Quitarle tiempo al tiempo:
una lectura equivocada de Edna St. Vincent Millay

La primera vez que leí un libro completo de poemas tenía alrededor de dieciséis años. La poeta era Edna St. Vincent Millay y el mío, un amor decididamente adolescente y decimonónico.

Time, that renews the tissues of this frame,
That built the child and hardened the soft bone,
Taught him to wail, to blink, to walk alone,
Stare, question, wonder, give the world a name,
Forget the watery darkness whence he came,
Attends no less the boy to manhood grown,
Brings him new raiment, strips him of his own:
All skins shed at length, remorse, even shame.
Such hope is mine, if this indeed be true,
I dread no more the first white in my hair,
Or even age itself, the easy shoe,
The cane, the wrinkled hands, the special chair:
Time, doing this to me, may alter too
My anguish, into something I can bear.
1

—Edna St. Vincent Millay

* * *

Cuando comencé a leer poesía, no leía “poesía”: leía un poema, uno sólo, una y otra vez durante días. No era una fijación con el género como tal sino con uno de sus exponentes, que guardaba celosamente en mi bolsillo bajo la forma de fotocopias, mullidas hasta lo irreconocible. La primera vez que leí un libro completo de poemas tenía alrededor de dieciséis años. La poeta era Edna St. Vincent Millay y el mío, un amor decididamente adolescente y decimonónico. Aunque avanzaba en la lectura, volvía siempre a mi soneto favorito, una descripción desoladora y en cámara rápida de una vida entera que cierra con el broche de oro de una reflexión sobre la angustia. Alegría pura.

Años después, al llegar a la maestría, me encontré de nuevo con el poemario en una librería de viejo y, al releer el soneto, caí en cuenta de algo que me conmocionó. Durante mis años de intensidad adolescente, una lectura descuidada y primeriza había cambiado el significado del final, cuya sintaxis es sin duda enrevesada. En lugar de entender que la enunciante desea envejecer para experimentar cómo el tiempo cambia su angustia volviéndola soportable, leí exactamente lo contrario. En mi versión mal habida del poema, lo que más temía la enunciante del paso del tiempo era que se deslavara su angustia, que su dolor perdiera filo y se volviera dócil. Un lapsus de lectura repetido tantas veces sin duda delata mi propia y cuestionable estructura psíquica, trayendo a primer plano una proclividad que el tiempo ha vuelto diáfana.

Con frecuencia he pensado que el duelo es la mayor cercanía a la que podemos aspirar con lo perdido. Ese dolor se convierte en el doble invertido de la amiga ausente o la abuela muerta o el primer novio. Es una copia en carbón de la presencia. En momentos de duelo, me ha dado terror perder el luto, he querido, de forma muchas veces artificial y testaruda, quedarme dentro de su diámetro baldío. En esa lógica trastocada por la tristeza, la intensidad del dolor confirma la importancia de lo que ya no está, lo ratifica. Confieso que he buscado extender ese umbral y preservarlo, instalarme en él como en una casa construida a la mitad de una zona de nadie. Es por ello, también, que en esos momentos siempre escribo, de una manera compulsiva y no siempre fructífera. El momento de la presencia, al ser demasiado pleno, no se presta tan bien a la escritura como el momento previo, el subsecuente. La ausencia posee la carga magnética de la presencia, en negativo.

Cuadro Albert Edelfelt, Summer evening, 1883, óleo sobre lienzo, dueño desconocido. Negativo en vidrio de Daniel Nyblin, placa seca, 385 x 335 mm, circa 1883. Fuente: The Public Domain Review.
Cuadro Albert Edelfelt, Summer evening, 1883, óleo sobre lienzo, dueño desconocido. Negativo en vidrio de Daniel Nyblin, placa seca, 385 x 335 mm, circa 1883. Fuente: The Public Domain Review.

De niña me ocasionaba un placer especial mirar los negativos de las fotografías. Su noche siempre cerrada. Mi padre los guardaba en el cajón superior de una cómoda alta y yo debía escalarla, insertar los dedos de los pies sobre los cajones, para llegar hasta los sobres amarillos Kodak. Extraía con cuidado los negativos y los miraba contra la ventana. A contraluz, a sinsabor. Me daba una desazón enviciante vernos en esos recuadros: una familia en miniatura, transformados en nuestras propias sombras, los ojos encendidos y blancos como puños de luz y los dientes negros de las sonrisas, como si nuestras bocas estuvieran llenas de sangre. Miraba con inquietud esos dobles siniestros, en diálogo ya con su propia falta.

He querido sostenerme a la pérdida, registrarla, guardar celosamente ese dolor y he temido, confieso, perderlo. Porque salir del duelo es alejarse en dirección contraria a la presencia, porque el dolor es un hilo de cobre que me ata al pasado. Por eso leí tan mal el poema de Edna St. Vincent Millay y no una sino muchas, muchas veces. No podía concebir el deseo de que el dolor menguara. Sólo podía temer la pérdida de la pérdida.

Porque es un hecho que el dolor también se desgasta. Incluso la angustia más terrible se domestica. Cuando era pequeña, mi abuela me decía dale tiempo al tiempo y aunque me enojaba lo absurdo del dicho en esa orilla intolerante de mis cinco años, lo cierto es que permanecer en ese umbral del duelo es quitarle tiempo al tiempo: es anular su paso, es construir con el luto una patria.

Tanto Edna como mi abuela tenían razón en confiar en el tiempo. Pienso ahora que estaban aliadas, quizá sin saber de su existencia, a la vida media de los elementos. La habían apostado todo a un mecanismo que está inscrito en la estructura atómica. La vida media suele aplicarse a los átomos radioactivos y describe el tiempo que tarda su núcleo en desintegrarse hasta la mitad de su valor original. Estos elementos inestables se convierten con el paso de los minutos o de los siglos en otros, más estables y comunes. Muchos terminan convertidos en plomo. All skins are shed at length, diría Edna, toda piel se muda. Esto, que le sucede a los átomos inestables, le pasa también a la emoción, si uno le da tiempo suficiente. Y yo le he temido siempre a ese desgaste, obsesionada por detenerme antes, por vivir en el negativo de la foto.

Ahora encuentro cierto consuelo en que ya sé, al menos, leer bien ese poema. Mi miedo no eclipsa ya el significado de sus palabras y tal vez algún día pueda comulgar con Edna en el deseo de que el dolor pierda su estructura atómica inestable, se amanse, deje su costado feral y se convierta en algo plegable y dócil que pueda llevar conmigo a todas partes.

 

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora


1 “El tiempo, que renueva los tejidos,/ que al niño el blando hueso endureció,/ le enseñó a llorar, mirar, andar erguido,/ preguntar, dar nombre al mundo, y le enseñó// a olvidar la oscuridad acuosa de su origen,/ acompaña también al hombre adulto,/ le da otro atuendo, del suyo lo desviste./ Toda piel se muda: culpa, vergüenza, luto.// Tal es mi esperanza, de ser cierto,/ ya no he de temer la primera cana,/ ni la edad misma, ni el calzado serio,// ni el bastón, ni las manos arrugadas:/ quizá el tiempo transforme junto a eso,/ mi cruel angustia en pena suavizada.”, traducción de Ana Mata Buil (Antología poética. Lumen, 2020).

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Publicado en: poemas periódicos

2 comentarios en “Quitarle tiempo al tiempo:
una lectura equivocada de Edna St. Vincent Millay

  1. Precioso texto. Elisa. Muchas gracias. Leerlo ha sido como conversar sobre lo que siempre hablo a solas. Un gusto, Angeles Mastretta

  2. Si viviéramos 1000 años, sería tan paciente el “tiempo” que nos traería sabiduría después de media vida transcurrida; ello no obstante ser indivisible del espacio según algunos astrofísicos..!
    Mis respetos a la traductora, considero se metió al endodermo de la Autora..!

Comentarios cerrados