El pasado 7 de julio de 2022 se inauguró la exposición “Masivos en México Tenochtitlán” en el Museo de la Ciudad de México. Fue una oportunidad para retomar la impactante historia de la conquista del espacio público de la capital mexicana en los años ochenta y noventa, frente a una clase política autoritaria. Además, el terremoto de 1985 dejó un legado de autogestión en los colectivos artístico-culturales de la ciudad. Es una historia de lucha social y estudiantil, pero también de creatividad musical, muchas veces contada, nunca agotada.
Para los que no lo han vivido, supone un esfuerzo mental imaginar que los conciertos y algunos festivales estuvieron prohibidos en los años 1970 y 1980. Para recordar la historia de los eventos masivos en el Zócalo, en la inauguración de esta exposición estuvo presente Roco Pachukote, cantante de la Maldita Vecindad, testigo privilegiado y protagonista de aquella aventura histórica de la ciudad. Le acompañó Teresa Estrada, artista y autora de Sirenas al ataque, sin la cual esta historia, como tantas otras, se habría quedado en lo masculino. También estuvo presente Argel Gómez, director de “Grandes Festivales” para destacar la dimensión política que ocupa la música en la ciudad.
No podemos más que alegrarnos de que se celebren este tipo de eventos, sobre todo por el interés que han despertado en el público. Los conciertos masivos son una oportunidad para recordar, como bien hizo la secretaria de Cultura capitalina, Claudia Curiel de Icaza, que la cultura es un derecho y es responsabilidad de los poderes públicos garantizarlo. En esta lucha por los derechos culturales de la ciudad, además de los colectivos de damnificados del terremoto de 1985, están las organizaciones estudiantiles, pioneras en la organización de conciertos al aire libre. Estos grupos y colectivos son de especial interés porque han sido importantes plataformas para los actuales líderes políticos mexicanos, desde Hugo López-Gattell hasta Claudia Sheinbaum, como recordó Argel Gómez. Inclusive se llegó a afirmar en este evento que la 4T es “rockera y metalera”, refiriéndose al pasado de Claudia Curiel de Icaza como productora del festival de metal Bestia.

Si bien hay que reconocer los avances en términos de pluralidad, tolerancia e infraestructura cultural en la ciudad (Faros), sobre todo en zonas desfavorecidas como Iztapalapa, no podemos dejar de señalar el camino que falta por recorrer. Para que la 4T sea rockera, hay que ir más allá de los gustos personales de sus representantes. Hoy en día, nadie se satisface de una fachada rockera o de cualquier otro género popular, porque tenemos un entendimiento más profundo de cómo funciona la música popular, desde sus escenas locales a sus estructuras industriales que permiten su circulación a nivel global.
No es fácil cuestionar iniciativas tan populares como los conciertos en el Zócalo. Dichos eventos son una celebración altamente simbólica y democrática, dirigida al mayor número de personas, en un contexto de profundas desigualdades sociales. Sin embargo, los “masivos” y otras actividades artístico-culturales ocultan relaciones de poder y dinámicas culturales complejas. Pueden llegar a fortalecer ante todo una imagen política, sin llegar al poder ciudadano.
Recordemos que desde 1997 –cuando se reestructura el gobierno de la ciudad y se elige por primera vez un jefe de gobierno por vía democrática– el Zócalo comenzó a tener un intenso uso cultural. Durante la gestión de Cuauhtémoc Cárdenas, cuyo lema era “Una ciudad para todos”, los conciertos masivos de rock cobraron gran relevancia, con grupos nacionales como Panteón Rococó, La Maldita Vecindad, Santa Sabina y Las Víctimas del Dr. Cerebro, por mencionar unos cuantos.
En los años siguientes, los eventos del Zócalo tuvieron una orientación cada vez más “comercial” y de públicos masivos. Pensemos, por ejemplo, en los conciertos de Shakira o Justin Bieber. Otros “mega” eventos como la fotografía de Spencer Tunick, los museos Nómada, México en tus sentidos y la Gran Pista de Hielo fueron difundidos como parte de las estrategias de atracción del turismo urbano con el patrocinio y la publicidad de empresas privadas. Recientemente, se volvió a poner énfasis en los récords de asistencia del Zócalo: nos referimos, a las 140 mil personas que, según las autoridades, asistieron al concierto de los Tigres del Norte para los festejos de patrios de 2022 y al concierto del Grupo Firme que desde su anuncio (25 de septiembre) provocó una serie de controversias por su costo probable. La cifra que se dio a conocer es 280,000 mil personas, lo que significa que los asistentes ocuparon no sólo la plaza, sino que se desbordaron en las calles y avenidas aledañas. Habría que preguntarse por qué se privilegia tanto en estos eventos la atracción de público y su visibilidad mediática,
Sin duda, el uso del Zócalo muestra un giro espectacular de la política cultural que replica prácticas de las industrias culturales en lugar de cuestionarlas o regularlas. Habría que ir más allá del centralismo de la política de difusión cultural capitalina y considerar los aspectos claves del funcionamiento de las escenas musicales populares en las zonas urbanas.
Pensemos, entonces, en cómo el poder político de una ciudad podría entender y considerar la música, particularmente la música popular en vivo.
Para empezar, la música en vivo de una ciudad tiene un componente escénico, no solamente por los espectáculos sino por la forma de vida nocturna que fomenta, donde la gente tiende a escenificarse. Como otras industrias, la música popular en vivo se concentra en zonas o clusters que permiten una retroalimentación entre actividades culturales y formas de sociabilidad intensas. En CDMX, ocurre sobre todo en la zona centro (Roma, Condesa, Centro histórico) o en recintos masivos aislados (Foro Sol, Arena Ciudad de México), a través de la actividad de promotores dominantes (OCESA) y otros independientes. Sin embargo, las escenas locales dependen de talentos que en realidad viven, ensayan y se presentan en toda la urbe metropolitana, con un patrón de dispersión fuerte. ¿Cuáles de estas escenas necesitan más la intervención del poder político?
Si bien es “normal” que una ciudad tenga clusters musicales, hay que diferenciarlos de las desigualdades socio-urbanas que justifican las intervenciones públicas. Ciertas políticas urbanas buscan generar y empujar clusters culturales o específicamente musicales, en el marco de lo que conocemos como ciudades creativas. Montreal por ejemplo invirtió masivamente en un “barrio de espectáculos” (quartier des spectacles), con presupuesto federal y local. Hay que mencionar, también, que los clusters se pueden convertir en problemas urbanos si se intensifican demasiado, como en ciertas ciudades europeas como Barcelona o Berlín. La gentrificación y el ruido, en el ámbito urbano, a menudo están vinculados a la intensificación del ocio.
En la Ciudad de México las autoridades deberían de contemplar estos temas en algún momento. Pero aquí el problema es más profundo. No hay, por ejemplo, una categoría adecuada para las escenas musicales locales en los planes de desarrollo urbano. Los permisos de todo tipo, tanto para promotores como para espacios culturales —sobre todo independientes—, son muy difíciles de obtener. Las trabas administrativas no solamente limitan la diversidad y el ejercicio de los derechos culturales, sino que se relacionan con patrones urbanos: refuerzan la concentración geográfica y económica, con un factor multiplicador que es la corrupción.
En las zonas centrales para el entretenimiento, donde hay mayor probabilidad de ganancia, muchos profesionales de la música en vivo pueden verse envueltos en prácticas de corrupción, debido a las lógicas y reglas “informales” de las mafias que controlan el uso de los espacios. Algunos terminan pagando a los policías para evitar verificaciones y entran en relaciones de corrupción que los alejan de sus valores socioculturales iniciales. Algunos profesionales hablan de “deporte extremo” cuando se trata de describir la gestión de un foro musical en la zona centro, sobre todo en el ámbito de la música electrónica.
El otro camino es el de la informalidad, muchas veces en zonas desfavorecidas o aisladas donde los actores musicales viven en la precariedad, pero con más libertad, lejos de la atención de las autoridades (pero no siempre del crimen organizado). Estas dificultades generan una estigmatización que impide la eclosión de figuras públicas que representen al gremio de la música en vivo, más allá de las pocas empresas establecidas y casi-monopolísticas. En efecto, México sufre de una alta concentración industrial de la música en vivo, siguiendo el patrón de muchos otros sectores económicos, un patrón que los masivos del Zócalo parecen reforzar en lugar de contener. Además, hay que recordar la austeridad en materia de presupuesto cultural desde la llegada de la 4T, la cual se refleja en la flagrante falta de apoyo a las escenas locales (artistas, promotores, salas independientes, particularmente durante la pandemia).
¿Hay realmente algo que presumir en términos de cultura con los conciertos masivos en el Zócalo? En absoluto. No deberíamos tener que elegir entre las grandes misas populares del Zócalo y el apoyo a las escenas locales. Sin embargo, cuando iniciativas como los masivos parecen ir en detrimento del apoyo a las escenas locales, la crítica es de rigor. Para actuar en el escenario del Zócalo, ¿cuántas etapas debe pasar un artista? Y en cada una de estas etapas, ¿qué hace la rockera 4T? Nuestro objetivo es, por tanto, animar a los responsables públicos a pensar en el derecho a la ciudad y a la cultura de una forma aún más estructural o, utilizando un término de moda en las conferencias Mundiacult de la UNESCO, ecosistémica. Como líder de la agenda 21 de la cultura, la Ciudad de México de la 4T puede hacer más.
Para ello, el reciente Foro para la renovación de la Ley de espectáculos, iniciado por la diputada Ana Francis Mor (Morena) nos parece una etapa prometedora. Las discusiones evidenciaron el marco legal obsoleto; las profundas desigualdades socioterritoriales; el elitismo de ciertas políticas culturales; la excesiva burocracia; la violencia sistémica; la inadecuada fiscalidad; la centralización económica; y la falta de seguridad social, entre otras cosas. Atacar estos problemas no será tan espectacular como un masivo en el Zócalo, sin embargo, es urgente actuar frente al campo de batalla que nos ha dejado la pandemia de Covid-19.
Muchos temas van más allá de lo que puede prometer La ley de espectáculos, pero seguramente la renovación es buena ocasión para trabajar de manera transversal con otros cuerpos gubernamentales. Aquí queremos enfatizar dos ejes de trabajo que pueden entrar en el marco de la Ley y sobre todo de su puesta en operación:
1) Mejorar las condiciones de obtención de permisos para la organización de espectáculos en las distintas partes de la ciudad, a través de un protocolo que limite la discrecionalidad de las alcaldías y la acción de agentes corruptos;
2) Implementar mecanismos de gobernanza, regulación y apoyo que tomen en cuenta los distintos eslabones de la organización de eventos musicales, desde lo informal a lo profesional.
Al final, se trata de mejorar y potencializar las condiciones de las expresiones culturales que ya existen, estas que hacen de la Ciudad de México un lugar único.
Violeta Rodríguez Becerril
Socióloga, becaria doctoral de la Fundación para la Ciencia y Tecnología de Portugal (FCT), Universidad de Coímbra
Michaël Spanu
Sociólogo, becario posdoctoral de la Coordinación de Humanidades, CISAN-UNAM (2020-2022)