Fallar otra vez es el séptimo título de la colección Editor de Gris Tormenta, memorias y ensayos sobre los oficios editoriales y el backstage de la literatura. En este libro, Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) propone acercarse a la creación literaria desde la falla, las imperfecciones y la repetición. El escritor no podría vivir sin su alter-ego en la sombra: el revisor, solapado y atormentado.


¿Por qué es tan difícil corregir? ¿Por qué es más difícil corregir que escribir? ¿Por qué, si sabemos que lo que hemos escrito tiene problemas y, así como está, no nos satisface, ni satisfará tampoco a quien sea que nos propongamos hechizar? ¿Por qué, una vez que ponemos el famoso punto final —famoso básicamente porque, como todos sabemos, de final no tiene absolutamente nada—, por qué, digo, cerramos el archivo y temblamos, nos estremecemos de pereza y de terror ante la mera idea de tener que volver a él, abrirlo y corregirlo?

Es una experiencia por la que hemos pasado todos los que escribimos. Un clásico de las tutorías de guion y las clínicas de escritura creativa. El guion está ahí, la novela o el libro de relatos están ahí, pero el tiempo y el trabajo que exigió escribirlos —patente en todas esas páginas, capítulos, frases, personajes, flashbacks, plot points—, todo ese tiempo y trabajo no son nada, absolutamente nada, son menos que nada, comparados con el tiempo y el trabajo titánicos, mil veces más atormentados, que intuimos que exigirá la obligación de tocarles una sola coma.

Y eso que escribirlos no ha sido fácil. Todos tenemos frescas la incertidumbre, las vacilaciones, las ideas brillantes que no duran dos páginas, las marchas y contramarchas, las perplejidades, los atolladeros, las falsas soluciones que aceptamos como verdaderas para salir de los atolladeros —ya lo corregiremos en posproducción—, el forcejeo ciego, los raptos de inspiración y lo rápido que se quedan sin combustible, la esperanza depositada en un personaje, una escena, un truco que fracasan, la desesperación por la trama que no avanza, el clima que no termina de sentirse, el tema que no se deja tratar. Y, sin embargo, qué idílico nos parece ahora ese calvario, qué clementes y didácticas sus amarguras comparadas con lo que nos espera: el glaciar, el Aconcagua, el Himalaya hermético y burlón de lo que debe ser corregido.

El miedo del que escribe ante la cosa por corregir —le robo la expresión al Peter Handke de mucho antes del Premio Nobel, el Handke del bellísimo El miedo del portero al penalti— tiene dos patas, y las dos se apoyan en esa escuela de zozobra que se llama tiempo. Nos aterra la idea de corregir porque es lo que no ha sucedido todavía, porque es lo que nos espera, porque se abre ante nosotros como un paño de vida amplio y desconocido y sembrado de hilos húmedos que nos rozan la cara como babas de un pequeño animal que nadie ha logrado nombrar. Eso en cuanto al temor.

En cuanto al estupor, a ese escándalo que acompaña al temor cuando entendemos que sí, que efectivamente no tendremos más remedio que corregir, el fenómeno es más que razonable. Hemos trabajado, hemos inventado, construido, dialogado. Ya hemos escrito. ¿Tenemos encima que corregir? Pero el temor que inspira la corrección futura, ese picar piedras de sentenciados que ya vemos despuntar en el horizonte, cuando lo único que querríamos es festejar, festejar que hemos escrito, festejar que hemos terminado de escribir, tiene otra pata, y es la pata puesta justamente en el pasado, en lo que ya escribimos. Nos aterra, pero sobre todo odiamos corregir, lo odiamos con toda la fuerza de la que somos capaces, toda la que nos queda después de habernos pasado semanas, meses, años escribiendo; porque corregir nos confronta con nuestros vicios, nuestras comodidades, nuestra pereza, y con el repertorio de coartadas grotescas que nos hemos dado para evitar que nuestros vicios nos avergüencen, y porque puede que al ponernos a corregir —es lo más probable— tropecemos con una evidencia que nos congelará la sangre de espanto: que lo que hicimos no funciona, no hechiza a nadie, no servirá.

¿Habrá que hacerlo todo otra vez? Es el momento Sísifo, umbral decisivo para cualquiera que pretenda vivir y sobrevivir escribiendo. Pero no, es peor: porque hacerlo todo otra vez no sería corregir, sería lo contrario de corregir, sería hacer otra cosa, y con la idea de hacer otra cosa vendrían otra vez la esperanza, el entusiasmo, la frescura jovial siempre un poco loca y suicida de los comienzos. Y lo que enloquece de corregir es precisamente lo contrario: que hay que seguir haciendo lo mismo, darle vueltas a lo hecho, retocar, cambiar, ajustar, mejorar lo que ya está, lo que fue, lo que terminó. Y, como todos sabemos, si hay algo que no se puede cambiar es el pasado: lo digo yo, que escribí un libro de quinientas sesenta páginas que se llama El pasado.

Presento como prueba a contrario la facilidad, la fruición, la despreocupada felicidad que nos depara la corrección cuando lo que se trata de corregir es, por ejemplo, una sinopsis, o un tratamiento, o un proyecto, o cualquier clase de texto provisorio, perecedero, llamado a disolverse en el aire cuando eso que anuncia, imagina o delira se lleve a cabo. Nada más desahogado que corregir el futuro.

De modo que quienes tengan entre manos algo que corregir, como quizá empiece a quedar claro a esta altura de la velada, no están en la mejor de las situaciones. Hay que corregir, pues, aunque el terror nos paralice, la indolencia nos clave a la cama y el escándalo no nos deje dormir. Quiere decir que corregimos, que corregimos todos los días y que corregimos todos: los genios y los mediocres, los iluminados y los perdidos, los trabajadores concienzudos y los fumones. Otros corrigen para complacer, a veces anticipando las demandas implícitas o explícitas de cierto destinatario externo más o menos individual, más o menos institucional, animado por un deseo personal o portavoz de expectativas más generales: el Cine con mayúscula, la Literatura, el Mercado, la Taquilla, el Target A/B/C-1, la Gloria, etc.

Quiere decir que, mal o bien, soldados del arte o de la industria, no nos quedamos de brazos cruzados y corregimos. La cuestión, se me ocurre, es cómo lidiar con una situación que consideramos imposible sin que terminemos siendo sus víctimas. En otras palabras: cómo dejar de pensar la corrección como un trabajo forzado, a mitad de camino entre la condena y la penalidad, la probation y la expiación, y empezar a pensarla como una fuerza, una posibilidad, una potencia tan creativa, tan de invención e imaginación, como cualquiera de las fuerzas que se ponen en juego en el momento de escribir.

 

• Alan Pauls, Fallar otra vez. Un ensayo a favor de la escritura imperfecta —y una lúcida reflexión sobre la desobediencia narrativa como origen de la literatura. Prólogo de Julián Herbert, México, Gris tormenta, julio 2022.

 

Alan Pauls
Escritor, periodista, guionista y crítico literario. Ha publicado novelas y ensayos como El pasado (Premio Herralde 2003) o El factor Borges. Ha sido profesor invitado en Princeton y Harvard e impartido clases de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires. Fue jefe de redacción de la revista Página/30 y subeditor del suplemento Radar.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos