madre, un poco a la manera del fotógrafo Spencer Tunick, sin rostros, sin identidad, solo aludiendo a volúmenes y no a personas. A unos pasos de ahí mismo desapareció hace tres semanas en la puerta de su casa el fotógrafo Óscar Chávez Báez, de 30 años. Su cuerpo fue identificado recién en Tlalnepantla, en el Estado de México. Es sólo un ejemplo de tantos.

No queda claro cuáles son los motivos por los que Iñárritu quiso ofrecer una visión demasiado abarcadora del presente mexicano, que de por sí es intrincado. Fastuosa al mostrar los aprietos existenciales de su alter ego, Bardo patina en el lodo al querer hacer una radiografía personal, excesivamente ambiciosa, de la realidad. A veces tiene más potencia la chispa que el incendio. El éxito y el fracaso son igualmente desastrosos. Lo dijo Tennessee Williams. Y a juzgar por esta película, habría que creerle.

 

Carlos Rodríguez
Traductor y periodista cultural

 

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Publicado en: Cine