La ira de Narciso y la paradoja de la autoficción

Por lo general, se puede decir que quienes hacemos teatro de alguna manera estamos enamorados de la ficción. Aprendimos que nuestro oficio era contar historias. Así pues, el uso popular de la palabra teatro es sinónimo de ficción, pues aun cuando en una obra de teatro se presente un hecho “real” (testimonial o histórico), su representación misma implica una ficción, ya que el personaje histórico se vuelve ficticio al ser representado por un actor.

En su ensayo “El teatro en el campo expandido”, José A. Sánchez nos dice que “coloquialmente, lo teatral se asocia a lo artificioso, ello deriva de la necesidad de mantener el engaño para hacer efectiva la acción o el discurso. El engaño debe funcionar con apariencia de verdad”.

Sin embargo, actualmente existen múltiples formas teatrales no ficcionales: performance, happening, teatro documental, biodrama, arte de archivo, etcétera. En México existen varias compañías que abordan la escena desde lugares no representacionales, tales como Teatro Ojo, Línea de Sombra, Lagartijas tiradas al sol, por mencionar sólo algunas.

En este contexto, resulta interesante el trabajo del dramaturgo y performer uruguayo Sergio Blanco, quien construye piezas a partir de lo que se hace llamar autoficción: término que se acuñó por vez primera a finales de la década de los setenta, en la novela. La palabra claramente implica el hacer ficción de uno mismo. En la práctica, se trata de combinar el relato testimonial con relatos ficcionados, provocando así un intrigante juego en el que el público no puede distinguir qué sucedió realmente y qué no.

Curiosamente, se puede decir que al borrar la frontera entre lo verdadero y lo ficticio, la experiencia se aproxima más a lo cotidiano: se ha demostrado que nuestros recuerdos tienen cruces de invención a partir de la propia percepción y subjetividad con que nos atravesó una experiencia. Así pues, recordamos como propias escenas que en realidad nos fueron narradas o que presenciamos en alguien más o que simplemente nos inventamos. Entramos, pues, en un campo escénico plagado de paradojas. Cuando una persona aparece en escena como sí misma, ¿acaso no se está representando? Y por lo tanto, ¿no ha transitado su identidad de persona a personaje?

Sergio Blanco se da a conocer por puestas en escena autoficcionadas y protagonizadas por él mismo. Una excepción a ello, y que le da una vuelta de tuerca adicional a la paradoja de la autoficción, es su obra La Ira de Narciso. En ella, el actor Cristian Magaloni interpreta de manera intermitente a su amigo Sergio Blanco, quien supuestamente escribió este texto para ser representado por Magaloni. Así pues, en esta puesta en escena dirigida por Boris Schoemann se empalman capas cada vez más rebuscadas de autoficción. ¡Más aún cuando resulta que el texto en realidad ni siquiera fue escrito originalmente para Magaloni, sino para el actor uruguayo Gabriel Calderón! Así pues, Magaloni es cobijado por tres personajes: Sergio Blanco, Gabriel Calderón y el propio Cristian.

La ira de Narciso, archivo fotográfico Teatro La Capilla, 2022
La ira de Narciso, archivo fotográfico Teatro La Capilla, 2022

Cristian Magaloni es arrastrado, fascinado por este desdoblamiento de los tres personajes que interpreta. La tarea de memorizar este texto largo y complicado supone un rigor de ejecución que Cristian cumple de manera sobresaliente, a pesar de lo mucho que, como él nos comentó, le hizo sufrir en el proceso. Boris Shoemann hace hincapié en que La Ira de Narciso es una obra de teatro de texto. Si bien hemos hablado en artículos anteriores acerca del uso del gesto y de nuestro “poner el cuerpo” como asunto nodal de nuestro oficio actoral, nuestras conversaciones con Cristian y Boris nos recuerdan que la memoria es uno de los mayores cimientos de nuestra profesión. Desde luego, es evidente que más allá de la memoria se encuentra el desarrollo de la habilidad para interpretar, para lograr que el texto entre por nuestro cuerpo y salga desde lugares que nos conectan con la propia verdad que habitamos.

La obra de Sergio Blanco es un vuelco hacia una textualidad dramática depurada en donde lo interesante se vuelve el desdibujar lo que es real de lo que es ficción. El público abraza con fervor esta convención y se emociona con la narración que Cristian nos transmite, desde la voz de Sergio, de Gabriel y de él mismo, convertido en un tipo de personaje invertebrado, molusco que, como el pulpo, se mimetiza con tal de salvar la vida de esto que llamamos teatro.

La Ira de Narciso es una desmesura y un elogio al encubrimiento, en tanto que juega con la idea de autoficción hasta sus últimas consecuencias: el autor narrando su propio asesinato. Como dice Boris, esta pieza es un thriller en el que somos conscientes de que la única manera en que alguien puede relatar su propio asesinato es desde una conexión profunda entre lo vivido y lo imaginado. Esta provocación filosa nos hace pensar en el fino hilo que, con precisión y paciencia, teje la araña. Sin percibirlo, llega un momento en que ya estamos atrapados por la delicada trama. Tan es así, que en el momento más atroz del relato podemos sentir en el propio cuerpo el escalofriante momento del fin último.

El prólogo en que Christian Magaloni nos advierte de la naturaleza de la representación que ejecutará frente a nuestros ojos es vital, pues establece un pacto de verdad que hace emerger una relación íntima entre el actor y el espectador. Pero este “pacto de verdad”, es ficticio: he allí la paradoja.

Esto nos recuerda lo escrito por Óscar Cornago en su ensayo “El actor como testigo”: “Este actor que sale ahora a escena no está muy preocupado, como sí lo estaban los directores de décadas atrás, por hacer o no hacer representación, puede optar o no por un lugar más o menos ficcional, pero lo que sí le interesa es el tipo de comunicación que le va a proponer al público, el tipo de situación a la que va a dar lugar su actuación, el pacto que va a dar sentido a ese encuentro entre público y actor”.

Para Sergio Blanco, Narciso funciona como metáfora del artista creador. En sus instrucciones a los actores, el príncipe Hamlet afirma que el teatro es un espejo de la vida en el que el público se debe ver reflejado. Hay algo de Narciso en cada ser que se sienta en una butaca con el ánimo de ver su reflejo, y Narciso también existe en aquel que se hace mirar. El acto poético de la autoficción consiste en este pacto entre actor, director, dramaturgo y público; en el experimento de vivir desde una verdad construida entre todos los que formamos parte de esa comunidad temporal. El teatro tiene el gran valor de lo indemostrable. Es un pacto de fe con un afán provocador y, por lo tanto, transformador.

 

Alberto Lomnitz y María Sánchez tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

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Publicado en: e-scenarios