La grandeza de México (según la 4T)

Partiendo de una exposición dual, el siguiente ensayo resume con claridad los principales rasgos de la política cultural de la llamada Cuarta Transformación: un discurso histórico sesgado, estrecho de miras, un antagonismo maniqueo y lamentable entre cultura del pueblo y cultura de élites y, para colmo, un trasfondo manifiestamente conservador. A la luz de otros sexenios, la autora nos muestra que la grandeza artística y cultural de nuestro país no es algo que entiendan nuestros gobernantes.

En una obra de 1862, el pintor Thomas Jones Barker retrata a la reina Victoria, de pie al lado de su marido, el príncipe Alberto, al momento de entregarle a un hombre, que está arrodillado frente a ella, lo que el título del cuadro anuncia: “El secreto de la grandeza de Inglaterra”. No se sabe quién es el personaje que recibe con humildad el libro que le ofrece la monarca, pero los clichés sugieren que viene de algún lugar de África, o no vestiría una capa de piel de leopardo ni portaría un turbante emplumado, y probablemente él mismo sea un mandatario o, por lo menos, un enviado notable, pues se presenta cargado de toda clase de joyas y telas brillantes, y una poderosa espada en la cintura.

El instante está inspirado en una anécdota que a pesar de ser ficticia circuló ampliamente en la época, según la cual un príncipe africano visitó a la soberana para rogarle que le descifrara el enigma de su poderío, y ella, en lugar de revelar, por ejemplo, el número de sus embarcaciones, la dimensión de sus ejércitos, la cantidad de mercancía que entraba y salía por sus puertos o dar detalles de su riqueza inagotable, prefirió simplemente extenderle una copia de la Biblia. Un texto, ni siquiera inglés, con el que, no obstante, la reina zanjaba la cuestión, sin espada, pero asestando tremendo golpe al alma pagana de sus futuras colonias.

Muchos de nosotros habríamos corrido a cantar las loas de la literatura isabelina, pero, claramente, para los gobiernos, de entonces y de ahora, la grandeza de un país tiene que ver con cosas muchísimo menos interesantes y más abstractas que el arte nuestro de cada día.

Thomas Joners Barker, The Secret of England's Greatness (Queen Victoria presenting a Bible in the Audience Chamber at Windsor), circa 1863, óleo sobre lienzo, 167,6 x 213,8 cm, National Portrait Gallery, Londres. Dominio público.
Thomas Joners Barker, The Secret of England’s Greatness (Queen Victoria presenting a Bible in the Audience Chamber at Windsor), circa 1863, óleo sobre lienzo, 167,6 x 213,8 cm, National Portrait Gallery, Londres. Dominio público.

Para la presente administración, la grandeza de nuestro país es muy grande, sin duda, pero se acabó hacia finales de la década de los treinta, cuando las luces de ruptura empezaron a titilar a lo lejos y la ruta del muralismo, ese torrente omnímodo y vigoroso, comenzó lentamente a encogerse hasta llegar al arroyito deslucido que todavía, nadie sabe bien por qué, aflora de vez en cuando en los infaustos muros de algunas alcaldías. Si uno ha de juzgar lo que tiene por grande este gobierno en materia artística nada más que por La grandeza de México, la exposición en dos partes que pudo verse en meses recientes en el Museo de Antropología y en la SEP, es claro que se piensa que lo que vino después del muralismo, es decir, todo lo hecho en los últimos ochenta y dos años, tiende más bien a lo pequeño. De ahí que no tenga sentido mostrarlo al lado de obras grandiosas como el “Estandarte de la Virgen de Guadalupe” que enarboló Miguel Hidalgo aquella madrugada del 16 de septiembre de 1810 o el “Medallón de la Independencia”, una constelación de caritas heroicas pintada en 1900 por el artista, perfectamente desconocido, Anastasio Vargas. Piezas éstas que, sobra decirlo, tienen el mismo peso —en nuestros corazones, se entiende— que la escultura prehispánica, las pinturas de Orozco y Siqueiros o, cómo no, la pistola de Pancho Villa, que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, en un acto de desprendimiento fraterno devolvió a su dueño legítimo: el pueblo de México.

Esto podría pasar por descuido o lapsus burocrático, pero me temo que en ese esfuerzo de eliminar o, cuando menos, oscurecer ocho décadas de arte mexicano hay algo más que despiste o negligencia. Podría debatirse, y largamente, acerca de lo que conforma la grandeza cultural de un país. Habría, incluso, polémica posible en torno a lo que configura la cultura misma. Pero en lo que no cabe discusión alguna es en que el arte moderno y contemporáneo de México es gigante y dejarlo fuera no sólo constituye una omisión muy grave, sino que revela algo más preocupante: un desaire profundo al trabajo de los artistas, en particular, el de los que están vivos. Y claro que también podría argüirse que este tipo de visiones sesgadas del desarrollo de las expresiones artísticas, en las que tiende a predominar el folclore, es más bien la norma y no hay gobierno que no cercene la historia a su conveniencia.

Algo parecido se dijo cuando Salinas de Gortari decidió impulsar, en 1990, la muestra México: Esplendores de treinta siglos. Una exposición colosal que buscó cambiar la percepción que se tenía del arte mexicano en los Estados Unidos, a golpe de espectacularidad: el Museo Metropolitano de Nueva York recibía a los visitantes, por ejemplo, con nada menos que una cabeza olmeca de cinco toneladas y media; y seguían otras 375 piezas, cada una más formidable que la otra. Sin embargo, y a pesar de que Octavio Paz, que fue parte del equipo que concibió la exposición, dijera que era “fiel a la historia”, también entonces se hizo el corte antes de la generación de la Ruptura, dejando fuera cuarenta años de arte. Pero por lo menos estaban Frida Kahlo y María Izquierdo. Aquí ni siquiera. ¿Cómo puede hablarse de grandeza y dejar fuera a estas dos artistas indispensables? Y a Manuel Álvarez Bravo, Leonora Carrington, Francisco Toledo, Graciela Iturbide, Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Magali Lara, Gabriel Orozco, Teresa Margolles y una lista larga de figuras absolutamente clave en la suma de lo mexicano.

Junto a las ausencias, sobre todo, de artistas mujeres, alarma el tipo de arte que se ha elegido presentar: no las grandes obras del arte mexicano, como se hizo en Esplendores de treinta siglos. Había muchas lecciones que extraer de ahí, pero la primera era estética, según Paz. Y por eso se podía afirmar, como hiciera en su momento The New York Times, que era “uno de los pocos blockbusters que trascienden las consideraciones diplomáticas y económicas que tienen detrás”. En efecto, el gobierno, como escribió Roger Bartra por esos días, había ido a “pavonear los esplendores de su arte”, para intentar “fortalecer con ello la legitimidad menguante del sistema político mexicano”. Pero el fulgor era real. En La grandeza de México la lección, o quizá debería decir el aleccionamiento, es totalmente de otro orden. No es el trabajo inigualable de los artistas visuales del país lo que importa. Es el mensaje que el conjunto de las piezas —una suerte de caballo de Troya con un programa político en las entrañas— busca transmitir.

La presencia del arte mesoamericano, hay que decirlo, es muy destacada en ambas sedes; queda claro que en este rubro echaron la casa por la ventana. Trajeron piezas de todos los museos de sitio habidos y por haber y hasta del Quai Branly de París. Con la escultura precolombina no hay pierde, siempre es portentosa —aunque nunca dócil, por mucho que los autores de los enigmáticos textos de sala se empeñen en usarla para ilustrar una especie de cartilla moral (algo predecible, viniendo de este gobierno). El problema viene después.

La cronología, en la muestra del Museo de Antropología, pasa por los episodios de sobra conocidos, no sólo con prisa sino con un ánimo de obligatoriedad que le quita al asunto, de por sí fatigoso, toda gracia posible —y, encima, con desaseos inquietantes, en los que, por ejemplo, se habla de Hidalgo, pero al lado hay un Zapata, o la ficha dice que lo que ahí vemos es el célebre pergamino de Uppsala, y en realidad es un triste póster arrugado. El énfasis, como es previsible, está puesto en las tres transformaciones que anteceden a la que, se asegura, está teniendo lugar ahora. Ah, y también en la Virgen de Guadalupe. A este desganado repaso lo acompaña una serie de obras menores, que tienden estrepitosamente a lo cursi, además de textos que nos explican, repetidamente, que el tiempo de inocencia edénica en el que habitaron las culturas precolombinas —pura bondad y colectividad desinteresada— terminó con el Virreinato, cuando se “impulsó el individualismo dentro del contexto de privilegio de clase”, y entonces todo se fue al traste. En la época prehispánica “tenían el concepto de persona”, se nos aclara, “pero el individuo existía en razón de la comunidad y su pertenencia a un grupo”. Eso también se acabó y “si bien persisten las formas comunitarias y la solidaridad se manifiesta en las grandes desgracias, el individualismo priva en muchos aspectos”.

El individualismo, se enuncia una y otra vez, es la peste. Y, por ello, el único arte relevante es el que sacrifica el ego individual en pos de la eficacia del glorioso proyecto colectivo. Nada de búsquedas independientes, que no comparte ni entiende nadie; aquí lo que importa, nos lo explica, a su manera, una cédula, es atenerse al “principio que [sic] para servir a la gente el arte debe reflejar la realidad social de la época y tener unidad en contenido y forma”. Por eso algunos artistas, como los del Taller de la Gráfica Popular, “crearon obras altamente didácticas que exponen la explotación de los pobres y el abuso a los derechos campesinos, critican el sistema de propiedad de la tierra y denuncian el fascismo europeo y el imperialismo estadounidense, entre otros temas”. No nos confundamos: el verdadero arte tiene “un origen social”, y donde mejor podemos comprobarlo es en el muralismo, pues al fusionar “formas, conceptos, técnicas del mundo indígena y de la esfera europea”, consiguió dar “voz y visibilidad a una nación”. El artista, en consonancia con lo que pensaba Diego Rivera, debe enfocarse en crear un “arte revolucionario que exprese la belleza de las masas” (o, por lo menos, debe ser capaz de diseñar un puente para que la belleza de las masas pueda caminar sin sobresaltos por encima del incansable Periférico). El arte, se declara ya sin ambages, “es un lenguaje que plasma las condiciones materiales, espirituales e históricas de los pueblos. Es efecto de una cultura; el artista es catalizador e intérprete de ella; aunque se procure individualizarlo, representa a su sociedad”. Se procure… ahí les hablan, becarios del Fonca. 

La grandeza de México no es, entonces, una exposición anodina. Es una operación compleja de rectificación de la historia, que entiende el arte del pasado como una gran bodega de objetos inertes que desde luego pueden usarse, como siempre se ha hecho, para encarnar la cultura oficial, pero que sirven también, aquí, para escarmentar las veleidades que abundan: miren cómo antes el arte servía al pueblo. No sólo es utilería, pues, sino instrumento correctivo. Nada más faltó el subtítulo, La grandeza de México o cómo partir la cultura en dos: los que están del lado correcto, pues supieron suprimir sus aspiraciones individualistas para producir un arte útil, y los demás, ocupados en mirarse el ombligo (esa Frida, tan pendiente de sí misma, tan burguesa). Es evidente que la grandeza en cuestión tiene que ver con un tiempo en el que no había feminismos, ecologismos ni ninguno de esos chocantes inventos neoliberales.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Para reforzar el mensaje, después del recuento histórico viene un conjunto de salas dedicadas al pueblo de México, sus rituales y fiestas, su música y sus danzas. En algún momento, se hace un alto, imperdible, para hablar, por ejemplo, del “ciclo vital de las personas”, puesto que:

sus cambios se expresan culturalmente en ritos de paso, que marcan el tránsito del individuo de un estatus a otro dentro de su comunidad… Por lo general, las transiciones se señalan con rituales y ceremonias reconocidos socialmente como pruebas del cierre de una fase y el inicio de otra. Por ejemplo… la primera comunión, que marca en los varones el fin de la niñez y la entrada a la pubertad; la celebración de los 15 años que define en las mujeres la llegada a la adolescencia y el inicio del camino a la adultez, de la cual es distintivo el matrimonio.

También se nos explica que en el siglo XIX —que ya para este momento de la exposición no queda la menor duda de que es el siglo en el que nos encontramos de lleno— “la mujer adquirió peso capital como compañera; su papel como madre, educadora y transmisora de los valores morales de los futuros ciudadanos, fue exaltado y promovido como ideal de la familia moderna”. Al lado de esta dulce enseñanza, se muestra el Retrato de la familia Antuñano, atribuido a Pelegrín Clavé, en el que vemos a la madre, doña Inés Ladrón de Guevara de Antuñano, rodeada de niños relamidos y a una joven indígena, la nana posiblemente —como corresponde a los valores morales de la familia ideal que imagina este gobierno, el cual, ya se sabe, en absoluto es conservador. Y es de suponer que para esas acompañantes está dedicado el mandil que cierra, extrañamente, la exposición —que de un momento a otro borra la frontera que separa las obras de los souvenirs.

A todas luces, el propósito es que no destaque el individuo, que destaque el pueblo, su representación idealizada en escenas costumbristas, bulliciosas y risueñas, de las que hay montones en la exposición. Y entonces pasan cosas como esta: de Diego Rivera en la SEP están sus murales, claro, ahí viven, pero en Antropología no se presenta ninguna obra importante (un desnudo con alcatraces, un bodegón cubista), sino una pequeña acuarela insípida de 1939 de una madre con un niño en los brazos. Y, sí, hay tres Siqueiros y dos Orozco, pero no los eligieron por sus aventuras plásticas, su peculiar inventiva o su relevancia histórica, sino por el asunto que tocan. De la Madre proletaria (1931) leemos:

Arrinconada en un zaguán, envuelta en un rebozo raído, con el rostro deformado por el hambre, asediada por tres pequeños niños, que abrevan de ella y la dejan exhausta, esta escena de una mujer del pueblo es una de las obras más dramáticas de la producción de Siqueiros y ha pasado a formar parte del repertorio iconográfico mexicano como representación de la extrema miseria de un pueblo agotado, víctima de la explotación.

Cuál análisis iconográfico, esto es una perorata afectada. Y, sí, también hay un díptico fantástico de Saturnino Herrán, un dibujo espléndido de Leopoldo Méndez, pero no más. Lo que abunda son los nombres trillados (mucho Raúl Anguiano) u olvidables (Ramón Cano Manilla, Luis Arenal Bastar, José Agustín Arrieta, Jesús de la Helguera).

Todo ello, desde luego, en mi perspectiva claramente encopetada, inflexible y decadente, pues no alcanzo a ver que “hoy como nunca el arte está emergiendo desde lo profundo de las entrañas de la tierra”, según anunció la secretaria de Cultura, en su discurso inaugural. Más que una exposición, prosiguió, esta es una oportunidad para “revalorar la identidad y reconocer la resistencia, la visión, el honor de muchas mujeres y hombres que han confeccionado con piedras, con hilos, con letras, lienzos, cantos y luchas, nuestro pensar y sentir. Gracias a la iniciativa del presidente de México… hemos podido rescatar los relatos que fueron obligados, a fuerza de ser enmudecidos por la historia oficial, a convertirse en historias secundarias, hoy nadie es secundario, hoy reconocemos y celebramos la diversidad, hoy nadie queda fuera”. Y así como hay una Nueva Escuela, hay un Nuevo Arte. Sólo que es viejo. A diferencia de la Rusia soviética, que generó su propio arte, para poder atraer a las masas, educarlas, inspirarlas y dirigirlas, la 4T ha querido darle la vuelta al país, y a su cultura, al modo de un guante, para alistarse a recibir desolladamente la transformación, pero me temo que terminó, como el Xipe Totec de la exposición, nada más que vistiendo la piel de los muertos. “Proclamamos que siendo nuestro momento social de transición entre el aniquilamiento de un orden envejecido y la implantación de un orden nuevo”, escribió Siqueiros en 1923, “los creadores de belleza deben esforzarse porque su labor presente un aspecto claro de propaganda ideológica en bien del pueblo, haciendo del arte, que actualmente es una manifestación de masturbación individualista, una finalidad de belleza para todos, de educación y de combate”. Amén, dicen las fuerzas del Movimiento de Regeneración Nacional.

¿A alguien le extraña, todavía, que se haya ordenado la extinción del Fonca? Porque estas no son sólo ideas albergadas en una simple exposición, es el fondo y la forma de la política cultural del gobierno mexicano. Esa madeja deshilvanada que se pasan unos a otros: la Secretaría de Cultura, la Coordinación de la Memoria Histórica y Cultural de México, la Dirección de Materiales Educativos de la SEP, a cargo de Marx Arriaga, el gobierno de la Ciudad de México y, desde luego, la Presidencia de la República.

Hay que reconocer que, salvo el de Álvaro Obregón, no ha habido gobierno que en materia cultural haya ido más allá de los planteamientos superficiales, casi siempre viciados por distracciones políticas y trampas retóricas. En este rubro, todas las administraciones, con algunos matices, se acaban pareciendo en su conservadurismo (“todo pasado fue mejor”, nos dicen de mil maneras), su tacañería, su demagogia, su cursilería nacionalista y, a final de cuentas, su señalada falta de sustancia. Por supuesto, algunos gobiernos crearon instituciones valiosas que enriquecieron considerablemente la vida cultural de este país; aunque siempre se quedaron cortas. Basta repasar los discursos de nuestros políticos para saber que todos, sin excepción, aseguran, por ejemplo, que bajo su originalísima dirección, la cultura va a llegar por fin “a los grupos que hasta ahora habían quedado al margen de sus beneficios” (Echeverría), gracias al empeño inigualable que va a ponerse en “sacar las altas expresiones del arte de las salas para llevarlas a las escuelas normales, a los tecnológicos, a las preparatorias y a las plazas públicas” (López Portillo); algo que, desde luego, no se lograría sin “perfeccionar los mecanismos de la participación popular en todos los procesos sociales, en los económicos y culturales” (Miguel de la Madrid); y ni qué decir de la consolidación de “las instituciones encargadas de preservar nuestro patrimonio cultural y de extender su conocimiento y aprecio a más y más mexicanos” (Ernesto Zedillo). Caray, pues nomás por acumulación, ya deberíamos estar en ese lugar del que hablaba Lope de Rueda, “con calles empedradas con piñones, por las que corren arroyos de leche y miel”.

Pero esto, como es evidente, está muy lejos de ser una Jauja cultural. Y con este gobierno tampoco nos hemos acercado siquiera. En cultura —como en casi todos los asuntos, me temo— sus esfuerzos han sido rudimentarios, caprichosos, manidos y profundamente intrascendentes. Y por si esto fuera poco se ha decidido atacar el corazón de la cultura, es decir, el trabajo de los artistas. Una embestida, nada velada, por cierto, que comenzó con la campaña, “Los estímulos del Fonca: entre la opacidad y el despilfarro”, emprendida a mediados de 2019 por Sanjuana Martínez, directora de Notimex, contra los artistas que hubieran recibido más de una vez el apoyo del Sistema Nacional de Creadores. Una ofensiva penosa, disfrazada de investigación periodística justiciera, que de hecho no reveló nada que fuera ni mínimamente irregular, pero que buscó sembrar —y con algún éxito— la idea de que los artistas no son más que una pandilla de divagadores de café que, holgazanes como son, se las han arreglado para vivir a costa del erario y, por ende, de todos los demás. El mensaje, repetido de muchas maneras en estos años hasta llegar a la cima de La grandeza de México, está basado en un falso dilema que, no obstante, se hace pasar —en cada comunicado, en cada corte de listón— por un acto de resarcimiento supremo, de nuncaantesismo trascendental (“nunca se había apoyado tanto a la cultura como ahora”, ha asegurado el presidente). No hay más que de dos sopas, se nos dice: o se promueve la alta cultura, como se venía haciendo, con opacidad y despilfarro, o se protegen, noblemente, los frutos de la cultura comunitaria. Esto es: o las élites o el pueblo.

La cultura de un país, lo sabemos, es apabullantemente más rica, compleja, híbrida e irreductible que lo que ese pobre binomio nos deja ver. Y lo grave no solamente es que la 4T sostenga una concepción que destila un desconocimiento cavernoso acerca de lo que es el arte y lo que, a fin de cuentas, compone la cultura de un país, el problema es que presume de cosas que tampoco han pasado. El gobierno ha hecho, en realidad, muy poco por la cultura comunitaria —que, por cierto, debería estar definida por las propias comunidades y no desde un escritorio en Arenal. Si acaso, algo de ayuda ha llegado a los más jóvenes. Según Alejandra Frausto, el arte está naciendo justo ahí, en “la imaginación, el talento y la conciencia de miles de niñas, niños, jóvenes artistas alrededor del país a través de los semilleros creativos que son también parte de la revolución cultural que está en marcha”. ¿Cuántos miles? ¿1, 2, 999? De cualquier modo, sería muy poco, teniendo en cuenta que hay cerca de 32 millones de infantes en este país. Migajas, como siempre, arrojadas desde las ventanas de las oficinas públicas. Porque el dinero de a de veras ha ido a parar a otro lado. A uno, nada más: Chapultepec. Justo el lugar que menos necesitaba ser atendido de todo el país.

Da tristeza que pasen los años y la visión del arte de nuestros funcionarios no se afine ni tantito. La grandeza de México fue a lo seguro: el arte prehispánico, al que presenta como la evidencia absoluta del poder del espíritu comunitario. Es cierto que era un arte anónimo, religioso, como el medieval, pero al revés de éste el arte mesoamericano fue hecho por artistas, no artesanos. Por eso nos gusta. La Coatlicue no es arte popular, es una de las mejores esculturas del mundo. No hay manera de llegar a semejantes conclusiones estéticas sin una aguzada conciencia artística. Una prueba más de lo que Octavio Paz veía como “la relación contradictoria entre el estilo, que es siempre colectivo, y la ruptura, que es un gesto individual”. Y en las mejores obras del arte prehispánico, algunas de ellas reunidas en esta exposición, hay una fuerza insubordinada que no puede ser sino individual; y que es la misma que podemos detectar en el mural de Rufino Tamayo, Dualidad, que nos espera al salir de la exposición del Museo de Antropología, como llegado de otro mundo, exuberante, revelador, irrepetible. Arte, al fin.

El recurso demagógico y efectista de aparentar que  atienden el presente de las artes con unos cuantos talleres para niños —de danza, pintura, música o lo que sea— en un puñado de comunidades (que seguro son bienvenidísimos allí en donde ocurren, y qué bueno que ocurran), pero a la vez no prestarle ni la más mínima atención a todo lo demás, es una nueva versión del velo que siempre han dejado caer los funcionarios culturales sobre nuestra pobre, y cada vez más espeluznante, realidad. Es la maravillosa red de teatros de López Mateos a la que, sin embargo, se ha ido dejando caer sexenio tras sexenio hasta, literalmente, llegar a ver foros en ruinas, como el Jiménez Rueda (que por cierto la secretaria de Cultura se comprometió a reconstruir, y no lo ha hecho); o las miles de bibliotecas de Miguel de la Madrid, que corrieron la misma suerte: sin acervos, sin bibliotecarios, sin lectores, sin nada. Y algo parecido acaba sucediendo con ese impulso, facilón y tramposo, de andar pavoneando los esplendores del arte antiguo, como si el presente fuera indigno de merecer atención y, desde luego, recursos. Esa es la cuestión: en esta maraña de política cultural, el pasado se vuelve presente y el presente es un futuro brumoso, que se antoja inalcanzable. El gobierno actual no ha dado señas de que le importe particularmente trazar una ruta hacia adelante, tan ocupado que se encuentra intentando resignificar la historia y saldar cuentas —dizque. Y, así, su transformación, por lo menos en lo que toca a la cultura, tendrá lugar, ay, en libros de texto y exposiciones como La grandeza de México, pero no verá la luz entre nosotros.

 

María Minera

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Con guante blanco, Curadero