El 10 de octubre de 1982 Gabriel García Márquez recibía la noticia: había ganado el mayor premio literario del mundo. Con ese pretexto de fondo, el autor de este ensayo muestra las múltiples conexiones de una palabra y un lugar ya mítico y fundacional: Macondo.
De Macondo a Macondo
El mito fundacional es bien conocido: en la carretera México-Acapulco, mientras la familia García Barcha se dirigía a pasar unos días de esparcimiento en el bello puerto del Pacífico, el escritor tuvo la epifanía que lo obligó a dar una vuelta de ciento ochenta grados, dejar a su esposa e hijos sin vacaciones, acelerar hasta llegar a la casa de la cerrada de la Loma 19, encerrarse en su estudio de trabajo y sentarse frente a su Smith Corona para teclear que “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.
Éste, como cualquier mito, no inicia con su comienzo. Las historias siempre tienen una historia que las precede y las nutre. Macondo, se sabe, no nació con Cien años de soledad, ni tampoco con La hojarasca (primera novela de Gabriel García Márquez) como sugiere la Wikipedia para despistar a muchos. La primera vez que el escritor colombiano publicó la palabra “Macondo”, lo hizo para bautizar a un hotel en su cuento “Un día después del sábado”, con el que en 1954 ganó su primer certamen literario. El premio que obtuvo fue la publicación del relato, en un libro de tres piezas en el que alternó autoría con Guillermo Ruiz Rivas y Carlos Arturo Truque, merecedores de las menciones honoríficas del concurso. Casi setenta años después de la aparición del primer libro de García Márquez y del Hotel Macondo, la realidad ha multiplicado la ficción: en Bogotá se pueden ubicar con facilidad seis negocios hoteleros con el nombre del pueblo en el que vive la familia Buendía y existen, por lo menos, media centena adicional de hoteles Macondo en el resto del mundo.
A cuatro kilómetros de la casa en la que nació el Gabo, en el pueblo de Aracataca, se encuentra el Hostal Macondo, morada modesta que pinta sus paredes, como es fácil imaginar, con mariposas amarillas. Este albergue, cuya categoría no es reconocida con ninguna estrella en las guías turísticas de internet, se encuentra, aproximadamente, a treinta y cinco kilómetros de una pequeña aldea, atravesada por el río Sevilla, llamada Macondo.
Macondo es un lugar selvático de no más de cincuenta hogares. No hay gitanos itinerantes, ni mucho menos un hotel que se apropie de su nombre. Tampoco, hasta donde se sabe, hay ningún habitante que responda al nombre de Úrsula o Aureliano. Macondo no cuenta con calles asfaltadas y sus vías de acceso suponen una caminata por el río o por los plantíos de banana que alguna vez fueron propiedad de la United Fruit Company.

No hay registro documental, publicado hasta el momento, para asegurar que, de aquel pueblito, García Márquez conoció algo más que el nombre. El escritor leía la palabra Macondo en algunos letreros de la ruta de un tren que esporádicamente abordaba en la infancia, pero nunca pisó la aldea que hoy está conformada por menos de doscientas personas. El Macondo de la ficción, por el contrario, ha sido habitado por más de cien millones de lectores y, sin embargo, no existiría sin el otro. Los Macondo, pues, son un buen ejemplo para demostrar que no hay ficción sin realidad, pero que la ficción puede llegar ahí donde la realidad nunca lo conseguirá.
De Makonde a Macondo
La exploración etimológica de la palabra sugiere raíces africanas. Wikipedia así lo registra y esta vez acierta. Cita el estudio de Dasso Saldívar, uno de los biógrafos de Gabriel García Márquez más interesados en desdoblar el significado de Macondo. Aunque el propio García Márquez declaró que encontró mayor interés en el significante de la palabra, “me gustaba su resonancia poética”, que incluso en el propio significado, para nombrar al repositorio que contiene buena parte de su literatura, resulta interesante desentrañar la teoría que insinúa que Macondo significa “alimento del diablo”.
En la misma coordenada paralela que Aracataca, Colombia (10.35°N del ecuador), se encuentra en Camerún el pueblo de Makondo. La coincidencia cartográfica es también lingüística. Makondo es un poblado cuyo nombre encuentra su origen en la diseminación de una de las variantes de la lengua bantú: el makonde, lenguaje hablado por una etnia del mismo nombre, originada en las cercanías del lago Tanganica en lo que hoy es Tanzania y Mozambique.
Explica Saldívar que la palabra makonde, en lengua makonde, es el plural de la palabra likonde, utilizada para denominar al banano, fruto que en esa cultura milenaria significa “alimento del diablo”.
Los desplazamientos esclavistas de África hacia América trajeron etimologías bantúes, como makonde, que mutaría, a la postre, en “macondo” y serviría para dar nombre a hoteles, pueblos ficticios y reales, juegos populares de azar y, también, para nombrar coloquialmente al árbol cavanillesia platanifolia, especie con presencia en Colombia y Centroamérica, y particularmente abundante en la zona por la que el escritor Gabriel García Márquez dio sus primeros pasos en la vida.
De Macondo, nada más
“Macondo no es un lugar geográfico. Macondo es un estado de ánimo. Es el estado de ánimo en el que se vive en el Caribe”, dijo García Márquez. ¿Es la soledad, acaso, el estado de ánimo predominante en la región caribeña? Seguramente el coronel, que no tiene quien le escriba, no dudaría en afirmarlo. La soledad, en abstracto, se contrapone con la visión popular de la algarabía caribeña. La aparente contradicción fue superada por la narrativa de García Márquez; el autor de Macondo supo plasmar la enorme tristeza que existe en el lugar que se piensa como el más feliz del mundo y, sobre todo, supo ponerla a bailar. Quizá ahí radica el enorme poder amplificador de Macondo.
El Caribe, siguiendo a García Márquez, no se delimita con coordenadas. Se ubica con coincidencias culturales. Así, Macondo está en Colombia y en América Latina entera, pero también está en el Makondo camerunés y en Tanzania, donde viven las personas makondes. Macondo no solo se expande a África, sino que es identificable en lugares de Asia y también de Oceanía, porque Macondo está en el centro de las páginas y en los márgenes del mundo.
En el célebre discurso La soledad de América Latina, pronunciado en Estocolmo en diciembre de 1982, García Márquez finalizó con un deseo utópico. Imploró una segunda oportunidad para reivindicar a los habitantes de Macondo. A cuarenta años de distancia, no solo se encuentra incumplido el anhelo, las embestidas violentas de la economía y la política, que históricamente se han recargado en los diversos Macondos, se han robustecido y, ahora, se acompañan de la mayor amenaza que tiene el planeta: la crisis climática, cuyas afectaciones se sufren desproporcionadamente en donde la irremediable soledad es el estado de ánimo predominante.
El Nobel de Literatura fue el último premio que recibió Gabriel García Márquez, tras obtenerlo, a los cincuenta y cinco años, renunció a una vejez llena de reconocimientos de etiqueta y doctorados con canapés. En su obra posterior, después de obtener la máxima distinción literaria para un escritor en vida, no volvió a escribir la palabra Macondo. Sin embargo, el escritor y la palabra nunca se abandonaron. Gabo no vivió más en Macondo, pero Macondo permaneció viviendo en él.
Pablo Berthely Araiza
Escritor. Su novela Enemigos imaginarios ganó el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia 2020.