La máscara tiene dos funciones que hay que distinguir: por una parte, cubre la cara y por lo tanto oculta la identidad. Por otra parte, transfigura la cara y dota al portador de la máscara de una nueva identidad. Paradójicamente, esta nueva identidad más que ocultar a la persona la revela, pues permite la expresión de aspectos ocultos del individuo, aquéllos que se ocultan por encontrarse reprimidos socialmente. Quienes trabajamos la máscara teatral hemos presenciado repetidamente la manera en que una persona tímida se vuelve extrovertida en el instante en que se pone una máscara.

El punto de encuentro entre las dos funciones de la máscara —encubrir y transfigurar— es el elemento de protección al cuerpo que brinda el anonimato. El antropólogo y sociólogo David Le Breton, en su libro Cuerpo sensible (2010), establece que “el cuerpo es una materia inagotable de prácticas sociales”. Por otra parte, Judith Butler en su libro El género en disputa (2007) acentúa el rol del cuerpo como ente de construcción social y cultural. Es en el cuerpo donde se deposita toda la experiencia de lo que comúnmente llamamos nuestra vida, tanto en lo social como en lo individual.
Hoy el uso del cubrebocas ha colocado una máscara impersonal a los cuerpos de manera masiva. Esto ilustra una verdad que no es novedad: el cuerpo político, el cuerpo social, es un cuerpo masificado, sumido en el anonimato. Para el Estado la individualidad se minimiza, toda vez que el Estado persigue homogeneizar para establecer así mecanismos de control sobre la masa. Si bien en algún momento el uso del cubrebocas se nos presentaba como algo transitorio, ahora nos resulta una práctica difícil de erradicar. Este objeto es una máscara impersonal a la que todas las personas nos hemos acostumbrado. En México hay quienes sufren cierta aprensión cuando aparecen en un espacio público sin cubrebocas. Se puede decir que éste se ha vuelto una prótesis. Para Paul B. Preciado, una prótesis es una confección o reconfiguración física que entra y sale del cuerpo en aras de dotar de sentido social la performatividad de la presencia.
La investigadora teatral Rocío Galicia, en su ensayo Revelaciones escenológicas: dispositivo y comunidad (2020), dice:
En general, estamos absortos en nuestra sobrevivencia y es lo natural. Un atisbo de solidaridad se refleja, por ejemplo —y aquí está la paradoja—: en el uso del cubrebocas o barbijo como gesto de “Si me cuido, te protejo” o “Por respeto a los demás”. Pero también asumimos un enmascaramiento, el rostro se ha cubierto para dar paso al anonimato. En este sentido, vemos cómo la utilización del cubrebocas ha sido aprovechada para cometer delitos.
En este panorama, ¿existe un espacio para vivir y compartir nuestra fragilidad, perturbación y afectividad? ¿Hay un lugar donde podamos materializar el contenido de nuestros íntimos sueños y deseos? ¿Alguien sabe de un sitio donde hoy los cuerpos puedan expresarse en sus posibilidades imaginativas, expositivas, sensibles, estéticas y de politicidad? Ese lugar es el teatro.
Así pues, el cuerpo en escena navega entre lo íntimo y lo político. Actores y actrices supimos desde el principio de la pandemia que nos resultaría imposible o muy difícil actuar con cubrebocas porque nuestro arte se basa en la revelación del gesto.
El teatro es una disciplina que aboga por la expansión y el desborde de las identidades. Las teatralidades generan alternativas, matices, cruces o cambios. El teatro es el espacio para la libertad del gesto; es un territorio fronterizo, un territorio para la excepción, en aras de acentuar su potencia política y de subrayar su capacidad para hacer emerger otros tipos de relaciones sociales y representacionales que sin duda visibilizan las dinámicas de su tiempo.
Actualmente, las y los intérpretes escénicos se presentan sin cubrebocas; ahora la máscara la porta el público, la audiencia. ¿Será que siempre ha sido así? Quien está en el escenario siempre se ha revelado y se ha expuesto, desenmascarando el gesto, mientras que quien está en la butaca —en el anonimato e incluso en la oscuridad— siempre se ha escondido. Hoy, en nuestra vida cotidiana, somos testigos del triunfo de la máscara que encubre. Hemos aprendido a convivir con el rostro tapado en un tipo de secuestro del gesto… ¡mas no en el teatro!
Alberto Lomnitz y María Sánchez tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.
LA mascara no cubre por completo, deja libres los ojos. En los ojos se adivina a la persona.