Antonio Alatorre (1922-2010), artesano y maestro

En el centenario de Antonio Alatorre, este texto nos recuerda sus múltiples facetas: académico, crítico, escritor, traductor, divulgador y, sobre todo, lector de claras intuiciones. Un legado vigente para cualquiera que estudie o sienta curiosidad por la literatura hispánica.

En 1922, T. S. Elliot publica La tierra baldía. La dedicatoria a uno de los grandes poemas del siglo XX es bien conocida: “Para Ezra Pound, il miglior fabbro”. Ese mismo año, en Autlán de la Grana, Jalisco, un 25 de julio, nace Antonio Alatorre. Hago alusión a la vieja dedicatoria por el siglo que se cumple, pero también porque el paso del tiempo me traslada a imágenes imborrables que enmarcan la vida del escritor y crítico jalisciense. En el siglo en el que la velocidad empieza a imponer el orden de la vida, en el que las urgencias y la reproductividad de las cosas lo quiere invadir todo, Alatorre sigue el ritmo propio de un artesano sin prisas; él es también il miglior fabbro dispuesto a incrustar una por una las piezas de su trabajo.

El amor al arte lo es casi todo. No hay ninguna nomenclatura que acerque el talento al reconocimiento inmediato. Lo bien hecho, por lo tanto, necesita una espera. La pasión está en las entrañas de un descubrimiento que vale por sí mismo. El camino es lento y, en consecuencia, es edificante recorrerlo. Por eso cuando Antonio Alatorre, junto a Juan José Arreola y Juan Rulfo, publican Pan. Revista de literatura en Guadalajara, y se embarcan en una geografía literaria de nuevos alcances, a Alatorre le bastan los instrumentos recogidos en el seminario de Los misioneros del Espíritu Santo para poner en práctica la mística del traductor. Ahí traduce textos de Raïssa Maritain, Jean Cocteau, Paul Valery, André Rousseaux y André Maurois. Desde entonces, Alatorre no cesa de ejercer ese oficio.

Alatorre coincide y participa en la nueva expansión de instituciones culturales y educativas de medio siglo. Cuando llega a la Ciudad de México en 1946, toma como su casa formativa la UNAM, El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica. Lo que le otorgan y lo que otorga a estas instituciones va de la mano.

Los pasos de Antonio Alatorre no se detienen. El artesano de la palabra, curioso de las minucias de la tradición y del lenguaje, viaja a París para tomar cursos con Fernand Braudel y Marcel Bataillon. Sin embargo, según confesiones posteriores, su mayor aprendizaje se lo concede la Biblioteca Nacional de Francia. Como bien nos lo recuerda Margit Frenk, ahí estudia “la influencia de los clásicos latinos en la literatura del Siglo de Oro español”. Esta Europa de la posguerra acrecienta su pasión por el estudio, con nuevas formas de introducirse e interpretar el texto, con una metodología libre, pero no exenta de rigor, humor e inteligencia.

A su regreso a México, ingresa a la cátedra en la UNAM en 1952. Cuando Agustín Yáñez se va a Guadalajara para cumplir sus funciones como gobernador de Jalisco, Alatorre lo suple en la clase de Teoría Literaria. Desde entonces, sus cursos en la UNAM y en El Colegio de México se transforman en espacios formativos de primer nivel, ámbitos en el que el análisis y la crítica, la lectura minuciosa e inteligente de textos serán el preámbulo de nuevas investigaciones y el surgimiento de nuevas generaciones de investigadores.

Viene a mi memoria la imagen del niño lector en Autlán, el amante de la música, el desertor de seminarista y abogado, el autodidacta, el alumno de Raimundo Lida, el minucioso investigador capaz de refutar las ideas de Méndez Plancarte sobre unos sonetos de Sor Juana. Alatorre también es un incansable descubridor e intérprete de documentos literarios del pasado, un fascinante y divertido conversador de las pequeñas pero significativas cosas de la vida, el microhistoriador en el El brujo de Autlán (2001) y un refinado novelista en La migraña (2012); maestro de maestros, el crítico literario que ejerció no sólo con rigor su oficio, sino que además señaló con una claridad única las directrices de lo que es un crítico y lo que es la crítica. No podemos dejar de mencionar, además, al  perfecto, respetuoso y original traductor. Marcel Bataillon dijo sobre uno de sus libros traducidos por él al español: “Este libro es ya más de Antonio Alatorre”.

Sus oficios se multiplican y se relacionan para concretar un trabajo en el que se hilvana todo un sistema literario y cultural que recupera las herencias hispánicas, que abre los ojos a una forma novedosa de acercarse al texto. El recuerdo de Jorge Aguilar Mora de su maestro es más que representativo. En el viejo edificio del Colegio de México, ubicado en la Colonia Roma, el alumno no sólo observa al catedrático y al conversador del que emanan las grandiosas bondades del conocimiento literario. Observa también al meticuloso editor de la revista del CELL, Nueva Revista de Filología Hispánica, así como al estudioso en plenitud, armando su personalísimo método de trabajo, acumulando “miles de fichas que esperaban convertirse en piedras de libro”. Su tema, explica el creador de la novela Cadáver lleno de mundo (1971), sería el de la totalidad, mejor dicho, el de las “versiones pequeñas de la totalidad” que en el futuro se concretarán en una gran cantidad de artículos y prólogos sobre escritores de los Siglos de oro, en estudios sobre Sor Juana Inés de la Cruz, y en obras como Los 1001 años de la lengua española (1979), Ensayos sobre crítica literaria (1993), entre otras.

Para Antonio Alatorre, en el proceso de construcción de una investigación, había un pulso, una respiración, pequeños elementos sobre los que era necesario tener un dominio y organizarlos con el fin de obtener en un futuro pequeñas poéticas o una totalidad sobre un tema en particular. Basta con la lectura de sus penetrantes Ensayos sobre crítica literaria o sus Cuatro ensayos sobre arte poética para comprobar los alcances de su refinado trabajo artesanal con el lenguaje. Por eso les daba un gran valor a esas piezas. La ficha, la nota, los apuntes eran parte de un camino hacia regiones de un conocimiento literario mayor, al que se le agregarían después los rituales de la revisión, siempre reiterando en ello la necesidad del rigor y la exactitud.

En ese camino, Antonio Alatorre siempre tuvo presente el valor del lector. De hecho, el punto de partida de su oficio era ese: ser un lector agradecido y siempre atento. “El crítico es un lector, pero un lector más alerta y más ‘total’, de sensibilidad más aguda: las cualidades de recepción del lector corriente están más extremadas y exacerbadas en el lector especial que es el crítico”, afirma. De manera muy puntual y sencilla, Alatorre explica que “pone en palabras lo que se ha experimentado con la lectura”. Es un proceso de circularidad que no se cierra y que llega a nuevas experiencias. Por eso, si se declara lector, también piensa en esos nuevos receptores de su trabajo, por quienes guarda respeto, pero ante los que nunca adopta un tono solemne ni altivo.

Por lo demás, Alatorre nunca sucumbió a las redes endogámicas de la especialización. Como bien lo explica Ivette Jiménez de Báez “en todos los casos privilegiaba el trabajo con el lenguaje, el dominio de la pluralidad de sus registros, la oralidad escrita bordeando los límites, sin perder la concreción, gracias a la economía de la función poética”. Alatorre hacía suyos los temas más complejos con una claridad que invitaba a redescubrir el objeto estudiado. Pero también saltaba al ruedo a las esferas de la divulgación, y salía triunfante. El libro Los 1001 años de la lengua española es el mejor ejemplo de ello. El autor presenta su historia como “la menos académica que se ha escrito”, “una historia de la lengua española” contada a su manera, como “contar un cuento”; un libro del que tuvo el deseo de que “anduviera en manos de lectores comunes y corrientes”.

Lo último no implica que Alatorre no supiera utilizar, como ninguno, los instrumentos teóricos de la lingüística y la literatura que invadieron el lenguaje académico durante el siglo XX. El legado de Saussure y de la escuela estructuralista fue un proceso importante de su primera formación. Por un tiempo estuvo influido —¿quién no?— por esas ideas. Sin embargo, poco a poco fue movilizando su análisis en un sentido inverso. Para el escritor, la experiencia literaria no puede circunscribirse a encajonamientos teóricos. De manera contundente expresa su desacuerdo “a esa metodología que impera en la Nueva Academia, constriñendo a sus adeptos a decir, en lenguaje cada vez más refinadamente técnico, cosas cada vez más inútiles, más ajenas a la lectura, la comprensión y el goce de las obras literarias, obligando a erigir torres de viento, a convertir lo llano en escarpado y lo ameno en tedioso”. No se trata por supuesto de rechazar por completo estas valiosas teorías, sino de recomendarlas como recursos complementarios a la experiencia del lector. En su clásico y polémico ensayo “Crítica literaria tradicional y crítica neo-académica” Alatorre lo explica claramente: “A mí me alarma la desconfianza que ciertos críticos muestran por aquello que debiera ser la fuerza de la crítica, a saber, la experiencia”. De ahí que “un estudio literario aspira siempre al diálogo”; a fin de cuentas “la experiencia literaria es negocio de muchos”.

Crítico de las verdades neutras, de la idea de un nacionalismo reduccionista en la literatura, su mirada jamás quedó encasillada en ideologías, fanatismos, ni modas teóricas. Tiene razón Luis Fernando Lara cuando afirma que Alatorre “nunca tuvo espíritu de campanario; su universalidad fue como la de Alfonso Reyes, más recatada, menos abarcadora y, me atrevo a decir, más profunda”. Polémico, abierto a discusiones, defendió sus puntos de vista con enorme pasión, con equilibrados y puntuales argumentos. Sus diferencias con Octavio Paz y Evodio Escalante forman parte de la historia de estos desencuentros en la literatura, que vinieron a enriquecer la pluralidad de nuestra República de las letras, a veces enclaustrada en la eterna cofradía de los elogios. Por ejemplo, cuando Octavio Paz publica La trampas de la fe (1982), una investigación sobre Sor Juana, Alatorre le envía un listado “de más de cien errores” detectados en el libro. Mientras que con Evodio Escalante polemizó  acerca de esa crítica que denominaba “neo-académica” y sus descalificaciones al estructuralismo.

Por todo esto la lectura de la obra de Antonio Alatorre sigue siendo una manera de apartar cualquier forma de orfandad cultural. Leerlo hoy es un signo vital de los muchos caminos que moldean una cultura como la nuestra: el encuentro afortunado de una escritura con la tradición, con la belleza, con la oralidad, con una sabiduría que se mantiene de pie, resistente, ante el naufragio y la barbarie.

 

Luis Guillermo Ibarra
Profesor de Literatura en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Candidato a Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM

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Publicado en: Resurrectorio